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Perón y la filosofía: el Primer congreso nacional de filosofía de 1949 y La comunidad organizada

por Gabriel García
 


Texto leído en el Primer Encuentro de Filosofía en La Matanza,

Feria del Libro de La Matanza, 18 de septiembre de 2017.

Quiero agradecer a los organizadores de este encuentro y a todos los entusiastas de la filosofía, militantes populares, lectores que llegaron a esta Feria del Libro y se hicieron presentes.

Me gustaría antes de empezar disipar un malentendido que es pensar que sólo los peronistas deben leer a Perón. No hace falta ser peronista para leer a Perón, alcanza con estar interesado por conocer la historia argentina. Y eso, al margen de que, como dijera Perón en el año 1972, son muchos los candidatos pero “peronistas somos todos”.

Voy a dividir la exposición en tres partes.

En primer lugar, vamos a hacer un repaso de cómo fue nuestro Primer Congreso Nacional de Filosofía.

En segundo lugar, vamos a referirnos a ciertos detalles sobre el devenir del texto que recién en 1952 sería llamado La comunidad organizada, pero que en la primera edición de las Actas de la Universidad de Cuyo y por un tiempo se llamó simplemente La Conferencia del Gral. Juan Domingo Perón en el Primer Congreso Nacional de Filosofía. Sobre esto, hay cuestiones todavía no resueltas.

Por último, vamos a intentar pensar qué papel otorgaba Perón a la filosofía.

Ninguno de estos puntos será fácil, porque en el público y en el panel hay quienes saben más que yo sobre estos temas.


1 El Primer Congreso Nacional de Filosofía

La importancia que se le otorgó a este encuentro es algo fuera de lo común para las reuniones académicas.

El punto de partida fue una resolución del Rectorado de la Universidad Nacional de Cuyo, que en diciembre de 1947 convocaba a un Congreso Argentino de Filosofía para 1948. En abril de 1948, mediante un decreto del Poder Ejecutivo Nacional, al tiempo que confirma a todo su Comité Ejecutivo, se le otorga un carácter nacional, y se lo designa en lo sucesivo como Primer Congreso Nacional de Filosofía. La fecha debió posponerse, y finalmente se realizó entre el 30 de marzo y el 9 de abril de 1949.

Los asistentes, filósofos de reconocida trayectoria internacional, fueron recibidos con gran efusividad y despliegue. Los filósofos argentinos pudieron, también, presentarse con la dignidad del caso. Unos días después de finalizado el Congreso, el día 13 de abril, se hizo un cierre académico en el Teatro Colón de la ciudad de Buenos Aires, organizado por las universidades argentinas, en que el presidente de la nación entregó a los delegados extranjeros el título de Miembros Honorarios de la Universidad Argentina.

Recordemos que se daba también en el marco de una compleja situación que enfrentaba a la Federación Universitaria Argentina (FUA) con el gobierno.

Desde el punto de vista político, permitía mostrar que en el país no existía la dictadura que fantaseaban especialmente en el exterior (pero también muchos habitantes del país) quienes no podían (o no querían) entender de qué se trataba el fenómeno de masas que agitaba a la Argentina. El hecho de que el General Perón, en su carácter de presidente de la Nación, cerrara el Congreso con lo que estaba llamado a ser uno de los pilares doctrinarios del justicialismo, daría a aquel evento un carácter fundacional.

2 La Conferencia del General

Vamos a considerar aquí no el contenido, sino las vicisitudes aún no resueltas sobre la redacción de la Conferencia que Perón realiza en el Primer Congreso Nacional de Filosofía.

La lectura de este texto nos muestra a un Perón poco reconocible. Me animo a decir que, salvo algunos giros o párrafos, no sospecharíamos que aquello fue escrito por el mismo Perón. No es el tono coloquial y ameno al que nos acostumbró en el resto de sus textos, no es su estilo.

