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Tiempo del mundo y tiempo de las víctimas

por Gerardo Oviedo
 

Comentario a Luis Padín, Utopía y distopía en Domingo Faustino Sarmiento. De Argirópolis a Conflictos y Armonías de las razas en América, (Prólogo de Hugo Biagini), Lanús, Ediciones de la UNLA, 2013, 385 págs.


En esta ocasión, quisiera solicitar la autorización del autor Luis Padín, y una cierta complacencia del lector, para glosar algunas consideraciones de un libro que publiqué el año pasado, y que no sabía que iba estar estrechamente emparentado con el libro que hoy me honra presentar. Mi pequeño libro se titula Drama y Utopía en el Facundo (San Luis, 2012). Y quiero conectarme a través de éste con el extenso libro de Luis Padín, Utopía y distopía en Domingo Faustino Sarmiento, a través de un rodeo introductorio.

Europa les dio a Hegel, y América nos dio a Sarmiento. Hubo figuras más apreciadas en un lado y otro, y en el mismo siglo. Pero lo cierto es que lo que pensaron Hegel y Sarmiento de sus respectivos continentes todavía resuena en nuestras cabezas, y mira a través de nuestros ojos. Más si los apuntamos al horizonte. ¿Valen las comparaciones entre Sarmiento y Hegel? Si pensamos en tradiciones intelectuales y cabezas de sistema, sin dudas que no. Si estimamos pulsiones de escritura, pasiones políticas y arrebatos vitales, tal vez sí. Y más todavía si concebimos encarnaciones corporales de fuerzas sociales y mundos históricos apresados en libros. Si es que aún soñamos con sus mentes formidables, o dicho menos subjetivamente, ineludibles. Nos podamos apercibir de ello o no. Se diría que sus solos nombres, Hegel, Sarmiento, siempre nos comprometen, puesto que antes que citas y referencias conllevan espíritus e invocaciones. Puesto que antes que textos, dejaron cosmos consignados por escrito, y acaso grafías del ser. Porque el sólo mencionarlos nos torna sospechosos de que algo de esos cosmos nos envuelve e ilumina. Porque esos progenitores tutelares, o como decimos hoy desde el desencanto, por no decir, desde el resentimiento propio de nuestra época, esos “inventores” siguen vivos, y aún piensan y nos piensan. Los muertos Sarmiento y Hegel no sólo oprimen pesadillezcamente nuestros sueños vivos, sino que además nos corroen el corazón.

Es cierto que Hegel, cuando miraba al poniente como el búho, pudo menospreciar el vacío geográfico de América, haciendo en ello escuela. Aunque no la privó de porvenir, y por tanto, de destino. Según una preocupación suya del período “teológico” juvenil, el destino sólo acaece tras la redención expiatoria de quien amorosamente abraza la unión al prójimo, previamente quebrantada por el delito o la traición. Luego el filósofo se encaminó hacia el Absoluto, que alcanzaban su cabeza y su época. Y también su Estado. No obstante tal filosofía, que a fin de cuentas vendría a tranquilizarnos sobre el sentido del ser con la sola lectura de sus libros, sumió a sus discípulos, tras un lapso de breve euforia, en la desazón y el desconcierto. De ellos, muchos fuimos lectores, y desde ya, devoradores de sus ensueños. Para comprenderlos, estuvimos mejor o peor dotados, nos mostramos minuciosos y rumiantes o voraces e impacientes, pudimos concurrir becados a completar estudios en la vieja Europa, o debimos consultarlos en dispersas bibliotecas argentinas; merecimos el elogio o la indiferencia, nuestros informes fueron calificados y publicados o permanecen piadosamente inéditos. No es lo decisivo. Lo que cuenta es que con ciertos discípulos, y discípulos de discípulos de Hegel, pensamos y quisimos la emancipación liberadora. Y por poco que sea, de un modo abreviado e imperceptible, lejano e inaudible, recorrimos el camino de frustración de ellos mismos. También nosotros vimos cómo Hegel partió triunfal con un pensamiento que tomaba a su cargo el plexo de lo real en su totalidad temporal, y de cuya enroscada lección última en nombre de Dios sólo debíamos acatar la buenaventura. Y también nosotros comprobamos cuán amargo fue su regreso. Puesto que hace largo tiempo nos ha dejado sin ese Todo, y sin su concepto. Y ya sin sus jóvenes discípulos revolucionarios.

