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Presentación del libro: “El neuroliberalismo y la ética del más fuerte”

por Pablo Guadarrama González
 


Presentación del libro: “El neuroliberalismo y la ética del más fuerte” de Hugo E. Biagini y Diego Fernández Peychaux.


Las bases filosóficas e ideológicas del neoliberalismo lógicamente descansan sobre los pilares del liberalismo, según las cuales el eje central y primordial de la sociedad es el individuo el cual debe salvaguardarse por encima de cualquier otra entidad, aun cuando esta presuma representarlo como Estado, partido, clase social, Iglesia, etc. Se parte del presupuesto que la libertad individual debe ser protegida esencialmente para salvaguardar el derecho a la propiedad privada y que esta pueda someterse a las “libres” relaciones de la economía de mercado.

Una interpretación forzada de los fundamentos filosóficos tanto del liberalismo como de su renovación contemporánea podría llevar a pensar que su proclamado individualismo implica necesariamente desatender cualquier tipo de compromiso y obligación social o colectiva. Sin embargo, el asunto no es tan sencillo. Los más preclaros pensadores de todos los tiempos, desde Aristóteles con su consideración del hombre como zoon politikon, hasta los ilustrados modernos, han insistido siempre en que el hombre no es un ser aislado o absolutamente independiente de los demás seres humanos y de las distintas formas de organización social que existen en la historia.

Ya desde el siglo XVIII, en la “Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano” proclamados por la Asamblea Nacional de Francia se expresaba claramente la preocupación porque la realización de tales derechos no implicara una absolutización del egoísmo y el interés individual y por tanto algún tipo de indiferencia por las consecuencias sociales de los mismos.

El excesivo egoísmo e individualismo preconizado por el neoliberalismo contemporáneo si bien tiene vasos comunicantes con la defensa de la individualidad planteado por el pensamiento liberal anterior, constituye en verdad una extralimitación peligrosa que atenta ideológicamente contra la necesaria cohesión social que exige cualquier sociedad civilizada.

Posteriormente uno de los padres del liberalismo decimonónico, John Stuart Mill, declaraba que “La única parte de la conducta de todo hombre de que es responsable ante la sociedad, es aquella que se relaciona con los demás.”. O sea que si bien por un lado establece una soberanía sobre la persona, toma precauciones en que la realización de la misma no implique en modo alguno la afectación de otros. La preocupación por lo social es permanente en este y otros ideólogos del liberalismo.

Tal vez uno de los rasgos que diferencian al neoliberalismo de su precursor es brindar mucha menos atención a la interdependencia social de los individuos, al pensar de manera ilusoria que la resultante de la lucha aislada por la supervivencia de los individuos de manera espontánea siempre redundaría en beneficio social, algo que la experiencia histórica en lugar de confirmar ha desmentido y ha sido reconocido por muchos investigadores.

Debe destacarse que incluso ideólogos del liberalismo decimonónico y cultivadores del socialdarwinismo como Spencer trataron de encontrar en el meliorismo una fórmula que contribuyera a disminuir el egoísmo y conformar confianza en la posibilidad de un mejoramiento de las condiciones de vida de los más infortunados a través de la educación, de la atención de las empresas a sus obreros y de los gobiernos a los ciudadanos, aun cuando el filósofo inglés fuese un defensor de las prerrogativas del individuo frente al Estado

Spencer consideraba que en los primeros estadios de la evolución humana se justificaba el enfrentamiento por la supervivencia entre los individuos, tanto animales como humanos. Pero este hecho era solo comprensible durante una primera etapa de la evolución social, pero no de manera permanente en la evolución social, y mucho menos lógico resultaría que debía tender a incrementarse en el futuro. En su lugar consideraba que la solidaridad y la cooperación caracterizaban el rumbo del progreso humano. Según el “Pero el que la lucha haya sido necesaria, incluso en los seres dotados de sentimiento, no significa que deba existir en todos los tiempos y entre todos los seres.(...) Pero podemos suponer que una vez producidas estas sociedades, (la de las cavernas P.G.) la brutalidad, condición necesaria para su producción desaparecerá y la lucha intersocial, factor indispensable de la evolución de las sociedades, no desempeñará en el porvenir un papel semejante al que tuvo en el pasado”. Todo lo contrario parecen propugnar los ideólogos actuales del neoliberalismo, quienes vaticinan la futura guerra de todos contra todos en la que el cavernícola principio de “salvese quien pueda” debe encabezar las nuevas constituciones neoliberales.

Sin embargo, la historia es testaruda y la trayectoria universal del pensamiento desde la antigüedad hasta nuestros días pone de manifiesto que ha habido una mayor tendencia hacia el humanismo que hacia las concepciones misantrópicas. La mayoría de las ideologías políticas, religiosas, concepciones filosóficas, éticas, jurídicas, han incrementado más su proyección hacia la consideración de lo humano como lo supremo, en lugar de denigrar de tal condición. Por supuesto no dejan de existir excepciones que confirman la regla y no simplemente en el plano de las ideas, pues los campos de concentración nazis constituyeron una prueba muy práctica y real de hasta dónde puede llegar la barbarie de algunas ideologías elitistas y racistas, como las que en la actualidad parecen reanimarse.

El espíritu de la modernidad tendió mucho más hacia la concepción de que el hombre debe ser considerado como un fin en sí mismo y a la vez debía ser merecedor de todos las libertades y los derechos posibles, hasta el punto que su enfoque unilateral condujo a un antropocentrismo cerrado y hostil a la naturaleza, amenazada hoy por la posibilidad de la hecatombe del ecocidio brutal, que la puede conducir al suicidio universal.

El pensamiento ilustrado que sirvió de base al liberalismo se caracterizó por su versatilidad y pluralismo en cuanto corrientes de pensamiento y posiciones ideológicas. Por tal motivo el liberalismo también propugnó a tono con ese ideal el culto a la individualidad, a la libertad personal, a la creatividad, la diversidad y la riqueza de ideas políticas, jurídicas, y especialmente la confianza en el progreso humano etc.

Durante mucho tiempo se esgrimió la acusación de que los regímenes socialistas habían aniquilado esa creatividad y pluralismo ideológico e implantaban de forma totalitaria, del mismo modo que los regímenes fascistas una ideología única y oficial. Ahora lo contraproducente es que los ideólogos del neoliberalismo se asusten ante el pluralismo ideológico e intentan establecer de forma universal un “pensamiento único”, que no admita la posibilidad de la construcción de un pensamiento alternativo.

El pensamiento clásico del liberalismo intentó fundamentarse en los principios de los derechos humanos, considerados conquistas de la modernidad. Estos derechos además de su carácter político como libertad de reunión, de palabra, elección, etc., implicaban también otros de carácter económico y social como el respeto a la propiedad privada, así como el derecho a la educación, a la salud, la seguridad, etc.

