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Las reescrituras del yo en los borradores del último Alberdi

por Élida Lois
 

Conferencia de académica recipiendaria, AAL


El género autobiográfico es muy rico en modulaciones. Se habla de “memorias”, de “diarios” y de categorías más escurridizas, como la llamada “autoficción”. Pero nos interesa un subgénero en particular porque comenzó a practicarse durante el período independentista y continuó comprometiendo gran parte de la literatura autobiográfica argentina del siglo XIX: la autodefensa.

La autodefensa canaliza la actitud del hombre que necesita justificarse ante la opinión pública, y puede considerarse una pieza paradigmática del subgénero el opúsculo autobiográfico Mi defensa, publicado en Santiago de Chile por Domingo Faustino Sarmiento en 1843.

En ese año, Sarmiento se defendía de ataques recibidos en el país que lo asilaba, pero sus combates serán otros en 1853, cuando se apresta a iniciar una brillante carrera política en Buenos Aires. En el año anterior, la batalla de Caseros había inaugurado otra etapa histórica en la Argentina, y después del levantamiento militar del 11 de septiembre, la escisión de Buenos Aires de la Confederación había abierto una grieta entre los argentinos que se habían exiliado. Una explosiva manifestación de esta fractura es la célebre polémica que enfrenta públicamente a Alberdi con Sarmiento y que no se circunscribe como suele simplificarse a las Cartas quillotanas y a Las ciento y una.

Pero en parte, la polémica se asienta en un sustrato personal, y los epistolarios privados y otras fuentes de la microhistoria abundan en testimonios acerca de la antipatía mutua que se profesaban, incluso en los tiempos en que cada uno de ellos demostraba abiertamente saber apreciar los quilates de la obra del otro.

Las diferencias también se proyectaban tanto en el estilo político como en el discurso literario, y una de las características del sanjuanino más censuradas por Alberdi era la pertinacia en proyectar su yo en la escritura. Cito un ejemplo de las Quillotanas:

Tengo por ridículo el yo, como dice Pascal. El yo es odioso, ha dicho La Bruyère [...]. El hablar siempre de sí parece necesidad emanada del sentimiento de una reprobación universal.

Durante la escisión, se desempeñó como Ministro Plenipotenciario de la Confederación ante las Cortes Europeas, pero cuando las fuerzas de Buenos Aires unificaron el país imponiendo la hegemonía política de la provincia más rica, optó por permanecer en Francia autoexiliado. Comenzó entonces una nueva etapa de su producción literaria, que permite hablar de un “último Alberdi”, y nos interesa particularmente el momento en que 15 años después de la célebre contienda pública, Alberdi comienza a practicar ese tipo de escritura del yo que tanto había censurado en la producción de su enconado adversario.

Cuando en 1865 Brasil, Argentina y Uruguay se alían contra el Paraguay e intervienen en una guerra que durará cinco años, Alberdi expone públicamente una oposición tajante, y su ardorosa defensa del Paraguay le valdrá la imputación de “traidor a la patria”. Cada una de las publicaciones de Alberdi motiva en Buenos Aires respuestas airadas; su prensa no ahorra agresiones personales y lo acusan de estar pagado por el gobierno paraguayo y de conspirar para el derrocamiento de Mitre. Pero cuando la sucesión de derrotas y una suma de calamidades influya sobre los ánimos colectivos, empieza a mitigarse ese rechazo y a ampliarse un interés que antes se limitaba a los impugnadores del poder de la ciudad-puerto.

Si bien Alberdi había cultivado en su juventud tanto el periodismo satírico como las efusiones de un yo romántico en ocasionales piezas literarias, la irrupción de un yo autodefensivo, impregnado de desencanto, amargura e indignación pone un sello distintivo en la última etapa de su vida escritural.

