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Implicaciones para un mundo globalizado: La ciencia y la técnica en el mundo moderno

por Dr. Gabriella Bianco, PhD Red Internacional de Mujeres Filosofas - UNESCO
 

Reflexiones de Carlo Michelstaedter y Simone Weil


De los científicos modernos, diría Isaías:

“Tienen microscopios y no ven, tienen

micrófonos y no oyen” (CM, PR)

“Nosotros no encontraremos la libertad, la

igualdad, la fraternidad sin una renovación

de las formas de vida, una renovación en

materia social…”. (SW, EL)


La organización social moderna, con el prevalecer de lo económico, empuja toda la existencia a una situación extrema, que culminó, en el siglo XX, en la perdida de sentido del individuo, sujetado a situaciones más grandes y condenado, en una reproducción ampliada de su condición natural, a ser víctima de pobreza extrema, de migraciones, de hambrunas, de guerras regionales y continentales.

Sin embargo, el “coraje de lo imposible” en Carlo Michelstaedter es algo distinto de una desesperada y utópica lucha, que quiebra las feroces razones de la supervivencia y de la normalidad: “vivir cada instante como el ultimo” quiebra no solo la lógica de la normalidad retórica, en vista de un futuro improbable e incierto, sino que se abre a la vertiginosa visión de la “infinita justicia”, teniendo como punto de apoyo “la vía de la persuasión”.

La construcción social de la identidad personal – “la persona social” como la define Carlo Michelstaedter – es la clave con la cual el joven filosofo opera su crítica radical de la sociedad moderna, presentando un pensamiento filosófico, que subraya la carga indescriptible de violencia de la civilización moderna, que culminará, en los tiempos de Michelstaedter al comienzo del siglo XX, en la primera guerra mundial y en la destrucción y exterminio de la época nazi, que sacrificará parte de la familia de Carlo y la entera comunidad judía de Gorizia.

Es a través de la persona social, que Michelstaedter analiza las estructuras portantes de la sociedad moderna, la técnica, la ciencia, la organización del trabajo, el estado. Al mismo tiempo, la técnica se refiere a la ciencia, que no está solamente en la base de la técnica, sino que es también “la oficina de los valores absolutos”, cuya objetividad implica “la renuncia total a la individualidad” (CM, PR).

A través de la objetividad, “la ciencia provee a la sociedad, gracias a la sabiduría absoluta, lo que es útil para su vida: máquinas y teorías de todo tipo y para cada uso - de acero, de papel y de palabras” (CM, PR). Es la ciencia la forma específica de la retórica moderna, que invade el plano de sentido en la pretensión de constituir una identidad para el ser humano, incidiendo en la naturaleza y en el hombre, quitando todo pedido sobre el fin, a través del uso de los medios. En la disociación entre medios y fines – o mejor, invirtiendo los fines con los medios, como afirma Simone Weil – se expresa el aspecto esencial de la modernidad.

Para Michelstaedter, la ciencia es, sobre todo, un método de organización de los procesos sociales, que implica la renuncia total a la individualidad y reduce la búsqueda de sentido, al precario gesto cotidiano. En una visión casi profética, Michelstaedter anticipa la potencia de la intervención sobre la naturaleza y sobre el mismo hombre de la organización técnico-científica, en una acción que tiende solo a la ganancia y vale como máximo ejemplo de la disociación entre fines y medios. Sin embargo, Simone Weil considera que el derecho cumple una función de equilibrio social, distinto de lo que Kant llama “el reino de los fines”, relativo a la moral pura y a la justicia.

Para Michelstaedter, la sociedad tecnológica es la consecuencia del ocultamiento de la falta de ser, miedo anonadamiento y a la muerte. La técnica crea un sistema de relaciones sociales, que tienden a privar de sensibilidad el constante y profundo dolor del vivir, al cual corresponde la triste monotonía de “El canto de las crisálidas”:

“Vida, muerte, la vida en la muerte, muerte, vida, la muerte en la vida.

………………….

Más, si la vida será nuestra muerte, en la vida viviremos solo la muerte.

(CM, Poesie)

A través de un saber, por el cual las palabras confieren sustancia a las cosas que no la tienen.

En este proceso, el hombre, vaciado de la posibilidad de pensar y de asumir responsabilidad, reducido a un “hombre amaestrado”, que, en la seguridad social, busca su propia seguridad individual, deviene victima y cómplice, un “individuo social” en una sociedad histórica, donde puede afirmarse y exorcizar así su propio miedo y angustia.