En este último aspecto se les presentó a los ideólogos del neoliberalismo un serio conflicto. Si por una parte, el Estado benefactor había intentado después de las experiencias del socialismo del siglo XX en que se dieron pasos significativos en la realización de los principales derechos sociales, aun cuando no siempre fuesen debidamente acompañados por múltiples circunstancias del desarrollo mayor de derechos civiles y políticos, ya desde mucho antes de que comenzara a resquebrajarse el Muro de Berlín, algunos ideólogos del neoliberalismo comenzaron a cuestionarse la pertinencia de los derechos sociales.

Donde mayor impacto han tenido los efectos de las oleadas privatizadora en de los servicios públicos ha sido en los países de menor desarrollo, como en de América Latina, con cifras impactantes de deterioro de la calidad de vida de la mayoría de la población, así como en el incremento en el grado de explotación de sectores marginales y usualmente discriminados como mujeres, niños e inmigrantes.

A la hora de analizar el porqué de tales giros tan significativos, y no solo en cuanto a los derechos y conquistas sociales de los trabajadores, entre el liberalismo decimonónico y el neoliberalismo contemporáneo no se puede desconocer las transformaciones operadas en el capitalismo en los dos últimos siglos.

Era lógico que en tiempos del capitalismo premonopolista la mayor parte de las concepciones filosóficas e ideológicas gestadas durante la gestación, nacimiento y desarrollo inicial de la sociedad burguesa se correspondieran con criterios de libertad, igualdad y hasta fraternidad, proclamados, independientemente de su carácter formal, desde el siglo XVIII. De tal forma en una época en que los grandes monopolios industriales, financieros y comerciales no habían desplegado aún su praxis totalitaria se podían seguir cultivando las utopías abstractas (Bloch) proclamadas por el liberalismo en aquella etapa premonopolista.

Muy distinta sería la situación cuando apareció el imperialismo y todas sus consecuencias monopólicas que pusieron en crisis incluso a muchos pensadores forjados en el espíritu liberal anterior como Bertrand Russel o Enrique José Varona, para solo nombrar un relevante filósofo latinoamericano que transitó por similar crisis ideológica a la del pensador inglés y a muchos otros.

Las tesis ideológicas que se acoplaban a las transformaciones operadas en el capitalismo a principios del siglo XX ya no podían nutrirse fácilmente del racionalismo, ni del positivismo porque chocaban violentamente con la realidad socioeconómica y político social que se iba tornando cada vez más irracional y totalitaria.

El espíritu laico y en ocasiones hasta ateo que se había desarrollado desde la Ilustración comenzó a entrar en desuso y nuevas formas de fideísmo comenzaron a tomar fuerza, al punto que algunas han fortalecido el fundamentalismo religioso. Pareciera que la historia diera marcha atrás y a principios de este tercer milenio cristiano y el presunto triunfo de la posmodernidad resulta contraproducente que se escuchen convocatorias a “cruzadas” y a “guerras santas”.

Es algo así como que la humanidad de pronto cultivara una amnesia total de algunas de las conquistas básicas de la modernidad, entre ellas, la secularización de política, el respeto a la soberanía y la autodeterminación de los pueblos, el derecho a ser juzgado debidamente con todas las garantías procesales, etc. y se regresara a la cavernícola época en que las normas de vida o muerte las imponía el más fuerte.

El carácter demagógico de los postulados de las constituciones burguesas con sus paradogmas de igualdad, libertad y fraternidad, fue revelado con “honestidad” increíble por los propios propulsores del nuevo orden neoliberal que se iría imponiendo.

Asi Friedrich von Hayek, desde un presunto liberalismo radical, que se distingue por ser muy radical en su pretensión de eliminar algunas de las conquistas de la sociedad burguesa en cuanto a derechos que benefician a amplios sectores de la población, se planteó el cuestionamiento de la validez de los “derechos auténticos” que se reducirían a los políticos y jurídícos y lo que él considera como “derechos falsos”, es decir los económicos y sociales que erróneamente, a su juicio, la Declaración Universal de la ONU sobre los derechos humanos acogió. Esto pone de manifiesto los niveles de cinismo que está manifiestamente expresada en la ideología neoliberal, que llega a renegar hasta de propuestas elaboradas en épocas anteriores por la propia sociedad burguesa.

Indudablemente si no se hubieran producido las revoluciones socialistas del siglo XX y el logro de algunas de las conquistas sociales que obligaron a gobiernos socialdemócratas y hasta algunos conservadores a tomar algunas medidas de beneficio social, a ensayar el keynesianismo y el Estado benefactor, ante el inminente peligro de que la llama roja de se extendiera más allá de la “cortina de hierro”, seguramente el cinismo neoliberal se hubiera manifestado mucho antes y la historia del siglo XX hubiese sido mucho más cruel de lo que fue, al menos para grandes sectores de la población en los países desarrollados y peor para la más atrasados.

Sin embargo, siempre resulta algo paradójico que muchos de los propugnadores del neoliberalismo y de la reducción al máximo de los beneficios sociales propiciados por el Estado, muy frecuentemente envían a sus hijos a estudiar a universidades estatales europeas, o en sus propios países y tampoco dudan de recibir los beneficios de hospitales y otros servicios de salud del Estado para sus familiares, cuando estos aseguran la calidad requerida. Pero la inconsecuencia entre el discurso público y la vida privada de estos ejecutivos del neoliberalismo, no constituye un obstáculo para que continúen su apología de la omniprivatización.

Bien es sabido que la burguesía es demócrata en tanto le conviene para mantener un status quo favorable a sus intereses, pero cuando la democracia se convierte en un peligro para estos, entonces rápidamente se convierte en pinochetista. Tanto las anteriores experiencias dictatoriales latinoamericanas de mediados del pasado siglo como las de Venezuela, Honduras, Correa, Bolivia etc., lo demuestran. Biagini y Fernández, en el libro “El neuroliberalismo y la ética del más fuerte”, que hoy se presenta, elaborado con rigurosa profundidad teórica y a la vez escrito con amena redacción, plantean que :“La historia reciente (2007-2014) de varios países europeos viene a confirmar que, para el neoliberalismo, las transaccio­nes financieras siguen siendo el límite de la legitimidad de los resultados electorales y del pluralismo”.

La historia ha demostrado que aunque el neoliberalismo se nutrió filosófica e ideológicamente del liberalismo, finalmente se ha visto precisado a renunciar a muchas de sus fundamentos y formulaciones por el carácter “revolucionario” de sus propuestas. La confusión de términos es tal, que ahora los neoliberales resultan, en verdad, neoconservadores, en definitiva propugnadores del neuroliberliamo como se propone este libro,.

Desde el 2009 Hugo Biagini había ya acuñado el neologismo neuroliberalismo”, para referirse a una “expresión que alude al carácter o a la mentalidad enfermiza de quienes entronizan la creencia del egoísmo sano como pasaporte al bienestar común”

La gran paradoja que revela esta ideología plantea Biagini es que: “un objetivo clave del neuroliberalismo consiste en inculcarle a la población una identidad postiza: la idea o el sentimiento de que la desregulación y las privatizaciones sean vistas como lo mejor para todos. Con tales planes de ajuste se incentiva la concentración del capital y se engendra un genuino Estado de Malestar, con sus consabidos montos de desempleo y merma salarial. Termina por fin resquebra­jándose la conciencia social, pues son así las propias clases subalternas quienes pasan a refrendar las mismas políticas de recortes del gasto público y de las conquistas sociales que no solo aumentarán sus propias carencias sino que también con­tribuirán a pulverizar su condición de ciudadanos para redu­cirla a la de simples súbditos”.