Antes de leer su Conferencia, el General Perón adelanta unas palabras a los filósofos presentes, donde les dice:

“Señores Congresales:

Alejandro, el más grande general, tuvo por maestro a Aristóteles. Siempre he pensado entonces que mi oficio tenía algo que ver con la filosofía.”

Ahí sí lo reconocemos a Perón. En la capacidad de dar un giro inesperado, de mantener nuestra atención siempre con nuevos recursos, en la capacidad de dar un chiste incluso en medio de la intelectualidad más ceremoniosa.

Pero en el texto de la conferencia propiamente dicha, en cambio, el estilo se vuelve recargado, abigarrado, embrollado, denso, saturado de citas, y en muchos casos de difícil interpretación. Esto llevó a muchos a suponer y a sostener que el texto no era de su autoría. Hay además otros motivos para pensar eso: la actividad que venía desarrollando Perón difícilmente le hubiese permitido realizar un texto de esas características: desde su actuación en la revolución de 1943 había tomado lugares ejecutivos de primer orden, había desarrollado una campaña y ganado las elecciones, había asumido la presidencia, había diseñado y puesto en marcha el Primer Plan Quinquenal y había participado en la creación de la nueva Constitución que apenas unos cuantos días antes se acababa de aprobar.

En fin, Perón no podía tener tanto tiempo, pensaron algunos. Y no hubiese sido algo tan descabellado: es común que a los hombres de Estado se le hagan los discursos, ya sea porque no tienen tiempo para escribirlos o, como sucede también y cada vez con más frecuencia, no tienen capacidad para elaborarlos. No era el caso de Perón, que tenía capacidad de sobra para eso, pero bien podía no haber tenido tiempo. Piensen que el mismo día que da esta famosa conferencia, da otros dos discursos en Mendoza, de cierta extensión.

Vamos a avanzar entonces sobre esta incógnita.

En primer lugar, debemos aclarar que, pese a lo que se dijo muchas veces, la conferencia publicada en las Actas del Congreso no coincide con la conferencia leída. En 2014 el investigador Oscar Castellucci, para la edición de La comunidad organizada que editó el Congreso Nacional, nos reveló haber encontrado las cintas magnetofónicas del discurso pronunciado (ahora están en internet), y haber descubierto al escucharlas que Perón solamente leyó lo que resultarían ser los últimos seis capítulos sobre un total de veintidós. Y Perón los presenta diciendo:

“Como sería largo exponer aquí una serie de asuntos, por otra parte harto conocido por los señores que me escuchan, yo sólo limitaré esta exposición a las conclusiones que en el orden estatal tienen los estudios que preceden a cuanto expondré (…)”

Me animo a decir que lo que Perón efectivamente lee, pese a su densidad, es mucho más cercano al estilo de Perón.

Ahora bien, considerando el texto en su conjunto, podríamos considerar que el eje de la reflexión podría titularse así: “los distintos problemas a que se enfrentaron los hombres a lo largo de la historia, y las distintas soluciones que inventaron. Quizás una antropología filosófica unida a una filosofía de la historia y a una filosofía política. Digo específicamente a los estudiantes del profesorado que no se les ocurra presentar algo así como propuesta de tesina porque van a ser rechazados. Su profesor de Orientación en Investigación Filosófica les va a decir que no han recortado suficientemente el objeto, que intentan abarcar demasiado. Pero eso lo vamos a dejar para después.

Lo que intenta este texto es dar a conocer la tercera posición justicialista presentándola en el marco de las ideas generadas hasta ese momento en la historia universal.

Retomemos el punto donde lo habíamos dejado: ¿fue Perón quien escribió La comunidad organizada? Sabemos que consultó a Carlos Astrada y al padre Hernán Benitez (confesor de Evita), pero sabemos también que Astrada negó ser responsable del texto y Benítez lo rechazó porque no expresaba ajustadamente la posición de la iglesia. Y el mismo Perón no estuvo muy conforme con el resultado logrado en La comunidad organizada; algunos recuerdan haber escuchado en las grabaciones que llegaban desde Madrid:

“hay que leerla, aunque no me gusta o no me resulta satisfactoria. Yo había escrito un texto muy claro, muy lindo, y lo di para que lo arreglaran para filósofos… y me lo estropearon. Pero ahí está, igual sirve.”

