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LA CARTA XIX DE PLATÓN

por Gabriel García
 


El siguiente texto pertenece al libro: García, Gabriel (2019): ¡Filosofen, giles! Un viaje de ida al país de la filosofía. Puede consultar el indice del libro haciendo click aquí


Estimados muchachos:

Les pido disculpas anticipadas por si esta carta llega a destiempo. Ya saben qué mal anda el correo. Los contramaestres haraganean, por lo que los remeros no reciben suficientes latigazos como para acelerar el servicio, y el afán de lucro de algunos capitanes hace que por no gastar en el mantenimiento de las naos cada tanto alguna se vaya a pique con todo el correo y todas las encomiendas. Hacen el resto las mafias de oradores inescrupulosos que, al litigar a favor de los remeros muertos, hacen peligrar la rentabilidad de los empresarios navieros y alejan a los inversores de las polis que quieren invertir en Atenas. La última carta que recibí me avisaba de la muerte en batalla de un gran amigo nuestro; contesté aquella mala noticia con una sentida condolencia, pero para cuando mi correspondencia llegó a destino ya habían incendiado la polis completa, por lo que no la pudo recibir nadie; a todo esto, el mensajero me la reenvió con una marca en la opción “no fue entregada por destrucción total del destinatario y su polis”, dando una muestra acabada de lo mal administrado que está hoy el mundo heleno y la necesidad que hay de un buen gobierno.

Con respecto a su última carta, en la que me invitan a colaborar con ustedes, diciéndome que siguen las ideas del finado Dión, a quien yo aconsejaba, y en cuya alabanza me cuentan haber preparado un canto celebratorio que se inicia con “Dión, Dión, qué grande sos”. En esto vamos a tener que conversar mucho, porque mi filosofía aspira a expulsar a los poetas de la polis y a no ceder un ápice frente al entusiasmo del vulgo, así que han empezado mal. Además, utilizaron la métrica populista, lo que es un error aún mayor por lo que conceden a los demócratas.

Para cumplir con los deseos que me manifiestan, debería trasladarme otra vez a Siracusa, pese a lo avanzado de mi edad. Permítanme recordarles, por otra parte, lo mal que me trataron las veces pasadas sus coterráneos y el poco caso que hicieron a mis enseñanzas. Por lo demás, tengo mis buenos motivos para dudar sobre las razones por las que debería persistir en una empresa cuyo éxito es, en buena medida, improbable.

Cuando fui joven también intenté, como ustedes ahora y como siempre sucede, integrarme a la vida política para corregir los males que advertía, productos en aquel momento del gobierno del populacho, ante cuyos desbordes se produjo una saludable reacción por parte de los bien nacidos, de la gente como uno, que por la fuerza de las armas asumió la épica tarea de derrocar a los inmorales demócratas y poner al frente de Atenas a treinta ciudadanos, escogidos entre los mejores, a los que les otorgaron poderes supremos. Por el carácter resolutivo que poseyeron aquellos notables, se los recuerda como los treinta tiranos. Como entre esos valiosos atenienses estaban mi tío Critias y otros amigos de la familia, me ofrecí para colaborar, cosa que hice con todo gusto, dando pábulo a mi afán juvenil por cambiar el curso de las cosas.

Sin embargo, mostrando qué poco es de confiar el mundo sensible en que vivimos, todo aquel cúmulo de destacados aristócratas desbarrancó al poco tiempo, iniciando la persecución de los desplazados que añoraban el vivir las apariencias del pasado gobierno democrático. Esto lo advertí de un modo inequívoco cuando quisieron involucrar a mi querido maestro, Sócrates, pidiéndole que apresara a un demócrata y lo llevara a ejecutar, cosa a la que justamente se negó. Ciertamente todos aceptábamos que para sanear las costumbres era necesario realizar un ajuste, pero que fuese gradual y no matase a nadie de golpe. Sócrates tenía una conducta intachable: no había participado del gobierno del vulgo, desdeñaba la vida política y se mantuvo siempre alejado de las asambleas a las que convocaban los demócratas, de las que incluso apartaba a sus discípulos. Así y todo, no contentos con este buen comportamiento, quisieron implicarlo mediante aquel crimen a favor de los treinta. Tras su negativa, los bien nacidos desconfiaron de él.

En resumidas cuentas y sin detenernos en otros errores cometidos, estos amigos míos resultaron peores que los anteriores, y frente a ellos hasta los demócratas parecieron decentes. Por tal motivo me separé de aquel gobierno, y al poco tiempo la aristocracia cayó y volvieron aquellos corruptos que habíamos desplazado, pero que ya no me parecían tan malos comparados con los treinta.

