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Integración Programática y Fáctica de la Primera Independencia a Unasur

por Hugo E. Biagini (Academia de Ciencias de Buenos Aires)
 

Trabajo presentado en el IV Coloquio Internacional de Filosofía Política Universidad del Cauca
Noviembre 2012


Introducción general: las Horas (Latino) Americanas

Podemos hablar de “Hora americana” como una expresión alternativa vinculada a diversos ciclos históricos culminantes que, con un positivo espíritu identitario, han propiciado la autodeterminación regional y espacios institucionales supranacionales, sea ello en el terreno programático o en el dominio de las efectividades y la acción. Contrario sensu, en otras etapas continentales dominantes se han acentuado los realismos político y periféricos junto a la ideología de la inmadurez o del vacío cultural.

Una serie de autores, obras y emprendimientos se han orientado a sostener la causa de la unidad territorial para acceder a un desarrollo equitativo. La preservación y promoción del patrimonio común latinoamericano, tanto en el orden material como en el plano simbólico, representa un leit motiv por excelencia del pensamiento continental frente a poderosos intereses enajenantes de extra e intramuros. A diferencia de lo ocurrido con fenómenos como los de la Comunidad Europea o el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (Nafta), la idea latente de una gran nación americana exhibe una prolongada tradición. A los efectos de ilustrar dichas etapas integradoras, propongo tres momentos ad hoc.

Primera Hora: Bolivarismo

Ya en la etapa del despertar, con las guerras independentistas y el ideario integrador bolivariano, se procuró sobrepasar las barreras geográficas y bosquejar la especificidad de lo americano; con una solidaridad y una alianza fácticas que fueron puestas de manifiesto, por ejemplo, en tierra peruana. La misma gesta emancipadora fue visualizada –según lo traen a colación Roubik y Schmidt– como un gran esfuerzo continental, como una revolución americana: “Bastaba haber nacido en América para poder actuar en cualquier parte del continente como oriundo de Ella. Los ejemplos son innumerables. Hubo oficiales argentinos al mando del ejército chileno y centenares de voluntarios chilenos […] pelearon por la libertad del Plata como la del propio país. Parecida solidaridad se manifestó en las luchas que tuvieron como escenario la Nueva Granada y Venezuela, alternativamente. Luchando por la emancipación del continente se trabajaba por la de la patria pequeña”. (Roubik y Schmidt: 1994)

Además, se aspiraba a plasmar un programa y mega proyectos unionistas que venían recorriendo nuestras tierras a través de expositores como Miranda, Bolívar o Andrés Bello hasta llegar a la Guatemala de José Cecilio del Valle, quien aseguraba: “La América será desde hoy mi ocupación exclusiva. América de día cuando escriba: América de noche cuando piense. El estudio más digno de un americano es América” (Del Valle 1994). El mismo Del Valle presenta una propuesta de alianza sudamericana dotada de una fuerza de 15 millones de efectivos para impedir “toda agresión”.

Esa idea será retomada por Bernardo Monteagudo en su Ensayo sobre la necesidad de una Federación General entre los Estados Hispanoamericanos, donde exhorta a la unión continental para neutralizar los afanes anexionistas de aquellos bloques que, al estilo de la Santa Alianza, condenaban la soberanía de los pueblos, mientras señala los fundamentos para ese proyecto integrador: “Existen entre las repúblicas hispanoamericanas afinidades políticas creadas por la revolución, que unidas a otras analogías morales y semejanzas físicas, hacen que la tempestad que sufre, o el movimiento que recibe alguna de ellas, se comunique a las demás”.

Propuestas como las de Monteagudo y Del Valle anticipan el congreso anfictiónico bolivariano de 1826, convocado para edificar la mayor nación del mundo en extensión y libertades. Dichos planes autoctonistas contenían avances superiores, como el propósito de forjar institucionalmente una nueva humanidad y una nueva nación, con ostensibles acercamientos de los patriotas al tronco aborigen, por más que el mismo seguiría siendo excluido inveteradamente. Pese a las presiones externas y locales, que terminaron por imponer la división territorial, comienza a insinuarse por aquella época la concepción sobre América Latina como una patria y una ciudadanía comunes, como un mismo país diferenciado de España, el credo sobre la unión moral de nuestras repúblicas y su respectiva coalición.

Segunda Hora: Martianismo

A pesar de las tesis segregacionistas y el desmembramiento producido por la formación de los Estados nacionales, la magna utopía unionista reverdece a fines del siglo XIX hasta su brusco corte ante la sucesión de golpes estatales, de la política neoliberal y del llamado realismo periférico, de subordinación a las potencias dominantes. A luz del ímpetu expansionista estadounidense, disfrazado de panamericanismo, José Martí sostuvo, en carta al diario La Nación de Buenos Aires (19-12-1889), que había llegado la hora de que nuestra América, la mestiza y empobrecida, declarase su segunda independencia; lo cual sería retomado por el mismo Martí en otros textos suyos, donde aludirá expresamente al tiempo histórico y al “continente de la esperanza humana” (20-12-1893): “Es la hora del recuento y de la marcha unida, y hemos de andar en cuadro apretado, como la plata en las raíces de los Andes (10-1-1891) [...] Es la hora de los hornos, en que sólo hay que ver la luz (5-12-1891, énfasis propio).

Con la generación de 1900 se reanudan los planteamientos indoamericanistas y se buscan modelos culturales endógenos. Si bien hubo casos paradigmáticos como el Ateneo de la Juventud en México, los planteos no sólo exhibieron una faceta intelectual sino que también adoptaron ribetes institucionales propios, a través de gestiones presidenciales como las de Hipólito Yrigoyen en Argentina, inclinado hacia una política exterior de autonomismo y confianza en nuestro común destino histórico.

Vinieron también las campañas de organizaciones civiles como aquéllas que llevó a cabo la Unión Latinoamericana para defender nuestra soberanía subcontinental. Durante el período de alta ebullición transformadora que va de 1900 a 1930 se han formulado doctrinas independentistas como las de Drago y ha abundado el ensayismo socio-político en torno al problema de la integración y al establecimiento de ligas continentales defensivas; una línea de pensamiento vigorizada por los reformistas cordobeses de 1918 y en cierto modo por los congresos americanos de estudiantes efectuados entre 1908 y 1912.

En el primero de estos encuentros, realizado en Montevideo, se proclamó que había llegado la hora de la emancipación bajo el ideal de la unión americana, partiendo de las necesidades de nuestros pueblos y desconfiando de los sectores consuetudinarios del poder. Por su parte el adalid de la Reforma Universitaria, Deodoro Roca, cuestiona los extravíos evidenciados durante la Colonia y el siglo XIX —cuando se transitaba por la tierra de América sin vivir en ella—, mientras destaca la actitud de las nuevas generaciones que, sin cerrarse a la cultura mundial, se preocupaban por los propios problemas y sentían como “la recia imposición de la hora” la urdimbre del hombre americano. Los líderes juveniles creyeron percibir que se estaba asistiendo en América a un ciclo civilizatorio distinto, de amplia democracia y con un cambio total en los valores humanos.

Se propugnaba el nacionalismo continental para acabar con un estatuto factoril. Con la unificación de Indoamérica el imperialismo debía sufrir un fuerte desequilibrio al no tener pueblos para sojuzgar, con lo cual se aguardaba el fin del sistema capitalista. Se creía atravesar una revolución y una auténtica “hora americana”, según sentenciaba el manifiesto fundacional y un libro clave de Saúl Taborda, Reflexiones sobre el ideal político de América:

El régimen social consagrado por Europa ha carecido de eficacia para hacer efectiva la paz y con la paz el bienestar del mundo [...] Una nueva estructura se levantará sobre el orden de cosas abatido. ¡América, hazte ojo! ¡América, hazte canto! [...] un momento histórico hay que decide el derrotero en el oscuro laberinto de las encrucijadas; una hora sin retorno pone sus vibraciones en el reloj del tiempo, señalando el camino de la acción [...] ¡América, la hora!”. (Taborda 2007)

Por otro lado, apelándose al germen revolucionario soviético, en una revista juvenil, se hablaba también de una “nueva vida”, con “nuevos horizontes”: “¡Uruguayos, peruanos, argentinos, chilenos y americanos todos! [...] la ‘hora de América' [...] es la hora de Rusia y será la hora del mundo”. Similares expectativas y vivencias identitarias, sumadas al componente tercermundista, habrá de experimentarse más tarde con el influjo irradiado por la Revolución cubana.

Nueva hora: la unión institucional autónoma

Actualmente, en el bicentenario del proceso emancipador, con el advenimiento de gobiernos populares –distanciados de la mundialización financiera y el pensamiento único–, con la oficialización de bloques regionales y continentales, desde UNASUR a la flamante Comunidad de Estados Latinoamericanos y Caribeños; dos organismos que surgen sin la ostensible presencia conflictiva del coloso del Norte. A ello se suman el multiculturalismo y el protagonismo de los movimientos sociales e indígenas. Así va cobrando relieve una nueva hora americana, en la cual puede renacer y afianzarse el sueño bolivariano, una plataforma como la de la integración que generó tantos anhelos generacionales.