Con una doble intención, la de responder a los ataques de los adversarios y la de fortalecer a sus seguidores, la escritura de Alberdi empieza a volcarse hacia el género autobiográfico “defensivo”. En su Archivo documental, se conservan dos borradores inéditos pertenecientes a ese género: el más antiguo –fechado en enero de 1869– lleva como título Para la Autobiografía, lo que delata su condición de esbozo escritural; el otro texto inédito se titula Simple carta en que su autor explica a sus deudos y amigos los motivos que lo mantienen lejos de su país y fue redactado por la misma época.[1] Por otra parte, sus grafías testimonian que constituyen borradores primigenios y ninguno de ellos coincide con los textos autobiográficos difundidos en sus Escritos póstumos. En ambos borradores, que pueden ser considerados prototextos de Palabras de un ausente, predominan impetuosas descargas emocionales ante sucesos que lo conmocionan: las reformas constitucionales de 1860 y 1863 impulsan al padre de la criatura de 1853 a mezclar anatemas con argumentaciones jurídicas, y muy particularmente, la firma del reconocimiento de nuestra Independencia por las Cortes de España lo indigna por partida doble: el tratado que él suscribió en 1859 había sido objetado por el gobierno de la Confederación al que él representaba, pero en 1863 fue repuesto por su reemplazante diplomático, Mariano Balcarce, que ahora representa al gobierno de la República unificada y se hace acreedor de gran mérito por ello. Y en este punto el orgullo herido por lo que vive como una vulneración de derechos de autor empuja a Alberdi a criticar ácidamente a una figura pública que había ensalzado con auténtica convicción en escritos anteriores (particularmente, en una semblanza memorable escrita después de visitarlo): se trata de la figura del suegro de Balcarce, el General San Martín. Anticipa así las posturas antimilitaristas de El cesarismo o la guerra en el Nuevo Mundo.

La Nación –el diario de Bartolomé Mitre– se ensaña particularmente con Alberdi, en tanto que sus admiradores emprenden polémicas acaloradas contra ese medio. Estas noticias van llegando a Normandía, donde Alberdi se ha recluido, con un mes de retraso por lo menos; pero emprende su autodefensa redactando de inmediato un estudio mordaz sobre la figura de su agresor, donde el jurisconsulto y tratadista no desdeña la vibración ni la malignidad del discurso panfletario. Le interesa, sobre todo, hablarle a la juventud, y acusa a Mitre no sólo de falsear sus ideas sino también de apropiarse de ellas dándoles otro nombre.

A la vez, las notas sueltas sobre Sarmiento, como las anteriores agrupadas en los Escritos póstumos, habrían sido escritas hacia 1870, y en medio de todo ese despliegue escritural, el Dr. Alberdi –que ya ha construido una figura pública de legislador e intérprete, y que ya se ha consagrado como polemista sobresaliente– siente la necesidad de decir lo mismo “de otro modo”.

Así, a la manera de un acompañamiento en sordina, decide recuperar (parcialmente) en un texto ficcional la voz satírica de Figarillo, aunque el chispeante Figarillo del semanario La Moda de Buenos Aires se ha transformado en un Fígaro amargado y pesimista. Sobre todo, el humor se ha vuelto ácido y las propuestas destilan el más absoluto desencanto. Esa proyección subjetiva se disemina en todas direcciones, y en una coyuntura personal conflictiva, el autor se expresa en más de un alter ego. Pero es precisamente esa narración ficcional, que terminará titulándose Peregrinación de Luz del Día o Viaje y aventuras de la Verdad en el Nuevo Mundo, el único texto entre la prolífica producción de 1870 que será publicado en vida de Alberdi, aunque cinco años después y con sugestivas reescrituras.

Esta pieza, inclasificable desde la preceptiva de los géneros discursivos, combina una ficción caricaturesca con una exposición doctrinaria del más ortodoxo liberalismo (la conferencia final de un personaje alegórico: la Verdad). En la primera parte, personalidades satirizadas emblematizan las calamidades que Europa ha enviado a América: el molieresco Tartufo es Sarmiento, Basilio (el calumniador de El barbero de Sevilla de Beaumarchais) es Mitre y Gil Blas (el trapisondero protagonista de Gil Blas de Santillana de Lesage) es Adolfo Alsina.

Paralelamente, ve encarnados en los caudillos de las provincias a los héroes de los poemas épicos medievales, y aunque comparativamente los exculpa, tampoco los considera capacitados para liderar un proceso de transformación. Sólo puede comunicarse con Fígaro (el pícaro pero honesto personaje de Beaumarchais), quien le pide que pronuncie un discurso programático antes de partir desilusionada.

En una reformulación de los primeros borradores conservados, Alberdi incorpora una segunda sección entre esa parodia y la conferencia final de la Verdad. Se intercala, entonces, la historia de otro emigrado a América, don Quijote, que ahora ha enloquecido con la lectura del Origen de las especies de Darwin y funda en su estancia de la Patagonia una república de carneros con el convencimiento de que el tiempo los convertirá en seres humanos, y para ellos promulga una Constitución que, aunque haga sonreír al lector de hoy, fue sin duda para él una desgarradora parodia de las Bases.