Hubiese afirmado de ahí en más y conociendo a los otros, que el gobierno de los demócratas finalmente no era tan despreciable como había pensado al principio, hasta que el hado llevó a que algunos hijos de Atenas, inspirados por sus putas madres, enjuiciaran injustamente a Sócrates y finalmente lo mataran.

Así que, viendo cómo se comportaban unos y otros, había arribado a la firme conclusión de que los políticos son todos una mierda, y que solamente quedaba un camino para resolver el asunto, y era que alguien que pensara como yo tomara el poder absoluto e impusiera a todos la moral y la conducta honorable, que después les explico cuál es.

Por no mandar a todos mis compatriotas atenienses al carajo, cosa a la que por lo ocurrido me sentí tentado, inicié una serie de viajes y en uno de ellos, como saben, llegué a la isla de Sicilia y a la ciudad de Siracusa, en la que he conocido a alguno de ustedes.

Al llegar a Siracusa descubrí que allí los griegos no hacían más que comer y dormir dos veces por día; a la tarde, en la cama, digerían la comida y el vino de la mañana, y volvían a cenar y beber con impudicia a la noche, tomando como único esfuerzo el de conseguir pareja sexual para darle a la matraca en cuanto el festín lo permitía. Sabiendo, como sabemos, que una polis posee un número limitado de habitantes, y que las parejas allí se cambiaban prontamente, es fácil advertir que aquel modo de vida era un verdadero puterío. Prontamente reconocí que aquel clima era poco propicio para la filosofía, y que si allí quería aplicarse la idea de justicia tal como es en sí misma y no como se la imaginan los giles, se imponía la necesidad de una reforma en profundidad de la vida de los italianos.

Entablé en aquel entonces una magnífica relación con el joven Dión, cuya inteligencia le permitió admirarme en poco tiempo. Entusiasmado con el cambio de vida que yo proponía, me presentó a su cuñado, Dionisio I, con el noble propósito de convencerlo de mis ideas para que las pusiera en práctica mientras ejercía la tiranía. Pero Dionisio resultó duro de entendederas; quizás por haber vencido varias veces a los cartagineses era soberbio y orgulloso, le gustaba la joda y no tuvo la grandeza de reconocer la justicia de las reformas que yo proponía.

No quisiera entrar en detalles pero todos saben que, a causa de que Dionisio no pudo entender nada, resolvió finalmente expulsarme obligándome a embarcar en una nao de merda con la que naufragamos frente a la polis de Egina, que para mayor desgracia mía estaba enemistada con Atenas, por lo que aquellos incultos me agarraron y, por ser ateniense, me vendieron como esclavo. Menos mal que me encontró Aníceres de Sirene, un gomía, que me compró y me liberó ipso facto. Así que si fuera por Dionisio I no les daría más bola a los siracusanos. El caso es que ahora el muy turro está muerto y enterrado.

Pese a todo lo sucedido, en mí siempre renacía la intención de dedicarme a la política. Como aprender es recordar aquello que nuestra alma conoció cuando vivió libre, sin las molestias del cuerpo, en el mundo de las Ideas, mi estancia en Sicilia me trajo una reminiscencia: que para llevar adelante mi proyecto de entregar el poder a los filósofos se necesita neutralizar a quienes se oponen a lo que es recto y justo, por lo que hay que contar primero con un buen número de simpatizantes y amigos que razonen al unísono, más una disciplinada fuerza militar que nos obedezca.

En cuanto retorné a mi patria, Atenas, abrí un centro de excelencia académica donde desde entonces recibo jóvenes bien dispuestos para la filosofía. Para que no entrara cualquiera, puse en la puerta el siguiente requisito: Nadie entre aquí si no sabe geometría. Como para aprender geometría hay que pagar un profesor particular de enseñanza privada, me aseguraba de este modo que el pobrerío no me ocupara las vacantes haciéndome perder el tiempo. Si no lo hacía, el lugar se me hubiese llenado de demócratas, gente que por su origen no está destinada a ejercer el gobierno, y yo ya tenía por entonces cuarenta pirulos y no podía perder el tiempo con eso de la inclusión.

Si llego a volver a vuestra patria ya les refrescaré con detalle las funciones que debe cumplir cada uno en la polis ideal. Para adelantarles un poco, les diré que los sabios deben gobernar en tanto el resto debe obedecer y laburar, amén de que un cuerpo militarizado de élite debe cuidar que así sea. En Atenas todo anduvo tan mal que hasta los zapateros se largaban a opinar en la asamblea, porque el desconocer los límites lleva a ir en contra de la expresa voluntad divina, que enseñan los misterios de Eleusis cuando señalan, con su mensaje sibilino, que el que nace para pito nunca llegará a corneta. El Bien, del que ya les hablaré, exige que se termine el festival democrático y la demagogia populista.