Tras mucho más de un siglo de aislamiento y luchas fratricidas en Nuestramérica, con aplicación indiscriminada del dogma neoliberal en la década del noventa, se prevé la implementación de un superbloque con una población superior a la de Estados Unidos y una superficie equiparable a la mitad del continente. Se han planificado varias obras ambiciosas, como una carretera interoceánica y un anillo energético, cuyas áreas prioritarias se han focalizado en la lucha contra las asimetrías sociales y en la atención al campo popular.

Se trata de una Unión Sudamericana que puede llegar a convertirse en la quinta economía mundial, como primera exportadora de alimentos, con la mayor biodiversidad y reserva ecológica, con su vasto caudal en agua dulce, bosques, minerales e hidrocarburos, sumado a la gran demanda de materias primas y a la creación de un Banco hemisférico que permitiría absorber muchos millones de dólares depositados en el Norte. Junto a ello se busca promover el turismo regional —mediante interconexión aérea— y el comercio dentro del bloque, sin desestimar los acuerdos con otras naciones hacia un mundo multipolar.

Estaríamos ante la perspectiva de mancomunar países y pueblos que poseen muchos más antecedentes amalgamadores que el de otros bloques ya consolidados, por limitados que hayan sido sus logros y finalidades iniciales. Con el avance del nacionalismo defensivo y de las izquierdas gubernamentales, el panorama sobre integración resulta bastante más alentador que el de los años '90, gracias al dinamismo que ha ido adquiriendo el pensamiento y las salidas alternativas en nuestros suelos irredentos, a través de nuevas expresiones, sujetos y espacios que bregan por la regulación estatal y la preservación del patrimonio público.

Se halla pues en juego una alianza para crear la anhelada Patria Grande y construir uno de los bloques más gravitantes y humanitarios del planeta. No se está aludiendo a una hora puramente cartográfica sino a un tiempo basado en la protección de los pueblos, de la sociedad civil y del mismo medio ambiente. Estaríamos también ante un programa inmerso en circuitos culturales y políticos que, en esta era globalizadora, cuentan con una nutrida intelectualidad principista, articulaciones y múltiples actividades afirmativas, como es el caso del Foro Mundial de Alternativas, la Red de Intelectuales y Artistas en Defensa de la Humanidad o la ALBA: la Alternativa Bolivariana para las Américas.

Más allá de los vaivenes que ha sufrido la ajetreada causa integracionista, hoy parecen menos remotos los proyectos y experiencias encaminadas hacia un desarrollo sostenido con equidad, a una utopía realmente a vivir y, a largo plazo, nuestra unificación constitucional, jurídica, política, parlamentaria, monetaria y aduanera.

Cabe sustentar por último, a modo de síntesis, una postulación identitaria que sobrepasa el marco desiderativo y se corporiza en definitiva como emprendimiento realizador: “Llego la hora de Suramérica: la hora de UNASUR”…

Antiamericanismo e ideología separatista

Ya sea en nombre del Evangelio o en aras del progreso se ha ido propagando una concepción distorsionante de lo americano, reforzada tanto por dicotomías que celebran la inteligencia y rectitud de las élites frente a la instintividad y amoralidad del pueblo como por postulaciones que invalidan nuestras aptitudes civiles para justificar así la dominación transnacional y el hegemonismo de puertas adentro. Resulta casi un lugar común referirse a que no solo en los textos de historia y geografía, sino en la misma filosofía occidental –considerada como el saber crítico por excelencia– se ha intentado demostrar a pie juntillas la superioridad de los países de clima frío y nevado –asociados con el ejercicio de la libertad– frente a las regiones próximas a los trópicos, donde impera la anarquía, la sensualidad y la indolencia. De similares argumentos se han munido diversos intelectuales latinoamericanos que fueron impugnados por sufrir de parasitismo y daltonismo europeos, como fue el caso antológico de un influyente ensayista como Agustín Álvarez, quien en Southamerica y en su Manual de patología política, ensalza a los anglosajones como enérgicos y honestos, tilda a los sudamericanos de farsantes y embusteros natos que escudan su inconducta en manifiestos o protestas, mientras establece una distancia sideral entre un caballero medieval y la dignidad inglesa, por un lado, y un coya o un indio como Catriel.

Una de las posiciones en juego, desde un perfil etnocéntrico, restringe o subordina los valores humanos principales a un determinado núcleo geográfico o nacional, por ejemplo, a la luz del triunfalismo occidental, al legado europeo y noratlántico, cuya supremacía se sostiene rotundamente. Dentro de este conglomerado ideológico se acentúa la noción de extranjería y el intento de levantar murallas ante lo desconocido o diferente. El racismo y la mentalidad fascista han visto al otro como un enemigo a exterminar: desde los herejes al indígena y desde los judíos al subversivo. Diversas sectas apocalípticas surgidas en las últimas décadas sustentan postulaciones xenófobas y se arman para combatir la sociedad mundial, el multiculturalismo o la protección de las minorías y de los desposeídos. A los inveterados clichés caracterológicos sobre la ineptitud e instintividad del latinoamericano y sobre la ausencia en él de una verdadera singularidad cultural, se han añadido las críticas al macondismo por considerar que trasunta una óptica fundamentalista y un telurismo irracional; mientras se aduce que el mercado, los media y los video clips han hecho mucho más por nuestra integración y por afianzar nuestra raigambre colectiva que todos los foros y tratados juntos.[1]

Se refuerza una dilatada valoración que puede remontarse a los orígenes del colonialismo: una ideología en la cual se justifica el avasallamiento de América por vivir en un estado de naturaleza que requiere de la acción externa, de un poder superior; sea este poder de cuño cristiano –contra los infieles– sea de corte liberal –frente a la barbarie incivilizada, con lo cual se llega a sistematizar una visión en la que la población local aparece como imbécil y destructiva. Esa ideología sobre la inmadurez ha servido para sojuzgar a nuestra gente so remanidos pretextos adversos a la integración racial: hay pueblos que por su atraso no están en condiciones de elegir a sus autoridades ni de ser gobernados consensuadamente. Las ideas de espacios desérticos, de tierra para expropiar y de hombres a someter se reiteran en visiones antiamericanistas y antidemocráticas que hunden sus raíces en diversas modalidades teóricas.

Frecuentemente se intentó presentar al colonialismo europeo como una misión llevada a cabo en nombre de la civilización, postulada como una fuerza magnética que avanzaba inexorablemente del Este al Oeste y del Ecuador hacia los polos. Occidente aparecía como el único polo de irradiación valorativa y se planteaban antítesis insalvables. Bajo la mesiánica invocación del destino manifiesto y del agente histórico selecto, para justificar el avasallamiento los europeos se atribuyeron ¾junto al supuesto virtuosismo de la tez rosada¾ la exclusividad de ser dadores de espíritu, entendimiento y moral; al resto del orbe le imputaban un carácter primitivo y demoníaco. Una contraposición que hacía también hincapié en las diversas cualidades de los notables frente a las masas, sumidas en un caos irreversible. Todo ello no sólo permitió fundamentar la dependencia externa sino también los golpes de Estado ante la descalificación de las mayorías. Hasta la intelligentsia del Tercer Mundo sostuvo esa posición elitista según la cual el ámbito autóctono nunca puede ser equiparado a los factores externos, mientras se fomentó la eliminación de las usanzas vernáculas, por su irremediable decadencia, para trasplantar las excelsas pautas de extramuros. La cerril adhesión a los arquetipos metropolitanos llegaría a considerarse como una deformación daltónica que iba a ser denostada con diferente terminología bajo el rótulo común de nordomanía.

La “ideología” basada en la incapacidad intrínseca de los pueblos subdesarrollados y en el insalvable vacío cultural existente en ellos se remonta a épocas pretéritas, con una imagen en la cual se introduce el tutelaje como un modus vivendi “natural” –en medio de un proceso modernizador restringido a una minoría urbano-céntrica. Para ello se recurre a filiaciones, dicotomías y pretendidos fundamentos religiosos, biocéntricos, tipológicos o culturales. Mientras bajo la dominación española se discriminó a la población con categorías como las de cristianos e infieles o peninsulares y criollos, durante el siglo XIX y hasta bien entrado el XX, con la plataforma positivista, se agudizaron las antinomias: continentes civilizados / continentes bárbaros; razas superiores, enérgicas y honestas / razas subalternas y haraganas; países racionales/ países sensualistas; partido europeo / partido americano; clase ilustrada y gente decente / chusma y plebe. Todo ello en nombre de un proclamado proyecto occidental, de neta impronta sojuzgadora, unido a la extensión de las fronteras interiores en diversos países americanos. Específicamente, en esa línea argumentativa y valiéndose con cierta frecuencia de tesis lindantes con la de la selección de las especies, se le ha achacado al proceso de mestizaje el haber inducido un continente enfermo y retardatario como el de nuestra América.[2]

Si bien la unidad y especificidad de nuestra América Latina pueden ser juzgadas como la preocupación por excelencia del pensamiento continental, junto a los dilatados interregnos comprendidos por el desmembramiento de los estados nacionales al promediar el siglo XIX y a las reiteradas dictaduras militares con sus hipótesis separatistas de conflicto durante la centuria pasada, ha predominado el discurso y las prácticas remisas a la magna utopía de la integración, para lo cual suele apelarse a una remozada argumentación: la insolvencia de nuestros países, de nuestra gente y de su dirigencia, para desenvolverse autonómicamente. En el plano de la larga duración, ello ha podido experimentarse, mutatis mutandi, desde la primera conquista de América hasta los distintos implantes colonialistas, incluyendo la actual globalización financiera, el liberalismo mercadofílico, el neoccidentalismo, o proyectos y emprendimientos que provocan grandes desequilibrios sociales como el NAFTA y los TLCs (Tratados de Libre Comercio); más allá del categórico rechazo sostenido por los principales países del continente al proyecto estadounidense del ALCA (Área de Libre Comercio para las Américas).