Entretanto, la secularización del mundo aún no reintegra aquellos signos mediadores, aquellas flechas de la reconciliación última del hombre con la vida, en un horizonte esperanzado. Es que nuestro presente no presume teleologismo alguno, complacido de sí hasta la borrachera en semejante auto-despojo de fines absolutos. Empero, esta apacible despreocupación por lo que vendrá, paradójicamente, sugiere una inefabilidad del futuro que se presenta igualmente inexorable, a la vez que inflexible, respecto a las “viejas” promisiones de la modernidad. De las que habríamos de despedirnos igualmente triunfales. Se trata sólo de su reverso, claro, sino de un hábil subterfugio. Cuando aparentemente ya no habríamos de esperar nada del futuro, siempre en consideración del futuro. Y lo que se creyera sus grandiosas inauguraciones redentoras, ya procedan de la epifanía salvífica de una conciencia exculpada o sabedora de sí, ya de la experiencia revolucionaria de una conciencia clasista igualmente devenida en su misión redentora, ya del pueblo soberano multitudinariamente deliberativo, apenas si guardan algo de su fulgor escatológico.

Desde hace ya unos años, algunos pregonan que los Estados nacionales son sólo crisálida porosa, cerrojos de goma o jaulas de seda. En fin, no síntesis concretas de la ética y la ley, ni formas redentoras de colectivos populares, sino puros vehículos ominosos de la opresión, o bien, administraciones estatales de la vida. Entretanto, los viejos dioses áticos todavía se miran amenazantes, dispuestos a saltar el uno sobre el otro. Otros los convocan en las arenas finas de la filología. Mas para los eruditos en fuentes grecolatinas ya no se trata de guías oraculares ni de lecciones trágicas, sino apenas de documentos y traducciones, jornadas de investigación y publicaciones especializadas. Desde luego, no hacerlo sería peor. Pero si para la cultura académica ello es algo muy preciado, acaso su tesoro mejor preservado o su medalla más pulida, para la vida pública y para el sentido de la historia fáctica de las naciones, resulta demasiado módico, imperceptible. También es cierto que el ínfimo reencantamiento del presente poco ayuda: ni el poderoso hechizo de la técnica global, ni los fingidos caldeísmos astrales que consumen las masas, bastan para restituirle seriamente sus fueros al politeísmo redivivo o perenne de las cosmovisiones y los valores. Se diría que para nosotros el “porvenir” a prescripto. Vulgarizando a Hegel y también a Kojéve, se ha hablado de fin de la historia, lo mismo que han proliferado los prefijos “post”, aunque ya no mucho. Al parecer nada demasiado auspicioso, ni demasiado ominoso, espera allende el horizonte curvo del presente.

Pero esa “invención” que seguimos llamando la Argentina, se construyó, por la fuerza mesiánica de Sarmiento, como una promesa utópica. Si por nuestros ojos seguimos mirando un horizonte utópico, no podemos hacerlo sinceramente sin rendir cuentas con Sarmiento. O si se quiere, con la Argentina como drama de una utopía cuya condición de posibilidad originaria es geográfica.

Sobre esta digresión precedente, me siento más confiado en celebrar un nuevo libro sobre Sarmiento. Hoy, debido a una investigación doctoral de Luis Padin. Porque es como decir: un nuevo texto sobre la Argentina. Si se nos ha dicho que la idea de nación es una invención, y también que no es otra cosa que un texto: una escritura política para gobernar cuerpos, un dispositivo de narrar un mito de origen y destino, menos se ha insistido en que ese relato es también una buena nueva redentora. Y es cierto que esto corre también para Sarmiento. Pero entonces me pregunto si una nación, o si se quiere, un espacio nominativo de enunciaciones estatales y signos territoriales, tiene una experiencia político-literaria demasiado pobre al invocar el nombre de Sarmiento. Y todavía más, querría preguntarme si en los modos de escribir la nación, con la sombra terrible de Sarmiento, en tanto aún nos acecha, no es algo demasiado exiguo hacer de ella –como lo hizo Ezequiel Martínez Estrada- una metáfora mesiánica de la Argentina. Martínez Estrada dijo que Sarmiento era un problema, lo llamó el problema-Sarmiento, y sostuvo que ese era el problema de la Argentina misma. Un estudio como el de Luis Padin confirma esta tesis. Pero ya es hora que me introduzca en algunos núcleo de su relevante libro.

