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Reflexiones en primera persona sobre la ciencia y la pared que encubre la “normalidad” argentina

por Gustavo Vallejo
 


Un 20 de noviembre moría Francisco Franco y renacía la libertad en España. Una rara coincidencia hizo que esa fecha cobrara otros sentidos aunque también ligados al acceso a mayores niveles de libertad, cuando, en forma inesperada, España se cruzó en mi vida.
Es que, el mismo día, pero de 2002, emprendí el viaje de Aerolíneas Argentina a Madrid que establecería tajantemente un antes y un después en mi relación con el sistema científico. En adelante publicaría numerosos libros y papers. Aunque nunca me di a mí mismo un espacio suficientemente extenso para dejar emerger lo más personal dentro de esa producción académica, acostumbrados como estamos los científicos a custodiar con celo una tarea que no debe ser afectada por inadecuadas “contaminaciones” de subjetividad.
Pero algo me empujaba a contar lo que había detrás de aquellos libros y papers. Un estado de cosas que en el presente alimentan sensaciones de angustia, impotencia y por qué no, de frustración también, como ese vano “aviso de incendio” de Walter Benjamin, me decidieron a bucear introspectivamente para volver sobre un lugar que creía muy remoto y hoy veo crecientemente presentificado.
La hora de los valientes, tematizó en 1998 la Guerra Civil española deteniéndose en un episodio memorable como fue la evacuación de las obras del Museo del Prado ordenada por el presidente Manuel Azaña. Su director, Antonio Mercero, recordaría luego que la recreación del ambiente cuidó tantos detalles que, al filmar una escena de bombardeos en el centro de Madrid, debieron asistir médicamente a un anciano que lloraba desconsolado y solo decía “otra vez la guerra, no”. Aquella traumática experiencia personal podría compararse a la de quienes en Argentina vemos hoy conformado el escenario de un momento al que el neoliberalismo ya nos condujo antes. Con la diferencia que al anciano rápidamente pudieron demostrarle que aquello sólo era una ficción.
En efecto, no hay nada ficcional en la etapa iniciada en diciembre de 2015, que tuvo entre las primeras medidas demostrativas del talante de la nueva gestión, una que resultó muy emblemática para el sector científico. Nos referimos a la decisión de dejar en un limbo laboral a unos 500 becarios que en la correspondiente evaluación obtuvieron recomendación de ingreso a la Carrera del Investigador del CONICET. A ellos se les negó ese ingreso con promesas incumplidas, y los que se postularon después ya encontraron la traba impuesta por cupos muy exiguos. Considerándolos vagos y/o inútiles, grandes medios de comunicación no trepidaron en vilipendiar su tarea en busca de generar un consenso en las acciones de gobierno del presente alimentando formas de pensar a futuro impregnadas de un profundo miserabilismo. Porque ¿qué otra cosa supone desentenderse de aquellos que terminan dándose ahora la cabeza contra la pared, no por vagos o inútiles, sino por concentrarse en una labor que los hace internacionalmente competitivos como lo son muy pocos sectores dentro de la sociedad argentina? Ser absorbidos por una Universidad (también desfinanciadas) era la solución inmediata que les ofrecieron los modernizadores del Estado, esos que sólo entienden de llenar planillas Excel (para disimular su ignorancia o su repentino cambio a lo Groucho Marx -“si no les gustan mis principios tengo otros”-), quedando además la “genial” alternativa de reconvertirse en un emprendedor.
Ahora bien, las tremendas implicancias de decisiones que a menudo se presentan como una virtuosa manera de ingresar en el mundo de la innovación encierran, como en este caso, el costado más cínico de la exclusión. Detenerme en esta pequeña porción de una enorme cantidad de víctimas del neoliberalismo me lleva a mirar hacia atrás para redescubrir sucesivas imágenes que impregnaron el azaroso momento que precedió a mi consolidación como investigador.
“¿Alguien tiene alguna pregunta para hacer?”, dijo cierta vez la coordinadora de un simposio internacional en Leiden, como lo hicieron muchos otros coordinadores en una situación similar. Sólo que en esa oportunidad la respuesta fue bastante diferente de las esperables desde aquel básico interrogante abierto. Lo extraño del caso radicaba fundamentalmente en que era un chico de 8 años quien levantaba la mano y expresaba con gran soltura: “yo, más que una pregunta quiero hacer un comentario”.
Todos los investigadores presentes se miraron sorprendidos, tratando de encontrar en la mirada del colega más cercano una explicación a lo inexplicable.
La coordinadora le concedió la palabra y el chico se explayó criticándola por su exposición. Sostenía que ella había comenzado su charla expresándose con claridad, pero, presionada por el tiempo, la misma se había vuelto algo confusa.
El chico había añadido a la audacia del involucramiento en una situación que le era absolutamente ajena a él, la sagacidad de detectar las presiones que nos impone la exigencia de competitividad, para sorpresa de los demás participantes y de aquellos que dentro del mismo Congreso se perdieron la escena, pero enterados, pretendían al día siguiente conocer al “niño genio”. Pero, para su sorpresa, sólo encontraban un chico, o en todo caso un chico capaz de mostrarnos como en un espejo lo que hacíamos nosotros mismos. Nada más… Y nada menos.
El episodio tuvo lugar en 2008. El protagonista era Joaquín, mi hijo, y su observación estuvo dirigida a Marisa, mi esposa. Yo miraba asombrado y sólo atinaba a disculparme ante mis colegas. Sin embargo, como en muchas ocasiones, creo que esa vez los tres aprendimos algunas cosas y también confirmamos que algunas experiencias pasadas nos habían impregnado para siempre.
En 2002 fuimos exiliados económicos de un país carcomido por una corrupción endémica que se retroalimentaba con la mayor crisis económica de su historia, de la que aquella era su causa y su consecuencia. Entre la corrupción y el profundo desprecio -literalmente bajarnos el precio- para mellar la autoestima y así forzar a que dejemos de hacer lo que creíamos importante para nosotros y para los demás, debimos abandonar el país.
Desde el mismo lugar en el que están hoy los ingresantes en expectativas que tiene el CONICET, exploré las dos opciones básicas que a aquellos se les ofreció: golpear las puertas de las universidades o convertirme en emprendedor. Los nuevos gurúes modernizadores repiten la misma medicina utilizada hace 15 años para afrontar las consecuencias del ajuste estructural, a sabiendas de que el efecto no será mejor que combatir el cáncer con aspirinas.
Ya anticipé el desenlace. Las situaciones que lo precipitaron encierran una serie interminable de despropósitos. El desencadenante principal tuvo que ver con quedarme sin remuneración en CONICET, luego de que se anunciara que tardaría unos 6 meses en expedirse por el ingreso de los que veníamos con una Beca inmediatamente anterior, y, entre tanto, recibir el rechazo de otros organismos porque mis antecedentes “saturaban”.
CONICET, que desde la reapertura del ingreso a la Carrera del investigador en 1997 otorgaba una prórroga automática hasta la sustanciación del respectivo concurso de ingreso a la Carrera del investigador, había interrumpido abruptamente esa política. Pero lo que era un bache temporario se fue estirando indefinidamente por el cierre de los ingresos a Carrera de 2000 y de 2001. Vale decir, 6 meses de incertidumbre se convertirían en 2 años de martirio.
Entre tanto, distintas vicisitudes desnudaban la perversa conjunción entablada entre el laissez faire y el hacer para aprovechar sus consecuencias. El uso del plural confundido con mis propias experiencias revelaba el lugar que ocupaba Marisa convirtierndo padecimientos propios una causa familiar.
Muchas cosas que intentamos nos colocaron ante situaciones que iban desde la frustración a mejoras insuficientes, donde siempre sobrevolaba la indignante constatación que generaba un mismo fenómeno que se desdoblaba en dos. Porque el achicamiento por el ajuste era consustancial a la concentración de recursos en pocas manos, algo que primero lo atribuía a casos individuales y luego terminé comprendiendo que era un sistema del cual estaba afuera por razones económicas, pero también por razones éticas.
Ya no podía recuperar cargos dejados al asumir mi primera Beca con dedicación exclusiva (sólo uno había podido conservar), y en los concursos que se abrían, una y otra vez tropezaba con la misma piedra.
En un organismo que me rechazó in limine porque “saturaban” mis antecedentes, conseguí una audiencia con la máxima autoridad y al plantearle que ese argumento era inconstitucional, me respondió: “aquí no rige la Constitución. Tenemos nuestras propias normas”. Era toda una declaración de principios que podía trasladarse a distintos espacios que eran conducidos como si nada hubiera pasado desde la Edad Media hasta los albores del siglo XXI.