La hibridez genérica se imponía al proyecto escritural que en su primera versión, sugestivamente, se había titulado La gata parda o La metempsicosis de la vieja Europa en la moderna América. Esa denominación arcaica de la raza de felinos que hoy denominamos “tricolor” está testimoniada por la Gatomaquia de Lope de Vega, donde, en un baile general en el que se satiriza a las diversas capas sociales, la Gatiparda danza con el Gato Remendado. Alberdi sintetizaba en esa denominación despectiva, una concepción de la realidad social sudamericana en términos de fusión de componentes disarmónicos. Este fue el concepto disparador de un proceso textual que fue cambiando de enfoque a través de sucesivas versiones que representan vueltas de tuerca dentro de un proceso conceptual. Por último, se reescribió la disyunción del primer título y el definitivo concentra en la imagen del periplo (peregrinatio) un itinerario investigativo hecho a partir de una creación literaria, a la par que destaca la carga autoficcional del subtexto: ‘Alberdi se autopostula como la voz de la Verdad’ (que es definida en el texto como la luz de la razón y el faro de los pueblos).

Pero en forma simultánea con ese proceso escritural, entre 1870 y 1873, Alberdi escribió autobiografías que sólo se conocieron póstumamente: Memoria sobre mi vida y mis escritos y Mi vida privada, que se pasa toda en la República Argentina –un título que responde a las acusaciones de “ajenidad” que algunos connacionales comenzaron a dirigirle cuando llevaba más de tres décadas fuera del país–; pero a comienzos de 1874 (confiando otra vez en un inminente retorno junto con el próximo recambio presidencial) publica Palabras de un ausente en que explica a sus amigos del Plata los motivos de su alejamiento. Pero todas las escrituras del yo que venimos mencionando son etapas textuales de un mismo programa escritural: esas páginas construyen un personaje público que se ofrece como modelo a la sociedad –cosa habitual en la literatura autobiográfica del siglo XIX–; sin embargo, a diferencia de Sarmiento (un autopropagandista eximio), Alberdi no se propone como actor político sino más bien como mentor ideológico.

Además, aunque la actitud defensiva que prevalece en Palabras de un ausente no puede soslayar la identificación de los impugnadores más poderosos, Alberdi se esmera por retomar esa apariencia de ecuanimidad (sin duda alguna, sobreactuada) de las Cartas Quillotanas, el discurso doctoral que tanto contribuyó a convertirlo en ese “vencedor intelectual” destinado a convertirse en el pensador-guía de las provincias. Pero solamente confrontando esta publicación con los borradores inéditos que mencionamos antes se calibra el ingente esfuerzo que hace aquí Alberdi para mantener las “formas”.

No obstante, ese mismo año decide enviar también a la imprenta la narración satírico-doctrinaria que finalmente tituló Peregrinación de Luz del Día o Viaje y aventuras de la Verdad en el Nuevo Mundo; de este modo, valiéndose de otro registro literario, complementa y hace tambalear a la vez el escrito autodefensivo prototípico que acaba de publicar. Ese bamboleo causó mucha perplejidad en el Plata, y aunque no faltó quien lo celebrara, algunos amigos de Alberdi hasta compartieron la indignación del grupo satirizado. Una sola cosa puede asegurarse: a la comunidad lectora no le resultó indiferente.

Entre tanto, en su epistolario privado, Alberdi venía reiterando otra acusación a Mariano Balcarce: la de haber obtenido su cargo diplomático en Europa a cambio del envío al general Mitre del archivo documental de su suegro. A fines de 1874 (antes de que Mitre comenzara a difundir su Historia de San Martín), y otra vez en medio de un período de frenética producción ensayística, las pasiones desatadas impulsan a Alberdi a decir lo mismo en clave de ficcionalización: Los Gigantes de los Andes, una obra que no ha merecido la atención de la crítica pese a estar incluida en sus Escritos póstumos, es una parodia de las mitificaciones historiográficas donde Alberdi satiriza la utilización de la Historia como arma en la lucha por el poder político del presente, y ya avanzado su proceso de textualización, otra vez su yo terminará proyectándose claramente en la escritura.