Bien, para empezar, me parece que en la investigación de Luis Padin, definitivamente clarificada desde su título, Utopía y distopía en Domingo Faustino Sarmiento, aborda un problema fundamental de la obra de nuestro escritor político. Evidentemente, es el problema de la constitución del horizonte de temporalidad de la nación, en general, y en particular, de su narrativa del futuro. Pero unos de los méritos del libro de Padín es que no sólo se percata de la centralidad de la temática utópica en Sarmiento, sino que –alcanzo a comprender- ve en esta cuestión una tensión productiva con miras a tematizar nuestra propia experiencia actual de la temporalidad anticipatoria. Diría más, Padín nos permite comprobar que en Sarmiento, la Utopía comporta un problema dialéctico. Dicho más descaradamente todavía, diría que el problema de la Argentina entraña una dialéctica singularizada, una dialéctica que ha de estar a la altura de su historia, por decirlo así, de figuras de conciencia enfrentadas que aún no han cesado su lucha por el reconocimiento. Es cierto que esto ya lo vio Luis Juan Guerrero. Pero alcanzo a ver que el libro de Padín contribuye a descifrar esta clave de lectura dialéctica. Para acreditar esta hipótesis, voy a tomar algunos momentos del texto, muy selectivamente acotados, que nos confronten con la matriz argumentativa fuerte de la investigación de Padín.

Primero, quisiera subrayar la perspicacia de nuestro investigador, al trazar una genealogía de la imaginación novomundista americana, precisamente como una invención simbólica preñada de violencia y encubrimiento de la alteridad local. Lo notorio es que esta operación semántico-político-gubernamental de encubrimiento del otro americano, se dio por efecto de una transposición de la antropología en geografía. Dicho más claro: se aureoló a la naturaleza de un halo de comienzo absoluto –con Hegel a la cabeza-, con lo que esta operación inferiorizadora procedió deshistorizando a nuestro habitantes originarios y naturalizando sus mundos socioculturales de la vida. Estas formas de vida locales quedaban así subsumidas en el hábitat, rebajados sus sujetos a seres sin espíritu universal, nimbando el suelo, el espacio físico, con una abstracta promesa de futuridad. Es la metáfora utópica del “vacío a llenar”, tan operativa luego en Sarmiento.

Luis Padín entonces advierte cómo desde esta utopización del espacio de la naturaleza americana, se genera una contradicción entre la valoración positiva de la geografía, de un lado, y del otro, la desvalorización de quienes efectivamente lo ocupan. De este modo, la dimensión geográfica de América es rescatada tanto por los conquistadores españoles, como por los primeros utopistas, si bien desde distintos horizonte de experiencia: dominio del territorio, en los primeros, idealización futurizante del espacio, en los segundos. Lo que Padín no olvida, es que esta elevación edénica de la geografía a Tierra Prometida y Paraíso, se hizo a costa de los vencidos, que en adelante fueron racializados e inferiorizados. Mientras la geografía se nimbaba de promisión, en la realidad, los nativos americanos que la habitaban, fueron rebajados a barbarie. La afirmación del U-topos desiderativo tuvo como contraparte la negación del topos vivido.