La crisis general envilecía más a quienes en una sociedad cultora del más feroz individualismo se movían como pez en el agua. Nunca tuve un cargo sin que su acceso fuera a través de un concurso, por lo que me resultaba aun más agraviante la impunidad con la que se imponía saber “¿a quién tenés atrás?”, “¿de parte de qué político venís?”. A antes que otras cualidades importaba la fidelidad, la cual era justificada a través de reconocimientos forzados que se defendían con prepotencia. Afuera de esa situación quedábamos aquellos a los que esquizofrénicamente se nos sacaba de la cancha por haber hecho demasiadas cosas, o se corría el arco permanentemente en entrevistas personales con exigencias que podían sucederse interminablemente hasta llegar al goce que despertaba la respuesta del primer “no”. En ese modus operandi, con muy pocas excepciones, quedaba reducido lo que algunos llamaban entonces -como hoy vuelven a hacerlo- la meritocracia.
De pronto, una de esas excepciones se corporizó en un concurso nacional publicitado en un diario de difusión masiva al que me presenté y allí obtuve una beca de la Fundación Antorchas.
Podía pensar que la coincidente felicidad del nacimiento de Joaquín venía a confirmar aquella máxima que indica que los hijos siempre vienen “con el pan bajo el brazo”. Más aun cuando Hugo Biagini me encargó la venta de libros (que terminaba siempre con el total de la recaudación cedido a Joaquín), proporcionando un nuevo paliativo. Sin embargo, todo era insuficiente. Acceder a una beca Antorchas era un gran logro, pero la alegría por haberlo alcanzado se esfumaba tan rápidamente como la suma del primer cheque cuatrimestral al depositarla en una cuenta en la que no lograba saldar el descubierto. Asimismo, la actitud de quien Joaquín no dudarían en llamar “tío Hugo” ameritaba agradecimientos que quizás nunca llegué a retribuir debidamente. Es que la alegría inmensa al colmar las expectativas o al conmovernos con lo inesperado, se desvanecía demasiado rápido ante una realidad que irrumpía en situaciones cotidianas como los “fondos insuficientes” de la tarjeta de crédito cuando pretendíamos, por ejemplo, comprar el uniforme del Jardín Maternal o pagar su matrícula.
Decidí entonces exponer mi situación a las máximas autoridades académicas posibles solicitando las respectivas audiencias. De una de ellas obtuve una respuesta satisfactoria, aunque de antemano sabía que era insuficiente. Sin nuevos concursos a la vista solicité que mi cargo con dedicación simple tuviera una dedicación semi-exclusiva, algo más acorde al trabajo de investigación que nunca interrumpí (aquello representaba la cuarta parte del salario en la Carrera del Investigador). Yo mismo condicionaba el pedido para que el cargo continuara sólo por el tiempo que siguiera demorando en expedirse CONICET. Así, propuse que al saberse el resultado de la evaluación indefectiblemente dejara ese cargo: si CONICET aprobaba mi ingreso ya estaba resuelta mi situación laboral, y, si no lo hacía, tampoco merecía nada de la Universidad. Tras dudar inicialmente, la funcionaria me concedió el pedido. El planteo me parecía absolutamente lógico, por lo que quizás no dimensioné inmediatamente el valor de la respuesta. Luego la ponderaría, sobre todo, al advertir que la lógica no era precisamente un rasgo que abundara por entonces.
Otro alto funcionario académico me derivó a un diputado al que le atribuía el manejo de los fondos provinciales de su partido conjuntamente con los de la Universidad pública y autónoma en la que aquel se desempeñaba. La solución que se me planteaba era llevarle un proyecto a quien tenía en sus manos el manejo de los recursos y la decisión de cómo utilizarlos. Era una especie de mecenas al revés, y lo presumible sucedió: él no modificaría su postura con relación a la producción del conocimiento (financiándolo en lugar de financiarse a través de él) sólo porque yo se lo pidiera.
Nuevas alternativas fueron un proyecto de guión para un programa de televisión y otros proyectos de investigación presentados en dos Universidades privadas. Todo ello insumía esfuerzos, tiempo de traslados y de reuniones, para terminar constatando que nada reportaría en lo inmediato remuneración alguna. Además, continuaba con mi tesis doctoral y trabajaba en proyectos abordando temas muy variados, aportando a los ingresos familiares sólo lo que percibía por la beca Antorchas y el cargo con aquel aumento temporario en la dedicación.
También recibí en casa una propuesta “académica” contenida en una suerte de pliego de condiciones que, quien lo transmitía, parecía ser sólo el mensajero: 1) dirigirme a la máxima autoridad y aceptar incondicionalmente lo que me pidiera, 2) leer El Príncipe de Maquiavelo, 3) solicitar a la mayor agrupación de estudiantes de Buenos Aires un listado de profesores ligados al partido de gobierno y contactarlos uno a uno hasta hallar al que estuviera dispuesto a asociarse conmigo y en ese momento postularme como Profesor de la materia que sea. No tomé en serio la propuesta en su momento y luego creí entender que allí quedaba sintetizado mucho de lo que estaba pasando.
La contracara de aquello la proporcionó un Profesor con el que dudo haber cruzado antes una conversación prolongada. Cierto día, sin rodeos, me dijo que si necesitaba dinero contara con él. Me quedé sin palabras, porque el ofrecimiento no venía de alguien a que viviera en la opulencia ni mucho menos, y, por raro que pareciera, no era posible saber cuánto dinero se necesita cuando se vive en estado de necesidad. No era dinero sino trabajo lo que buscaba, pero, aun así, había encontrado una buena persona.
Recuerdo haber debatido con un sindicalista de los docentes universitarios sin que él pudiera resolver mi planteo básico que era: “está muy bien reclamar por el aumento del presupuesto y hacerle paros a Alfonsín, a Menem, a De la Rúa. Pero ¿por qué no monitorear cómo se utilizan los recursos una vez que el Ejecutivo nacional ya los ejecutó?”. Aquel estaba ensimismado en una disyuntiva irresoluble que era la de quienes estudiaban con admirable profundidad a Marx y la teoría de la plusvalía, y no se sentían sujetos de derechos para reclamar por un mejor salario en el presente. Los dos acordábamos en el diagnóstico, pero el sindicato no se movería de aquella única bandera que para mí estaba incompleta: de poco servía concientizar al docente de reclamar por un aumento del salario si, como lo veía cerca mío, un profesor podía hacerse acreedor de 3 dedicaciones exclusivas a la vez y retirar de la necesidad de concursar a quien quisiera, para que el sistema luego terminara premiándolo por su astucia.
Por otra parte, además de mis padecimientos personales, sentía que el aprecio que siempre tuve por Alfonsín no hacía más que exacerbar mi indignación por el papel que cumplían los “herederos” de su espacio político en el gobierno y en las instituciones académicas que conducían con una particular forma de entender la “autonomía”. El antes citado funcionario académico que me había recibido, celebraba la llegada de Domingo Cavallo al gobierno declarando en un medio gráfico que aquel era ahora “progresista” y otros funcionarios y académicos llevaban esa misma felicidad a inoportunos actos públicos. Porque como una gran provocación, semejante empeño hacía que una fecha tan emblemática como el 24 de marzo quedara en 2001 (cuando se cumplían 25 años del golpe) quedara supeditada a celebrar el retorno de Cavallo al gobierno. No se desconocía que aquel fuera el gran artífice de una continuidad histórica que la dictadura siguió teniendo en democracia condicionándola a través del perverso mecanismo que establecía la deuda externa. Primero había estatizado en dictadura los pasivos de grupos empresarios con los que engrosó la deuda, luego la triplicó en tiempos de Menem y ahora venía a garantizarle a los bancos que tomando más deuda se pagarían los ya desorbitantes intereses acumulados. Notablemente, para completar esta saga se le conferían “súper poderes”, que equivalían a otorgarle la “suma del poder público”, cuya constitucionalidad fue avalada por la Corte Suprema de Justicia tras aprobarse la respectiva Ley con el voto de figuras como aquel diputado al que absurdamente debí dirigirme para tratar de convencerlo de que mi proyecto merecía ser financiado por la “caja” académico-partidaria que él manejaba.
El 11 de setiembre tras recorrer en Buenos Aires sitios en los que dejé mi CV, visité a Hugo Biagini, y, desde el living de su casa seguí las escalofriantes imágenes de torres que se desplomaban mientras, el propio Hugo, se desesperaba por comunicarse con su hija radicada en Nueva York.
Poco después, el 20 de diciembre lo que se desplomaba era un país entero: la Argentina entraba entraba en default y la represión del Estado dejaba decenas de muertos. Esa mañana yo estaba en la fila de postulantes para un concurso, cuando delante mío pasó el funcionario académico que celebró la llegada de Cavallo y al reconocerme me dijo que debía cuidarse porque “nos persiguen los zurdos”.