La dinámica creativa de Los Gigantes de los Andes interactúa con los borradores de Belgrano y sus historiadores, un proceso escritural paralelo en el que Alberdi fue analizando la génesis editorial de la Historia de Belgrano de Mitre, cuyas sucesivas publicaciones se extendieron entre 1857 y 1876. En esos borradores, Alberdi critica una concepción de la historia basada en el “culto del héroe”, una objeción que por otra parte también puede aplicarse a la de otros autores contemporáneos y también a muchos posteriores. La vida política estaba dominada por los “choques” entre figuras dominantes; por eso, al margen de las cuestiones de fondo que tenían que ver con la organización general del Estado nacional o con las políticas públicas de largo alcance, eran los actos personales de esos notables una de las principales materias de controversia. Pero Alberdi, siguiendo a su admirado Tocqueville, proponía en cambio buscar las grandes causas generales que determinan hasta los hechos más particulares.

Puede leerse en tres pequeñas libretas un último borrador de Los Gigantes de los Andes donde se pasa en limpio una versión anterior; pero se conservan, además, hojas sueltas de distintas versiones previas. La trama ficcional se consagra a la construcción de una mitología de origen para Hispanoamérica, que surge como la creación de cuatro gigantes: Simundo (Simón Bolívar), San Martillo (José de San Martín), Orígenes (Bernardo O’Higgins) y Belgrande (Manuel Belgrano). Alberdi emblematiza así a cuatro figuras del período independentista a quienes cronistas e historiadores del siglo XIX habían conferido dimensiones épicas.

En el manuscrito inédito de un borrador primigenio, se hablaba de los cuatro gigantes sin marcar rasgos individuales. Se describe el arribo a Sudamérica de seres de tamaño tan descomunal que no pueden ser distinguidos por los hombres corrientes, que los confunden con montañas. El último capítulo de esta serie discurre acerca de las transformaciones políticas y sociales que siguieron a las guerras de independencia presentándolas como el resultado de una planificación de los cuatro gigantes, siempre enfocados como un conjunto homogéneo. Y tal como había sostenido en La guerra o el cesarismo en el Nuevo Mundo, Alberdi denuncia lo que considera el pecado original de la política postindependentista: la transformación de los guerreros en caudillos políticos cuyo autoritarismo, reproduciendo el sistema de mandos de la vida militar, impide la instalación de una auténtica democracia y la consolidación de un sistema jurídico que asegure el ejercicio de las libertades individuales.

En una planificación primitiva, Alberdi dividía en dos partes su obra, y la primera se consagraba a extensas reflexiones geopolíticas. En la última versión, prefirió concentrar su mensaje y sólo resta de ese temario la ubicación geográfica del lugar donde transcurre el debate de los gigantes antes de emprender su tarea fundacional (se trata del Penedo de San Pablo, antigua denominación del Archipiélago de San Pedro y San Pablo); desde allí ven las costas de lo que Alberdi denomina “Portugal americano” y dictamina que ese será siempre un punto de referencia ineludible a la hora de considerar la historia de Hispanoamérica.

Después de una narración introductoria, ocupa los restantes capítulos el debate de los Gigantes, donde no sólo se planifican las campañas militares por la independencia sino también el futuro político de Hispanoamérica. Y con la votación de las propuestas culmina el borrador que se lee en las tres libretas.

La primera reformulación llamativa es el cambio de registro: Alberdi matiza la cuerda rabelaisiana en la que había narrado primero las proezas militares. Así, la crudeza del humor escatológico de ese cuño deviene una de esas típicas salidas truncas que suelen morir en los primeros borradores.

La reelaboración introduce, además, una mutación en el discurso y en la concepción de los personajes. En el debate, la narración es reemplazada por un diálogo en el que uno de los gigantes habla, desde el primer momento, con una voz diferente: Belgrande (la personificación del único de los cuatro comandantes que no era un militar por formación –como San Martín– o por vocación -como Bolívar y O’Higgins-). Belgrano se había graduado en Derecho, se había orientado hacia el estudio de la economía política y había elaborado una programática que pudo empezar a poner en práctica ya como funcionario criollo del virreinato.

Además, ahora, Belgrande habla con la voz de Alberdi, que reitera en boca del personaje todos los argumentos que atraviesan su propia obra de cabo a rabo, en tanto los demás gigantes susurran críticas y se burlan a sus espaldas de lo que consideran delirantes fantasías de un graduado universitario.