En la Academia recién fundada, inmerso en la fatiga de todas las charlas que debí llevar adelante con mis discípulos, pulí los detalles de mi plan de acción. Como tenía que atender sus diversos intereses, mis días se dilapidaban en preparar las clases para meter en caja a cada uno de los alumnos y enterarlos de los fundamentos de la sabiduría. Para liberarme un poco de esa tarea y distraerlos, a los más inquietos les daba un tema a desarrollar por su cuenta para que mi teoría fuese ampliada y confirmada en los diversos ámbitos. Los días en que no tenía exposiciones a cargo de mis estudiantes ni yo de qué hablar, mechaba un poco con mis recuerdos de Sócrates y asunto arreglado pero, pese a todo, el tener que convencer a muchos me quitaba un tiempo precioso.

Cuando me llegó (hace ya muchos años y tras mi decepción con  los políticos atenienses) la primera invitación de Dión (quien creía posible por ese entonces que pudiésemos convencer al viejo Dionisio, por aquel entonces tirano en ejercicio de Siracusa), reconocí inmediatamente que ese era el camino rápido: se trataba de convencer sólo a uno, que ya poseía el mando de una ciudad y hacía con él lo que efectivamente le daba la gana, y dándole las ganas yo, en mi carácter de asesor filosófico, prontamente se habría construido la república ideal.

Como aquello lamentablemente no prosperó, debido a la molicie de los italianos, pasé a considerar el Plan Beta, que consistía en convencer a un buen número de jóvenes influyentes en mi propia polis, y ponerme a esperar vaya uno a saber cuánto hasta que llegara el momento en que pudiesen tomar el poder absoluto para llevar adelante la reforma de la ciudad, y con tal propósito instalé la Academia. No era lo óptimo, pero a veces los dioses disponen que los que no pueden hacer lo que tienen ganas terminen en la docencia.

Porque, para dar sintéticamente mi propuesta, la solución final a todos los problemas humanos consiste en que el poder lo detente a mano firme, como un rey, el filósofo, o que por algún prodigio el que ya es rey se vuelva filósofo. Entiéndase que filósofo es aquel que comprende que las ideas constituyen una realidad distinta de las cosas de este mundo, el que conoce qué es la justicia en sí (y no el que se limita a decir que esto es justo y aquello no), que es justamente el tipo de cosas que sabemos nosotros. Quienes están en posesión de ese saber somos los más indicados para gobernar. Lo mejor sería que fuese directamente yo, pero si pasamos a un plan alternativo puede ser algún ciudadano que adopte mis enseñanzas y se alce con el poder, o viceversa. Eso, sin olvidar que el rey-filósofo tiene que tener un buen número de auxiliares que lo ayuden a mantenerse, quienes, en la medida que se ordenen siguiendo la línea que baje el sabio monarca, serán partícipes de su conocimiento. Lamentablemente, puesto que el vulgo nunca será filósofo, los laburantes no comprenderán que todo lo que deban sufrir será en su propio bien, y es por eso que el gobernante deberá mentirles un poco haciéndoles creer cualquier historia para que se aguanten lo que les toque. Sobre eso repasen el capítulo tres de La República. Ya ven que han hecho bien en consultarme, pero vamos a ver si los ayudo esta vuelta, no sea cosa que me salgan con otro martes trece.

Esto ya lo expliqué varias veces entre ustedes, pero lo voy a recordar aquí porque no sé bien quiénes se integraron al grupo que ahora me reclama. Vemos que el populacho, envalentonado con las tergiversaciones propias de la democracia, discute por todo y sobre cualquier cosa. Eso ocurre porque no saben lo que es el bien, ni lo que es la justicia, ni lo que es la belleza, ni todo lo demás. Los sinvergüenzas de los sofistas le han enseñado al vulgo a discutir, y a los muy conventilleros eso les encanta. Debaten en la asamblea porque no conocen la verdadera realidad, dando opiniones de todo tipo sobre el engañoso mundo que se les presenta ante los sentidos.

Cuando llegamos a saber qué es el bien, la justicia y todo lo demás, ya no tiene sentido discutir: hemos llegado a conocer la verdad necesaria y punto, las diferentes opiniones ya no tienen justificación. A partir de ese momento, los discutidores de antaño deberían aceptar lo que les señala el filósofo y dejarse de joder; para eso quien ama la sabiduría la pone al servicio del vulgo, al que intenta alumbrar con el conocimiento de la verdad que tanto le costó conseguir.