En el terreno de la justificación teórico-vivencial, la tónica desintegradora ha recurrido a una serie de expedientes racionalizadores, como aquéllos que provienen de los realismos políticos y periféricos junto con la mencionada ideología de la inmadurez y la morbilidad. En el primer caso, el del realismo político, se acentúa la voluntad de poder y dominación, el autointerés, la ética gladiatoria, la antropología de la rapacidad, el Estado Hood Robin. La segunda opción, la del realismo periférico propugna la necesidad de acoplarse al sistema mundial y mantener vínculos “carnales” con las grandes potencias. La “ideología” señalada en tercer lugar sustenta, como premisa mayor, la incapacidad intrínseca de los pueblos subdesarrollados y el insalvable vacío cultural en ellos existente. Toda esa parafernalia enmascaradora ha potenciado el relato antiintegrador, el cual ha recurrido históricamente a caracterizaciones y pseudofundamentos teológicos o científicos.

Las conceptuaciones discriminatorias y descalificadoras han sido retomadas actualmente por diferentes voceros conservadores para aplicarlas a los procesos, agrupaciones y líderes orientados hacia políticas populares y hacia otros programas de integración, menos excluyentes y menos mercantilistas, donde se priorizan los recursos internos, la justicia social, los derechos humanos, una gran patria común con democracias sustantivas y políticas exteriores de neutralidad y autodeterminación. Frente a ese sentido positivo de la integración y la identidad se encuentran los planteamientos que han pretendido justificar una irrestricta acumulación privada en detrimento de los requerimientos indispensables para el desarrollo comunitario.

Los embates de la derecha, del establishment y de los intereses privatistas apuntan fundamentalmente contra un enemigo manifiesto: el “nuevo populismo latinoamericano”, según lo planteara la Secretaría de Estado norteamericana, aunque en verdad mejor sería apreciarlo como un nuevo nacionalismo. Pese a coincidir en ese diagnóstico denigratorio, para otros expositores tal fenómeno político no significa algo innovador sino una simple regresión a los populismos de los ‘60 y ‘70 que debe ser puesta en caja. A falta de mejores alternativas para contener ese indeseado avance, se llegó a propiciar, como hizo el Financial Times, un apoyo a gobiernos moderados de izquierda, a los cuales la representación estadounidense para América Latina ha incluido entre los “socios estratégicos” que corresponde tributar una “ayuda” especial, sobre todo si aplican el recetario del liberalismo económico y el respeto incondicional a la propiedad privada. Se reformula así una problemática equiparación como la que se estableció durante las cruentas dictaduras militares conosureñas.

A los efectos de echar por tierra las posibilidades de realizaciones satisfactorias, se acomete un abordaje reduccionista sobre mentados caracteres inherentes a la personalidad de los gobernantes presuntamente populistas, quienes no sólo aparecen como poseídos por la arbitrariedad (caprichosos, vanidosos, iracundos, intratables) sino también dotados de un lastre visceral tradicionalmente atribuido a una actitud mental propia de los dirigentes criollos sudamericanos: la imprevisión, madre de todos los vicios, renuente al progreso y a la modernización –una condena irremisible de antemano por más emprendimientos innovadores que puedan contraponérsele a ese mismo diktat, según lo han venido testimoniando dichos gobernantes mediante sus intentos de recuperación del patrimonio y las riquezas nacionales.

En la subasta al por mayor de presidentes o candidatos descarriados –algunos de ellos mestizos y aindiados que encima se alían con otros que no lo son–, el principal imputado resulta Hugo Chávez, curiosamente aquél que puede pasar como el más previsor entre las figuras cuestionadas por el monto de sus proyectos y obras en juego –parte de las cuales se hallan referidas al ideario integracionista. Se trata de una imagen con un Chávez parlanchín y alcohólico, narcisista-leninista, caudillo acaudalado; de un político incoherente que declama el antiimperialismo pero aumenta el comercio y las importaciones a los Estados Unidos; de un elemento regionalmente disolvente que se entromete en los asuntos internos de otras naciones y “baja” demasiado al Sur; de un personaje que se encuentra incluso en cortocircuito con los mismos venezolanos, quienes en el fondo sólo ambicionan ser ricos y emular el modelo estadounidense de autosuperación personal. La caricatura simiesca del presidente Chávez ha recrudecido con la decisión de incorporar plenamente a Venezuela al ámbito del Mercosur.

Asociado a Chávez –como instrumentado fácilmente por éste–, se ha mostrado al presidente Evo Morales, para el cual también abundan los epítetos peyorativos: indígena resentido, narcotraficante, improvisado. En suma, un líder inflexible que ha montado un colorido show mediático para anunciar drásticas medidas revolucionarias que atentan contra la democracia y entorpecen el crecimiento económico de Latinoamérica. Asimismo, se rematan las falacias ad hominem con argumentos folklóricos dirigidos al escenario oficial, por ejemplo, cuando, en una entrevista a un ministro de Planificación boliviano, se considera sorprendente que el reportaje haya sido citado para un sábado a las 8 am., o cuando se repudia la facilidad para ingresar sin ningún requisito al Palacio de Gobierno como algo que no sucedería ni en el municipio más pequeño. Tampoco faltan las estereotipadas monsergas contra las compañías estatales por tildárselas de ineficaces, corruptas y politizadas. Demasiada pólvora antipopulista ha consumido la ecuánime resolución de Morales en frenar el saqueo de los recursos naturales por las empresas extranjeras, en un país que cuenta con las mayores reservas gasíferas y cuya población apenas si había podido disponer de un 2% del suministro.

Igualmente lapidarias han sido las adjetivaciones vertidas durante la gestión de Néstor Kirchner en tanto estadista feudal, omnímodo, soberbio, confuso, prepotente, malhumorado y belicoso que se ofusca con argentinos desarmados (léase poderosos ganaderos, agentes monopólicos multinacionales, periodistas amarillos y hasta militares levantiscos); un Kirchner que únicamente respondía a motivaciones electoralistas y que resultó beneficiado ante la opinión pública por el hecho de haberse disminuido indicadores casi crónicos en la Argentina como el desempleo y la indigencia durante su gestión gubernativa. Kirchner también fue ridiculizado como consejero de Evo Morales, mientras se censuró su impotencia frente a la crisis suscitada con el gobierno uruguayo por la instalación de empresas papeleras contaminantes de zonas fluviales en común. Este conflicto rioplatense ha sido agitado por intereses non sanctos, por quienes lamentan hipócritamente la hipotética ruptura del Mercosur; una posibilidad que en el fondo entusiasma a esas mismas voces agoreras, partidarias de la incorporación irrestricta al ALCA o al menos a los TLCs. Resulta sintomático que a tales emprendimientos, propiciados por Estados Unidos, no se les encuentre ningún espurio designio ideológico –como sí se ha hecho con los planes que defienden la autonomía regional y el desarrollo endógeno. Son las mismas voces espantadas por el ascenso de las izquierdas en la región pero complacidas en relativizar tal avance, mientras pronostican un enfrentamiento terminal entre esas mismas fuerzas y festejan una imaginaria debacle del Mercosur, dando por sentado el alejamiento del Uruguay del mismo y pasando por alto la prioridad estratégica que significa para este país la pertenencia a dicho bloque.

Ni siquiera el ex presidente Lula, más permeable al catecismo de los ajustes, se exime de las impugnaciones tremendistas urdidas por la reacción, siendo acusado desde el senado brasileño por mantener sueños delirantes para lograr la hegemonía continental, mientras que la derecha ha lanzado brutales advertencias contra la política contemporizadora ante la nacionalización de las fuentes energéticas en Bolivia, dado su eventual perjuicio a los vecinos brasileños, lo cual ha sido magnificado por una web golpista que alienta el más crudo darwinismo social: si Brasil invade y se traga a Bolivia es por una mera cuestión de supervivencia del más fuerte. A ello debe añadírsele la defunción declarada del ALCA, gracias a su rechazo efectuado por Venezuela y los 4 países del Mercosur –esos “cinco mosqueteros” al decir de Chávez– en Mar del Plata durante la IV Cumbre de las Américas; junto al hecho de que ese tratado tampoco puede ser reemplazado vis a vis por los TLCs bilaterales, pues, por más imposiciones que Estados Unidos quiera fijarles a los países cofirmantes –enrolamiento en las guerras preventivas del imperio, concentración de capitales, flexibilidad laboral, supresión de los medicamentos genéricos a favor de los grandes laboratorios norteamericanos y otras conductas obsecuentes por el estilo–, tales condicionamientos no alcanzan el mismo grado de control y subordinación que supone una unión como la propuesta por el ALCA, según yacía en las apetencias del viejo panamericanismo: moneda, aduana, mercado y centro político únicos.