La renuncia del presidente, cuando ya no había vicepresidente, generó una acefalía en el orden nacional que la política pudo sobrellevar con una sucesión de breves presidencias sucedidas sin que se desmadraran las instituciones. De ahí para abajo se respiraba desolación. En lo personal tenía un nuevo motivo para acrecentar mi malestar. Aquel concurso al que me había presentado en esa trágica fecha volvió a colocarme ante una situación que era recurrente. Me rechazaban porque mis antecedentes “saturaban”. Para consultar qué podía hacer, di con un abogado de edad avanzada y una enorme solvencia. Él tomó mi caso como un desafío profesional, sin importarle que no pudiera pagarle por sus honorarios. Luego de distintos encuentros en los que fui aportándole la información solicitada con la que comenzó a avanzar en la presentación, me convocó a su oficina para comunicarme algo importante. Un breve subterfugio precedió la entrada al meollo de la cuestión: “no puedo hacer nada y dudo que alguien pueda hacerlo”, tras eso vendría una frase que no dejaría de retumbar en mis oídos, “váyase del país, usted es joven, puede hacerlo”.
No atiné a decir nada, pero sentía que sufría él más que yo por lo que decía. La frase trastocaba el lugar mío y el suyo, porque disueltas todas las expectativas en algo cercano a la justicia, sólo quedaba en pie la juventud, como referencia a futuro y el afuera como lugar de realización. Quien debía defenderme con su desbordante capacidad de articular argumentos llegaba a la aporía consistente en que sólo yo podía buscar la solución a lo que él mismo se resignaba a no poder tenerla para sí.
No era sencillo tampoco dar con puertas para golpear en el exterior. La información seguía siendo como en la guerra fría el bien más preciado, singular objeto de custodia para cancerberos que medraban atesorándolo de manera inexpugnable. Además, el atentado de las Torres Gemelas había puesto en alerta al primer mundo acrecentando las restricciones de ingreso. Desde ya contábamos con la permanente palabra de aliento de Hugo Biagini, quien subía trabajos nuestros a la web, en plataformas sobre el ensayo latinoamericano que anticiparon lo que sería la notable saga de obras inscriptas en la historia del pensamiento alternativo que dirigiría años más tarde. Desde allí podíamos recabar oportunidades que figuras destacadas del emprendimiento de Hugo nos plantearon generosamente, como fue el caso de Marta Matsushita, quien nos entusiasmó con dirigirnos a Kioto, o José Luis Gómez Martínez, que dejó abierta una puerta en la Universidad de Georgia. En el Doctorado de Historia que cursaba, conocí a Gerardo Caetano, tan deslumbrante en lo intelectual como en lo humano, y con él otra posibilidad se abría concursando por una Beca de la OEA.
Entre tanto, niveles desconocidos de indigencia volvían frecuente el hurto famélico. Pero recuerdo un robo ocurrido en La Plata con muchas particularidades, porque el comercio afectado era una librería y el móvil del robo no era sustraer dinero: robaron Mi lucha. Nunca pude desligar ese dato de la horrenda represión policial que una semana después terminó con la vida de Kosteki y Santillán. “La crisis se cobró dos nuevas víctimas” tituló el principal diario en su portada del día siguiente, ocultando las fotos del verdadero fusilamiento a manos de la Policía del que aquellos fueron víctima. No menos miserable fue la argumentación del profesor que trató el asunto en su clase, explicando que el tema hacía ver la falta de “conciencia histórica” de ambos manifestantes expresada en sus atuendos, cuya inadecuación los volvió un blanco demasiado fácil.
Apesadumbrados como estábamos, teníamos sin embargo a Joaquín que estaba ahí para señalarnos que era lo importante, como cuando en la Plaza Islas Malvinas de la nada empezó a reírse sin parar durante minutos hasta terminar contagiándonos. De golpe nos dábamos cuenta que los tres podíamos reírnos sin saber por qué.
Cierto día, tras recorrer nuevos sitios para dejar mi CV, ingresé a la Librería Gandhi de calle Corrientes, como lo había hecho muchas veces que iba a Buenos Aires, donde podía pasar un tiempo indefinido sólo recorriendo y mirando. Pero aquella vez fue distinto. Rápidamente vi un libro que debía comprar, pero era muy caro. Salí del local, entonces, y caminé unas dos cuadras sin poder sacarme el libro de la cabeza, hasta que me decidí a regresar y comprarlo. Algo que hice a pesar de saber que el gasto mortificaría a Marisa, porque creía que podía ayudarnos con la línea de investigación que habíamos gestado en momentos que compartíamos en casa. El libro era En busca de la raza perfecta, de Raquel Álvarez Peláez y Armando García González.
En casa se desencadenó lo que suponía, pero en mayor grado aun: Marisa reaccionó enérgicamente reprochándome por el gasto de ir a Buenos Aires atrás de propuestas de trabajo inciertas. Además, haber comprado un libro muy caro resultaba por demás irritante. De nada sirvieron mis explicaciones, y nos fuimos a dormir sin hablarnos. Al día siguiente, sin que mediara una tregua, Marisa recogió el libro y emprendió el periódico y sacrificado viaje que hacía al lugar de trabajo, donde tenía de ida y de vuelta una hora y media de lectura fructífera arriba del micro. A media mañana me llamó. El enojo había pasado y su voz irradiaba ahora entusiasmo, el mismo con el que rápidamente pasaba a leerme un párrafo de la introducción donde los autores se lamentaban por la ausencia de trabajos sobre la temática realizados en países como la Argentina. Inmediatamente agregaba con énfasis: “tenemos que enviarles nuestros trabajos”. Si antes Marisa había sido escéptica por mi compra del libro, ahora yo lo era por su idea. Al regresar a casa, ella estaba aún más exultante: había llamado telefónicamente al CSIC de España, donde trabajaban los autores del libro y obtuvo del personal administrativo el e-mail de Raquel Álvarez. Podríamos enviarle lo que hacíamos.
Nuestro mensaje fue largo y con varios documentos attachados. Había trabajos que permanecían inéditos por la prolongada discontinuidad en la que habían entrado las revistas científicas y la industria editorial toda en la Argentina ante la crisis. Confieso que mi escepticismo si bien no era el mismo, lejos estaba del optimismo de Marisa. A la semana siguiente Raquel respondió. Había leído la farragosa carta de nuestra presentación y cada uno de los trabajos añadidos. Y, para sorpresa mía, sobre todo, valoraba muy positivamente nuestra producción al punto de plantear que deseaba conocernos para que pudiéramos trabajar conjuntamente con ella. Aquello fue increíble, por varias razones, pero principalmente porque frente a tanto desprecio sufrido (porque la microfísica del neoliberalismo permea todo con el mismo cinismo, para atribuir las carencias económicas a la falta de capacidad o de laboriosidad), podíamos estar seguros de que el mal momento por el que pasábamos no tenía que ver con la calidad ni la falta de esfuerzo en el trabajo. Raquel incluso volvió a escribirnos invitándonos a que nos presentáramos a una convocatoria del Estado español para investigadores extranjeros que quisieran tener un Sabático en España. Parecía un contrasentido que mientras yo buscaba que alguien me diera trabajo en Argentina me postulara en el exterior a un concurso internacional para un cargo que suponía una interrupción del trabajo habitual para investigar con total libertad. Pero había intentado tantas cosas que, una más, por extraña que fuera, no me demandaría un esfuerzo que no estuviera ya acostumbrado a realizar. Así fue que completé los formularios, elaboré un nuevo proyecto, empalmado con los objetivos de mi tesis, y envié la presentación.
No pasó mucho tiempo hasta enterarme que había ganado ese concurso, el más importante y más inesperado de mi vida. Ahora sí podíamos celebrar un logro porque implicaba salir de ese círculo vicioso consistente en recorrer lugares sin obtener una respuesta distinta a la de quedar en una lista de la espera, en el mejor de los casos. Podíamos sortear la enorme pared que se interponía entre nosotros y los anhelos de poder vivir con mayor dignidad, esa que separaba a los incluidos de los que estábamos afuera de todo y que de pronto la habíamos saltado para descubrir que lo que estaba al otro lado era Ezeiza. El abogado tenía razón.
Viajaríamos a España. Atrás quedaban las ventanas abiertas por Matsushita, Gómez Martínez y Caetano. Pero antes nos esperaban las largas colas en el Consulado que demoraron varios meses la partida, donde miles de rostros anónimos (entre los que sólo podía reconocer el del actor Darío Grandinetti), expresaban historias tremendas que se entrecruzaban dentro de una convivencia interminable y contenedora a la vez.
Además de la documentación, otro tema por resolver era la adquisición de los pasajes para viajar. Aun cuando sabíamos que el valor sería reintegrado al llegar, la única posibilidad para adquirirlos radicaba en la venta del auto viejo que poseíamos. Con su inoportuno robo todo lo planificado estuvo a punto de desvanecerse. Sin embargo, con los plazos imaginables largamente postergados y nuestros nervios al límite, pasó lo que tenía que pasar: el Consulado nos dio la documentación para ingresar a España como ciudadanos, el auto fue hallado por la Policía y rápidamente se vendió y Aerolíneas tenía lugar en un vuelo que saldría el 20 de noviembre de 2002.
Nuestra casa quedaba vacía. Literalmente. Dudábamos que alguna vez volviéramos a habitarla.