Desde el inicio del debate, Belgrande comienza a cuestionar los objetivos y la metodología del manejo del poder. Y una vez votada la decisión de dar la libertad a América, y en tanto a los otros gigantes sólo les preocupa sustituir al rey de España en el gobierno, plantea lo que considera la problemática esencial: ¿cómo dar la libertad a un pueblo que procede de España, “donde ni de nombre es conocida la libertad?”

La segunda cuestión es la de la elección de los instrumentos que aseguren esa libertad. En contra de Belgrande, que sostiene que “la industria y el comercio pueden ser mejor camino que la guerra para llegar a la libertad”, los demás coinciden en que “no puede haber otro instrumento que la espada, ni otro camino que la guerra”, y sobre la base de la voluntad mayoritaria se declaran los principios básicos del gobierno futuro, se autoproclaman fundadores de una raza dirigente y diseñan, en consonancia, una política cultural que imponga su relato de la Historia:

Y cuando se pasa de inmediato a considerar la cuestión vital del sostenimiento del gobierno, la organización financiera se identifica con el “comisariato de guerra”: el oro y la plata que por siglos ha alimentado a los gigantes de España, desde el vientre de Los Andes, alimentará ahora a los gigantes de Sudamérica.

Belgrande hace un último esfuerzo persuasivo en el que se reitera el programa político alberdiano encaminado a la consolidación de una “sociedad civil americana”: ajuste de la acción política a la legalidad, controles para el ejercicio del poder, libertades individuales y todos los medios conducentes al progreso (educación para el trabajo y la libertad, creación de riqueza, “intercambio con el mundo civilizado”). Pero San Martillo resume a su manera esa programática y propone la última moción que aprobarán los otros dos militares imponiéndola por mayoría:

– [...] Mientras el tiempo nos enseña a conocer el mejor método para educar al pueblo en el ejercicio de sus libertades, no veo inconveniente en que le demos escritas todas las libertades civiles y sociales que quiera, con tal que él nos deje a los libertadores y gobernantes toda la libertad de gobernarlo de hecho.

Así finaliza el texto de los borradores de las libretas y el capítulo conclusivo conservado en hojas sueltas termina lamentando con desesperanza las consecuencias de la instalación de “una verdadera caballería andante americana”.

En el proceso textual de Los Gigantes de los Andes la autoficción no gobierna la marcha del discurso desde el comienzo como en Peregrinación de Luz del Día, pero al decidir que el personaje de Belgrande exponga el programa alberdiano, el propio Alberdi termina introduciéndose en su mitificación historiográfica por ese camino oblicuo. Otra vez su yo penetra en la ficción para hablar con la voz de la Verdad –esa Luz del Día que quiere ser la forma más decantada de su conciencia crítica–, para demostrar que no está dispuesto a claudicar de ese papel analítico y programático que se autoadjudicó. Y justamente, esta vez, el mecanismo autoficcional lo conduce a identificarse con un personaje histórico a quien quiere desmitificar como prócer pero revalorizar como intelectual.

Alberdi desmonta en su análisis de la historiografía nacional algunos de los mecanismos utilizados por el poder político para ejercer la supremacía narrativa, pero en tanto los actores denunciados viven sumergidos en el barro de la historia, el intelectual crítico no se enloda. Sin embargo, tampoco suele estar exento de apetencias de predominio, ya que la proyección autoficcional que convierte a Alberdi en un pensador que supera el proyecto político-económico de Belgrano se inscribe en esa línea.

Sin embargo, un autor que ha demostrado en sus papeles privados utilizar la reescritura para comprender, no teme entrar en terrenos resbaladizos con sus propias postulaciones. Hacia el final de su propuesta, Belgrande entra en oposición con una de las tesis alberdianas más conspicuas (que, por otra parte, acaba de ser puesta en foco en la conferencia de la Verdad con la que se cierra Peregrinación de Luz del Día y será reiterada en trabajos posteriores): la fe ciega en la división internacional del trabajo y el librecambismo a ultranza. Belgrande propugna allí –aunque con cierta timidez y acompañado por ingredientes marginales que lo ridiculizan– un programa concentrado en la incentivación de la industria nacional. Pero el programa es rechazado por los restantes gigantes con un argumento contundente: no están dispuestos a renunciar al armamento extranjero. No obstante, el pasaje no deja de ser ambiguo: no resulta claro si se trata de respeto por la verdad histórica (las bien conocidas propuestas económicas de Belgrano), o si estamos frente a una de esas esporádicas grietas que atraviesan el pensamiento ilustrado y liberal del último Alberdi.