Lamentablemente, puesto que siempre vivieron en las tinieblas de la ignorancia, los que están en el fondo de la caverna se van a negar a seguir al único que vio la luz, se resistirán y hasta pueden poner en peligro su vida y aún matarlo, como hicieron con nuestro querido Sócrates. Vos vas a liberarlos y los hijos de puta se te revelan. Ahí tenés el verdadero drama de la didáctica. Como no se dan cuenta de que el que vio la idea del Bien es el único que sabe, y en última instancia intenta llevar el beneficio de la sabiduría al populacho, al filósofo no le queda otra que imponer la verdad a la fuerza.

Si me tomo el trabajo de hacer ascender a mis discípulos en el conocimiento, aplicando el método socrático hasta a las tesis más estúpidas que me presentan, es para mostrarles que no saben un catzo y que son unos reverendos pelotudos, pero que si están de nuestro lado les tendremos paciencia. Nuestro camino no es el de los demócratas, que creen valiosa cualquier opinión y la discusión nunca cierra. Acá las consideramos con la finalidad de destruir todas las que se nos oponen, mostrando que son falsas, para quedarnos únicamente con la verdad que resplandece, aquella a la que accedemos los filósofos.

Dense cuenta, por mi enseñanza y por lo que han visto ocurrir, que con la democracia no vamos a ninguna parte: en ella nadie sabe nada cierto, y sólo uno como nosotros, que conoce la filosofía verdadera, puede sacar a los descarriados de tan afligente situación, seduciéndolos por una parte con la fuerza de la dialéctica ascendente, una manifestación del amor, y por otra cagándolos bien a palos porque es propio del prisionero de la caverna, que se acostumbró a vivir en lo oscuro, negarse a ver la luz que, por sus torcidos hábitos anteriores, le resulta dolorosa. Si ustedes leyeron lo que publiqué en La República saben ya que el vulgo no alcanzará jamás la filosofía y que la multitud es como un animal al que los sofistas saben cómo manejar, así que por lo menos en nuestro régimen ideal debemos lograr que no joda. Puesto que la cabra al monte tira, debemos mantener con fuerza la rienda para que los impulsos pervertidos de la plebe no desbarranquen todo el esfuerzo que realiza el rey-filósofo para lograr en la polis una gestión de calidad y excelencia.

Les recordaré aquí el mito del carro alado. Imaginen un cochero que lleva su carro por el aire movido por dos caballos: uno es bueno y dócil, el otro malo y atrevido. Hagan de cuenta que el cochero es la razón, el caballo bueno es la voluntad (irritable, eso sí) y el caballo malo los apetitos terrenales. El carro lo tiene que manejar el cochero, que nunca tiene que perder la rienda, y para mantenerlo en el aire debe evitar que el caballo atorrante se aproxime a lo corpóreo, a lo terrenal, que es lo que lo haría chocar con la tierra. Para seguir en su ruta aérea debe valerse del caballo bueno: si lo logra, el resultado es una trayectoria buena y justa. Apliquemos este mito al hombre y al Estado. Si no se obedece a la razón (que ubicamos en la cabeza y en el gobernante), la conducta será mala. Los apetitos, los deseos carnales, empujan hacia lo bajo, hacia los placeres terrestres, que son los que hunden al alma en el fango de la ignorancia; en el Estado este papel lo ocupan los productores, que quieren vivir en el mundo sensible, disfrutar la vida, comer y fornicar a su gusto. A ese caballo hay que darle de comer cada tanto pero tenerlo cortito. El caballo bueno es la parte irascible, que en el Estado son los guerreros: si se pone a favor de la razón, o sea del filósofo-rey, todo marchará bien, pero si se pone del lado de los vicios la cagamos. El alma del filósofo debe elevarse hacia el mundo de las ideas y no puede solo. Ojalá entiendan, melonazos.

Cuando el viejo carcamán murió y su hijo, Dionisio II, asumió como tirano de Siracusa, Dión pensó que era el momento justo para persuadir a éste, su joven sobrino (que todavía era joven pero no tanto: tenía unos treinta años), para que reformara las leyes (que eran dictadas por su real antojo) y mejorara las costumbres, y de este modo asegurara la felicidad futura de todos en aquella polis siciliana. Así que me mandó llamar y yo, pensando en que no podría justificarme después si me negaba a poner en práctica mi proyecto de república bien gobernada cuando se me presentaba la oportunidad, me embarqué nuevamente para Sicilia. Como bien nos lo muestra el mito, a la oportunidad la pintan calva, y es debido a que una vez que ella pase al lado nuestro será inútil que intentemos detenerla tomándola de sus cabellos, por lo que debe aprovechársela a tiempo.