Sin embargo hay todavía otra explicación para comprender el caso, que no encuentro registrada en la edición del Congreso Nacional del 2014. En Las memorias del General, de Tomás Eloy Martínez, el general todavía en el exilio se refiere a las actividades que había realizado en 1944 en el Consejo Nacional de Posguerra, y allí señala:

“(…) formé un cuerpo de concepción de la revolución, que inicialmente estuvo integrado por cien personas. (…) De los cien me habré quedado con cincuenta. Con ellos trabajé la fase ideológica de la revolución, dentro de un Organismo de Concepción que fijaba las grandes líneas; esto se perfeccionaba luego en un Organismo Técnico, que era el elemento activo. El proceso de concepción culminó en una gran asamblea, en la que se redactaron algunas ideas con las que no estuvimos de acuerdo; me recomendaron entonces a mí que escribiera un documento. Es el mismo que, perfeccionado y con un contenido más específico, presenté luego al Congreso Internacional de Filosofía en Mendoza. Finalmente, lo publiqué en forma de libro, con el título La comunidad organizada.”

Si rescatamos esta idea, vemos que Perón no aspiraba a dar, en lo que se convertirá en la base doctrinaria del justicialismo, un pensamiento individual, sino a expresar el de un colectivo al que había convocado. El hecho de que no haya podido darse el acuerdo entre los que formaron esa asamblea citada, impulsa el pedido para que sea él quien lo redacte. Y, suponemos, esta redacción que en cuanto a la forma estaría dada en su propio estilo, habrá usado muchas de las ideas de aquel equipo con el que estaba preparando el fundamento ideológico de la revolución; difícilmente lleguemos a saber si quitó algunas o agregó otras. Si queremos integrar a esto su otro testimonio, una vez que tuvo lista la redacción de este documento lo dio para que se lo perfeccionaran… y ahí se lo estropearon. Aceptar esta deriva del texto, que lo remonta a una multitud de aportes, además de estar en conformidad con los testimonios que el mismo Perón nos deja sobre su elaboración, puede hacernos comprender más cabalmente la extrañeza de su estilo.

Ahora bien, podríamos preguntarnos porqué, habiéndosela definido como una obra fundamental para el justicialismo, no se ha tomado algún momento futuro para perfeccionarla. Pero encontramos la respuesta, creo, en Conducción Política, donde dice:

“Nosotros hemos concebido una doctrina y la hemos ejecutado, y después la hemos escrito y la hemos presentado a la consideración de todos los argentinos. Pero esa doctrina no está suficientemente desarrollada. Es sólo el enunciado, en forma sintética, del contenido integral de la doctrina. Será función de cada uno de los justicialistas argentinos, a lo largo del tiempo, ir poniendo su colaboración permanente hasta desarrollar el último detalle de esa doctrina para presentar también, finalmente, una doctrina más sintética que la nuestra, más completa que la nuestra.”

Por otra parte, lo que más importa no es que se la haya escrito, sino que se la haya realizado. En el VII Congreso Internacional de Cirugía, el 4 de agosto 1950, señala:

“… considerando que las ideas son más poderosas que todas las fuerzas materiales reunidas, hemos creído que era nuestro deber ofrecer al mundo la idea de una Tercera Posición ideológica; y para ofrecerla al mundo con algún atractivo mayor la hemos realizado ya nosotros, entregándola a la humanidad más como experiencia que como doctrina”.

Y esto equivale a decir que no debe buscarse todo el justicialismo en un libro (La comunidad organizada). Porque, como señalará también, el paso del tiempo hace que deban actualizarse las doctrinas, para evitar que queden “fuera de época”.