En suma, los borradores multiplican las incógnitas que plantean los textos finales porque presentan en acto la contienda entre la palabra y el pensamiento. Y como sabemos, son los escritores los que aventuran las respuestas que ni la Historia ni la Filología se atreven a aseverar. Ellos han puesto en foco contrastes, enigmas y conflictos en la personalidad de Alberdi. En El inquietante día de la vida, Abel Posse pone de relieve los contrastes cuando lo presenta exponiendo sus medulosos análisis de constructor de la Nación en un ámbito desdoroso. En su novela Echeverría, Martín Caparrós le consagra un inventario de sinuosidades, y en manuscritos cuya transcripción podremos leer con detenimiento cuando terminen de publicarse los diarios de Ricardo Piglia, se lo encontrará en el comienzo trunco del proyecto escritural que, después de sucesivas idas y vueltas, confluirá en Respiración artificial. En esa cicatriz de origen, Alberdi próximo a su final deambula enajenado por las calles y se encuentra con Freud, que acaba de llegar a París [De paso, llegó un año después de la muerte de JBA, pero como decía Borges a la realidad le gustan los “vagos anacronismos”, y sin duda, a la literatura mucho más.] Por otra parte, Alberdi no desapareció del imaginario de Piglia, ya que al explorar la pluralidad significativa que adquiere allí el término “traidor”, se observa cómo se intenta reconstruir la trama ideológica de los escritos programáticos de Alberdi posteriores a la batalla de Pavón.

Pero la mirada desde la Filología se aferra al único rastro material que nos queda de su yo: esos garabatos jeroglíficos que se atropellan sobre el papel, ya que es incuestionable que Alberdi escribía con una velocidad pasmosa y que no había otro medio para acompañar la dinámica vertiginosa de su pensamiento. El pensamiento del hombre de quien dijo José Ingenieros:

Es difícil que ningún otro americano estuviera, en su época, más al corriente de las nuevas direcciones sociológicas; es seguro que en ninguno puede seguirse mejor el rastro de toda la evolución filosófica del siglo XIX.

También hay una indudable presencia del yo de Alberdi en esos velocísimos trazados tan difíciles de descifrar, que quienes los han visto prefirieron dejarnos bastante trabajo por hacer. Y muy particularmente, ese yo está presente en las autoinstrucciones que inscribe al margen a menudo; cito las dos más frecuentes: “analizar mejor esto”, “seguir pensando esta cuestión”. Esas instrucciones para seguir pensando y continuar escribiendo dicen mucho sobre él: revelan la presencia de lo más parecido a un intelectual puro que tuvo el pensamiento político argentino del siglo XIX.



[1] Biblioteca Furt, Archivo Alberdi, Caja II, 4, 4.

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‘Intellectus interruptus’: El recorte y la austeridad llegan a la literatura periodística

por Jorge Majfud

A propósito del Día Internacional de la Mujer: Rosa y Clara, dos nombres para la libertad

por Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

La ciudadanía sudamericana

por Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Primero de mayo

por Dr.Ricardo Melgar Bao Instituto Nacional de Antropología e Historia

LOS LINEAMIENTOS DE CUBA A LA LUZ DE LA CRÍTICA DEL CHE A LA ECONOMÍA DE LA URSS

por Sirio López Velasco (FURG-Brasil)

Hacia una historia para la integración latinoamericana

por Edmundo Aníbal Heredia (CONICET)

¿Qué interculturalidad?

por Julio Eduardo Torres Pallara

La humanidad y el planeta

por Rodolfo Bassarsky

El juez de fútbol y el juicio ético

por Hugo Lovisolo, Ronaldo Helal

Mito, utopía y cuestionamiento en la conquista y colonización de América

por Ernesto Barnach-Calbó, Miembro a título individual del Consejo Español de Estudios Iberoamericanos

Manuel Ugarte anduvo en los senderos del Ecuador (I)

por Por Daniel Kersffeld, especial para El Telégrafo

EXPLICITAÇÃO DOS CONCEITOS DAS DIRETRIZES CURRICULARES GERAIS NACIONAIS PARA A EDUCAÇÃO AMBIENTAL

por Sirio Lopez Velasco

EN TORNO A LA OTREDAD: PARADIGMAS Y COMPORTAMIENTOS

por Ernesto Barnach-Calbó Martínez (CEEIB)