Se estaría frente a estrictos operativos de prensa, que pueden ser conceptuados con gráficas expresiones como las de “criptoperiodismo” o “patria locutora”. Ante el afán de nuestros pueblos por vivir en democracias fundacionales y no dependientes, se levantan campañas para desacreditar a los gobernantes que defienden firmemente el interés nacional presentándolos como dictadores, al estilo figurado de un Hitler o un Stalin tropicales. Concomitantemente se ha reinstalado una doble disyuntiva: o civilización o barbarie y junto a ello la contraposición entre gente o plebe; dicotomías que suelen zarandearse durante los picos de conflictividad social, de salvataje a los desfavorecidos y de políticas redistributivas –como ha sucedido con el lenguaje maniqueo empleado por los noticiosos televisivos en la Argentina a favor del levantamiento insolidario de los terratenientes ocurrido allí durante el 2008.

Horizontes “integradores”

El fenómeno de la integración regional o subregional en América Latina puede ser concebido desde dos ópticas o intereses disímiles. Un enfoque hasta hace poco prevaleciente acentúa el carácter hegemónico de la integración, como forma de mantener la dominación y aumentar las desigualdades. Se trata de una modernización conservadora que, mientras reproduce pautas diseñadas en países capitalistas centrales, adopta un discurso redentorista, pseudocientífico, tecnocrático, neoliberal. Allí aparece postulado el inalcanzable mundo feliz, sin grandes privaciones y con tiempo libre para todos aquellos que respondan a la hueca consigna de subirse al tren de la civilización, el progreso y la prosperidad. Un supuesto básico que impera en estos planteos sostiene la disolución de las identidades nacionales en un planeta globalizado por el accionar de las grandes corporaciones y por los impactos tecnológicos sobre la producción, que acarrean el crepúsculo fáctico de las ideologías y las utopías, más allá de cualquier intención voluntarista por apartarse del modelo, lo cual termina por ser calificado como un designio autoritario y desestabilizador. Surge así el realismo periférico, la política oficial de las relaciones carnales, con sus estrategias para integrarse al ordenamiento mundial en una forma tan irrestricta como la que se ha llegado a aplicar con las privatizaciones y desregulaciones al interior de cada país. En suma, se retoman planteos perversos, los del homo homini lupus que, mientras originan una extraordinaria concentración de riqueza y poderío, por otro lado, implican un achatamiento integral: en las aspiraciones nacionales, en la ocupación y los salarios, en la educación, la salud, la cultura, la industria y el medio ambiente.

El otro modo de integración, asumiendo un cariz multidimensional, se propone contribuir al desarrollo social y nacional. Ante la modernización excluyente, surge aquí una actitud crítica y democrática. No se niega la importancia que posee el fenómeno de la globalización, remontable por otra parte a los inicios del capitalismo, a la expansión colonial europea y a la gran transformación que se produce durante el siglo XIX en el escenario mundial, con la introducción del ferrocarril, las telecomunicaciones o la navegación a vapor. Sin embargo, se enfatiza en esta perspectiva el hecho de que los países que han podido avanzar en medio de la globalización son aquellos que se han vinculado con los demás sin renunciar a su propia identidad cultural, a sus recursos naturales y a su mercado interior. Si bien tampoco se desconoce la incidencia de las corporaciones transnacionales, no se sobreestima el monto de sus inversiones, cuya proporción resulta muy inferior a la que proviene del mercado interno. A su vez, se desmiente que el mero desarrollo económico implique de por sí una merma en la pobreza y la marginalidad, poniéndose como ejemplo lo que ocurrió con Brasil y México entre 1945 y 1980, cuyas tasas de crecimiento fueron de las más altas del mundo sin reducir por ello dichos problemas comunitarios.

La universidad como utopía viable cumple, en ese último contexto, una función orientadora primordial frente a la dependencia en el orden cultural, tecno-científico, etc. Obviamente, no se piensa en esa clase de universidades-enseñaderos, verdaderos cementerios de conciencia al servicio de los grupos más privilegiados, del individualismo y la libre empresa, sino en aquellas casas de estudio no domesticadas que, pese a contar con menores recursos, continúan siendo los carriles fundamentales en la generación de conocimientos, en la formación de profesionales y en la consabida extensión comunitaria. En síntesis, las políticas auténticas de integración deben suponer no sólo la unificación de los mercados sino también el ensamblaje cultural y socio-político, con democracia participativa, derechos humanos y justicia social. En tal sentido, juegan un papel decisivo los partidos populares, los pequeños y medianos productores, las ONGS y los movimientos cívicos, con un liderazgo especial a cargo de la universidad y las agrupaciones estudiantiles, en estrecha conjunción frente al implante del neoconservadorismo.

Entre los precedentes del sentido positivo de la integración, durante el siglo XX diversos expositores, corrientes y entidades han dado lugar a un vastísimo corpus literario y político junto a una exégesis no menos frondosa. Mientras que, la gesta emancipadora del XIX aportó el sentimiento embrionario de una nación y una ciudadanía comunes, iniciada la nueva centuria se revitaliza la creencia sobre América Latina como un país propio, sobre su unidad moral y sobre una alianza política estratégica. A la luz de distintos avances institucionales se va configurando un sendero integrador autónomo, mientras declina la imagen de Estados Unidos como “hermana mayor” y se acrecienta su carácter de coloso anexionista.[3]

Dentro de la narrativa imaginaria sobre sociedades ideales y sobre el género utópico como tal destaco una pieza, A través del porvenir. La Estrella del Sur, concebida hacia 1903 por el polígrafo español, Enrique Vera y González, quien formó parte de los primeros contingentes republicanos que arriban a la Argentina desde la península ibérica. Vera traza allí una predicción futurista sobre los inicios del siglo XXI, signado por extraordinarios avances científicos que han permitido eliminar el hambre y la miseria, introducir el cooperativismo y la jornada laboral de cuatro horas, impulsar trenes a mil kilómetros por hora o medir la fuerza moral y mental de los individuos. En ese tiempo hipotético, hacia 2010, la Argentina aparece marchando a la cabeza del desarrollo. Buenos Aires ha sido elegida como capital de una Confederación Latinoamericana en vigencia y termina convirtiéndose en la principal metrópoli del mundo, por encima de Nueva York. Mientras se visualiza para el año 2010 a una Argentina ideal, como país de enorme peso que combate los monopolios financieros, Norteamérica se muestra en cambio como presa de los trusts y de un capitalismo desenfrenado, contrastándose ambas formas de desarrollo:

En los Estados Unidos hay 450 millones [de habitantes] y no viven, por cierto, mejor que nosotros; pues la lucha por la existencia resulta más ruda, por la exageración del feudalismo industrial y propietario. Allí alcanzan fabuloso poderío las personalidades vigorosas y también las favorecidas por las circunstancias, pero los vencidos por la vida y aplastados sin compasión se cuentan por muchos millones. También aquí tienen premio, y no escaso por cierto, los hombres excepcionales que prestan servicios de valía a la colectividad; pero nos preocupamos mucho de los débiles y no identificamos la desgracia con el crimen. Necesitamos muchas pruebas para definir como parásito a un ser humano […] En suma, hemos aplicado una gran dosis de socialismo a nuestra organización” (Vera y González)

En esa prospectiva centenaria se resalta cómo se zanjaron las asechanzas norteamericanas sobre el continente, pese a los diversos propósitos finalmente fallidos que había alentado el coloso del Norte:

Venezuela, Colombia previamente desmembrada y Centro América fueron invadidas en 1950 por los Estados Unidos y hubieron de libertarse a costa de grandes sufrimientos. Las amenazas de absorción llegaron a ser tan duras que se impuso la más estrecha inteligencia entre los países de nuestro idioma […] y entonces se echaron las bases de la Confederación Latinoamericana […] Ahora ya no estamos en el caso de temer guerra con los Estados Unidos ni con cualquiera otra nación o grupo de naciones [con] más de 800 millones de habitantes [para la Confederación]. Los Estados Unidos, contando el Canadá, tienen, según el censo del último trimestre […] 606 millones de habitantes de modo que no saldrían bien librados en una lucha”.(Vera y González)

Un vaticinio que reflejaba muchos afanes incumplimentados para establecer una América más fraternal.