Sin duda, podría el neuroliberalismo considerarse una especie de nueva ideología política. A nuestro juicio: “Por ideología se debe entender el conjunto de ideas que pueden constituirse en creencias, valoraciones y opiniones comúnmente aceptadas y que articuladas integralmente pretenden fundamentar las concepciones teóricas de algún sujeto social (clase, grupo, Estado, país, iglesia, etc.), con el objetivo de validar algún proyecto, bien de permanencia o de subversión de un orden socioeconómico y político, lo cual presupone a la vez una determinada actitud ética ante la relación hombre-hombre y hombre-naturaleza. Para lograr ese objetivo puede o no apoyarse en pilares científicos, en tanto estos contribuyan a los fines perseguidos, de lo contrario es posible que sean desatendidos e incluso ocultados conscientemente”. Este libro muestra que neoliberalismo podría constituir una prueba más de la validez de tal conceptualización del mismo modo que el de la ética del gladiador.

Según ella: “cómo el neuroliberalismo elabora una “fantasía ideo­lógica” que, articulada en lo que denominaremos “ética gladia­toria”, logra resignificar los conceptos clásicos del liberalismo. En su versión “neo” las categorías sociales de éxito/fracaso uni­fican el horizonte global del campo ideológico del liberalismo. Los sujetos, aunque no establecen esos nombres, términos o clasificaciones, persisten en su ser gracias a la violencia inau­gural de esa socialidad que explota sus requerimientos de con­tinuidad, visibilidad y localización. La particularidad de esta fetichización del exitoso radica en no limitarse a repudiar la memoria histórica del sufrimiento del otro. La descripción del luchador, rico, famoso y victorioso del coliseo neoliberal busca, en cambio, activar la relación ilusoria que los sujetos desarro­llan con su propia satisfacción y bienestar”.

Ahora bien una de las características de este libro es que luego de caracterizar y desenmascarar esta “nueva ideología” o al menos nueva presentación de ideologías anteriormente concebidas y subyacentes en distintas posturas filosóficas como el utilitarismo, el pragmatismo, el voluntarismo, etc., no se limita a esa tarea, sino que indica algunas de las posibles salidas a la situación actual de su predominio.

Asi el optimismo no solo epistemológico, sino también ideológico de los autores se revela cuando Biagini expresa: “Por ventura, el “nosotros” se está reconstituyendo en Nues­tramérica con el advenimiento de estas primaveras popula­res que procuran alejarse de un liberalismo que, tanto en sus orígenes como en la actualidad, se ha mostrado reñido con la democracia; primaveras que pueden hacernos creer, a dife­rencia de lo que postuló Winston Churchill, que la democracia no es la forma menos mala de gobierno y que ella puede llegar a converger con la autoafirmación, hasta abandonar esa etapa siniestra en la historia del individualismo occidental”.

Segun Biagini y Fernández: “La obediencia “externa” al neuroliberalismo no reclama aceptación ni por sumisión a la fuerza bruta, ni por efecto de la falsa conciencia, ni por convicción interna. (…) El sujeto queda capturado por un goce que hace eco en sus reivindicaciones narcisistas que estructuran el conjunto de “como si” encubridores de su propia explota­ción. Las prácticas normadas que debe realizar ritualmente se siguen de dicha deformación, brindando materialidad al aparato ideológico neuroliberal. (…) Queda invertida entonces la noción marxista clásica de “falsa conciencia”

A nuestro juicio el componente ideológico no es una mera invención o absolutamente una expresión de "falsa conciencia", aunque en determinados momentos realmente pueda serlo. La ideología puede comportarse en determinadas circunstancias como falsa conciencia o imagen invertida de la realidad, como la concibieron en sus trabajos tempranos Marx y Engels. Pero eso no significa que en todo momento lo sea. Siempre hay que tomar precaución sobre la posibilidad de deslizarse hacia bizantínicas discusiones "marxistas" sobre este concepto, si se toma en consideración que como plantea Eugenio Trías: "Marx nunca elaboró esa teoría; ni siquiera definió el término 'ideología' con rigor". Esto no significa, por supuesto, que entonces no deba abordarse la cuestión con la profundidad que merece en la evolución de lo que reconoce como el marxismo, pero siempre precavidos de no reclamar privilegiadas posiciones de interpretación exclusiva como han proclamado ciertos "marxismos".

Marx y Engels utilizaron inicialmente el término ideología en el sentido usual por entonces, cargado de significación peyorativa desde la visión napoleónica del creador del término Destut de Tracy , y resulta inadecuado pasar por alto el contexto específico en el cual ellos formularon tal criterio. Y sí destacaron que el fenómeno de la ideología responde a su proceso histórico de vida. Lógicamente, si es histórico no puede ser siempre idéntico. Por tanto, las relaciones y fenómenos que se deriven de tal proceso histórico ―entre ellos los ideológicos― tienen necesariamente que ser diferentes y evolucionar.

Ante todo, en ese análisis se estaban refiriendo, como anteriormente apuntaban a la "producción de las ideas y representaciones, de la conciencia", es decir, a lo que de Tracy concebía como el contenido de su pretendida ciencia, la cual lógicamente encontraría en el materialismo filosófico de Marx y Engels el acostumbrado enfrentamiento crítico a todo lo que oliese a especulación y al usual "lenguaje de la política , de las leyes, de la moral de la religión, de la metafísica, etc, de un pueblo", que también en nuestros días generalmente dista mucho de la realidad.

Resulta obvio pensar que Marx y Engels estaban tomando distancia de las carcomidas formas de construir sistemas filosóficos, religiosos, éticos y, sobre todo, políticos, ocultos siempre en un embrollado discurso tan etéreo como falso.

En tal sentido, aseguraban que "la moral, la religión, la metafísica y cualquier otra ideología, y las formas de conciencia que a ellas corresponden pierden, así, la apariencia de su propia sustantividad. No tienen su propia historia ni su propio desarrollo, sino que los hombres que desarrollan su producción material y su intercambio material cambian también al cambiar esta realidad, su pensamiento y los productos de su pensamiento. No es la conciencia la que determina la vida, sino la vida la que determina la conciencia".

Su mayor interés era en este caso acentuar la postura materialista en el plano ontológico y gnoseológico de la cuestión de la génesis, en última instancia, de las ideas. Su pretensión no era convertirse en sepultureros precoces de toda historia de la filosofía, de la religión, las ideas políticas, jurídicas, etc.

Era lógica aquella aseveración si se refería a la forma propiamente especulativa, abstracta y alejada de la realidad que ha sido común a tantos sistemas de ideas éticas, religiosas o filosóficas. A este tipo de sistemas se referían, a nuestro juicio Marx y Engels, al negarles "su propia sustantividad".