A su vez, Simone Weil está consciente de la necesidad de configurar una ética que sea viable tanto en el plano individual, como en el plano de la comunidad, en presencia de ese desarraigo que en la sin-forma de la existencia metropolitana, provoca la fragmentación de las tradiciones en el sentido benjaminiano de atrofia y destrucción de la experiencia. En los tiempos de la modernidad y del trabajo industrial, para Simone Weil, todo saber trasmitido se hunde en lo arcaico.

Contra la política entendida como “la técnica para adquirir y conservar el poder”, contra la degradación de la justicia, contra el derecho como expresión de la “voluntad de potencia”, contra el uso del dinero “que destruye las raíces donde penetra” (SW, E), Simone Weil invoca un ideal de desarrollo no exclusivamente material, tanto de la técnica como de la ciencia, haciendo converger ciencia y ética e insistiendo sobre la espiritualización del trabajo, que se opone al desarraigo metropolitano y al vaciamiento de los valores que consiguen de ello.

De esto deriva la dificultad de echar un puente entre la individualidad y lo comunitario y se delinean las contradicciones propias del pensamiento weiliano – la necesidad de un ethos común, al arraigarse sobre valores compartidos y sobre las necesidades vitales del hombre, o sea la idea de una comunidad ética fundada sobre el valor de la “obligación” , que, como figura ejemplar, se inserta “como punto de intersección entre este y otro mundo”, entre la infinitud de la tarea y la finitud de los objetos particulares, indicándonos que, en Weil, solamente en esta vertiente – la del “enracinement” – es posible prefigurar una sociedad modelada sobre la idea de “bien”, o sea en la vertiente de la mediación entre política y valor.

No hay conciliación entre la “obligación” como absoluta, que se inscribe en una economía e indica un recorrido, por así decir, ejemplar, y por el otro lado, la pasividad de la materia, en el ascetismo propio de la “decreación”, que pertenece a la irreductible soledad del alma. Al mismo tiempo, la idea de desarrollo y la de un ethos con el cual medirse a través de la mediación política – valor, resulta por un lado una figura esencial y por el otro, se traduce en la pretensión de trasladar el “bien” a lo social y de dar a ello una representación política.

La política necesita esfuerzos inventivos en relación con el arte y a la ciencia – afirma Simone – por la cual la política orientada a la obligación adquiere el perfil de una forma de civilización: “Lo político es lo que da sentido al corazón del mundo. Se podría decir que el hombre político es el hombre religiosus, que ha tomado conciencia de su esencia, o sea de la naturaleza profunda de su relación con el mundo (F. Coursol, CSW).

Quedan para explicar las ambivalentes oscilaciones típicas del aspecto religioso, que tiende a ocultar los conflictos reales de lo social y del aspecto político, que impulsa la reflexión sobre lo social como bien, que tiende a esconder el pensamiento en la espiritualidad. Entre el bien y la fuerza, se colocan todas las estrategias posibles, para evitar la alternativa entre la relación social como capacidad de acción eficaz y, en la visión de Simone Weil, de pura espiritualidad, y la relación de poder y de dominio. Desde este punto de vista, la reflexión sobre lo político se asimila a lo que obra sobre lo religioso, ya que lo político, en su etimología originaria, alude al tejido de relaciones humanas públicas y lo religioso

se refiere al vínculo y al tejido de relaciones que pueden revelar la trama divina.

Pero es en el corazón mismo de la técnica, según Simone Weil, donde debe darse el cambio, la transformación de los límites de lo social, en la construcción de la identidad personal: “Todos repiten que sufrimos por un desequilibrio debido a un desarrollo exclusivamente material de la técnica. El desequilibrio puede ser reparado solamente con un desarrollo espiritual en el mismo ámbito, o sea en el ámbito del trabajo” (SW, E). Simone abre así el discurso sobre el trabajo, ya que una sociedad menos opresiva es solamente aquella donde la mayoría de los hombres tenga “mayor posibilidad de control sobre el conjunto de la vida colectiva” (SW, LR), un hacerse consciente del trabajo autónomo individual, a través de una descentralización progresiva de la vida social y entonces de la división de los grandes aparatos productivos en núcleos más restringidos, que lleve a una civilización “fundada sobre la espiritualización del trabajo” (SW, E).