Entre tanto y en los mismos hechos reales, una cruzada juvenil de corte pacifista iba a bregar por la Segunda Independencia, por la emancipación intelectual, social y nacional, responsabilizando primordialmente al imperialismo y a la cultura utilitaria de Occidente por el atraso de nuestros pueblos. En complicidad con los bárbaros del Norte, los sectores gobernantes aparecen en la mira como sus aliados incondicionales: las oligarquías criollas, los grandes terratenientes y comerciantes, el clero y las fuerzas armadas, los políticos engañosos que frenan la concientización de las masas. Como respuesta a la xenofobia y al provincianismo se fue articulando una plataforma operativa cuyas principales banderas implicaron diversos elementos aglutinantes a partir del ideal americanista, con el cual se apuntaba a fusionar nuestros estados en un conglomerado de naciones ante los peligros comunes que amenazaban la integridad territorial. Junto con las diferentes aproximaciones a los indígenas, obreros y campesinos, se estrecharon los contactos con las juventudes del mundo y muy especialmente la unión entre el estudiantado latinoamericano, tanto para favorecer el intercambio académico e intelectual como para estimular la protección mutua. Los espurios conflictos fronterizos entre Argentina, Brasil, Chile, Perú, Bolivia, Paraguay y los países que conforman otras regiones de nuestro continente no impidieron cultivar esa fraternidad sino que además fueron valientemente repelidos y desenmascarados por los mismos estudiantes en cuestión, quienes no sólo propusieron soluciones para sortear dichos enfrentamientos sino que también llegaron a establecer toda clase de acuerdos y convenios en favor de dicho afán integrador. Frente al separatismo invocado por los intereses armamentistas, el alumnado chileno de derecho sintetizó una posición ilustrativa:

la juventud americana es hija de una sola patria, que se extiende desde Méjico hasta el cabo de Hornos, y desde el Atlántico hasta el Pacífico […] es su más vehemente anhelo ver abolidas las funestas barreras económicas que separan a las distintas naciones hermanas de la América Latina con grave perjuicio para el progreso y el bienestar colectivo, y en exclusivo provecho de ‘unos cuantos explotadores’ (Del Mazo 1927)

Un descuidado pero importantísimo antecedente para la causa de la unidad y la solidaridad latinoamericanas lo brindan las reuniones internacionales de estudiantes como aquéllas que tuvieron lugar en nuestra América. El último de los congresos internacionales celebrados en el Cono Sur, anteriores al ciclo iniciado en Córdoba por la Reforma Universitaria, donde se acentuó el papel de América como la tierra de los grandes sueños y heroicidades, como síntesis suprema y universal, se llevó a cabo en Lima hacia 1912, recrudeciéndose allí la profesión de americanismo:

El continente es el vínculo natural: es la solidaridad humana adaptándose a las grandes coordinaciones del planeta. Vosotros sois mejicanos o brasileros, peruanos o argentinos, por un accidente de la historia; pero sois americanos por la naturaleza. Y esa patria natural es inalterable, se levanta sobre el cielo como las pasiones, no la pueden suprimir ni desmembrar las menguadas ambiciones humanas.[4]

Sin embargo, en esos eventos había prevalecido una tónica que no establecía mayores demarcaciones entre los distintos países y regímenes del continente americano. Un giro significativo se verifica en otro precoz encuentro internacional: el Congreso de Estudiantes de la Gran Colombia, celebrado en Bogotá hacia 1910. Contando con la participación del alumnado de Ecuador, Venezuela y la nación anfitriona, se emite allí un documento de grueso calibre antiimperialista. Además de afirmarse que la alianza de esas tres repúblicas se extenderá a los otros puntos de Sudamérica, se niega la existencia de una solidaridad indispensable entre americanos del norte, del centro y del sur. En tal sentido, la denuncia principal está dirigida contra el monroísmo acomodaticio, mientras se opone “la noble defensa de los cóndores andinos” a la agresión de las águilas septentrionales[5], un fervor que llevó a sus integrantes a presentarse como el primer núcleo de resistencia organizada y consciente frente a la política expansionista.

Esa épica estudiantil llegaría a uno de sus máximas expresiones cuando, en el México de 1921, con una alta representatividad, la juventud universitaria anuncia que luchará contra el nacionalismo y el militarismo, por una nueva humanidad, por asociaciones federativas regionales y por la integración de los pueblos en una comunidad universal ¾ideario que procuró plasmarse en una Federación Internacional y extenderse por los Estados Unidos y varios países europeos! Unos tres años después, Haya de la Torre XE "Haya de la Torre, V." , al hacerle entrega a los universitarios mexicanos la “Bandera de la nueva generación hispanoamericana”, se sentía en condiciones de aducir:

El afán de unidad de los pueblos de nuestra raza fue en Bolívar XE "Bolívar, S." ensueño precursor, más tarde, tema de discursos diplomáticos y ahora fe, credo, señuelo de nuestra generación. Con orgullo podemos afirmar, que nada ha sido más eficaz al propósito generoso de fundir en uno sólo a los veintiún pueblos indoamericanos […] que la obra de las juventudes (Del Mazo 1941:166)

Concomitantemente, vino esa formidable prédica levantada por la Unión Latinoamericana que impulsó José Ingenieros en 1922, el cual anunciaba que la revolución universitaria –en tanto reorientación científica de los estudios, cogobierno y demandas populares– se proyectaba más allá de los “histriones del patriotismo” por toda la América Latina y que la juventud que no se encuadraba con las izquierdas constituía una mera vejez sin canas (Ingenieros en Del Mazo 1927:379). Dicha entidad –que retomaba implícitamente la misma denominación que la que impulsara Torres Caicedo en el siglo XIX–– se automarginó de los diferentes gobiernos para preservar su libertad de opinión ante las impopulares potencias extranjeras, mientras intentó desempeñar en el nuevo mundo la misma función que la Liga de los Derechos del Hombre en el viejo. La Unión Latinoamericana –avalada por miles de estudiantes– reivindica una Reforma Universitaria integral, pretende suprimir la Unión Panamericana y repudia la penetración capitalista, para propiciar una unificación jurídica, política, económica e intelectual que permita salvaguardar la soberanía de nuestro continente austral y obtener la nacionalización de las fuentes de riqueza, la repartición de la tierra y la socialización de la industria. En un mensaje a Sandino, la Unión Latinoamericana fijó sus propósitos generales: “formar una conciencia antiimperialista en el continente […] la unificación de nuestros pueblos bajo normas de justicia social, a fin de oponer a la civilización individualista y utilitaria del Norte la amplia cultura humanista del Sur”(Palacios 1930: 49. Empero no se cargan todas las tintas contra el imperialismo norteamericano, sino que se hace especial hincapié en la responsabilidad conjunta de las clases altas, según expresara uno de los apristas peruanos exiliados en la Argentina durante la década de 1920 y miembro activo de la Unión Latinoamericana:

Si es cierto que estas oligarquías criollas son filiales de Estados Unidos, es falso que Estados Unidos les costee la existencia. Los empréstitos, onerosamente colocados, con enormes ganancias para los banqueros estadounidenses, son las comisiones abonadas al Tío Sam, nuevo policía internacional, para poder mantenerse en el poder […] el dogal de oro que asfixia a la América está formado por eslabones de empréstitos ¿Quién pagará estas deudas? Los oligarcas las han contraído para mantenerse. Los banqueros las han concedido para explotarnos […] El día que las oligarquías sean barridas por el huracán de la rebelión popular, declararemos que esas deudas no son nuestras. (Del Mazo, 1941: 375)

Al frente de la misma organización y reflejando una convicción generalizada, Alfredo Palacios enfatizó que los cimientos para una confederación iberoamericana debían ser colocados por la juventud, “libre de compromisos con el pasado y de mezquinas rivalidades” (Palacios, 1957). El propio Palacios ayuda a imprimirle un enérgico envión a ese proyecto americanista, desde la universidad argentina de La Plata, que se erigió en un baluarte reformista y en un hogar donde convivieron numerosas camadas de estudiantes oriundos de los rincones más diversos de nuestro continente. En un trascendental mensaje a la juventud universitaria, Palacios propició que ésta se volcara a plasmar la ansiada Confederación Iberoamericana. Quien llegó a ser el vicepresidente de dicha Unión Latinoamericana, explicaría más tarde el motivo de su ulterior disolución: “La racha fascista que se impuso entre nosotros desde el año 1930 puso término a todas nuestras actividades latinoamericanistas” (Sánchez Viamonte, 1971: 201).

Entre quienes han levantado más tempranamente la bandera antiimperialista se encuentra la figura de Manuel Ugarte, con sus sistemáticas campañas continentales por la unión de nuestros pueblos, para avivar la conciencia continental y resistir los embates estadounidenses, cuya ocupación del puerto de Veracruz lo lleva a fundar en Buenos Aires la Asociación Latinoamericana hacia 1914, cuando aún persistía la quimera panamericanista. Los jóvenes de diversas zonas de nuestra América fueron los principales adherentes a esa agrupación y al mismo Ugarte, quien pasa de la bohemia idealista al socialismo nacional y ve en las nuevas generaciones a los portadores de un sano lirismo, a los defensores de la integridad territorial y a los imprescindibles gobernantes de nuestras repúblicas.[6]. Más tarde, Manuel Ugarte sería designado presidente honorario de otra agrupación, la Alianza Continental, y acotaría bajo un denominador común, el cuadro movimientista:

El programa de todas las Uniones, Alianzas y Ligas antiimperialistas de la América Latina es sensiblemente el mismo, puesto que todas aconsejan, en lo exterior, una resistencia a los avances del imperialismo y en lo interior una renovación que nos liberta de los cómplices que tal influencia tiene entre nosotros […] Es admirable la labor de los hombres que dirigen o inspiran esas entidades […] Hay que saber lo que cuesta en nuestra América levantarse contra lo existente [...] Hostilizados por los que dominan, se hallan los disidentes desterrados dentro de las propias fronteras (Del Mazo 1968:63)