De otro modo resultaría ingenuo sostener que Marx y Engels negaron propiamente la existencia de la historia de la filosofía, de la religión, de las ideas éticas, políticas, jurídicas, etc., cuando existen múltiples pruebas no solo del reconocimiento de su existencia, sino de estimular su cultivo. Como en el caso de la recomendación engelsiana de estudiar la historia de la filosofía como vía para ejercitar el pensamiento.

Los mejores deseos de Marx y Engels estaban dirigidos a que se pusiera fin a la falseada modalidad de construir ideologías, filosofías y sistemas éticos apriorísticos, como se pudo apreciar en algunas interpretaciones del marxismo-leninismo, configurado en época de Stalin con fines eminentemente ideológicos para tratar de justificar una determinada práctica política, social, científica, cultural y especialmente filosófica, que fosilizó el materialismo histórico y lo convirtió, junto al engendro propuesto por Plejanov del materialismo dialéctico, en una teoría especulativa, abstracta y alejada de la realidad. Ello motivó a que Ernesto (Che) Guevara lo caracterizara como una nueva escolástica.

La realidad es algo testaruda y no siempre coincide con las aspiraciones de los más talentosos científicos o pensadores, por bien intencionadas que estas sean.

La valentía académica de muchos de los marxistas ha sido la denuncia del fermento tergiversador que encierra lo ideológico, que como poderoso bumerán puede y ha tenido que ser aplicado también a las ideas y a la práctica de los propios marxistas.

Pero presuponer que toda formulación ideológica proveniente de cualquier pensador porta fatalmente la carga culpable de la falsedad, implicaría la contraproducente conclusión de la imposibilidad de escapar de las redes del engaño cuando de ideología se trate.

Si Marx y Engels hubiesen pensado siempre así, no hubiesen tenido incluso la menor muestra de autoestimación de la labor política e ideológica que desarrollaban. Aun cuando sus intenciones y la mayor parte de su actividad intelectual poseían un carácter científico, —reconocido hasta por intelectuales de derecha como en el caso de Raymond Aron en su homenaje a Marx en la UNESCO con motivo del centenario de su muerte― no es sostenible pensar que ignorasen la carga ideológica de su obra. En verdad, en ella nunca estuvo distanciado el componente científico del ideológico ni de la exigida fundamentación ética.

Lo mismo se haría extensivo a otros marxistas, y entre ellos a Lenin, quien encontró una solución superadora de la trampa que presuponía considerar la ideología solamente en sentido negativo, por lo que diferenció claramente cuándo una ideología se comporta como falsa y como verdadera a partir de la condicionalidad histórica de ellas. Esto posibilita, a su juicio, la existencia de una "ideología científica" que nada tiene que ver con otras formas ideológicas, como la religiosa.

Por ese motivo planteó: "Pero el socialismo que es la ideología de la lucha de clases del proletariado, se halla sujeto a la condición general del nacimiento, el desarrollo y la consolidación de toda ideología; es decir, descansa sobre todo el material de los conocimientos humanos, presupone un alto desarrollo de la ciencia, requiere una labor científica, etc., etc. Son los ideólogos los que introducen el socialismo en la lucha de clases del proletariado, que se desarrolla espontáneamente sobre la base de las relaciones capitalistas". Idea esta que anteriormente había sido formulada por Kautsky y con la cual Lenin coincidió.

Esta concepción dista mucho de la consideración de toda ideología como falsa conciencia. Es una concepción diferenciadora no solo de la existencia de una ideología burguesa caracterizada por una serie de libertades de pensamiento, prensa, palabra, culto, etc., frente a una ideología proletaria fundada en lo que se denominaba el socialismo científico, es decir, el marxismo, que no consideró como exclusiva portadora del progreso social.

Lenin incluso llegó a diferenciar entre ideología burguesa progresista e ideología burguesa reaccionaria. Todo lo cual indica que utilizó el concepto de ideología de forma histórico concreta. Esto le permitió encontrarle nuevas determinaciones al concepto y en especial plantear su posible articulación con los resultados de la investigación científica.

Para algunos marxistas, como el venezolano J.R. Núñez Tenorio. "la oposición ideología-ciencia está en la base misma (ideológico-crítica) del marxismo". Este criterio parte del equívoco presupuesto de que Marx y Engels siguieron siempre considerando la ideología como falsa conciencia, tal como la concibieron en sus trabajos tempranos.

En verdad el análisis de sus obras posteriores demuestra que aunque profundizaron en fenómenos coincidentes en su forma, como el componente ideológico en el fetichismo de la mercancía, resulta extrapoladora la búsqueda en sus obras de madurez de cierta "plusvalía ideológica", como sostendría Ludovico Silva, . Aun cuando en el capitalismo la ideología burguesa tiene como fin el sostenimiento de esa sociedad, esta función no es inherente a toda ideología y mucho menos a la revolucionaria que genera esa sociedad.

Mantener el criterio de la ideología como falsa conciencia, como sostuvo Althusser, significa ignorar la evolución que tuvo el concepto de ideología en el seno del marxismo, como se pudo apreciar anteriormente en el caso de Lenin, así como en Gramsci, quien también supo diferenciar las ideologías, entre las históricamente orgánicas y las arbitrarias, al igual que otros continuadores.

Algunos estudios sobre el tratamiento de la cuestión de la ideología en Marx, Engels y Lenin en los países del llamado "socialismo real", llegaron a plantear la evolución que se operó en aquellos pensadores respecto a la cuestión de la ideología. Sin embargo, la limitación dogmática mayor consistió en admitir que la posibilidad de contenidos científicos en el discurso filosófico era exclusiva de la "ideología proletaria". Al extrapolar la caracterización de falsa conciencia a toda formulación ideológica proveniente del pensamiento burgués echaron por tierra las propias indicaciones de Engels y Lenin dirigidas a justipreciar los núcleos racionales contenidos en el pensamiento burgués.

Algunas interpretaciones del llamado "marxismo occidental" y otros representantes "heterodoxos" reconocieron que es absurdo plantear la existencia de una "ciencia burguesa" frente a una "ciencia proletaria", aunque exista, por supuesto una ideología burguesa y otra proletaria.

Los marxistas,─y siempre es cuestionable el término que no fue del agrado ni del propio Marx─ en sentido general, han actuado con plena conciencia del componente ideológico, político y moral de sus concepciones, y por tanto, de su práctica. Por tal razón no han considerado ni que algunas de las verdades en las que asientan sus ideas por ser científicas están descontaminadas del componente ideológico, utópico concreto diría Ernst Bloch diferenciándolo del utopismo abstracto e imposible de realizar— ni que por identificarse abiertamente con determinadas posiciones ideológicas su actuación se encuentre alejada de la ciencia y de la verdad.