Al llegar a Madrid, las imágenes de una Argentina en llamas despertaban sentimientos encontrados que iban desde identificarnos como portadores de una latente amenaza a expresarnos una solidaria bienvenida. Lo primero afloró inmediatamente: las llamadas telefónicas para alquilar un departamento se cortaban cuando nuestro acento delataba la procedencia, y si alguna duda persistía, se confirmaba con citas a dónde nadie nos recibía, como nos sucedió cuando esperando hasta que llegó la noche y con ella una gran tormenta (la única de esa magnitud que conocimos en Madrid donde casi nunca llueve), terminamos por comprender que a través de los avisos de diario nunca resolveríamos el tema. La solidaridad la recibimos de investigadores que apenas nos conocían y acercaban ideas para resolver la cuestión de la mejor manera. Inicialmente lo hizo Loles González Ripoll y luego la intervención de Ricardo Campos terminó siendo decisiva para poder alquilar el departamento de Paco, un hombre parco, de pocas palabras y al que Joaquín terminaría metiéndoselo en un bolsillo, desnudando el enorme corazón que había tras una coraza casi inexpugnable.
Miguel Ángel Puig Samper y Chelo Naranjo Orovio nos ayudaron a conseguir rápidamente un lugar para Joaquín en establecimientos educacionales excepcionales que no estaban lejos de nuestro departamento: el Jardín maternal de la calle Delicias, primero, y, al cambiar el ciclo, la escuela SEK, después.
Trabajábamos en el CSIC, donde gente entrañable, intelectualmente admirable, pero, sobre todo, amigos eternos, harían inolvidable esa estancia que Raquel Álvarez anheló tanto como nosotros. La crisis argentina era muy tematizada y cuando se trascendía un estado de prevaleciente nihilismo, emergían reflexiones como las que reunió un dossier de la revista Historia Social, donde Luis A. Romero (a quien recordaba con respeto tras ser su alumno del curso sobre “La política de la democracia”) veía una crisis que con enorme extrañeza me llevaba a pensar que muy poco tenía que ver con la que padecimos. Otra mirada vinculada al Plan Fénix de la Universidad de Buenos Aires llegó a discutirse en el CSIC, a instancias de Elda González y Mónica Quijada, poniendo en evidencia que más allá del desesperante reclamo por “que se vayan todos”, la crisis también había hecho emerger interpretaciones sobre dos países totalmente distintos. En un caso el de aquel que debía repeler más enérgicamente un enemigo interno que con sus ideas políticas y sociales disolventes siempre estaba al acecho y, en el otro, el que sólo podía funcionar dejando atrás un modelo de endeudamiento permanente para estimular la industrialización y el consumo interno.
Marisa, en tanto, obtenía su merecido reconocimiento al acceder a una beca MAE-AECI del estado español. Todo se había encaminado de la mejor manera, aunque igualmente, la adaptación era una tarea cotidiana. Marisa hablaba de la extrañeza de hacer suya una ciudad donde los nombres de las calles no le decían nada y casi sin dudar decidimos que nuestro primer gasto importante fuera comprar una voluminosa historia enciclopédica de España. Sin embargo, aun dentro de esa anomia que generaba en nosotros la nomenclatura urbana, estábamos rodeados de datos que llegaron a decirnos mucho. Nuestra calle era Rafael De Riego, aquel que se alzó contra el Estado absolutista español mientras se desarrollaban las luchas independentistas sudamericanas. Y también fue quien popularizó el himno antimonárquico que se cantaba en sus tropas, convirtiéndose en himno nacional de España durante el breve paso de la primera república y por casi una década mientras duró la segunda. Pero había más: baldosas con nombres situados frente a la entrada del edificio donde vivíamos desataron una intriga que pronto se disipó. Eran los abogados laboralistas asesinados en “la matanza de Atocha”, perpetrada en 1977 por el tardofranquismo. El Duque de Medinaceli, que daba nombre a la calle que usábamos a diario para ir al CSIC, luego descubriría que fue el financista inicial del interminable raid libertario del catalán Fors de Casamayor que culminó en la Biblioteca Pública de La Plata, donde inicié mis investigaciones.
En el CSIC pasamos a compartir el lugar de trabajo, ni más ni menos que con Armando García González, por entonces abocado a traducir al español todo lo que en la obra de Darwin permanecía sólo en inglés.
Poco después comenzarían a llegar de la Argentina nuevas señales políticas. Los asesinatos de Kosteki y Santillán habían precipitado el fin del gobierno provosorio de Duhalde, quien acorralado por la situación buscó una salida democrática llamando a elecciones sin su participación. Aun escépticos, no votamos -cuando podíamos hacerlo en el Consulado- y un nuevo gobierno, a través de medidas como la derogación de las leyes de Punto Final y Obediencia Debida, nos traía novedades inesperadas. Nuestro nuevo amigo curitibano/paulista, Luis Ferla, esperanzadamente nos describía un cambio de rumbo que se estaba operando en paralelo con Brasil. De enorme agudeza y sensibilidad, Luis nos contaba de su admiración por el argentino Luis Zamora y le atraía ahora lo que hacía una figura cuyo nombre confundía con el del pintor Ernesto Kirchner.
Llamar a la Argentina o conectarnos a internet fuera del trabajo, era una empresa que nos colocaba cotidianamente en locutorios atendidos por ecuatorianos. La proliferación de esos negocios y la procedencia común de quienes los atendían eran datos de la realidad urbana que se complementaban con la presencia de numerosos miembros de esa colectividad en el Parque del Retiro los días domingo, cuandon cerraban los locutorios. Detrás de la conformación de ese vasto componente poblacional también había una historia que nos resultaba muy cercana. Aquellos ecuatorianos eran emigrados de un país que había colapsado tras implementar un plan pergeñado bajo el asesoramiento de figuras como Domingo Cavallo, que derivó en la dolarización de su economía a comienzos del año 2000. Los resultados de medidas que antes que detener una crisis económica la precipitaron drásticamente, podía describirse con un dato: eran tantos los ecuatorianos atendiendo locutorios de Madrid y tan graves las causas de su emigración masiva que, en 2002, el mayor ingreso que tuvo la economía de ese país lo constituyeron los envíos de dinero a familiares desde locutorios como los que visitábamos a diario.
La crisis argentina iba dejando de estar en el centro de la escena y la “peligrosidad” de los argentinos también. De hecho, un compañero español nos diría en confianza que “no vemos a los argentinos como un problema, porque son como nosotros, de tez blanca, no tienen rasgos andinos o algo que los identifique como diferentes”. Sorprendentemente, vimos plasmada esa lamentable reflexión en un número de la revista dominical de El País dedicado a la tipificación de crímenes que cometían los sudamericanos en España, donde a cada nacionalidad le correspondía un delito distinto. Y, como confirmación de que aquellos aberrantes prejuicios que con naturalidad nos expresaba el compañero no eran una invención suya, en la revista de El País no había argentinos.
El tema central era ahora la invasión a Irak y Raquel lo sufría más que nadie. Vivía aquello con verdadera consternación, sintiéndose profundamente decepcionada por la condición humana. En el CSIC sólo se hablaba del rechazo a la participación de España en esa deplorable masacre de cientos de miles de civiles y la destrucción de tesoros arqueológicos. De pronto estábamos en una histórica manifestación de millón de personas que marchaba por el Paseo de la Castellana al grito de: “no más guerra / por petróleo”. Desde los tiempos del franquismo la ciencia seguía dependiendo del área de Defensa por lo que el envío de tropas redundaba también en un recorte presupuestario del CSIC.
Para sacar a su gobierno del descrédito en el que había caído, Aznar buscaría nuevas formas de hacer política. El experimento incluyó el vínculo de figuras públicas con los vecinos, tras llamar a la puerta de sus casas. La primera dama, Ana Botella, nos abordó por unos minutos aun tras advertirle que no votaríamos en España, y así participamos, sin saberlo, de un anticipo de la “nueva política” que conoceríamos de segunda mano en la Argentina. La otra parte del plan también nos resultaría familiar años después. Para elegir autoridades en la Comunidad de Madrid, se sumaban escaños en una elección indirecta. Los resultados indicaban que si esta vez los electores se comportaban como era previsible que lo hicieran la derecha perdía un distrito clave en el orden nacional. Pero pasó algo que nadie podía explicar: un desprendimiento del PSOE formaba un bloque independiente (el de los “tránsfugas” le decían), allanando el triunfo al PP. Esperanza Aguirre era la presidenta de la Comunidad de Madrid. La derecha ganaba dividiendo a su oposición con mecanismos inconfesables.
Ricardo Campos me planteó alguna vez que el franquismo había sido el laboratorio de una experiencia prolongada por las dictaduras latinoamericanas, a lo que podemos añadir la capacidad anticipatoria que tenía España para investir a la derecha de un sentido “democrático” y “moderno”, ofreciendo un eficaz modelo a países del cono sur americano.