Pero el romántico Sarmiento, con todo lo que debía a una filosofía de la historia hegeliana pasada por el cedazo francés del divulgador Víctor Cousin, no fue un mero repetidor de un esquema eurocéntrico. Porque una cosa es decir que Sarmiento incorporó una narrativa universalista construida desde el logos colonial de la modernidad capitalista occidental –lo que sin duda es así-, y otra muy distinta no reconocer en Sarmiento ninguna aportación original, reduciéndolo a una copia periférica de las fuentes europeas centrales, para peor, ejecutor operativo del Logos imperial. Luis Padin no comete nunca este error, sencillamente porque es un lector atento y minucioso de las fuentes locales del siglo XIX, que podemos llamar todavía, textos argentinos. Su crítica poscolonial no lo obnubila frente a la singularidad creadora de la escritura letrada de Sarmiento, aun portadora de la violencia legitimadora de las élites liberales que declararon la “guerra justa” a la barbarie. Es una característica de este libro la crítica a Sarmiento, sin perder dimensión de la potencia histórica de su obra, ni de la relevancia ideativa y conceptual de su retórica de agitación. Y menos de sus contradicciones, que brotan no ya meramente de su personalidad arrebatadora e imaginera, sino de la matriz agonal de la época –guerra civil, expansión armada del Estado nacional hacia las fronteras internas, aniquilación de los últimos caudillos federales, etc.- de la que fue testigo y agente, lector y escritor, denunciante y gobernante. Pero si hablamos de contradicción y conflicto, entonces pisamos de nuevo el suelo de la dialéctica.

En el caso de Sarmiento, ésta se expresa, decíamos, como una filosofía de la historia. Padín muestra que en la metanarriva sarmientin, la representación del conflicto entendido como motor de la historia, y en consecuencia, de las formas de la guerra como lucha de ideas orientada por el progreso universal de la humanidad, refleja la posición central de Sarmiento en su concepción romántica de la temporalidad moderna, que se completa con su visión iluminista, “progresista”. Aquí la meta del sentido de la historia, su teleología redentora y providencial, dirige la razón hacia la perfectibilidad del género humano, orientada por la civilización, entendida en su última ratio como la implantación de Europa en América.

Padín exhibe que la tensión sarmientina entre topía y distopía o utopía desmentida, escéptica, amarga, defraudada, acontece entre dos textos, emergentes a su vez de dos contextos histórico-políticos precisos. El texto utópico es Argirópolis (1850), y el texto amargo es Conflicto y armonías de las razas en América (1883). En el primero, todavía gobierna Rosas y lo redacta el proscripto. El segundo ya comprende el surgimiento del orden roquista, y al escritor que fue Presidente de la República.

En la lectura que propone Padín de Argirópolis, destaca su apreciación de una serie de rasgos positivos presentes en el discurso de Sarmiento. Éste sugería crear un bloque de naciones sureñas con una constitución federativa y una sede epicéntrica en la Isla Martín García. Una Polis integracionista sudamericana ubicada equidistantemente en el Río de la Plata: “Argirópolis”. Asistimos así a un Sarmiento antiimperialista, liberal-nacionalista a la vez que continentalista, propiciador de la “Patria Grande”. En su análisis genealógico de la posición filosófica subyacente en Argirópolis, Padín revela que Sarmiento pone en juego el realismo de Maquiavelo con el utopismo de Moro. Es un escrito de intervención contra Rosas, que en este sentido está en la estela del Facundo. Pero también es una declaración de guerra contra Francia, potencia ocupante por entonces de la Isla Martín García.

El viejo Sarmiento era un luchador desencantado. No de sí mismo, sino del país que quiso inventar, yendo del mito de Facundo a su “segundo Facundo”, el fatalista Conflicto y armonías. Creo no equivocarme al señalar que buena parte de la contribución de Padín al estado de la discusión bibliográfica en torno a Sarmiento, estriba en su penetrante hermenéutica de este gran libro de Sarmiento. En vez de declararlo ilegible y desde ya condenable, Padín emprende una interpretación profunda y sutil, donde despliega sus habilidades filológicas en el trato directo con las fuentes y reconstruye tramo a tramo las obsesiones del escritor político en el ocaso de su vida.