Biagini y Fernandez argumentan debidamente porque razón: “La incorporación de la noción de “capital humano” no supone abandonar la de individualismo posesivo. De hecho, en la narración del neoliberalismo, los agentes son los individuos propietarios de sí mismos. A pesar de eso, esta apariencia de que nada ha cambiado no impide observar la transfigura­ción radical subyacente. El propietario de sí del liberalismo moderno se vende en el mercado de trabajo. En cambio, el agente empresario de sí mismo del neoliberalismo se invierte. Es decir, emplea su cuerpo e idoneidad en la permanente bús­queda de una promesa de satisfacción que no se halla garan­tizada de ningún modo. Al arriesgarse, activa los dispositivos del cálculo y la confrontación que lo impelen a perseguir el éxito al que renunciará para emprender una nueva búsqueda.” De tal modo revelan los autores como los eufemismos típicos que usualmente, como “capitalismo popular”, “popularización del empresariado”, etc., ha construido la burguesía para tratar de disfrazar la inhumana explotación capitalista por mucho que cambien sus formas de expresión no logran subvertir su enajenante contenido.

Biagini y Fernandez demuestran que en verdad: “el neuroliberalismo no cree en la democracia. La garantía de las desigualdades naturales debe marginar a las “mayorías ilimitadas” y sus sueños igualitarios. En la his­toria del siglo XX los teóricos del neoliberalismo no han esca­timado elogios a las oligarquías locales que emprendieron con éxito dicho arrinconamiento de la voluntad popular”. No hay dudas de que aquel poco comprendido mensaje de los dos jóvenes redactores de El manifiesto comunista según el cual la aspiración de los comunistas era el logro pleno de la democracia y por tanto esta ideología aspiraba a radicalizar hasta sus últimas consecuencias los postulados del temprano liberalismo, siguen en la actualidad teniendo vigencia, del mismo modo que continúan siendo tergiversado por sus detractores.

Nuestros autores sostienen que “La discontinuidad entre el liberalismo y el neoliberalismo no supone una ruptura definitiva. De la misma forma en que en el pasado existían individuos demasiado pobres para votar, en el presente una masa ingente de individuos son demasiado pobres para consumir y endeudarse. Los pobres actuales dis­ponen de libretas electorales. Han jurado lealtad a sus ban­deras y se los convoca a los comicios. Ello no tiene ninguna importancia. La funcionalidad de un Estado reducido a su mínima expresión quita relevancia a la elección del gerente de turno”.

Sabemos que una de las falacias que se han puesto de modo en el ámbito de la filosofía política latinoamericana ha sido el de la desaparición o extinción del Estado-nación con el despliegue de la globalización.

Resulta realmente ilusorio pensar, como plantea Atilio Borón, que un instrumento, como el Estado-nación tan útil a los grandes empresarios capitalistas para salvaguardar sus ganancias intenten desmantelarlo tan fácilmente como auguran algunos apologistas de la globalización neoliberal y del discurso posmodernista por una parte y por otra algunos intelectuales de izquierda que se han dejado confundir con las falacias del discurso desvanecedor de la soberanía del Estado- nación, como el caso de Tony Negri y Michael Hartdt.

Tal vez paradójicamente, gracias a la reacción que han despertado las impopulares medidas neoliberales, en favorables tiempos de cambios favorecedores al proletariado, si por tal término no solo entendemos a los sectores más humildes y explotados de la población como los obreros y campesinos, sino también a un numeroso sector de empleados, artesanos, funcionarios, etc., que constantemente son proletarizados al verse desplazados de su anterior ambivalente condición de clase media.

A juicio de Biagini y Fernández: “En este debate, la posición del neoliberalismo consiste en negar la facultad del Estado para brindar derechos. Este ha sido erigido tan solo para allanar el camino a los ciudadanos a fin de que estos se los provean individualmente. Si ello es así, la única institucionalidad legítima –es decir, consentida– se ejerce restringiendo las acciones de gobierno a su faz nega­tiva. En otras palabras, la mayor libertad a la que se puede aspirar en un sistema político auténticamente libre solo se explica desde una negatividad. Por “libertad negativa” ha de entenderse el resultado de una acción gubernativa en la que se aparta a terceros que pongan obstáculos al accionar indi­vidual libre, pero también aquella en la que el gobierno se esfuerza en no convertirse él mismo en uno de esos obstáculos. A raíz de esto, no ha de inferirse que el Estado se vea impedido de toda intervención. Al contrario, aceptar como un impe­rativo de justicia el que todos los individuos dispongan de un mínimo de libertad no solo hace necesario, sino deseable, que el Estado tenga la fuerza y ejerza la violencia suficiente para reprimir a todos aquellos que se interpongan en los caminos de la justicia así entendida”.

No hay que ser Premio Nobel de economía, como Joseph Stiglitz, para percatarse de que el neuroliberalismo es una ideología hipócrita que propone la clerical formula de “haz lo que lo digo pero no lo que yo hago” al subsidiar la agricultura, algunas empresas e imponer altos impuestos a algunos productos para proteger la industria nacional.

Para Biagini y Fernandez:“El neuroliberalismo, al resignificar el sentido de la justicia, ataca al concepto de democracia. Las mayorías –afirman sus teóri­cos– siempre se encuentran dispuestas a establecer metas polí­ticas y económicas sin tomar en cuenta los mercados. La forma de gobierno democrática se convierte tan solo en un medio para alcanzar un fin. Si se llegara a verificar su inutilidad como medio, debería abandonarse sin miramientos. De ahí que aque­llos teóricos aduzcan, sin mayor tapujo, que el individuo puede ser libre en una sociedad cuyo gobierno dictatorial garantice la libertad del mercado”.

A nuestro juicio la pretensión de producir un pensamiento único neuroliberal, en favor de la opción neoliberal y la justificación de todas las consecuencias de la globalización es una de las tareas principales de la lucha ideológica actual desplegada por los nuevos profetas que vaticinan la eternidad del capitalismo. Bajo el disfraz de la presunta entrada a la época del fin de las ideologías, resulta que se vive uno de los períodos de mayor efervescencia ideológica. Se trata por todos los medios de imponer criterios absolutizantes y fatalistas sobre el desarrollo de la sociedad y en especial del capitalismo contemporáneo a partir de la consideración de que no hay otras alternativas para el futuro que no sea la de la férrea dictadura del mercado.

Con razon sostienen Biagini y Fernandez que “El neoliberalismo se aleja de la herencia política del liberalismo cuando renuncia a dar tratamiento político a los problemas de derechos individuales y colectivos que se engendran en el mercado”.

Consideramos que la construcción de un pensamiento único neuroliberal, haciendo nuestro el termino de estos autores, ha sido una labor paciente y bien estructurada que ha ido permeando incluso a sectores de la izquierda. Desde flamantes ejecutivos y empresarios hasta marxistas vergonzantes comulgan en el credo común ante la nueva deidad omnipotente del mercado. Algunos como Leszek Kolakowsky son algo más prudentes y evitan el desprestigio que siempre produce saltar de un extremo a otro en los abismos ideológicos.

Según Biagini y Fernandez “El retroceso o desmantelamiento del Estado ideado por el neoliberalismo supuso resignificaciones concretas del canon liberal clásico. La agresividad de dichas reformas en referencia a las personas requirió de una pléyade de intelectuales que las hicieran tolerables. Estos debieron profesar desde sus púlpitos académicos, políticos o culturales un pensamiento único en el cual los explotados actuaran como si la autoridad de los explo­tadores estuviese sustentada en una verdad objetiva. El hombre del neuroliberalismo asume la defensa de los intereses que lo aniquilan”.