Así que, aunque no convencido del todo, viajé nuevamente y por segunda vez a Siracusa, donde me encontré con la misma molicie en el vivir en que la había dejado antes. Dión era allá mi promotor y había logrado reunir a un pequeño grupo de amantes de la sabiduría capaces de renunciar a los banquetes y orgías para dialogar libremente sobre lo justo y lo injusto, quienes me recibieron con el mismo entusiasmo con el que me habían alojado por primera vez. Sin embargo, en poco tiempo noté que muchos de estos aspirantes a la sabiduría no eran más que aquellos que por sus propios excesos de días anteriores venían a asistir a los diálogos que organizaba Dión como una manera terapéutica de reponerse de sus borracheras, indigestiones o hartazgo sexual; y su amor al saber se esfumaba en el mismo momento en que reponían su salud disminuida, para volver a zambullirse rápidamente en el camino de la demasía. En pocas palabras, venían en busca de un clima apacible para reponer sus fuerzas y retomar la farra, y tomaban mis enseñanzas para la chacota. Ese era el público que me había conseguido Dión.

Al llegar quise comprobar si Dionisio II poseía el fuego sagrado de la filosofía, porque quien lo posee sabe que es mucho lo que hay que aprender y dispone su vida para eso, moderándose en el régimen de vida para ser apto para el pensamiento y los estudios, mantener la inteligencia despierta y mejorar la memoria. Los que no, en cuanto advierten cuánto esfuerzo les espera, y que deben dejar de chupar, comer como chanchos y moderar sus apetitos sexuales, toman la filosofía como algo imposible, consideran pronto que ya aprendieron bastante, y se proveen de una serie de opiniones boludas con las que se dan un barniz con el que imitan la sabiduría. Pronto vi que Dionisio II pertenecía a esta clase de chupandinos.

Así y todo, haciendo mi voto a los dioses, le di al joven Dionisio el trato de amigo y me volqué a su enseñanza. Lamentablemente, pronto advertí que era un pendejo soberbio que me llevaba y traía con sus amigos para mandarse la parte dándoselas de intelectual. Como tomó el poder con inexperiencia, los asuntos de Estado eran manejados por un montón de turros que lo rodeaban. Y eso quizás sea lo peor de las grandes riquezas: que atraen a los vividores, a los alcahuetes y a los intrigantes, quienes se hacen pasar por seguidores y amigos y están siempre dispuestos a aplaudir los caprichos del jefe, al que hunden cada vez más irremediablemente. Estaba yo dispuesto aún, pese a todo, a colaborar en lo que se me permitiese para que se establecieran leyes justas, pero Dionisio sólo me encargaba la justificación que haría de prólogo, fundamentación que después retocaban sus amigos a piacere para, a continuación, redactar la ley que mejor les parecía.

Cada vez más convencido de la justeza de mis doctrinas, me aferré a la amistad de mi buen amigo Dión e intenté amonestar al resto de malvivientes, los ciudadanos de Siracusa. En mis amonestaciones incluía con cierta sutileza al soberano, Dionisio II, por quien, con el propósito de enseñarle los fundamentos del buen gobierno, había abandonado mi familia, amigos y negocios en Atenas.

Lamentablemente, los que se sentían afectados por mi prédica contra las malas costumbres le fueron con cuentos al rey, diciéndole que yo estaba tramando con Dión la manera de destronarlo, cosa que de ninguna manera era cierta. Fue entonces que Dionisio el Joven decidió mandar a su tío Dión al exilio como castigo por aquellos cuentos que tomó por ciertos, y en el ínterin le incautó todas sus propiedades para que no fuese nunca más a joder a su polis natal.

Todavía no entiendo por qué, pese a que le hablé abiertamente a favor de su tío para que no cometiera tamaña injusticia, y aunque a mí también me acusaron de confabular contra él, Dionisio II me retuvo a su lado como consejero, aunque no recuerdo que haya llevado adelante uno solo de mis consejos ni realizado una sola de mis iniciativas. Daba muestras de apreciarme sobremanera, y celebraba reuniones en que, bajo mi coordinación, realizábamos extensos diálogos. Me parece que este tirano adelantó a muchos en incorporar a los filósofos a la corte, dándoles un ámbito específico y los recursos necesarios para su actividad, para evitar de este modo que su prédica se realice por fuera, entre los disconformes, y en tal caso tenga efectos contrarios a los de la dinastía.

Al ver que yo seguía con Dionisio, aunque mi mentor en Siracusa había sido el ahora expulsado Dión, los ciudadanos debían pensar que había sido Dión quien efectivamente se había comportado indecentemente y por eso lo abandonaban todos. Yo mantuve un tiempo más la loca esperanza de educar al joven Dionisio, pero con pesar debí reconocer la inutilidad de tal esfuerzo, y que su carácter era incorregible.