El diagnóstico pesimista presente en la sociología racialista del viejo Sarmiento, ya no explica el “mal” de la Argentina por su extensión, sino por su composición étnica. Este giro racial es decisivo en el tono melancólico de la obra. Pues Sarmiento sostiene ahora que el origen del mal se encuentra en un plano de profundidad orgánico, producto de la mezcla racial, del mestizaje. El biologismo social de Sarmiento arguye la férrea necesidad de la diferencia entre razas superiores y razas inferiores. La fatídica mixtura entre flujos sanguíneos de españoles, indígenas y negros, funciona como clave explicativa de las calamidades políticas criollas. Sólo una élite blanca y culta, sin mezcla de razas, estaría en condiciones de asumirse como grupo dirigente de los destinos de la mayoría de una población funestamente mestiza. El proyecto de la homogenización racial blanquizante supone la creación utópica de “los Estados Unidos de América del Sur”, única garantía del progreso argentino. Las consecuencias de estas tesis en la generación de los positivistas argentinos, en particular de Carlos Octavio Bunge y Agustín Álvarez, no se harán esperar en sus implicancias racistas y elitistas, y sobre todo, pesimistas, asignando un destino de subordinación de las masas cívicas de la nación, a las que considerarán patológicamente degenerativas.

Padín nos dice que la distopía se presenta en Sarmiento como el fracaso del programa de organización nacional planteado en términos de civilización, que como tal sigue considerando el único proyecto legítimo. Por lo tanto, esta distopía etno-bio-política, no se expresa sin más como una anti-utopía, sino más bien como reacción ante una utopía incompleta, o sesa, como desánimo y profecía invertida frente a su promesa incumplida. Esto quiere decir que Conflicto y armonías prefigura ya la teoría de la Argentina como nación imposible y destino de crisis, país decadente a la vez que potencia frustrada. El viejo Sarmiento muere intuyendo las futuras calamidades que harán el estropicio de las promesas argentinas.

Una vez más, Padín muestra con nitidez que el anciano estadista encuentra en la historia argentina un fondo racial defectuoso y anómalo, sobre el cual se levantan los cimientos endebles, frágiles, de una nación enferma. Ello tornará imposible homologar América del Sur con América del Norte, la potencia que se avecina. El anciano Sarmiento suma a su muerte el dolor de percibir que la Argentina malogra su destino de potencia sureña. Darwin no estaba de nuestro lado. Pero Sarmiento se lleva a la tumba algo más. La pregunta sin respuesta: ¿qué somos los argentinos? Todavía hay algo así como un género de literatura de ideas, el “ensayo de interpretación”, que tiene en esa interrogación una de sus fuentes de inspiración. Cuando la pregunta no merezca ya ser contestada por nadie, entonces sabremos que Sarmiento ha muerto.

Quisiera terminar con una imagen, que nos deja Padín al final de su libro. Éste califica a Sarmiento como una suerte de “demiurgo laico”. Me parece una gran metáfora. Padín nos convoca a superar los binarismos excluyentes, y a devolverles su voz y enunciación –la legitimidad democrática de sus discursos- a las víctimas del Estado civilizador. Esa máquina gubernamental que se instituyó, en las negras jornadas de la historia nacional, en un Ángel de la muerte, en un Leviatán del extermino. Entretanto, Sarmiento es un conjunto de textos. Ignoro si el destino de esta nación ha de tener impreso todavía su grafía. No me desagrada la idea, sin embargo, de habitar un país que imagine un futuro ya sin víctimas, empeñado en desatar sus energías creadoras, todavía, como invenciones de un demiurgo laico. Con la espada envainada, pero todavía con la palabra imprecadora. Una escritura que porte promesas no ya de “civilización” –lo sabemos demasiado bien-, pero sí al menos -entre expiaciones de reparación y actos de justicia- de liberación de Nuestra América. Y si esto fuera posible –además de merecido-, de salvación de la Argentina, siquiera en los últimos jirones de su nombre.

Reseña del libro La Filosofía Biopolítica de Saúl Taborda de Carlos A Casali


Como el ser, el Sur se dice de muchas maneras. Saúl Taborda (1885-1944) sabía que Facundo se evocaba bajo múltiples nombres. Ese rostro multiforme que llamamos “la Argentina” y “América Latina”, es también una potencia que persevera en nominarse bajo múltiples signos. Desde una polifonía de nombres. Los proferidos en las voces de sus pensadores, sin ser siempre los que más inmediatamente flexionan las matrices imaginarias de su temporalidad política, se suelen oír en el rumor más hondo de las aguas revueltas que arrastra la historia nacional en su drama de esperanzas y acechanzas, aventuras y debates, promesas y combates, utopías y tragedias.