El pensador dominicano Pedro Henríquez Ureña fue un gran propulsor de la utopía integradora de nuestra América y contempló una amplia gama de facetas convergentes en dirección a la salvífica patria grande y a sus distintos tipos de unidad: de historia y propósito intelectual; de pueblos encaminados a integrarse crecientemente; de fe en un destino que conlleva la aparición en nuestro suelo del hombre libre y universal; de espíritu, que nos ha redimido en situaciones críticas –a diferencia de la fuerza militar y el poder económico, y, finalmente, de unidad política, en nuestro escenario de luchas cotidianas y de oposición a las presiones extranjeras. Ese afán de unidad no apunta a la acumulación material de riquezas ni al establecimiento de una potencia sino a un objetivo excelso: formar la sociedad sobre bases nuevas, sin hambre y con justicia –un ideal previo y superior al del conocimiento o al de la auto-perfección. Ureña no propicia la uniformidad imperialista sino el respeto a las diferencias –de carácter, clima, lengua y tradiciones. En las artes literarias se patentiza nuestra naturaleza y nuestra humanidad, con un sello original distinto al de los modelos europeos. La utopía simboliza nuestra flecha de anhelo creativo, promesa de una existencia terrena mejor que encuentra asilo en América, su genuino continente; una utopía que no constituye un apéndice de Europa ni un territorio para una nueva explotación de la gente. Emerge primero en los Estados Unidos pero se trasmuta allí en una democracia factoril y discriminatoria. Para Ureña, las utopías logran autenticidad cuando pasan de la fantasía a la realización, a ser verdaderamente vividas y, como los ideales, no logran fructificar sin una empeñosa dedicación; tampoco representan la obra de unos pocos seres geniales sino el producto cooperativo de “innumerables hombres modestos” (Henríquez Ureña, , 1978: 3-12)

Que los Estados Unidos del Sur –proclives a plasmarse bajo la égida de gobiernos menos impopulares– puedan llevar a mejor puerto a nuestro continente irredento girará en torno de los intereses que vayan en definitiva a implementarse. Un programa como el de la integración regional, que suscitó tantos desvelos generacionales, no puede quedar meramente librado a empresarios especuladores, como sucede en la mayoría de los países latinoamericanos, ni tampoco a políticas que han llevado a un verdadero Estado de Malestar y a la práctica de asimétricas relaciones con los poderosos. Por otro lado, deberá priorizarse la producción, las demandas comunitarias y el despegue de inmensas zonas marginadas.

Con todo, de cumplimentarse su cometido esencial, la instrumentación de un organismo supranacional nos permitiría acceder a una modernización inclusiva. Estamos aludiendo a la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSN), instituida en el Cuzco a ciento ochenta años de la batalla de Ayacucho, junto a su reapodada Unión de Naciones Suramericanas (UNASUR), cuyo tratado constitutivo se firmó el 23 de mayo de 2008 en la ciudad de Brasilia, donde se estructuró y oficializó dicha promisoria entidad, con la posibilidad de que, a través suyo, se vaya plasmando el sueño del Novecientos: encauzar una patria y una ciudadanía comunes con un modo de integración donde se potencie el despegue social. La creación de ese conglomerado supranacional replantea la perspectiva de edificar uno de los megaespacios más dignos del orbe.

Ese superbloque de países latinoamericanos –con 100 millones más de habitantes que los Estados Unidos, una superficie equiparable a la mitad del continente y un conjunto de obras de máxima envergadura– no implica forzosamente una deriva tecnocrática, pues su objetivo primordial se ha puesto al servicio de las necesidades colectivas. Semejante Unión Sudamericana puede llegar a erigirse en una de las principales economías mundiales, no sólo por su PIB sino también como la más importante hacedora de productos primarios, de biodiversidad y equilibrio ambiental. También se ha implementado un banco regional que sirva para contener la evasión de miles de millones de dólares, prestados a su vez a los propios países depositantes, lo cual ha hecho que América Latina contrajera deudas impagables.

No se trata, como se ha pretendido invalidarlo, de un panorama improvisado o de una quimera retórica ni de un puro gesto político que procura unificar elementos inconciliables. Por lo contrario, nos hallamos frente a la posibilidad de aunar países y pueblos poseedores de una afinidad histórico-cultural muy superior a la europea, que cuenta además con un respaldo de muchos años en la construcción de entidades supranacionales, por limitados que hayan sido sus logros y finalidades, desde la CEPAL y la ALALC en adelante.

La implementación de un organismo como el de UNASUR constituye una sugestiva muestra de un regionalismo posliberal en lugar de los regionalismos elitistas anteriores. Se trata de un modelo renovador de integración de corte proteccionista y un franco alejamiento del Consenso de Washington, con vistas a construir un mercado regulado desde la centro-izquierda, como son las experiencias instrumentadas por Argentina, Brasil o Uruguay. Una notoria conquista política ha sido lograda por UNASUR en la aplicación del principio democrático ante las crisis de estabilidad sufridas por los gobiernos de Evo Morales (2008), Correa (2010) y Lugo (2012), sea para conjurar los golpes de Estado –contra los dos primeros presidentes–, sea para alejar de su seno a las naciones que han derrocado sumarísimamente a regímenes populares como el de Paraguay; sin olvidar tampoco la desactivación de tensiones entre Colombia y Venezuela llevadas a cabo por el primer secretario general de UNASUR, Néstor Kirchner o el apoyo brindado a la Argentina en su reclamo para recuperar el enclave colonial de las islas Malvinas, en poder de Gran Bretaña. Dicha salvaguarda de la cláusula democrática obra a favor de la homogeneidad institucional de ese nuevo bloque, impregnado por una originaria hibridez ideológica: la de los distintos mandatarios que lo componen.

Obviamente, el desenvolvimiento adecuado de megabloques como el expuesto depende de diversos factores: orientación de los gobiernos que lo componen, grado de representatividad, accionar junto a los nuevos movimientos civiles; no librarlo a los hombres de negocios ni a un empresariado escasamente innovador; desaliento de la mentalidad rentista y de las políticas monetaristas. En apretada síntesis, se trata de priorizar las demandas comunitarias y la deuda social antes que la externa, la cual ha llegado a hipotecar el futuro para el grueso de la población. Entre los síntomas que permiten aguardar un porvenir más venturoso para esta nueva organización, se encuentra la prevista convergencia con la Unión Africana y otros bloques tercermundistas, así como la Alianza Social Continental que se ha convocado para alentar una legítima integración de los pueblos.

Ello podría implicar un eclipse o una recomposición de espacios como el Mercosur, comúnmente inclinado hacia una lógica fuertemente capitalista y hacia la profundización de las desigualdades regionales, en detrimento de los intereses nacionales y laborales; lo cual no le ha restado empero una considerable utilidad en varios órdenes de cosas: el amparo efectuado en su momento a regímenes frágilmente democráticos como el paraguayo, el crecimiento internacional del Uruguay, el aumento sustancial del comercio intrabloque, la neutralización de crisis financieras agudas como las que vivieron Brasil y Argentina.

A la postre, como ha señalado Modesto Guerrero en su libro sobre el Mercosur, la cuestión de la unidad latinoamericana constituye una tarea de liberación sólo realizable por las clases oprimidas y los sectores sin mayores ataduras con los poderes imperiales. Pueden soslayarse así motivaciones tan frívolas como las sugeridas por un alcalde colombiano, para dar cuenta de las fracturas supuestamente terminales que vienen padeciendo los bloques subregionales cuando se refirió a “la incapacidad para trabajar juntos”; un simplismo que nos retrotrae a las peores justificaciones del coloniaje, no lejos de toda esa fabulación que durante siglos y siglos se dedicó a representar a nuestra América como un continente sumido en la impotencia y el estancamiento, con aves que no cantan y hombres guiados por la mera gana –según se cansó de mostrarlo Antonello Gerbi en La disputa del Nuevo Mundo.

En consecuencia, el panorama en materia de integración, reflejado también en otras postulaciones como las de la Alternativa Bolivariana para las Américas (ALBA) o el de una Comunidad Antiimperialista de Naciones, resulta bastante más alentador para el desarrollo de nuestros pueblos que las conclusiones pesimistas que aparecían sobre los años ’90 en esmerados trabajos científico-sociales. En tal sentido podría aludirse, comparativamente, a una especie de giro copernicano –a un cambio de época más que una época de cambios, según estimara el presidente Correa del Ecuador– desde el horizonte sombrío de aquel entonces a la actualidad, gracias al ímpetu que han ido cobrando las variantes disruptivas en nuestros tierras, a través de nuevas categorías manifestaciones y agentes alternativos.[7] Todo ello denota una agenda más ofensiva que no se reduce a denunciar los estragos provocados por la mercadofilia, la libertad de comercio y la libre empresa sino que brega, contrario sensu, por la regulación estatal y por la preservación del patrimonio público dentro de la mejor tradición doctrinaria del republicanismo radical, oriundo de nuestra primera independencia.