Una espiritualización del trabajo, que se libere del ídolo de la productividad en vista de un desarrollo técnico que no sea exclusivamente material, puede ser pensado solamente en la recuperación y en la difusión generalizada de la espiritualidad. Pero el gran diseño de espiritualización del trabajo no puede solamente corresponder a una mera política de administración del conflicto, reflejo de la voluntad de potencia de fuerzas contrapuestas. Aquí Simone Weil subraya como la política, cuya tarea es la de “imponer reglas” en el juego de las fuerzas antagónicas, termina por ser, como “conjunto de procedimientos” (SW, E), impotente para colmar el abismo entre derecho y justicia, entre el derecho, siempre ligado a la contingencia, a la justicia.

Y Michelstaedter apremia: “Ya que tomas parte de la violencia de todas las cosas, toda esta violencia es tu deuda hacia la justicia. A cortar la violencia de raíz, debe ir toda tu actividad – todo dar y nada pedir: esto es tu deber, donde están los deberes y los derechos, yo no sé” (CM, PR).

La violencia sobre la naturaleza está en la base de la sociedad tecnológica, donde el miedo a la verdad genera la concepción científica de la verdad como objetividad, se conecta con las necesidades de la sobrevivencia, con la necesidad de seguridad, que define la relación entre los hombres como propietarios. Si la propiedad es la relación que pasa por las cosas, también la relación entre las personas se modela sobre la relación entre las cosas, con un criterio instrumental.

Estas dos formas de violencia generan una sociedad, donde “cada uno es materia y forma, esclavo y amo al mismo tiempo” (CM, PR). En la técnica como relación social, que transfiere a las maquinas las actitudes históricamente producidas por los hombres, precediendo el discurso heideggeriano, se reduce el mundo a mera disponibilidad (Bestand) al uso (Bestellung). Esta reducción nos devuelve al escondimiento metafísico del ser en el Da-sein.

La sociedad tecnológica es la consecuencia del escondimiento de la falta de ser y la técnica es un sistema de relaciones sociales dirigidas – en la deficiencia ontológica – a anestesiar el dolor y el miedo a la muerte. La ciencia tecnológica es el último cumplimiento de ese desprendimiento entre pensamiento y physis, que nace con Platón y, Aristóteles.

Así, la historia que culmina en la sociedad tecnológica no es otra cosa que el discurso que el individuo social hace de su propia vida; las historias generales y las filosofías de la historia pertenecen a la humanidad que se afirma a si misma (CM, O). Sin embargo, el pensamiento de Michelstaedter no está totalmente en contra de la ciencia y de la técnica, que, como “oficina de los valores absolutos”, absuelven a una tarea general de producción de sentido.

La concatenación del irracional devenir histórico natural reside en la decisión individual a impulsar un cambio radical de sentido, volviendo a la cuestión originaria abarcada en el pedido ontológico y existencial, y, entre la búsqueda de lo auténtico y la autenticidad de la vida, el individuo “tiene que resistir sin cansarse a la corriente de su propia ilusión” (CM, PR).

Michelstaedter pone con extrema energía la cuestión de un cambio radical de sentido en nuestra relación con el núcleo esencial de la vida – el dolor, la muerte, el misterio – que nuestra civilización trata de esconder. Para llegar a la luz, es necesario superar la antigua escisión entre palabras y cosas, entre pensar y actuar, superando los siglos de la “retórica”, para recorrer aquella vía de la “revolución individual”, vía paradojal y trágica, “la vía de la persuasión”, que implica abrazar ese “dolor”, que es intrínseco de la vida, así como está dada, como ausencia, falta de ser y de sentido.

En la ceguera de una civilización globalizada, que tiene sus raíces en la cultura occidental, para el individuo que consuma siempre y en todo caso, su singularidad en el presente: “Esto – dice Michelstaedter – está en la base de todo: si el presente no existe, nada tiene valor” (CM, PR), la única salvación reside en el ser persuadido, en la “persuasión” que es tarea infinita y justicia infinita.


Bibliografía:

Carlo Michelstaedter, La persuasione e la rettorica, PR, Adelphi, Milan, 1990

Carlo Michelstaedter, Poesie, Adelphi, Milan, 1983

Carlo Michelstaedter, Opere, O, a cargo de Gaetano Chiavacci, Firenze, 1958

Simone Weil, L’enracinement. Prélude d’une déclaration des devoirs envers l’être humain, E, Gallimard, Paris, 1949, 1970

Simone Weil, Lettre a un religieux, LR, Gallimard, Paris, 1951, 1980

Simone Weil, Écrits de Londres, EL, Gallimard, Paris, 1957, 1980

F. Coursol, Simone Weil: spiritualité et sources révolutionnaires, CSW, 1990

Gabriella Bianco, La impaciencia de lo absoluto en Carlo Michelstaedter y Simone Weil, Ed. Suarez, Buenos Aires, 2007

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