Poco a poco fuimos asumiendo que finalizado el Sabático y la beca debíamos regresar. Igualmente, al aproximarse ese momento Marisa lloraba porque estaban presentes situaciones por las que no quería volver a pasar. Pero había algunos nuevos datos alentadores que nos instaban a no explorar posibilidades para prolongar la estancia española. De hecho, alguna forma de entusiasmo exteriorizábamos, al punto de que llegamos a interesar a Armando con la alternativa de que también él se trasladara a la Argentina.
Los cambios políticos habían interrumpido el perverso plan de cerrar el CONICET exigido por FMI. Aun en medio de una enorme debilidad institucional y económica, CONICET había retomado su actividad y resolvía cuestiones pendientes, entre las que estaba mi ingreso a la Carrera del Investigador.
Apenas llegamos, el regreso también tuvo un episodio inolvidable. El carrito con una interminable sucesión de valijas encima de las cuales Joaquín podía jugar a orientarnos desde su improvisado atalaya (no eran aun tan estrictas las restricciones en peso y cantidad del equipaje), ofrecía suficientes particularidades como para que no causara extrañeza el desvío de la fila del scanner. Pero lo que sí nos extrañó fue que el motivo era constatar que, efectivamente, regresábamos para radicarnos en la Argentina y entonces un funcionario nos daba la “bienvenida”. Era el preanuncio de lo que sucedería por algunos años: por primera vez sentíamos que estaba de nuestro lado el Estado.
Las reglas eran otras y los méritos académicos permitían construir una carrera profesional allí donde la opción externa llegó a casi no ofrecer en el país un complemento distinto al cultivo de algo análogo al art pour l'art.
El regreso también dejaba algunas reflexiones. En el exilio como en el suicidio se traman experiencias sociales de un colectivo que tiende a ser reticente a asumir su responsabilidad. Porque el exilio entraña también una forma de suicido colectivo en el que entra una sociedad cuando naturaliza cosas como el desarraigo de los que sobran, que en ciertos momentos han sido los científicos a los que esa sociedad dejó de considerarlos suyos. Es que asumir el exilio socialmente infringido es mucho más difícil que reconvertirlo en el ostracismo, aquella figura que los griegos crearon para expulsar ciudadanos y que perduró culturalmente impregnando imaginarios como los que en Argentina se tradujeron en una famosa y lamentable frase autojustificatoria: “algo habrán hecho”.
Alguna vez, un funcionario en el área de ciencia de los nacientes tiempos de globalización aseguró que repatriar científicos era expresión de un “nacionalismo pasado de moda”. Los discursos tienen un valor performativo en las prácticas, bajo múltiples mediaciones ciertamente, pero diciendo mucho del sustrato del cual emergen y de la incidencia cultural que efectivamente esperan tener. Y sin dejar de pensar que es indispensable la experiencia internacional en la formación científica, vale la pena recordar que por razones políticas y/o económicas, la Argentina fue el país con más cantidad de científicos en el exterior en relación al número de habitantes. Veinticinco años después de aquel que delegaba en los beneficios de la globalización la resolución de esa lamentable ecuación, otro funcionario central de la misma área pareció querer complementar sus fundamentos enunciando recientemente que “con el nivel de pobreza que tenemos no podemos invertir en ciencia”. El argumento justificatorio de hoy se empalmaba perfectamente con el de hace un cuarto de siglo, aunque cabe hacer notar lo que sucedió en medio cuando se plasmó de manera muy diáfana el paso del discurso a las prácticas y se estuvo a punto de terminar con la ciencia en el país, pero también con el país, porque evidentemente la crisis de 2001-2002 demostraría entre otras cosas que no era librándose de la ciencia como se resolvían los males que lo aquejaban. Ahora hace falta explicar que la ciencia no genera pobreza, como es obvio, porque también lo es la necesidad de tener que decirlo debido a un estado de cosas en el que resuena la pregunta de Bretch: “¿qué tiempos son estos en los que tenemos que defender lo obvio?”.
Notablemente, existen otros pliegues en aquellos discursos que están ligados a una parte de sus destinatarios compuesta por los que tácita o explícitamente lo esperan desde el interior del campo científico, porque suponen que eso entraña para sí una ventaja. Decía Bourdieu que el campo científico es amoral, como lo es todo mundo social en el que se traman relaciones de poder.
Recuerdo a uno de los más destacados científicos argentino de las llamadas “ciencias duras”, demandar políticas de estado para el área, mientras expresaba, sin entender que había allí contradicción alguna, su preferencia por la eliminación de toda forma de estabilidad porque la precarización -pensaba- “contribuye a aumentar la productividad”.
A poco de arribar, se nos presentaba otra vez la Estación de Atocha, esa que hasta unos días antes integraba el paisaje cotidiano de nuestra casa en Madrid desde las dos ventanas que teníamos siempre abiertas. Pero ahora su imagen llegaba a través de la televisión, envuelta en llamas y con numerosas víctimas que podían ser los pasajeros que veíamos ingresar por la puerta de Méndez Álvaro, o nosotros mismos en alguna de las periódicas visitas que hacíamos al estanque del hall de la Estación.
Los reclamos contra la participación de España en la guerra de Irak no alteraron la decisión de Aznar y, cuando el desenlace previsible se había consumado, el terrorismo islámico (al que se lo quiso encubrir sin éxito como etarra) irrumpía para hacer saber que aquella forma de ingresar al mundo pergeñada por el PP, había convertido al país en un objetivo de la nueva guerra global desatada. La absoluta centralidad de un tema tan sensible le costó a Aznar un nuevo período de gobierno. Pero también clausuró la discusión de cuestiones pendientes, como aquella que ya empezaba a retomarse con la realización de una marcha en reclamo por la instauración de la Tercera República.
En tanto, en Argentina, la crisis había pasado y también la memoria de ella pronto pareció quedar archivada junto a los titulares de los principales medios de comunicación que, tras valerse del descalabro económico para licuar fabulosos pasivos y generar acreencias sobre el Estado, tenían nuevas agendas que instalar y muchas cosas que ocultar. Gente común parecía acompañar esa rara relación con un pasado reciente que quedaba encapsulado en imágenes fotográficas o fílmicas de un documental, nítidamente recortadas de cualquier vínculo personal directo entablado con ellas. La insistencia en sintetizar la devastación en un gobierno que huía en helicóptero contribuía a instalar la ingenua idea de que una especie de OVNI, proveniente de otra galaxia, retornaba a su extraña procedencia sin que nada de ello permaneciera en adelante. Sin embargo, fuera de ese helicóptero quedaron oportunistas y miserables, en todos los sentidos, que seguirían haciendo lo mismo que habían hecho, con la insólita seguridad que pasarían a tener luego de poder levantar el dedo para señalar la corrupción en los demás.
El corralito era el otro símbolo de la crisis. Los bancos habían impedido retirar los ahorros en dólares hasta que tras una devaluación los devolvieron, lógicamente, devaluados (el pago por mi colaboración a una revista italiana lo recuperaría mucho después y reducido a menos de un tercio de su valor). Pero esa tremenda vulneración de derechos era sólo la punta del iceberg. La gran tragedia social, más que en los ahorristas, estaba en los nada podían ahorrar, en los que apenas subsistán y llegaron a constituir más de la mitad de la población. Muchos como para que costara tanto encontrar luego, dentro de una extendida clase media urbana, a quien recordara haber integrado ese universo.
Un amplio local de la céntrica esquina de 7 y 54 de La Plata se veía colmado cada vez que lo visitábamos para malvender un electrodoméstico a fin de reconvertirlo inmediatamente en alimentos, o en Taylor (una pequeña tortuga de peluche que al apretarla entonaba una melodía con el balbuceo de un bebé) cuando Marisa sufría hasta las lágrimas por no poder darle un juguete a Joaquín. Ya no estaba aquel local de usura ni otros tantos como ese y tampoco la gente con la que hablábamos recordaba su existencia. Y mucho menos recordable sería la fisionomía de plazas transformadas en espacios dedicados al trueque de todo tipo de bienes, para quienes no disponían de dinero en al menos una de las 16 monedas que llegaron a circular a la vez.