Es evidente que las consecuencias del intento por conformar un pensamiento único “neuroliberal” no es una simple cuestión académica, sino que aparece por doquier al nivel de la conciencia cotidiana y se consume diariamente como algo normal, cuando se abandona por un momento el mundo de la reflexión teórica de un congreso científico o elaboración de artículo o un libro. En cuanto es necesario bajar de las nubes paradisíacas del trabajo intelectual y se choca con la cruel realidad dominada por enajenantes relaciones mercantiles, se puede conmover las conclusiones a que antes ha arribado el investigador sobre la posibilidad de la construcción de una sociedad donde sin necesidad de desaparecer el mercado este desempeñe una función adecuadamente estimuladora y reguladora de las relaciones económicas, en la medida en que los principales actores sociales puedan beneficiarse en lugar de perjudicarse de sus efectos. Para el logro de tal sociedad otros mecanismos extraeconómicos tendrán que intensificar su papel, y en armonioso, difícil, pero a la vez posible equilibrio podrá desarrollarse siempre una sociedad construida por individuos autodeterminados y ,al menos, algo mas evolucionados que el reino animal. El ser humano se diferencia, entre otras cosas, de sus antecesores por ser un eterno formulador conciente de alternativas renovadoras y progresivamente superiores.

La historia ha demostrado hasta el presente, y no existen razones epistemológicas para pensar que a partir de ahora será totalmente distinto, que ninguna formación socioeconómica esta predestinada a la eternidad o a la permanencia inamovible de sus estructuras.

La inalterabilidad no fue válida para las sociedades precapitalistas, ni para el “socialismo real” y mucho menos los será para el “capitalismo real”.

Es cierto que el capitalismo ha sido la sociedad que mayor versatilidad de formas ha desarrollado en la historia humana, y antes sus frecuentes crisis ha desarrollado múltiples vías de superación y recuperación, incluso aprendiendo de sus críticas provenientes no solo de los socialistas y modificando parcialmente algunas de sus formas, aunque sin cambios sustanciales en cuanto a su contenido fundamental que implica la explotación del trabajo humano sobre bases mercantiles. Algunos exitosos empresarios capitalistas han llegado a la paradójica conclusión de que si el capitalismo no se modifica sustancialmente terminara autodestruyéndose este es el caso de Soros.

Del mismo modo que los países que desmontaron sus proyectos socialistas se han visto obligados a analizar aquellas experiencias y a realizar transformaciones que eviten destinos similares, el capitalismo se está viendo obligado a analizar la caótica situación socioeconómica de este mundo globalizado en el que los niveles miseria se incrementan casi geométricamente y la polaridad en la distribución mundial de la riqueza alcanza cifras jamás conocidas.

Los intelectuales de las distintas épocas históricas se han cuestionado las respectivas formas de organización sociopolítica y económica planteando alternativas de mejoramiento, hoy la intelectualidad tiene similares compromisos y el deber de cuestionarse los argumentos que tratan de apuntalar a una sociedad tan inhumana.

Por supuesto que pensar en esos términos y someter a juicio crítico los argumentos que pretenden eternizar el capitalismo a partir de una presunta e inamovible naturaleza humana egoísta e individualista, en lugar de una condición humana, (ver proyecto) resulta peligroso, especialmente cuando un pensamiento único neuroliberal se pretende también vender precocinado y listo solo para ingerirlo.

En tales momentos aquellos que razonan sobre los múltiples factores que inciden sobre el desarrollo social y buscan alternativas son considerados enemigos del stablisment y mucho más peligrosos que los sectores humildes y explotados. Debe recordarse que en uno de los programas ideológicos del Partido Republicano de los Estados Unidos , la llamada Plataforma de Santa Fe II se cita a Gramsci como marxista italiano que planteaba que la clase obrera por sí misma no era capaz de tomar el poder político, pero sí podía hacerlo con la ayuda de los intelectuales. Por tanto los que preocupan a la clase dominante son estos últimos y no las mayorías, que usualmente con bajo nivel cultural y poca formación ideológica no se plantean tareas de tal envergadura.

Como observa Viviane Forrester: “no hay nada más movilizador que el pensamiento. Lejos de representar una triste abdicación, es la quintaesencia misma de la acción. No existe actividad más subversiva ni temida. Y también más difamada, lo cual no es casual ni carece de importancia: el pensamiento es político. Y no sólo el pensamiento político lo es. ¡De ni ninguna manera ¡ El solo hecho de pensar es político”.

La construcción de alternativas ante el neuroliberalismo no debe significar la elaboración de una propuesta única de desarrollo socioeconómico y político, que debería ser asumida por todos los países. Tal uniformismo no se ha dado nunca en la historia, ni se producirá jamás.

Del mismo modo que la humanidad ha sido multiétnica, multicultural, pluralista en la proliferación de corrientes ideológicas, religiosa, políticas, jurídicas, éticas, estéticas, etc., rica y multiforme en todas sus dimensiones, así lo seguirá siendo y no hay razones suficientes para pensar, no obstante los desafíos que plantean los intentos de “clonación cultural” y de norteamericanización de la vida en muchas latitudes, que en el futuro vencerá la monótona uniformidad a la diversidad.

Eso significa que tan infundado resultaba la utopía de un modelo único y uniforme de sociedad de sociedad comunista a la que todos los países tendrían que ajustarse, según planteaban algunos textos del marxismo soviético, como, dogmático resulta pensar que habrá un solo modelo neoliberal de desarrollo válido para todos los rincones del planeta. Por eso Viviane Forrester, en otro de sus exitosos libros, plantea que:“Pretender que existe un solo modelo de sociedad sin alternativa, no solo es absurdo sino directamente estalinista”

En verdad los pueblos continuarán ensayando sus formas específicas de gobierno, sus estructuras económicas y sociales más apropiadas en correspondencia con múltiples factores endógenos y exógenos. Por supuesto que ninguno pueda aislarse en urna de cristal e ignorar los efectos de la transnacionalización de la economía, la política y la cultura en este mundo globalizado, pero eso no significa que las estructuras socioeconómicas y políticas de todos los pueblos serán idénticas y multicopiables.

Todo indica que el mercado no desaparecerá, pero seguirá adoptando como lo ha hecho hasta ahora, innumerables formas de reproducción y modalidades sui generis. Del mismo modo existirán innumerables formas de distribución de la riqueza social aprovechando la experiencia anterior de la humanidad que han llevado a pueblos a desarrollar mecanismos propios en correspondencia con las dificultades y posibilidades.