Bien saben que la cosa fue de mal en peor. Dionisio II me halagaba en modo creciente, en tanto me trasladó con honores a la Acrópolis Alta, donde tuve que darme cuenta de que allí me tenía finalmente controlado y no había forma de escapar a ese cariño que decía profesarme. Y mientras recibía el trato de un querido amigo, se me encarcelaba para mejor cuidarme. Observen al menos en esto, melonazos, cuánta distancia hay entre la apariencia y la verdadera realidad de la que yo les hablo.

Una vez que logré que me dejaran salir de aquella polis siciliana, me cubrieron de calumnias: Dionisio empezó a atribuirme todo lo malo que había sucedido, cuando lo que en realidad sucedió fue que no me daba pelota y me tenía cerca para vigilarme. Hubiese sido comprensible que de ahí en más la suerte de los siracusanos me importara un catzo, pero mi entusiasmo por las empresas nobles me llevó con el tiempo a volver a colaborar con aquella tiranía.

Mientras tanto yo había vuelto a Atenas a atender mis asuntos, el pobre Dión, a quien Dionisio había expulsado injustamente al extranjero acusándolo de conspirador, esperó por años el momento de volver a su polis. Dionisio, encima, le mandó a decir que no tomara la expulsión forzada en la que estaba como un destierro, sino como unas vacaciones sin término previsto. Con esto confirmaba yo que los griegos que viven en Sicilia son rebarderos, al tiempo que juzgaba como un sabio designio divino que constituyeran un capítulo aparte de los helenos.

En mi ausencia, según supe también, Dión se puso a dar clases de filosofía sin haber entendido nada, y lo mismo hizo después Dionisio, aun cuando el muy caradura había atendido malamente tres o cuatro clases. El resultado, en ambos casos, fue sembrar la confusión y el desconcierto, cuando no la risa, y desde entonces debemos lamentar que se haya expandido la errónea idea de que la actividad del filósofo consiste en tomar por objeto de reflexión cualquier pavada y, por intermedio de un lenguaje dificultoso, volver difíciles las cosas que son fáciles. Según advertí en mis viajes, nadie puede exponer la filosofía mejor que yo, ni oralmente ni por escrito; así y todo, callé resignadamente ante aquellos libros que ambos, irresponsablemente, escribieron, y está visto con esto que ya publica cualquiera.

Comprenderán que, para decidirme por tercera vez a realizar el largo y penoso viaje que me trasladase a Siracusa -cosa que, aclaro, aún no había considerado en firme-, deseara estar seguro de que se encontraban bien dispuestos para cumplir con una condición, que no por exigua en su exigencia consideraba nimia o descarriada. A cambio, les prometí aceptar que asistieran a mis diálogos, como en la pasada estadía, todos esos troncos que no sabían ni dónde estaba la hipotenusa, y cuánto menos iban a saber lo que pudiese medir aquella. Bien sabéis que en Atenas deben aprobar matemáticas para el ingreso y soy inflexible en mi polis. Hice con ustedes esa excepción, con el único fin de ver si conseguimos armar un buen equipo para gestionar Siracusa con mano férrea.

La condición que les exigía era que no viniesen a mis lecciones después de haber participado de las fiestas dionisíacas, donde se hace todo lo que yo desaconsejo, donde se come hasta al hartazgo y se riega todo abundantemente con el noble vino de Sicilia. Como corolario, debían estar dispuestos a no entrar a las charlas con tinajas de vino, hetairas, restos de jamón o cosas sobrantes del festín de la noche anterior con las que amenizar nuestras conversaciones. Ya os he señalado cuánto enfado me produce ver que vienen a dormir a clase y roncan a pata ancha, mientras los mejores de mis discípulos, alcoholizados, se lanzan a grescas inmotivadas por malentender tesis filosóficas que se les antojan provocativas. El vino, generador de apariencias, no debe entrar en nuestras reuniones, y no deben inducirme a acompañarlos a empinar el codo: comprendan que después los diálogos que escribo quedan truncos, inician en cualquier parte o no arriban a conclusión alguna. Por otra parte, me ocurrió ya advertir que en algunos de ellos mezclo gente que ni se conoció ni vivió en la misma época. Si por culpa del tintillo siciliano sigo escribiendo escritos tan impresentables, y sabiendo que los críticos serán cada vez peores, temo que nadie me recordará en el futuro.