En el campo semántico se ha venido apelando a una suerte de neologismo reapropiador: el calificativo posesivo ‘nuestroamericano’, sobre el cual ha abundado el filósofo Horacio Cerutti y ha ido cobrando un uso cada vez más frecuente en respuesta al proceso uniforme y transnacional de una globalización que ha venido a desafiar las identidades positivas en su caudal humanista, democratizador y respetuoso de la diversidad. Se trata de una acepción originalmente acuñada por el pensador cubano José Martí en su célebre ensayo “Nuestra América” (1891), donde se sostiene el inigualable orgullo patrio suscitado por dolorosas repúblicas que debían incorporar a sus “masas mudas de indios” como elementos salvíficos, junto a los negros, a los campesinos y a los trabajadores, con ayuda de la “juventud angélica”, para urdir una tierra libre, un hombre nuevo y real. (J. Martí, 2005: 15, 14, 21, 24)

Esa juventud se canalizaría, de uno u otro modo, en movimientos orgánicos como el de la Reforma Universitaria; un movimiento que, como adujera Luis Alberto Sánchez, ha sido un factor fundamental para renovar y conducir la tendencia integradora de la América Latina. De ahí que pueda proponerse que  XE "Sánchez, L.A." se reconozca como aporte clave ese legado de la Reforma y se incorpore oficialmente al eventual calendario de UNASUR el día 15 de junio ¾fecha en la cual se conmemora el grito fundante de Córdoba¾ como uno de los momentos más connotados de la historia continental, tanto por su accionar y su caudaloso trasfondo documental a favor de la mancomunión latinoamericana. En rigor de cuentas, la Reforma Universitaria constituye una de nuestras tantas expresiones que revierten la trillada versión sobre los ascendientes hegemónicos desde el norte hacia el sur, para entroncarse con otras vertientes originales como el modernismo literario y el realismo mágico, las teorías de la liberación o las actuales políticas económicas, verdaderos arquetipos mundiales.

Por lo demás, ya en el documento constitutivo de la Comunidad Sudamericana podemos rescatar no sólo la invocación como fuente inspiradora a la impronta de Bolívar, San Martín y Sucre sino también, retomando los designios martianos, “el rostro y la memoria de los líderes indígenas […] que [con nombre y apellido] hicieron de su rebelión un motivo de emancipación, libertad y dignidad de los pueblos oprimidos”.

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[1] Para ampliar el tratamiento sobre posturas neoeurocéntricas, véase los capítulos “Reanimadores de Occidente” y “El nuevo orden internacional”, en H. Biagini, Fines de siglo, fin de milenio, Buenos Aires, Alianza, 1996. Edición digital: http://www.ensayistas.org/antologia/XXA/biagini/fines/

[2] Entre los cuadros de conjunto donde se examinan esas pretendidas filiaciones patológicas sobre nuestro continente, pueden consultarse libros como los de Martin Stabb, América Latina en busca de su identidad, Caracas, Monte Ávila, 1969, cap. II, y Eduardo Devés Valdés, Del Ariel de Rodó a la CEPAL, Buenos Aires, Biblos, 2000, cap. IV, junto con la tesis doctoral de F. Koestler, Gobineau, Le Bon & Spanish American Historiography: El continente enfermo, Texas, Christian University, 1974; Hugo Biagini, Identidad argentina y compromiso latinoamericano, Universidad Nacional de Lanús, 2009, edición digital: http://cecies.org/imagenes/edicion_167.pdf

[3] Para esa transición valorativa sobre los Estados Unidos, ver H. Biagini, Fines de siglo…, ed.cit., pp. 63-83.

[4] Relación Oficial III Congreso Internacional de Estudiantes Americanos. Lima, Oficina Tipogr. de La Opinión Nacional, 1910, pp. 308, 402.

[5] Primer Congreso Internacional de Estudiantes de la Gran Colombia. Bogotá, J. Casis XE "Casis, J." , 1910, p. 222.

[7] Tal como aparecen, v. gr., en obras de referencia en la cuales se intenta sistematizar un universo más humanitario Entre esos repertorios pueden citarse: Dictionnaire critique de la mondialisation, París, Le Pré aux Clercs, 2002; R. Salas Astrain (coord.), Pensamiento crítico latinoamericano, 3 vols., Santiago de Chile, UCSH, 2005; Primer diccionario altermundista, Buenos Aires, Capital Intelectual, 2008; H. Biagini y A. A. Roig (dirs.), Diccionario del pensamiento alternativo, Buenos Aires, Biblos y Universidad de Lanús, 2008; Enciclopédia latinoamericana de direitos humanos (en prensa).

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Diez tesis acerca del sentido y la orientación actuales de la investigación sobre la globalización

por François de Bernard

El eterno retorno de Quetzalcóatl II* Quetzalcóatl y Ernesto Che Guevara

por Jorge Majfud, Lincoln University

La política santa y el temblar de los templos

por Jorge Majfud, Lincoln University

Revistas de Pensamiento y Estudios Latinoamericanos:

por CECIES

El capital intelectual

por Jorge Majfud, Lincoln University

Trabajo y migración en las fronteras de la precarización

por Daniela Romina Ferreyra (FFL, UBA)

Entre la pedagogía freireana y el pensamiento decolonial

por Inés Fernández Moujan, Universidad Nacional de Río Negro

(DIS)LOCACIONES DE LA GLOBALIZACIÓN

por Ana Carolina Dilling, FFL UBA

Colonialidad del ser, delimitaciones conceptuales

por María Marta Quintana, Universidad Nacional de Río Negro

LA OPCIÓN DECOLONIAL

por Zulma Palermo, Univ. Nac. de Salta

Racismo cultural, migración y ciudadanía

por Lucía Alicia Aguerre

Monopolio de la palabra y disputa de sentido

por Rosario Sánchez (UBA)

El Desastre Natural. Una lectura alternativa

por Margarita Gascón (CONICET, Instituto de Ciencias Humanas, Sociales y Ambientales, Centro Científic)

Cine latinoamericano

por Jorge Majfud, Lincoln University

Notas al margen del camino*

por Jorge Majfud

Pensamientos sobre la integración latinoamericana: un corpus textual

por Gerardo Oviedo UBA-UNLP-USES

El Producto de la Bestia Interior

por Jorge Majfud, Lincoln University

Disculpen la molestia

por Eduardo Galeano

UNA DECLARACIÓN FEMINISTA AUTÓNOMA

por Encuentro Feminista Autónomo, Ciudad de México

AHORA, QUE JUEGEN LOS NIÑOS

por Eduardo Bustelo Graffigna, Universidad de Cuyo

Interculturalidad, verdad y justicia

por Dina Picotti, Universidad de General Sarmiento

SEGUNDA INDEPENDENCIA, Nuevas formas de democracia en América Latina

por Dina Picotti, Universidad de General Sarmiento

El realismo mágico latinoamericano Honduras y Uruguay: tan diferentes, tanto iguales

por Jorge Majfud, Lincoln University

Cultura Popular e Imaginario Social

por Adriana Fernández Vecchi

La guerra ilustrada, una visión del conflicto hispano norteamericano

por Carlos Javier Pretti (CONICET)

Morir en América latina en los tiempos de las revoluciones

por Gustavo Ortiz (CONICET)

¿INDIANISMO O INDIGENISMO?

por Gustavo R. Cruz

Superhéroes (V) La cultura de las máscaras

por Jorge Majfud, Lincoln University.

La Virgen y el Quetzal, memoria profunda de Amerindia

por Jorge Majfud, Lincoln University

Salvación colectiva por la sociedad

por Canzutti Alan, UNCo

La vanidad de los pueblos

por Jorge Majfud, Lincoln University.

Armas y letras

por Jorge Majfud, Jacksonville University

El insospechado universo de Amerindia (I)

por Jorge Majfud, PhD. Jacksonville University

Soliloquio debajo del puente Lavalle (San Salvador de Jujuy)

por Mario Vilca (UNJ)

El hombre nuevo en la crítica moderna

por Jorge Majfud, Jacksonville University

Los ojos cerrados a la espera del sol maduro

por Mario Vilca (UNJ)

Manifiesto Antipaisajístico

por Mario Vilca (UNJ)

El motor de las contradicciones

por Jorge Majfud, PhD. Jacksonville University

El vuelo de la serpiente en el pensamiento latinoamericano

por Jorge Majfud (Jacksonville University)

El nacimiento del humanismo moderno

por Jorge Majfud (Jacksonville University)

Poder, autoridad y desobediencia

por Jorge Majfud (Jacksonville University)

Carta a los rectores de las universidades europeas

por Antonin Artaud

Lo que siempre son los otros

por Manuel Cruz

Memorias de estudiante

por Jorge Majfud (Jacksonville University)

El identificador de textos

por Jorge Majfud

El futuro del Foro Social Mundial

por Sergio Ferrari

Revoluciones, nuevas tecnologías y el factor etario

por Jorge Majfud

Reorientaciones temáticas y giros conceptuales en la Filosofía de la Liberación contemporánea

por Gerardo Oviedo (UBA, UCES, UNC)

Nuestro idioma es mejor porque se entiende

por Jorge Majfud

Ernesto Sábato, un profeta altermundista

por René Báez

Historicidad y crisis económica

por Norman Palma (Univ. París)

2012 y la cosmología Maya

por Norman Palma (Univ. París)

PENSAMIENTO ALTERNATIVO en la ARGENTINA

por Juana Fátima Luna (UCES)

La Identidad juvenil en el contexto de la Generación de la Reforma Universitaria de 1918

por Uriondo, Ernesto Manuel UNLa

La imaginación de la historia

por Jorge Majfud (Jacksonville University)

Política y economía norteamericana

por Jorge Majfud (Jacksonville University)

Mitos fundamentales sobre la inmigración

por Jorge Majfud (Jacksonville University)

Un ejercicio de pensamiento alternativo latinoamericano

por Ricardo Nicolon

Barbarie, un antiguo debate

por Gregorio A. Caro Figueroa (Todo es historia)