Biagini y Fernandez desenmasacaran la falacia del “mercado libre” cuando plantean que la “(…) competencia no es el resultado espontáneo de la libre oferta y demanda. Los liberales, una vez que abandonan la creencia en el laissez faire, advierten que en el mercado operan fuerzas centrípetas que hacen converger hacia unos pocos el control de la oferta de ciertos productos. Es decir, que podrían operarse estrategias para la fijación de los precios y la organización de cárteles. De ello infieren la necesidad de una regulación que garantice la competencia promoviendo las leyes antimonopolio o antitrust. Estas buscan tener un doble efecto. Por un lado, mantener la democracia del mercado. Pero también, al existir la posibilidad de traducir el poder económico en poder político, se lograría preservar el plura­lismo democrático dentro del Estado. Dicho de otro modo, las leyes antimonopólicas impiden que el mercado engendre un poder económico lo suficientemente grande como para resis­tir, incluso, una regulación política”.

Si en períodos de guerra o de extremas limitaciones económicas, muchos países han tenido que instrumentar tarjetas de racionamiento, o para evitar catástrofes sociales de miseria se han creado los bonos de alimentación y medicamentos para los sectores más pobres de la población, experiencia esta que se puede observar desde los países menos avanzados hasta los mas ricos como en los mismos Estados Unidos, nada tiene de extraño que se sigan buscando alternativas similares o de otras particularidades para mejorar la calidad de vida de la población.

La humanidad producirá formas impensables hoy para el históricamente condicionado sentido común de organización política, económica, etc.

Del mismo modo que se han ensayado distintas formas de convivencia productiva, de intercambios y distributivas, unas fracasadas y otras exitosas que aún existen y se perfeccionan, se seguirán buscando alternativas de humanización de las condiciones de vida para la mayoría de la población con múltiples ensayos.

Y los intelectuales tienen el deber, como lo han tenido siempre de construir modelos de sociedad. Lo mismo que en sus respectivas épocas lo hicieron: Platón, Aristóteles, Tomas de Aquino, Maquiavelo, Rousseau, Fourier, Marx , Comte, Nietzsche, Russel, etc. y en nuestra América: Miranda, Bolívar, Martí, Mariátegui, El Che, Fidel, o Rogerta Menchu o en la otra América lo han hecho con otros objetivos Friedman, Toffler, Hungtinton, Fukuyama, Samuelson o Rolls, la intelectualidad está obligada a trabajar con la producción de un pensamiento crítico de todo lo existente y a las vez reformulador de alternativas de desarrollo para todos los pueblos, como puede ser el de modelos de economía solidaria.

No importa si para algunos productores de ideas pueda incluso resultar un negocio lucrativo en tanto para otros sea en verdad peligroso para sus vidas, esa es una de las funciones básicas de los intelectuales en todos los tiempos.

El libro de Biagini y Fernandez resulta muy valioso también porque rescata algunos pensadores latinoamericanos en su lucha por la democracia y la justicia social. Asi propone entre las mejores expresiones del pensamiento político democrático y revolucionario latinoamericano, que se enfrentó a las aristocráticas ideas de Voltaire el Diccionario republicano por un sol­dado, conocido como Dicciona­rio para el pueblo. Republicano, democrático, moral, político y filosófico publicado en Lima en 1856 de Juan Espinosa. Es sabido que los próceres de la independencia no solo luchaban por lo la separación política de la metrópoli, sino también por los derechos humanos y la justicia social.

Este libro no es solo un libro de denuncia y protesta, es también de propuestas, como nos lo exigia Arturo Andres Roig. Biagini y Fernandez plantean que.“En un sistema troglodita que todo lo ingiere, la comunidad se hace imposible. La mera existencia del individuo se encuentra amenazada. El egoísmo virtuoso lleva a la implantación de un neodarwinismo en el que la justificación de las propias virtudes se basa sobre mentadas debili­dades ajenas, creciendo y afirmándose uno mismo mediante la dismi­nución de los demás. Con ello, la barbarie solo alcanza a ser develada como fenómeno puramente externo y nunca como una resultante del propio comportamiento”.

En otro momento añaden que “La fantasía ideológica del neuroliberalismo no busca, en consecuencia, presentar un punto de fuga hacia un inconsciente inalcanzable, sino estructurar esa misma conciencia de una forma ilusoria que encubra su núcleo traumático e insoportable. En esta operación recurre a explicaciones científicas “

Saben desenmascarar que “En las sociedades neuroliberales, por el contrario, se pierden los reparos. Sin fingimientos ya no hay hipocresía burguesa. Todo está a la vista y se proclama a viva voz. Los sistemas de control permiten abstraer las cadenas de modo tal que se disfrute la miel victoriosa de romper los viejos eslabones, una vez que han sido reemplazados por otros más sutiles y poderosos. Abrazada la fantasía, los indivi­duos, repletos del miedo a su propia insignificancia, crearán nuevos jardines controlados una vez que los anteriores han sido retirados del mercado. El logro de la prédica neurolibe­ral estriba en configurar un escenario en el que la lucha de clases se vuelve unilateral cuando sus víctimas abandonan tal lucha”.

Descubren que “el éxito del neoliberalismo radica en impedir la reacción ante la más salvaje de las dolencias personales. Los individuos asu­men la racionalidad suicida de entregarse dóciles a los juegos de un mercado-coliseo que se beneficia-divierte al observarlos perseguir en la dirección equivocada un queso que no existe”.

Destacan que “La crítica a la temporalidad de corto plazo del neurolibe­ralismo no ha de confundirse con un olvido doloso del pre­sente intolerable en cuestiones humanitarias. Estas aberra­ciones estructurales y urgentes no se pasan por alto. Pero el escándalo de la pobreza, el derecho al futuro o los debates sobre formas de civilización más humanas, etcétera, son todas disquisiciones ajenas al gladiador neuroliberal.”

Y previenen en que: “De ahí el diagnóstico del neoliberalismo no solo como una ideología neodarwinista de selección de los sujetos mejor dotados, sino también como provisto de un andamiaje que inyecta a las personas los anticuerpos para que no reaccio­nen ante la violencia que padecen, abortando cualquier cam­bio político emancipador.

El libro cierra con un valioso POSTFACIO de Jorge Vergara Estévez sobre “Hayek y la modernización chilena” en el que como muestra un botón revela que en ese pais: “La influencia de Hayek fue distinta, pero complementaria a la de Friedman. Esta última se ejerció en la aplicación de un conjunto de propuestas de política económicas: de privatiza­ción, de políticas monetarias, educativas, de salud y otras. La de Hayek se ejerció, como se ha expuesto, en el nivel jurídico, de teoría política y en la destrucción parcial de la cultura polí­tica precedente y sus valores: soberanía popular, solidaridad, ciudadanía, reconocimiento de la dignidad humana, respon­sabilidad social por las necesidades humanas de los sectores más vulnerables, disminución de la desigualdad y de la coope­ración. En estas cuatro décadas, de acuerdo a su proyecto, la derecha y sus aliados han tratado de “cambiarle la mentalidad a los chilenos” instaurando nuevos valores: el individualismo, la manipulación y el desprecio a los otros, la maximización de la desigualdad, la negación de la ciudadanía, el logro indivi­dual obtenible a cualquier precio y la competencia”.