Para realizar la que sería mi tercera visita, que decidí hacer pese a mis avanzados sesenta y siete años, una de las promesas que me hizo Dionisio fue repatriar a su tío, Dión, a quien tan abusivamente había expulsado, y devolverle los bienes. El mismo Dión me enviaba cartas para pedirme que aceptase la invitación de Dionisio, viendo que mi enseñanza filosófica era el último recurso para ablandar la cabeza tiránica de su sobrino, acontecimiento que le permitiría volver a su amada Siracusa. Pensé que Dionisio estaba arrepentido de todo el daño que había hecho y estaba dispuesto a corregirlo.

Viajé nuevamente. A poco de llegar por tercera vez a Siracusa, vi con desilusión que no había forma de resolver tantos intríngulis y prontamente empecé a prepararme mentalmente para volver a casa. Olfateando esto Dionisio, que quería retenerme, me lanzó una propuesta de mala leche: que si yo me quedaba un año, dejaría que Dión administrase sus bienes desde el extranjero, donde todavía se encontraba, con la opción de volver a la polis si llegaba a un acuerdo en el que yo intervendría. Acepté, pensando que con eso haría al menos algún bien al sufrido Dión. En cuanto le dije que sí, Dionisio me hizo saber que, como Dión tenía un hijo, la mitad de los bienes eran de dicho esqueje, y que él mismo se los iba a administrar y los pensaba vender, así que ya lo estaba robando de entrada. En cuanto a la otra mitad que aún reconocía como propiedad de Dión, también había decidido venderla y enviarle lo recaudado para que pudiera disponer de lo suyo en el extranjero. Así que en pocos días, haciendo lo que le venía en gana, liquidó todos los bienes de Dión al precio que se le antojaba, y según los papiros opositores favoreció con eso a sus familiares y amigos. Me amargué, pero vi que no podía hacer nada. Desde entonces fui forzado a permanecer allí y me puse a esperar el tiempo de partir.

Otra ocasión me permitió ver la catadura de este segundo Dionisio, que en todo conservaba la hijoputez del padre. En cierta oportunidad bajó el sueldo de los soldados, dando a entender que con dicho ajuste atraería inversiones del extranjero, lo que provocó que éstos se sublevaran, rodearan la polis y amenazaran con prenderle fuego. Mal asesorado, en un principio quiso echar la culpa a la pesada herencia del gobierno anterior, siendo que la decisión era evidentemente suya, pero advertido de que en tal caso mancharía la memoria de su propio padre tomó otra decisión. Dionisio hizo llegar a los revelados la falsa noticia (inventada para reconducir con eso el odio de la soldadesca) de que el responsable había sido otro que lo había asesorado al respecto, y señaló sin mayor motivo a Heracles, a quien desde entonces los amotinados buscaron para despellejar. Fui testigo de que Dionisio, en presencia del mismo Heracles, lo tranquilizaba diciéndole que era todo política, mientras le prometía ponerlo a salvo, embarcarlo y permitirle luego manejar sus bienes desde el exilio hasta que pasara el mal rato. Tras calmarlo tan deslealmente, en cuanto logró que se retirara de la casa real envió a sus guardias a buscarlo para capturarlo, por lo que muchos temieron con toda razón que no cumpliera con aquellos ofrecimientos ni le extendiera el salvoconducto. Cuando yo intenté recordarle la promesa que había hecho, con la mejor cara de tirano que pudo el muy turro me dijo que a mí no me había prometido nada. Como Heracles afortunadamente logró escapar por la suya, Dionisio quedó con la vena y me sacó porque sí del aposento más o menos decoroso en que me alojaba, sin darme morada fija. Tuve que ir a pernoctar con la milicia, y en aquellas barracas unos remeros paisanos míos me alertaron sobre el peligro en que estaba: como yo intentaba por medios filosóficos trastocar para mejor aquella tiranía que los contrataba, unos mercenarios allí instalados habían decidido liquidarme, porque enterados de que yo buscaba la verdad y la justicia consideraron evidente que ponía en riesgo su estabilidad laboral como soldados de fortuna, conchabados justamente para que las injusticias continúen.

Al tanto de la situación en que me encontraba, mientras me ocultaba lo mejor posible de quienes confabulaban para matarme, envié un mensajero para que comunicara todo a Arquitas, mi amigo pitagórico de Tarento, quien me mandó un cuerpo de élite y pidió a Dionisio que me dejara partir con ellos, petición a la que por suerte accedió al tiempo que, el muy falso, hasta me dio un dinero para el viaje.

Ya en dirección de regreso a Atenas encontré a Dión, quien me había metido en tantos problemas, que lo más campante disfrutaba despreocupadamente de las olimpíadas. Debí apartarlo un momento de su ocupación actual, que consistía en comer uvas y acariciar senos. Al ponerlo al tanto de lo ocurrido su ánimo mudó, juró vengarse y dio una arenga a propósito de la patria y los antepasados en la que pidió a todos los presentes que participáramos de aquello. Así, al pasar sin escalas del dolce far niente a la vita eroica, Dión puso a la vista de todos el carácter inestable de los italianos.