El itinerario temático que traza Carlos Casali en su exhaustiva y medulosa investigación, nos permite asistir a una biografía intelectual a la que no se la priva de ser revisitada, y -lo que es determinante- reconfigurada, desde un horizonte filosófico contemporáneo. De ahí que la operación de lectura de Carlos Casali no se limite a la mera auscultación erudita de una vida filosófica, sino que esfuerza en formular hipótesis sustantivas y por cierto creativas de lectura.

Una filosofía en situación no puede dejar de ser una filosofía de la vida. Una filosofía biopolítica, precisará Carlos Casali, mediante una torsión creadora del archivo filosófico argentino con uno de los paradigmas teóricos más pujantes de la actualidad. Por eso creemos que el libro de Carlos Casali renueva lengua filosófica argentina. La suya es una voz de pensamiento que presenta una contaminación productiva. Yo diría, un poco con Rodolfo Kusch, que el “estar-en” de la instalación filosófica de Carlos Casali, supone un mestizaje conceptual poderoso. Se ha prestado gozosamente al juego de una seducción biopolítica de la barbarie. Entonces quedamos en presencia de un Facundo biopolítico, hibridado de lexicologías conceptuales consagradas por el clima intelectual contemporáneo, que a su vez procura dar con la cifra de cierta “armonía convival” con aquella retórica de emancipación heredada del vitalismo anarco-nacionalista de Saúl Taborda. Pero como dice Carlos, no hay un Taborda, sino varios.

El libro La filosofía biopolítica de Saúl Taborda nos propone un diálogo con la tradición emancipatoria del “ideario argentino”, solicitado en un cuerpo categorial del presente, que ha de flexionarse semánticamente hasta el espacio histórico que todavía conocemos como la ciudad de Córdoba. En su libro, también Carlos Casali supo declinar uno de los múltiples verbos profanos que habitan el pathos libertario de la filosofía argentina y latinoamericana. Si el resto es erudición, lo que persevera en una comunalidad de textos es la esperanza.

En mi comentario, quisiera detenerme en el momento “facúndico” del libro, donde aparece el ajuste de cuentas de Taborda con Sarmiento. A la mirada fina del lector filosófico que es Carlos Casali, no pasó desaperciba precisamente una figuración de la historia decisiva en la comprensión de la temporalidad desarrollada por Taborda. El episodio de Barranca Yaco aparece, irrumpe como un enigma de la historia. Se trata del tema de la vida falsificada y su secreto, reconstruido pacientemente por Carlos entre las páginas 254 y 263 del libro.

Allí Carlos nos explica que para Taborda, es necesario establecer una diferenciación entre el concepto inmanente y vertical de la historia, y el concepto de la historia horizontal, ligado a la ilusión del progreso. Sólo la historia vertical es historicidad viviente, mientras que la historia horizontal es mera cronología. Por ello es que Taborda encuentra la clave del enigma Barranca Yaco en su particular interpretación de la “voluntad de Mayo”. Ya que la muerte trágica y heroica de Facundo, lo mismo que la Revolución de Mayo, no es un acto inaugural que rompe la continuidad del tiempo histórico, sino un acontecimiento que resignifica el sentido de esa continuidad histórica. Se trata de la “autodeterminación de las comunidades existentes en la demarcación territorial llamada Argentina”, escribía Taborda en 1935, en la Revista Facundo, en el Centenario de la muerte del caudillo riojano.