No faltó quien con socarrona suficiencia impostara alguna frase de un libro de autoayuda para atribuirnos a los caídos del sistema un problema de comunicación y falta de diálogo, como lo haría luego un ministro que, reflexionando en torno a esas directrices, creyó haber descubierto la causa del Holocausto. Algo parecido es lo que me contó José Panettieri que le sucedió cuando, al regresar de su exilio político con el fin de la dictadura en 1983, se reencontró con un viejo compañero de militancia quien le preguntó: “¿por qué hacía tanto que no te veíamos?”, a lo que respondió “porque estaba exiliado”. El interlocutor entonces desde ese dialoguismo axiomático le inquirió “¿pero no dijiste que eras socialista?”, “por decir eso es que tuve que exiliarme”, exclamó Panettieri. “Qué raro. Nosotros dijimos que éramos socialistas y nos dieron cargos muy importantes”, concluyó el ferviente cultor de la comunicación. La anécdota de los lugares distintos que deparaba la invocación a una misma pertenencia, describe acabadamente la falacia del diálogo y la comunicación como clave, es decir como llave para abrir puertas per se aunque no haya en juego nada para decidir, como sucede en las situaciones extremas porque en ellas lo que desaparece justamente es la capacidad de decisión de unos a expensas de la de otros.
Es que advertíamos que para algunos no había habido crisis. Pero también estaban aquellos a los que la rápida recuperación económica los colocaba ante la paradoja de que admitir el ascenso implicaba recordar la caída y el lugar compartido con un sector social que no dejó nunca de repugnarle. Con Marisa teníamos muy presente aquello que muchos interlocutores a la vuelta, por una u otra razón, no recordaban. Quizás eso de lo que no se hablaba (la experiencia propia en la crisis) contenía también una reacción inconsciente de obediencia al llamado de un Moloch que esperaba su oportunidad para volver a entrar en acción. Aquel mítico dios cartaginés recreado por Metrópolis en una fábrica que devoraba a sus obreros, progresivamente seducía a quienes poco a poco iban dejando sus fauces al descubierto, entre ellos los que integrarían los nuevos sacrificios humanos que aquel demandaba: preferentemente los trabajadores devenidos en una suerte de self made man, convencidos que sólo el esfuerzo propio explicaba su bienestar, el cual si no era mayor, se debía únicamente a la interferencia del Estado.
El viaje había reforzado nuestras inquietudes por identificar problemas que lo eran en sí mismos y también porque su desconsideración parecía indicar que allí había un problema. Ir en busca de la raza perfecta se convirtió en un programa inacabado de indagaciones sobre propuestas disparatadas que, bajo un ropaje científico, oculta los más ancestrales prejuicios sin perder actualidad, frente a los cuales también se alzaron resistencias culturales y distintas formas de desafiar lo que en esencia sostiene: la naturalización del fatalismo. En el caso argentino, la persistencia de un supremacismo que, con sus modulaciones elitistas, “pigmentocráticas” (al decir de Biagini), estigmatizadoras de lo diferente, cuando no lisa y llanamente fascistas, que aúna el presente a una historia de larga duración (a través de expresiones como la eugenesia, el racismo, el darwinismo social, etc.), estaba ahí, instándonos a abrir los ojos para ver lo que no se había podido o no se había querido ver. Esas expresiones y los elevados niveles de desigualdad eran una y otra cara de la misma moneda. O para decirlo de otro modo: no hay desigualdad sin que tras ella exista algún grado de supremacismo, siendo ésta la racionalidad de la sinrazón que enmascara una forma de naturalizar la superioridad a partir del desprecio -con toda la cadena de significantes que conducen a someter o aniquilar- al “otro” inferiorizado por cualquier motivo y porque un discurso del poder lo terminó de encasillar de ese modo. Desde allí también podíamos entender cuestiones del pasado reciente y del sustrato que lo integraba a una historia de larga duración. Se nos presentaba así otra forma de encarar los estudios sobre el devenir de nuestra región, sumergiéndonos en fuentes inexploradas desde aquella expresión inspiradora de Benjamín de “cepillar la Historia a contrapelo”.
Ya en la Argentina, organizamos con Marisa un Workshop que rápidamente fue publicado. Nuestras consultas editoriales nos permitieron dar con un librero de alma, Norberto Pérez, con quien iniciamos una fructífera relación que se prolongó en sucesivos textos editados por Siglo XXI Iberoamericana. Pero el primero de ellos sería muy especial por varias razones. Por empezar, estaban allí Raquel y Armando, además de José Luis Peset, Rafael Huertas, Andrés Galera, Álvaro Girón y Luis Ferla, con quienes trabajamos en el CSIC, y de la Argentina nos enorgullecía contar con Hugo Biagini. Ellos en muy poco tiempo pasaron de ser nuestra bibliografía a convertirse en colegas que integraban la primera compilación que hacíamos. Pero también hubo una rara coincidencia que afloró en el momento de la presentación del libro. La Librería Gandhi, donde había comprado el libro de Raquel y Armando, había cerrado. A su lado se levantó el Centro Cultural de la Cooperación y, un nuevo amigo del regreso, Edgardo González, que por su militancia en el agrarismo progresista mantenía allí una fluida relación, gestionó la asignación de una sala para que pudiéramos presentar nuestro libro. Dora Barrancos llenó de luz el acto, en aquella notable parábola espacial que parecía emerger de pronto para que no olvidáramos nunca el punto de partida.
Poco después publiqué mi tesis en la misma colección en la que apareció el libro de Raquel y de Armando. Por sobre las previsibles dificultades de su circulación en el medio local estaba la deuda que sentía, por un lado, con gente extraordinaria que se disponía a publicarlo, y por otro, con el destino que extrañamente había colocado por única vez un libro de aquella colección en una librería que tampoco estaría más en el sitio al que acudía a visitarla.
Desde que le conté el episodio de su libro, de Gandhi y de aquellas curiosas derivaciones, Amando, “tío Armando” para Joaquín, no dejó de pedirme que se lo repitiera cada vez que volvimos a encontrarnos.
Junto a estas cuestiones, la vuelta también confirmaba una certeza. Debíamos bastarnos por nosotros mismos en todo y la lección aprendida alcanzaba fundamentalmente a Joaquín que, en adelante, formaría parte inescindible del equipo familiar de investigación. La experiencia externa nos había creado nuevas relaciones internacionales que implicaban una periódica movilidad en cumplimiento de actividades que nos llenaba de orgullo cumplir, por cierto. Pero en verdad estábamos solos, como antes de viajar, aunque ahora con CONICET de nuestro lado, que no era poco, y un puñado de amigos. Joaquín debía venir con nosotros, a menos que uno de los dos se quedara con él en casa. También habría algunas satelitales apariciones de simuladores de afecto que, viviendo de arriba, seguían sin entender nada de nosotros ni de nuestro trabajo. De vez en cuando se acercaban con un coro festivo sumido en una intrascendencia a la que sus permanentes fugas hacia círculos cerrados no hacían más que acrecentar. Allí experimentábamos de manera tajante los contrastes que había entre simpatía y empatía: la exacerbación de la primera ocultaba la más absoluta ausencia de la segunda.
La unicidad de Joaquín que primero obedeció a razones económicas, tendría después una trágica confirmación cuando, la primera ecografía que con él nos había dejado ver una carita y dos deditos que se movían en forma de V, ahora nos devolvía una imagen inerte a los tres que la esperábamos junto al médico que no sabía qué decirnos.
En adelante, construiríamos una relación muy especial, porque a su vez, ella se posaba sobre el sustrato de una extraña sensación de insatisfacción que nos invadía cuando dejábamos momentáneamente el trabajo. Para Rafael Huertas éramos los “stajanovistas”, por Alekséi Stajánov, aquel héroe del sacrificio personal del estado soviético y Juan Pimentel vio en nosotros recreado en el mito del “farol del Pardo”, que al estar largas horas encendido indicaba que el dictador Franco, en su despacho del Palacio del Pardo, nunca descansaba. Pero es que, más allá de las irónicas analogías buscadas por aquellos enormes investigadores con cualidades personales mucho más grandes aun, había allí algún rasgo indeleble de la crisis. Como si aferrados a nuestro trabajo buscando custodiarlo de nuevos riesgos, nos resultaba difícil valorar un tiempo dedicado a otra cosa cuando no era Joaquín el destinatario. La solución hallada en función de unir estas cuestiones a las evidentes necesidades que las ausencias nos imponían, estuvo en convertir los viajes de trabajo en una experiencia enriquecedora para los tres. Joaquín se familiarizaría muy pronto con cosas que eran poco familiares para los chicos de su edad. Él vendría con nosotros a cada evento académico en el que participáramos Marisa y yo, y, siendo parte del equipo, resultaba lógico que pudiera manifestarse como lo hizo en el episodio de 2008. Absurdamente llegamos a creer que aquella vez el equivocado era él.
Es que su desarrollo también era consustancial a la forma de insertarse en nuestro trabajo. Cuando apenas sabía caminar rompía libros al vernos delante de la computadora. Tras aprender a hablar sacaba de la biblioteca un libro y sin saber si estaba al derecho o al revés lo utilizaba para autorizarse a sí mismo con frases como: “acá dice, Joaquín tiene razón”. Y luego de empezar a leer, no tardaría en argumentar y querer saber acerca de lo que escribíamos.