Yo expuse en ese momento que no tenía edad para hacerme el hoplita y participar de esa guerra, pero que ayudaría de algún otro modo si intentaban nuevamente llegar a un acuerdo entre ellos, al menos dando cobertura mediática para desalentar a los antagonistas. De tal modo se inició la guerra que, aunque estuvo a punto de ganarla, Dión finalmente perdió ante Dionisio. En consecuencia, la creación de una república decente como la que tengo en mente tuvo nuevamente que postergarse.

A los efectos de abrir un poco vuestras mentes siracusanas y exponerlas a la luz del Sol que las salve del moho terrenal, y como despedida hasta la próxima carta, voy a explicarles algo que los va a poner en camino a la verdad.

Habrán notado que las cosas del mundo no son tan justas como deberían ser, que las cosas bellas siempre conservan algún defecto, y que la idea que tenemos de la comadreja no encaja con ninguna de las que se pueden ver y tocar, amén de que las comadrejas mueren pero la idea de la comadreja no morirá jamás. Eso ocurre porque las ideas, bellas y perfectas, no tienen nada que ver con el mundo que vemos y tocamos, y no pueden haber surgido de este mundo sensible donde sólo hay cachivaches. La comadreja incorpórea es más verdadera que las otras, y nuestra alma, que es también incorpórea, tuvo la oportunidad de conocerla en su vida anterior sin necesidad de abrir los ojos, que por otra parte en sentido estricto no tenía, cuando estuvo retozando en el cielo inmaterial, y esto ocurrió antes de nacer porque al nacer, para desgracia nuestra, nos olvidamos de todo. Así que a partir del nacimiento, cuando vemos una comadreja no hacemos más que recordar a la perfecta que ya conocíamos, o sea que conocer no es otra cosa que recordar lo que nuestra alma supo antes de instalarse en el cuerpo. Y por eso digo que para poseer la sabiduría más vale no haber nacido.

Sócrates intuyó la situación cuando dijo “sólo sé que no sé nada”. Ahora nosotros podemos completar la idea: “lo sé todo, pero me olvidé por completo”. Eso vale para todos excepto para los que, como yo, hemos salido de la covacha y visto la luz que hay en el fondo del túnel, y eventualmente para los otros que en el futuro, dejándose guiar por mis consejos, abandonen la ignorancia. El camino que debemos transitar para recordar es arduo y difícil, pero tengo esperanzas en que el Ginkgo Biloba que han comenzado a comerciar los fenicios pueda ayudarnos un poco.

Ahora que ha muerto el pobre Dión, me resultaría doloroso negar mi adhesión a quienes se consideran inspirados en aquel griego que, considerando que era italiano, no era tan malo después de todo. Me consta que, aunque no entendió mucho mis enseñanzas, nunca dejó de profesarme aprecio. Por lo demás, no corresponde al género hablar mal de los difuntos, salvo que se merezcan un odio infinito. Sin embargo, pese a estas consideraciones, razones de salud no me permiten más que mandarles cada tanto alguna carta de apoyo.

Los años dedicados a la contemplación del Bien me llevan a recordar cada vez más, y he vuelto a tener la idea de que un buen publicista, si se aplica a los temas de la polis y se pone al servicio de quienes amamos el saber, puede lograr lo que quizás no pueda ni el más sabio de los hombres ni un ejército de valientes, que es, a saber, mantener a raya las pretensiones del vulgo dándole ideas que tuerzan sus naturales intereses de clase. Si tanto se resisten a conocer la verdad del mundo perfecto de las Ideas, más vale confundirlos del todo para que dejen al rey-filósofo hacer lo suyo. Por otra parte, puesto que carecen de amor al saber, es necesario fomentar en ellos la parte irascible de su alma que, dirigida inteligentemente contra los demagogos y populistas que le ofrecen una mejora del mundo sensible, favorece a quienes, en virtud de nuestra supremacía moral, debemos ser sus naturales dirigentes.

Si ustedes salieron del pozo y entendieron lo que yo les enseñé, que son las Ideas quienes poseen plenitud de ser, sigan participando. Espero sepan comprender, aquellos que siguen mi doctrina, que tras tantos desencantos su maestro prefiera retirarse a contemplar el Bien en lugar de intentar corregir a una manga de atorrantes perdidos en el mundo terrenal. Deberán disculpar, dada mi avanzada edad, que no emprenda este viaje.

 

Platón



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