3 Relación de Perón con la filosofía

Perón fue un lector atento de la filosofía que dejó muchos rastros en su obra que traslucen su conocimiento de los filósofos clásicos y modernos.

De todas maneras, Perón consideró ser muchas cosas (militar, educador, conductor), pero nunca se consideró un filósofo. Era plenamente consciente de que su Conferencia del 49 no era el aporte de un profesional, y así lo expresó en su introducción ante los asistentes:

“He querido ofrecer a los señores que nos honran con su visita, una idea sintética de base filosófica, sobre lo que representa sociológicamente nuestra tercera posición.

No tendría jamás la pretensión de hacer filosofía pura, frente a los maestros del mundo en tal disciplina filosófica. Pero, cuanto he de afirmar, se encuentra en la República en plena realización. La dificultad del hombre de Estado responsable, consiste casualmente en que está obligado a realizar cuanto afirma.”

Ahí tenemos ya algunos puntos que serán constantes en la obra de Perón, en la que se insiste en que lo difícil no es concebir una idea, sino realizarla, ejecutarla.

Vamos a aclarar que Perón denomina lo filosófico de varias maneras: a veces lo denomina doctrina, a veces lo ideológico. “Las doctrinas son, generalmente, exposiciones sintéticas de grandes líneas de orientación, y representan (…) solamente el enunciado de innumerables problemas”.

Perón consideraba la filosofía como algo indispensable. Refiriéndose a la revolución de 1943, señala:

“Las revoluciones tienen cuatro etapas: la filosófico-doctrinaria, la toma del poder, la dogmática y la institucional. Yo aspiraba a ser el Lenin de esta revolución.”

Por supuesto que no está pensando en una filosofía ensimismada, que tendiera al aislamiento, a esa filosofía que Marechal va a llamar “pasto de los profesores”, sino en una filosofía que diera un fundamento a la vida del hombre, le diera el sentido de su valor personal y una causa por la que vivir. Por eso, lo que más lo preocupaban eran las cuestiones éticas. Al mismo tiempo que valora las teorías que dan esperanza, combate aquellas que llevan al escepticismo. Sabe, como militar que era, que la moral es un componente fundamental en la lucha, y que la desmoralización es la antesala de la derrota.

Refiriéndose a la Proclama del 4 de junio de 1943, escrita por él, señalaba: “Esta proclama tiene, como todas, dentro de su absoluta sencillez, un contenido filosófico que es necesario interpretar”. Allí, como crítica a la situación reinante durante la década infame, podemos leer lo siguiente: “Se ha llevado al pueblo al escepticismo y a la postración moral, desvinculándole de la cosa pública (…)”. Y ahí vemos aparecer a la filosofía en su aspecto práctico: quien es llevado al descreimiento no tiene motivos para actuar, carece de moral para la lucha.

Es la doctrina, en la concepción de Perón, la que da la unidad y el impulso para la lucha. Porque no concibe a la doctrina como algo que se aprende teóricamente, sino como algo que llevamos en el corazón y nos da un impulso ético.

“El uso feliz de la libertad está en absoluta relación de dependencia con el grado ético alcanzado. La libertad puede ser permanente en los pueblos que poseen una ética, y es ocasionalmente circunstancial, donde esa ética falta.” (Mundo Peronista, 15/9/1951)

Veamos cómo esa crítica a la desmoralización forma parte de la conferencia a la que nos referimos:

“Sugerir que la humanidad es imperfecta, que el individuo es un experimento fracasado, que la vida que nosotros comprendemos y tratamos de encauzar es, en sí y en sus formas presentes, algo irremediablemente condenado a la frustración, nos hace experimentar la dolorosa sensación de que se ha perdido todo contacto con la realidad.”

“ (…) la angustia de Heidegger (señala más adelante) ha sido llevada al extremo de fundar teoría sobre la “náusea” y se ha llegado a situar al hombre en actitud de defenderse de la cosa (…) Del desastre brota el heroísmo, pero brota también la desesperación, cuando se han perdido dos cosas: la finalidad y la norma. Lo que produce la náusea es el desencanto, y lo que puede devolver al hombre la actitud combativa es la fe en su misión, en lo individual, en lo familiar y en lo colectivo.”