Viajábamos periódicamente pero ya no volveríamos a hacerlo como aquella vez cuando pensamos que era para no retornar. En una nueva estancia en España, poco después de aquel episodio de Leiden quisimos reconstruir parte de un pasado intenso que ya Joaquín no recordaba. Tratamos de dar con sus maestras madrileñas, pero chocamos con una nueva realidad, la de la precarización laboral. En las dos escuelas por las que pasó ya no estaban Lupe ni Aurori, ni directoras, ni personal general que seis años antes allí se desempeñaba. La promesa del paraíso que el neoliberalismo plantea situando la movilidad laboral como un síntoma de eficiencia en la economía ya estaba llevando a España a un lugar cada vez menos promisorio. Los “indignados” entraban en escena llevando a la calle pesares que se reproducían en todos los planos de la vida cotidiana. Por lo pronto se había hecho trizas la ilusión que hacía tiempo alimentábamos sobre el reencuentro con aquellos primeros nombres que Joaquín repetía.
También había otro cambio en el paisaje urbano que habíamos conocido antes: ya casi no había locutorios y tampoco ecuatorianos. Si por un lado el avance de la telefonía celular y las conexiones privadas de internet explicaban lo primero, pocos indicios teníamos de la ausencia de los segundos en ese o en otros rubros de la economía y durante los días domingo en el Parque del Retiro. Y es que no estaban porque habían retornado a su país, donde encontraban las oportunidades que en otro momento no tuvieron, al tiempo que España dejaba de ser un destino de trabajo seguro.
En nuestra casa se hacía más frecuente la presencia de Mario Miranda, abocado a formarse en literatura, historia y filosofía, mientras sus condicionamientos físicos se lo permitieron. Anteriormente, entre sus idas y venidas, había tenido una intervención fundamental para que, unos meses antes de que retornáramos, Joaquín ya tuviera su lugar en una escuela que ofrecía titulación reconocida por la Comunidad Europea para quienes, como lo haría él, completaran allí toda su educación.
Y aun con la más absoluta libertad con la que trabajábamos, había algo que era difícil de explicar. Como en la cinta de Moebius, caras opuestas se entrecruzaban indefinidamente. Porque en las mismas limitaciones a exponer la propia experiencia ante los demás es posible que estuviéramos asistiendo a la progresiva recreación de un lugar al que no esperábamos volver. Mientras creíamos acrecentar nuestra propia seguridad tras el retorno, también apostábamos con la educación de Joaquín a un futuro en el que sus oportunidades tal vez no estuvieran aquí.
En cualquier caso, esos contrastes se sucedían en tiempos en que la ciencia y la educación avanzaban a una velocidad muy distinta de lo que una sociedad sobrecargada de prejuicios podía admitir. Porque la pared contra la que chocaban los sueños de los frustrados ingresantes a la Carrera del CONICET desde el cambio de gobierno, no podía haber sido levantada sin sentidos que estaban suficientemente arraigados en la sociedad o en una parte importante de ella.
Porque sobre esos sentidos se posa el progresivo desmantelamiento de la ciencia, que poco tiene para aportarle a un Estado que apuesta a la primarización de la economía, la apertura de las importaciones y la toma de deuda para cubrir déficit en todos los órdenes por descalabros planificados que, inevitablemente, redundarán en una carga demandante de reducciones presupuestarias de todo lo que es público, hasta producir en cada área una muerte por asfixia a la espera de su reconversión en un negocio privado. Es que, precisamente, todo este engranaje perverso sólo puede funcionar ocultando su mecanismo, evitando que sea develada la verdad, en definitiva, impidiendo que la ciencia realice su tarea. Por eso la ciencia incomoda, no se aviene a la domesticación de los sentidos con la que se busca romper la cadena de razonamientos lógicos que trasciendan la frase hecha, esa que desde la repetición goebbeliana se vuelve una certeza con sus dos caras: la del fatalismo de un destino inmodificable y la de un pasado oprobioso del cual sólo cabe apartarse drásticamente. Entre el mañana esperanzador y el ayer indecible, está un presente signado por el fin de una larguisima lista de pesares para la ciencia y la sociedad: desde la fabricación de satélites y radares, pasando por el desarrollo en energía nuclear, hasta la producción de millones de laptop para escolares de todo el país. Nada o muy poco de eso queda en pie y con sorprendente rapidez se generaron las condiciones para que ya no sigan retornando científicos al país como lo venían haciendo desde 2003.
Los medios que al inicio de esta etapa destacaron las bondades de desfinanciar la ciencia, cerraron el círculo de encubrimiento y complicidad con buena parte de lo peor que ha dado nuestra historia, reinstalando públicamente a Cavallo como un preanuncio de la nueva tragedia social que se estaba pergeñando. Un escenario dantesco se terminaría de conformar al entrar en escena el FMI, presentado como un organismo “distinto” al que antes conocimos, porque en su desbordante de altruismo quiere “proteger a los pobres” de una Argentina que “volvió al mundo”. Sin embargo, las propias autoridades en momentos previos a la firma del acuerdo no pensaron en otro FMI sino en el mismo de siempre, aquel al que se acude desperadamente y recreando un clima de “relaciones carnales” en busca de histéricas aprobaciones que en definitiva no hacen sino reforzar la propia ideología de quien las solicita. A ello pareció apuntar el énfasis puesto en la existencia de “demasiadas universidades públicas”, para luego complementar el razonamiento anunciando la apertura de nuevas cárceles, dando cuenta, por otra parte, de la más radical reversión imaginable que pueda sufrir aquella vieja sentencia sarmientina que veía en un establecimiento educacional que se abría una cárcel que se cerraba.
Es que el déficit que empezó a agigantarse eliminando impuestos a los ricos, requirió de un vertiginoso nivel de endeudamiento para afrontar gastos corrientes que volvieron muy vulnerable una economía a la que sólo le quedó la chance de golpear las puertas del FMI. Y con ello sobrevino la explicación de que todo es consecuencia del gasto público (es decir la inversión en salud, educación, jubilaciones, ciencia) completando así una brutal transferencia de sectores medios y bajos que pagarán también los intereses de las deudas (incluída la del FMI), contraídas para compensar parte de la fuga de capitales que los más ricos llevan a cabo con sus desorbitantes ganancias obtenidas. La situación, además de demostrar que la ganancia de los ricos no “derrama” en los pobres del país sino en cuentas off shore de Panamá, es a todas luces insustentable, como lo era la Argentina del 2001. Una ley de la circularidad histórica insta a pensar que un populismo volverá a pagar las deudas que contraen neoliberales para financiar sus propios negocios generando dividendos que terminan ocultos en paraísos fiscales. Sólo que esta vez la extrema gravedad obliga a abrir un manto de dudas acerca del margen que pueda quedar para poder reiniciar el ciclo.
El ministro que creyó descubrir la causa del Holocausto en la falta de diálogo, también nos dejó un claro mensaje: “debemos educar a los niños para que vivan en la incertidumbre”. Pero esa consigna no esperó a una generación futura para consumarse: constituye ya un programa totalizador que nos obliga a repensar las pequeñas certezas que podíamos haber ido construyendo. Porque si bien sabíamos que un Estado neoliberal es por definición un oxímoron, su nueva irrupción en Argentina tiene aun muchos ribetes desconocidos. Y es que en la aceleración de una formulación dialéctica que rechaza la neutralidad por principio y asume contornos cada vez más violentos con los blancos identificados, crecen también sus efectos colaterales. En tal caso, aquella incertidumbre ya nos abarca a todos, porque, en definitiva, consiste en ignorar, día a día, cuál será el próximo perjuicio infringido. La pared que se interponía en el futuro de nuestros jóvenes devino en un laberinto que generaliza la incertidumbre y el miedo. Así, podemos pensar ahora, como lo hiciera conmigo aquel abogado que conocí 15 años atrás, que aquellos ingresantes en suspenso a la carrera el CONICET que fueron el primer botón de muestra del desatre planificado que sobrevino, tienen a su favor muchas más certezas que otros: son jóvenes que pueden irse del país. Queda trazado allí un camino que muy probablemente sea el que deba seguir Joaquín. Lo que preveíamos que podía suceder, vuelve a pasar, pero nadie nos quitará el derecho a pensar que las cosas pueden ser de otra manera, sin los sacrificios humanos que impone el Moloch de esa extraña “normalidad” argentina.
Nos resta saber cuándo podremos volver a ver más allá de la pared con la que otra vez nos han cercado y si podrán recrearse las condiciones para que aquellos que hoy son empujados a irse alguna vez retornen. Lo que sí sabemos, es que si esto último sucediera, habrá que repasar una y otra vez la larga cadena de responsbilidades que hicieron posible llegar a este punto, especialmente las de aquellos que no dejaron de ocupar el mismo lugar que hoy ocupan con un sorprendente grado de adpatación a los “cambios”. Aquellos que son, como dice la canción, “un ladrillo más en la pared”.