Sarmiento, un torrente vital

por Gregorio A. Caro Figueroa

EL PENSAMIENTO ALTERNATIVO

por Julian Sabogal Tamayo

LAS TEORÍAS DEL MODELO IMPERANTE Y LA NECESIDAD DEL PENSAMIENTO ALTERNATIVO

por Julian Sabogal Tamayo

Indignación

por Chantal Maillard

Althusser, los estudios culturales y el concepto de ideología

por Santiago Castro-Gómez (Universidad Javeriana)

La hora del individuo mundo

por Edgar Borges

Cultura y culturas: Desde la colonialidad del poder y desde los pueblos indígenas (Parte I)

por Rodrigo Montoya Rojas

Una admirable radiografía del disparate que nos comprende como humanos

por Jorge Dobal

La construcción histórica y pluriétnica de los Derechos

por Alberto Filippi (Università degli Studi di Camerino)

Algunas apreciaciones de la juventud latinoamericana

por Ernesto Uriondo (Universidad Nacional de Lanús)

Vigencia de Braudel

por Gregorio A. Caro Figueroa

Entrevista a Jorge Majfud

por Analía Gómez Vidal

Arquitectura, urbanismo y modernidad

por Rafael Ojeda

La identidad del nuevo cine crítico estadounidense

por Jorge Vergara Estévez

Crítica del paradigma del progreso

por René Báez

Iconografía del libro CONTRACULTURA JUVENIL

por Hugo E. Biagini (CONICET - Academia de Ciencias)

Quo vadis Europa?

por Francois de Bernard (GERM)

Cuna de la utopía

por Javier Lajo

La cultura desde las culturas

por Javier Lajo

Horacio C. Guldberg, lector de Ezequiel Martínez Estrada. Praxis utópica y ensayo latinoamericano

por Gerardo Oviedo, Universidad de Buenos Aires y Universidad Nacional de Córdoba.

Crítica literaria: Antología de crónica latinoamericana actual

por Darío Jaramillo Agudelo

El peso del pasado

por Gregorio A. Caro Figueroa

La generación FaceNoBook

por Jorge Majfud (Jacksonville University)

La realidad y la contra realidad

por Edgar Borges

Carlos Fuentes y la identidad latinoamericana

por Alejandro Serrano Caldera

El preservar y el cambiar

por Gregorio A. Caro Figueroa

Bolivarianos de la Revolución de Mayo

por Jorge Torres Roggero

Lo americano en los circuitos del espanto. Rodolfo Kusch

por Mario Vilca (Universidad Nacional de Jujuy)

‘Intellectus interruptus’: El recorte y la austeridad llegan a la literatura periodística

por Jorge Majfud

A propósito del Día Internacional de la Mujer: Rosa y Clara, dos nombres para la libertad

por Daniela Saidman (Desde Venezuela. Colaboración para ARGENPRESS CULTURAL)

La ciudadanía sudamericana

por Jorge Zavaleta Alegre (Desde Lima, Perú. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Primero de mayo

por Dr.Ricardo Melgar Bao Instituto Nacional de Antropología e Historia

LOS LINEAMIENTOS DE CUBA A LA LUZ DE LA CRÍTICA DEL CHE A LA ECONOMÍA DE LA URSS

por Sirio López Velasco (FURG-Brasil)

Hacia una historia para la integración latinoamericana

por Edmundo Aníbal Heredia (CONICET)

¿Qué interculturalidad?

por Julio Eduardo Torres Pallara

La humanidad y el planeta

por Rodolfo Bassarsky

El juez de fútbol y el juicio ético

por Hugo Lovisolo, Ronaldo Helal

Mito, utopía y cuestionamiento en la conquista y colonización de América

por Ernesto Barnach-Calbó, Miembro a título individual del Consejo Español de Estudios Iberoamericanos

Manuel Ugarte anduvo en los senderos del Ecuador (I)

por Por Daniel Kersffeld, especial para El Telégrafo

EXPLICITAÇÃO DOS CONCEITOS DAS DIRETRIZES CURRICULARES GERAIS NACIONAIS PARA A EDUCAÇÃO AMBIENTAL

por Sirio Lopez Velasco

EN TORNO A LA OTREDAD: PARADIGMAS Y COMPORTAMIENTOS

por Ernesto Barnach-Calbó Martínez (CEEIB)

Ambrosio Lasso, el ‘Coronel’ de los indígenas

por Daniel Kersffeld

Enrique Terán o el socialismo del desencanto

por Daniel Kersffeld

Reflexiones sobre la “Declaración Universal de la Democracia”

por V COLOQUIO INTERNACIONAL DE FILOSOFIA POLITICA

La segunda juventud de Marx

por Francesc Arroyo

UN CIUDADANO ESCLARECIDO: SILVIO KREMENCHUZKY

por SILVIO KREMENCHUZKY

Yo, Artigas

por Sirio López Velasco

La soledad latinoamericana

por Emir Sader (UERJ)

Integración Programática y Fáctica de la Primera Independencia a Unasur

por Hugo E. Biagini (Academia de Ciencias de Buenos Aires)

Hermes Benítez: “Los partidarios del magnicidio de Allende no comprenden el significado de su sacrif

por Mario Casasús

Costa Rica y Brasil: jóvenes disconformes

por Rafael Cuevas Molina (Presidente AUNA-Costa Rica)

El ensayo Nuestra América y el tiempo presente

por Rafael Cuevas Molina/Presidente AUNA-Costa Rica

UNA ENSEÑANZA SIN REPROBACIÓN ES POSIBLE

por Sirio López Velasco

Éloge de la lenteur / Elogio de la lentitud

por François de Bernard

PRESENTACIÓN DE EL NEUROLIBERALISMO Y LA ETICA DEL MÁS FUERTE

por Hugo Biagini

El adolescente y el mundo contemporáneo de la economía de mercado

por Jesús María Dapena Botero

Bolívar en la revolución latinoamericana

por Laureano Vicuña Izquierdo / El Telégrafo (Ecuador)

La Dirección de Ayotzinapa

por Fernando Buen Abad Domínguez

La lectura: ¿una práctica en extinción?

por Marcelo Colussi

Mensaje de Federico Mayor

por Federico Mayor

Albert Camus, del enigma y de la rebeldía. La revuelta. El gran grito de la rebeldía humana

por Gabriella Bianco

Ética de la Reciprocidad y Educación Andina

por Macario Coarite Quispe

ASÍ EN LA PAZ COMO EN LA GUERRA

por Jorge Brioso (Carleton College) y Jesús M. Díaz Álvarez (UNED)

Charlie Hebdo: una reflexión difícil

por Boaventura de Sousa (Universidad de Coimbra - Portugal)

UNA NACIÓN ANTROPOLÓGICA

por Edmundo Heredia (UNC-CONICET)

Desafío para la Filosofía en el siglo XXI

por José Luis Ayala

Alegato contra el coleccionismo privado de manuscritos

por Horacio Tarcus (Doctor en Historia, director CeDInCI/UNSAM, investigador independiente del Conicet)

El graffíti como forma de expresión contra-hegemónica y de emancipación social

por Randal Cárdenas-Gutiérrez

“TODOS SOMOS AMERICANOS” (El Presidente Obama)

por Ernesto Barnach-Calbó

Que la tortilla se vuelva. Una mirada sobre La Voz de la Mujer

por Camila Roccatagliata (Universidad Nacional de La Plata)

Análisis sintético de El Eterno Retorno de los Populismos

por Nidia Carrizo de Muñoz

Texto alusivo a la presentación del libro EL SUPLICIO DE LAS ALEGORÍAS de Gerardo Oviedo

por Hugo E. Biagini

CORREDOR DE LAS IDEAS DEL CONO SUR: REPERTORIO DOCUMENTAL

por Hugo Biagini, Lucio Lucchesi (comps.)

Pensamiento emancipador en el Caribe

por Adalberto Santana

Las traducciones al español de Le temps retrouvé de Marcel Proust

por Herbert E. Craig (Universidad de Nebraska)

Presentación del libro Cartas de Ricardo Rojas

por Hugo Biagini

El posprogresismo en América Latina. Algunas ideas pensadas en voz alta

por Sirio López Velasco

Fernando Aínsa, la reinvención de la utopía

por Edgar Montiel

Las reescrituras del yo en los borradores del último Alberdi

por Élida Lois

ROSARIO BLÉFARI O LA PALABRA MEDIÚMNICA

por Hugo Biagini

Entre cabezas y trash. Cine y clases subalternas en la Argentina 1990-2016

por Demian Alsina Argerich

A World Beyond Global Disorder: The Courage to Hope

por Fred Dallmayr y Edward Demenchonok (eds.)

ENSAYISTAS.ORG incorporó al CECIES entre sus páginas

por CECIES

El Corredor de las Ideas en Pacarina del Sur

por CECIES

UNA FIGURA CONSULAR

por Hugo E. Biagini

L’écoute d’un ami hors norme

por Marcelo Velarde Cañazares

EL MISTERIOSO TRASFONDO DE UNA PIEL ROSADA

por Hugo E. Biagini

José Jara Du retour d’Ulysse à Valparaiso à la pensée posthume de l’exil

por Patrice Vermeren (Université Paris 8)

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