Los haya entendido bien o mal, Perón no podía simpatizar con los existencialistas, que por aquel momento eran predominantes en el ambiente filosófico. Eran muy tristes.

En 1948, en una frase muy poco técnica para los filósofos, va a emprenderla directamente contra los pensadores amargados:

“A fines del siglo pasado se formaron generaciones de amargados, escépticos, de enemigos del hombre, de la familia, de la sociedad; pero esa monstruosa concepción de la vida y de los hombres se refugió en las imprentas nihilistas y en las reuniones intelectuales. Eran los decadentes de la civilización”. (Citado en: Filosofía peronista)

Esas doctrinas no podían vencer, porque no tenían ni esperanza, ni alegría, ni amor, tres cosas a las que remite como fundamentales en su Discurso del 49.

“Ni la justicia social ni la libertad, motores de nuestro tiempo, son comprensibles en una comunidad montada sobre seres insectificados (…) Nuestra comunidad, a la que debemos aspirar es aquella donde la libertad y la responsabilidad son causa y efecto, en que exista una alegría de ser, fundada en la persuasión de la dignidad propia. Una comunidad donde el individuo tenga realmente algo que ofrecer al bien general, algo que integrar y no sólo su presencia muda y temerosa.”

Una de las alternativas que nos presenta la historia, que recorre la Conferencia, es la elección entre el individualismo egoísta y el colectivismo “insectificador”. Frente a esa alternativa que parece no tener salida, Perón, a la manera de Heráclito, hace una afirmación sorprendente:

“Nosotros somos colectivistas, pero la base de ese colectivismo es de signo individualista, y su raíz es una suprema fe en el tesoro que el hombre, por el hecho de existir, representa.

En esta fase de la evolución lo colectivo, el `nosotros´, está cegando en sus fuentes al individualismo egoísta.”

Por último digamos que, como aquella Conferencia destinada a filósofos era de difícil comprensión, y como también sabía Perón que la propaganda debe realizarse de muy distintas maneras, en la manifestación del17 de octubre de 1950 da a conocer las 20 verdades peronistas, que son una síntesis apretada y concisa de aquella. La verdad décimo cuarta condensará lo que es la filosofía peronista:

“El Justicialismo es una nueva filosofía de la vida, simple, práctica, popular, profundamente cristiana y profundamente humanista.”

La mayoría de estos términos exigiría un comentario posterior (por ejemplo, que en sentido estricto no se corresponde con lo que históricamente fueron llamadas “filosofías de la vida”), pero esto nos queda como tarea para el futuro. Pero lo que debemos resaltar es que en ese cuerpo de pensamientos Perón hace descansar la continuidad de aquella revolución. Cuando desde el exilio redacte La fuerza es el derecho de las bestias (que entre paréntesis es una frase que toma de Cicerón, quien introduce la filosofía griega entre los romanos) señalará:

“ (…) las doctrinas sólo se destruyen con otra doctrina mejor. La dictadura militar con su sistema de fuerza y arbitrariedad pretenderá destruir con la fuerza lo que es necesario tratar con inteligencia. Ni la policía, ni el ejército son eficaces en este caso.”

Y en las consideraciones finales, dirá:

“Si nuestros enemigos pudieran dejar al país una doctrina mejor que la nuestra, nos sentiríamos con ello pagado suficientemente de las calumnias, las penas y las persecuciones. Para nosotros, el país está siempre por sobre nuestros intereses personales. No nos interesa quién lo gobierna, sino quién pueda asegurar mejor la felicidad del pueblo y su futura grandeza. Pero, ¿qué puede esperarse de esta dictadura de ignorantes y reaccionarios que no sea miseria, dolor y ruina?”

Bueno, ya abusé del tiempo de todos ustedes.

Muchas gracias.

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