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Entrevista a Jorge Majfud

por Analía Gómez Vidal

Arquitectura, urbanismo y modernidad

por Rafael Ojeda

La identidad del nuevo cine crítico estadounidense

por Jorge Vergara Estévez

Crítica del paradigma del progreso

por René Báez

Iconografía del libro CONTRACULTURA JUVENIL

por Hugo E. Biagini (CONICET - Academia de Ciencias)

Quo vadis Europa?

por Francois de Bernard (GERM)

Cuna de la utopía

por Javier Lajo

La cultura desde las culturas

por Javier Lajo

Horacio C. Guldberg, lector de Ezequiel Martínez Estrada. Praxis utópica y ensayo latinoamericano

por Gerardo Oviedo, Universidad de Buenos Aires y Universidad Nacional de Córdoba.

Crítica literaria: Antología de crónica latinoamericana actual

por Darío Jaramillo Agudelo

El peso del pasado

por Gregorio A. Caro Figueroa

La generación FaceNoBook

por Jorge Majfud (Jacksonville University)

La realidad y la contra realidad

por Edgar Borges

Carlos Fuentes y la identidad latinoamericana

por Alejandro Serrano Caldera

El preservar y el cambiar

por Gregorio A. Caro Figueroa

Bolivarianos de la Revolución de Mayo

por Jorge Torres Roggero

Lo americano en los circuitos del espanto. Rodolfo Kusch

por Mario Vilca (Universidad Nacional de Jujuy)

‘Intellectus interruptus’: El recorte y la austeridad llegan a la literatura periodística

por Jorge Majfud

A propósito del Día Internacional de la Mujer: Rosa y Clara, dos nombres para la libertad

por Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

La ciudadanía sudamericana

por Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Primero de mayo

por Dr.Ricardo Melgar Bao Instituto Nacional de Antropología e Historia

LOS LINEAMIENTOS DE CUBA A LA LUZ DE LA CRÍTICA DEL CHE A LA ECONOMÍA DE LA URSS

por Sirio López Velasco (FURG-Brasil)

Hacia una historia para la integración latinoamericana

por Edmundo Aníbal Heredia (CONICET)

¿Qué interculturalidad?

por Julio Eduardo Torres Pallara

La humanidad y el planeta

por Rodolfo Bassarsky

El juez de fútbol y el juicio ético

por Hugo Lovisolo, Ronaldo Helal

Mito, utopía y cuestionamiento en la conquista y colonización de América

por Ernesto Barnach-Calbó, Miembro a título individual del Consejo Español de Estudios Iberoamericanos

Manuel Ugarte anduvo en los senderos del Ecuador (I)

por Por Daniel Kersffeld, especial para El Telégrafo

EXPLICITAÇÃO DOS CONCEITOS DAS DIRETRIZES CURRICULARES GERAIS NACIONAIS PARA A EDUCAÇÃO AMBIENTAL

por Sirio Lopez Velasco

EN TORNO A LA OTREDAD: PARADIGMAS Y COMPORTAMIENTOS

por Ernesto Barnach-Calbó Martínez (CEEIB)

Ambrosio Lasso, el ‘Coronel’ de los indígenas

por Daniel Kersffeld

Enrique Terán o el socialismo del desencanto

por Daniel Kersffeld

Reflexiones sobre la “Declaración Universal de la Democracia”

por V COLOQUIO INTERNACIONAL DE FILOSOFIA POLITICA

La segunda juventud de Marx

por Francesc Arroyo

UN CIUDADANO ESCLARECIDO: SILVIO KREMENCHUZKY

por SILVIO KREMENCHUZKY

Yo, Artigas

por Sirio López Velasco

La soledad latinoamericana

por Emir Sader (UERJ)

Integración Programática y Fáctica de la Primera Independencia a Unasur

por Hugo E. Biagini (Academia de Ciencias de Buenos Aires)

Hermes Benítez: “Los partidarios del magnicidio de Allende no comprenden el significado de su sacrif

por Mario Casasús

Costa Rica y Brasil: jóvenes disconformes

por Rafael Cuevas Molina (Presidente AUNA-Costa Rica)

El ensayo Nuestra América y el tiempo presente

por Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

UNA ENSEÑANZA SIN REPROBACIÓN ES POSIBLE

por Sirio López Velasco

Éloge de la lenteur / Elogio de la lentitud

por François de Bernard

PRESENTACIÓN DE EL NEUROLIBERALISMO Y LA ETICA DEL MÁS FUERTE

por Hugo Biagini

El adolescente y el mundo contemporáneo de la economía de mercado

por Jesús María Dapena Botero

Bolívar en la revolución latinoamericana

por Laureano Vicuña Izquierdo / El Telégrafo (Ecuador)

La Dirección de Ayotzinapa

por Fernando Buen Abad Domínguez

La lectura: ¿una práctica en extinción?

por Marcelo Colussi

Mensaje de Federico Mayor

por Federico Mayor

Albert Camus, del enigma y de la rebeldía. La revuelta. El gran grito de la rebeldía humana

por Gabriella Bianco

Ética de la Reciprocidad y Educación Andina

por Macario Coarite Quispe

ASÍ EN LA PAZ COMO EN LA GUERRA

por Jorge Brioso (Carleton College) y Jesús M. Díaz Álvarez (UNED)

Charlie Hebdo: una reflexión difícil

por Boaventura de Sousa (Universidad de Coimbra - Portugal)

UNA NACIÓN ANTROPOLÓGICA

por Edmundo Heredia (UNC-CONICET)

Desafío para la Filosofía en el siglo XXI

por José Luis Ayala

Alegato contra el coleccionismo privado de manuscritos

por Horacio Tarcus (Doctor en Historia, director CeDInCI/UNSAM, investigador independiente del Conicet)

El graffíti como forma de expresión contra-hegemónica y de emancipación social

por Randal Cárdenas-Gutiérrez

“TODOS SOMOS AMERICANOS” (El Presidente Obama)

por Ernesto Barnach-Calbó

Que la tortilla se vuelva. Una mirada sobre La Voz de la Mujer

por Camila Roccatagliata (Universidad Nacional de La Plata)

Análisis sintético de El Eterno Retorno de los Populismos

por Nidia Carrizo de Muñoz

Texto alusivo a la presentación del libro EL SUPLICIO DE LAS ALEGORÍAS de Gerardo Oviedo

por Hugo E. Biagini

CORREDOR DE LAS IDEAS DEL CONO SUR: REPERTORIO DOCUMENTAL

por Hugo Biagini, Lucio Lucchesi (comps.)

Pensamiento emancipador en el Caribe

por Adalberto Santana

Las traducciones al español de Le temps retrouvé de Marcel Proust

por Herbert E. Craig (Universidad de Nebraska)

Presentación del libro Cartas de Ricardo Rojas

por Hugo Biagini

El posprogresismo en América Latina. Algunas ideas pensadas en voz alta

por Sirio López Velasco

Fernando Aínsa, la reinvención de la utopía

por Edgar Montiel

Las reescrituras del yo en los borradores del último Alberdi

por Élida Lois

ROSARIO BLÉFARI O LA PALABRA MEDIÚMNICA

por Hugo Biagini

Entre cabezas y trash. Cine y clases subalternas en la Argentina 1990-2016

por Demian Alsina Argerich

A World Beyond Global Disorder: The Courage to Hope

por Fred Dallmayr y Edward Demenchonok (eds.)

ENSAYISTAS.ORG incorporó al CECIES entre sus páginas

por CECIES

El Corredor de las Ideas en Pacarina del Sur

por CECIES

UNA FIGURA CONSULAR

por Hugo E. Biagini

L’écoute d’un ami hors norme

por Marcelo Velarde Cañazares

EL MISTERIOSO TRASFONDO DE UNA PIEL ROSADA

por Hugo E. Biagini

José Jara Du retour d’Ulysse à Valparaiso à la pensée posthume de l’exil

por Patrice Vermeren (Université Paris 8)

Razones y caminos del Che (*)

por René Báez (**)

Dimensões Antropológicas dos cultos afro-brasileiros

por Prof.Dr. Antonio Sidekum

HOMENAJE AL 68 DESDE LOS MOVIMIENTOS DE LOS AÑOS 60 HASTA EL MOVIMIENTO ALTERMUNDISTA

por Dr. Gabriella Bianco, PhD (UNESCO)

Reflexiones en primera persona sobre la ciencia y la pared que encubre la “normalidad” argentina

por Gustavo Vallejo

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