En su lectura de esta fuente, Carlos descifra una singular dialéctica, que atraviesa el razonamiento tabordiano. Es que la “voluntad de Mayo”, como todo fenómeno político, se nutre de amor y fuerza. Por lo que si el sentido auténtico del acontecimiento de Mayo se encuentra en las fuerzas autoafirmativas de las comunidades preexistentes, luego surgen fuerzas extrañas que la alienan. La extrañeza de estas fuerzas procede del hecho de que no son nuestras y por tanto desconocidas. Esta extrañeza se apodera de nuestra autocomprensión histórica y la falsifica. Son fuerzas extrañas que se apoderan del sentido vertical de la historia –del destino argentino comunal- y desfiguran su horizonte regulativo. En síntesis, la imagen de la “historia vertical” es la metáfora que reúne en su seno la crítica de la democracia liberal y la contra-narrativa revisionista de la historia nacional. Entonces se plantea la disputa frontal de Taborda con Sarmiento. De lo que Taborda llamó

Carlos Casali expone que para Taborda, Sarmiento comprendió el significado comunal del caudillismo, su secreto, pero que lo traicionó en nombre del proyecto liberal occidentalista y de una pedagogía utilitarista, hoy diríamos, “instrumental”. El sanjuanino Sarmiento intuyó el sentido vertical, es decir, comunitario-caudillesco-místico-americano de la democracia, pero pretendió conjurarla a favor del centralismo porteño, liberal, imperial y mercantilista. Carlos advierte lúcidamente que aquí es la propia vida la que se niega a sí misma, a través de un proceso de contradicción interna que Nietzsche había descripto en términos de nihilismo. Revertir ese nihilismo requiere una nueva pedagogía, un nuevo ideal educativo moral y político, centrado en la personalidad integral y en la tradición espiritual del “genio nativo”. Se trata del “ideal formativo” facúndico, como horizonte pedagógico orientado por el nacionalismo y la ideoneidad. Carlos afirma que la filosofía vitalista de Taborda asume un formato más claramente biopolítico cuando sostiene que estima la vida por su fondo militante y heroico. Este sesgo biopolítico del vitalismo tabordiano queda todavía más explícito cuando aquella tarea problemática que se plantea la pedagogía de incorporar al espíritu objetivo la unidad biológica que se lo ofrece en el niño, es puesta en relación con el momento teleológico y normativo que llama “ideal”.

Otro aporte sustantivo del libro es demostrar que los presupuestos anarquistas del joven Taborda, reformista y libertario, se mantienen a lo largo de toda su trayectoria intelectual como una fuente de crítica recurrente del centralismo de la decisión política en manos del Estado soberano, y como una crítica de su condición de posibilidad, esto es, la sociedad civil que atomiza y desorganiza la voluntad popular. También Taborda persevera en la idea de que hay una nacionalidad preexisten al Estado que constituye la base de la vida comunitaria y su horizonte de sentido. Esta perspectiva no se limita a denunciar la opresión estatal, sino que extiende esta denuncia hacia la naturaleza misma de la sociedad civil que yace como presupuesto del orden estatal.

Carlos toma de Deleuze la idea de la vida como “inmanencia absoluta”, para leer el acontecimiento del enigma facúndico, pues Taborda invierte a Sarmiento atribuyendo a Barranca Yaco el simbolismo de un campo trascendental de singularidad histórica. Pero Carlos abreva en Roberto Espósito para plantear desde el “dispositivo inmunitario” el problema tabordiano de un modelo biopolítico de protección de la vida, en tensión de amor y fuerza, autonomía individual y armonía comunal. Se trata pues de comprender el pensamiento de Taborda en su ambigüedad productiva, en la complejidad de sus tensiones internas, en la trama irresuelta de su flujo a la vez racional e irracional de ideas. Por ello el libro culmina con la mirada de Taborda sobre el problema de la Nación. Carlos concluye que si el nuevo tiempo histórico pertenecerá a las naciones, ello será en una dinámica de signos tanto afirmativos como negativos, impulsados por el eros vital. Entonces no se podrá conjurar la diferencia. La nación es un flujo potente de diferencias, tanto como una afirmación expansiva de la vida en la multiplicidad de sus formas. Entonces cerramos este libro habiendo entendido algo más de eso que todavía llamamos la Argentina y Nuestra América, y nominando con nuevos nombres y personajes conceptuales, una perseverante esperanza. Muchas gracias.

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