Ambrosio Lasso, el ‘Coronel’ de los indígenas

por Daniel Kersffeld

Enrique Terán o el socialismo del desencanto

por Daniel Kersffeld

Reflexiones sobre la “Declaración Universal de la Democracia”

por V COLOQUIO INTERNACIONAL DE FILOSOFIA POLITICA

La segunda juventud de Marx

por Francesc Arroyo

UN CIUDADANO ESCLARECIDO: SILVIO KREMENCHUZKY

por SILVIO KREMENCHUZKY

Yo, Artigas

por Sirio López Velasco

La soledad latinoamericana

por Emir Sader (UERJ)

Integración Programática y Fáctica de la Primera Independencia a Unasur

por Hugo E. Biagini (Academia de Ciencias de Buenos Aires)

Hermes Benítez: “Los partidarios del magnicidio de Allende no comprenden el significado de su sacrif

por Mario Casasús

Costa Rica y Brasil: jóvenes disconformes

por Rafael Cuevas Molina (Presidente AUNA-Costa Rica)

El ensayo Nuestra América y el tiempo presente

por Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

UNA ENSEÑANZA SIN REPROBACIÓN ES POSIBLE

por Sirio López Velasco

Éloge de la lenteur / Elogio de la lentitud

por François de Bernard

PRESENTACIÓN DE EL NEUROLIBERALISMO Y LA ETICA DEL MÁS FUERTE

por Hugo Biagini

El adolescente y el mundo contemporáneo de la economía de mercado

por Jesús María Dapena Botero

Bolívar en la revolución latinoamericana

por Laureano Vicuña Izquierdo / El Telégrafo (Ecuador)

La Dirección de Ayotzinapa

por Fernando Buen Abad Domínguez

La lectura: ¿una práctica en extinción?

por Marcelo Colussi

Mensaje de Federico Mayor

por Federico Mayor

Albert Camus, del enigma y de la rebeldía. La revuelta. El gran grito de la rebeldía humana

por Gabriella Bianco

Ética de la Reciprocidad y Educación Andina

por Macario Coarite Quispe

ASÍ EN LA PAZ COMO EN LA GUERRA

por Jorge Brioso (Carleton College) y Jesús M. Díaz Álvarez (UNED)

Charlie Hebdo: una reflexión difícil

por Boaventura de Sousa (Universidad de Coimbra - Portugal)

UNA NACIÓN ANTROPOLÓGICA

por Edmundo Heredia (UNC-CONICET)

Desafío para la Filosofía en el siglo XXI

por José Luis Ayala

Alegato contra el coleccionismo privado de manuscritos

por Horacio Tarcus (Doctor en Historia, director CeDInCI/UNSAM, investigador independiente del Conicet)

El graffíti como forma de expresión contra-hegemónica y de emancipación social

por Randal Cárdenas-Gutiérrez

“TODOS SOMOS AMERICANOS” (El Presidente Obama)

por Ernesto Barnach-Calbó

Que la tortilla se vuelva. Una mirada sobre La Voz de la Mujer

por Camila Roccatagliata (Universidad Nacional de La Plata)

Análisis sintético de El Eterno Retorno de los Populismos

por Nidia Carrizo de Muñoz

Texto alusivo a la presentación del libro EL SUPLICIO DE LAS ALEGORÍAS de Gerardo Oviedo

por Hugo E. Biagini

CORREDOR DE LAS IDEAS DEL CONO SUR: REPERTORIO DOCUMENTAL

por Hugo Biagini, Lucio Lucchesi (comps.)

Pensamiento emancipador en el Caribe

por Adalberto Santana

Las traducciones al español de Le temps retrouvé de Marcel Proust

por Herbert E. Craig (Universidad de Nebraska)

Presentación del libro Cartas de Ricardo Rojas

por Hugo Biagini

El posprogresismo en América Latina. Algunas ideas pensadas en voz alta

por Sirio López Velasco

Fernando Aínsa, la reinvención de la utopía

por Edgar Montiel

Las reescrituras del yo en los borradores del último Alberdi

por Élida Lois

ROSARIO BLÉFARI O LA PALABRA MEDIÚMNICA

por Hugo Biagini

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