Cuando se genera un neologismo lo importante es tener claridad sobre el contenido epistémico del mismo. No debe caber duda que el neuroliberalismo es una ideología que pretende atraparnos a todos. Lo más triste es que algunos se han dejado cautivar por sus cantos de sirena, pero al igual que en los años noventa con la caída del Muro de apareció una nueva especie, la de los socialistas vergonzantes, aquellos que se identificaron con lo que Mario Benedetti llamo la industria del eterno arrepentimiento. Ya hay síntomas suficientes después de la caída de otro muro, el del Wall Street, para que hayan comenzado a aparecer los neuroliberales vergonzantes.

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“FILOSOFIA LATINOAMERICANA”

por Hugo E. Biagini

León Dujovne y la filosofía de la historia en Sarmiento

por Gerardo Oviedo

El nosotros latinoamericano y su emancipación: Alteridades, imaginación y memoria[1]

por Marcelo Velarde Cañazares

Revistas Indexadas de Ciencias Sociales y Humanidades 2

por Lucio Lucchesi

Violencia y contraviolencia

por René Báez

La utopía en Mendoza a mediados del siglo XIX

por Myriam Arancibia

El sabotaje como intuición filosófica: Una perspectiva de interpretación en y desde América Latina

por Alejandro Viveros Espinosa, Universidad de Chile

Dialéctica

por Pedro Karczmarczyk, UNLP-CONICET

LA CAÍDA DEL CONCEPTO OCCIDENTAL DEL HOMBRE Y NUESTRAPALABRA

por Arturo Rico Bovio (Universidad Autónoma de Chihuahua)

Teoría, epistemología y multicentrismo. Mariátegui ante la posmodernidad*

por Rafael Ojeda

Los combates por la identidad. Resistencia cultural afroperuana

por Melgar Bao, Ricardo y González Martínez, José Luis

Positivismo y neopositivismo

por Pedro Karczmarczyk, UNLP-CONICET

Pedagogías de las diferencias

por Silvana Vignale, Mariana Alvarado, Marcelo Cunha Bueno, Universidad Nacional de Cuyo

ANÁLISIS DEL ENSAYO ASTRADIANO EL MITO GAUCHO

por Roberto Mora Martínez, CIALC - UNAM

Complejidad e indisciplina

por por Enrique Del Percio

Una Filosofía Argentina en ciernes

por Hugo E. Biagini, Academia de Ciencias-Conicet

Ciencia platónica

por SEBASTIÁN REBELLATO

Arte y conocimiento, La Política del Arte

por Domingo Carlos Tulián (Universidad Nacional de Rosario)

Filosofía, política y alternativas

por Raúl H Dominguez UNSur (Bahía Blanca)

ACCIÓN CULTURAL PARA LA LIBERTAD: AUTONOMÍA Y RESPONSIBILIDAD

por Dra Prof.ra Gabriella Bianco, PhD, LTO

¿Cómo comprender el presente?

por Lic. Horacio Bernardo

¿Uruguay puede pensar por sí mismo?

por Lic. Horacio Bernardo

JORNADAS ANUALES DE FILOSOFÍA. UNIVERSIDAD DE CIENCIAS EMPRESARIALES Y SOCIALES

por AA.VV.

De la historia de las ideas a la genealogía localizada de las prácticas

por Hernán Alejandro Cortés

¿Es posible el pensamiento Latinoamericano?

por Juan Bautista Libano

Dimensiones del pensamiento alternativo en Hugo Biagini:

por Marcelo Velarde Cañazares

Los filósofos tempranos en Latinoamérica: Juan Crisótomo Lafinur

por Ricardo San Esteban

AGUSTÍN GARCÍA CALVO: LA ACTUALIDAD DEL ANARQUISMO

por Marta Nogueroles Jové (Universidad Autónoma de Madrid)

Exclusión intelectual y desaparición de filosofías (Los condenados del saber)

por Julio Cabrera (Universidad de Brasilia)

Memoria, verdad, libertad y justicia en Walter Benjamin:

por Gabriella Bianco

Recordando al maestro

por Alejandro Serrano (filósofo nicaragüense)

REVISTAS FILOSÓFICAS INDEXADAS

por CECIES

Revistas Indexadas de Ciencias Sociales y Humanidades

por CECIES

ARTURO ARDAO Y LA HISTORIA DE CONCEPTOS

por Raquel García Bouzas (Instituto de Historia de las Ideas- Facultad de Derecho Udelar Montevideo)

Reportaje completo de Martín Kasañetz a Hugo Biagini

por Martín Kasañetz

El Siglo de Hugo Biagini

por Patrice Vermeren (Université Paris 8)

Dialéctica de la unidad y la diferencia: análisis de la propuesta de Joaquín Sánchez Macgrégor

por Dr. Roberto Mora Martínez (CIALC-UNAM)

LA CONTRACULTURA JUVENIL: DE LA EMANCIPACIÓN A LOS INDIGNADOS, comentario de Marcelo Velarde

por Marcelo Velarde Cañazares

Walter Benjamin: ¿hay que subir en la locomotora de la historia? Implicaciones para América Latina.

por Dr. Gabriella Bianco, PhD bgculture.gabriella@gmail.com

Juan Locke y la construcción del liberalismo político

por Hugo E. Biagini

La justicia sin condición y el horizonte de la humanidad*

por Patrice Vermeren (Universidad Paris 8)

La oscilación entre lógica y retórica en Lógica Viva

por Gabriel García (Universidad de Buenos Aires)

El estado (aburrido) actual de cierta “filosofía”

por Fernando Buen Abad Domínguez

Reseña de "La contracultura juvenil"

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Implosión del capitalismo y pensamiento alternativo latinoamericano (*)

por René Báez

El Discurso político de Juan Bautista Alberdi en la novela Peregrinación de Luz del Día.

por Mauro Scivoli (UNLa)

MEMORIAS DE LA UTOPÍA EN NUESTRA AMÉRICA[1]

por Horacio Cerutti-Guldberg (UNAM) [2]

Manuel Ugarte anduvo en los senderos del Ecuador (II)

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De pasiones metafísicas y éticas

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Pequeña variación sobre un prólogo

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En memoria al Profesor Félix Schwartzmann Turkenich (1913- 2014)

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Filosofía chilena y su contexto latinoamericano

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Presentación del libro: “El neuroliberalismo y la ética del más fuerte”

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HUGO BIAGINI Y SU PRODUCCIÓN INTELECTUAL

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La necesidad de una nueva con-ciencia ética

por Pablo Salvat

Apostillas sobre drogas, prohibición y lumpenización política

por René Báez (Ex decano de Economía de la PUCE)

EL PERSONALISMO Y LA FILOSOFIA DE LA PRAXIS

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Desde el pos-modernismo a la pos-verdad

por Dr. Gabriella Bianco, PhD (UNESCO)

THE HUMANITIES AND THE HUMANISM OF THE FUTURE: Need of Sense, New Anthropology and New Ethics

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Luminosa presencia filosófica en Mendoza: Carlos Ludovico Ceriotto

por Clara Alicia Jalif de Bertranou (UNCuyo-Conicet)

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