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De pasiones metafísicas y éticas

por Gerardo Oviedo
 

Notas sobre Marisa Muñoz, Macedonio Fernández Filósofo. El sujeto, la experiencia y el amor, (Prólogo de Arturo Roig), Buenos Aires, Corregidor, 2013, 347 págs.


Quisiera comenzar la presentación de este libro con una pregunta que me asola desde que culminé su lectura. Una filósofa, para colmo argentina, que se interroga por la metafísica de la pasión y, sobre todo, por el misterio altruístico de la experiencia amorosa, ¿no es como una Antígona que pugna, ante el Creonte de la universidad normalizada, por dar cumplimiento a un conato vital originario que, de no ser por su entrega sacrificial, quedaría expuesto a los picotazos de los cuervos, esto es, a las lógicas del Nomos de la institución académica? Con menos palabras: ¿no es la filosofía del amor en la Argentina, como la misma Argentina, como el mismo amor y finalmente como la misma filosofía, una experiencia trágica? Entonces una pregunta operativa: ¿cómo es posible pensar y escribir sobre ello? Quiero decir, ¿cómo es que alguien se atreve a ello, entramando palabras que tantos destinos del mundo se empeñan en desgarrar, desarticular y liquidar: amor, filosofía, Argentina, América Latina? Pensar y escribir desde la emergencia del Sur. Es bello enunciarlo. Pero para concretarlo y activarlo –volverlo texto y experiencia, escritura y efectos- se requiere la entereza amorosa y la fuerza moral de una Antígona de las ideas. Y acá tenemos entonces un texto de la escritura filosófica emergente latinoamericana, titulado Macedonio Fernández Filósofo. El sujeto, la experiencia y el amor.

El murmullo de corrientes profundas que lleva la escritura filosófica de Marisa Muñoz, cuando fluye a borbotones de sus napas metafísicas, se diría que desata un delicado escándalo. Sus páginas conmueven por la radicalidad de un gesto meditativo que va mucho más allá de la arquitectónica argumentativa de una investigación, y revelan una areté inaudita. No aristocrática, patriarcal y dominante, precisamente, sino igualitarista, femenina y solidaria. Una areté de la resistencia cultural del Sur. ¿No es que una intelectual local del siglo XXI, que teoriza sobre el amor en nombre de la filosofía argentina (parece que siempre hablamos de mujeres), tiene algo de heroína desobediente, de Antígona de la emergencia sureña? Y no dejamos de notar que en semejante proyecto intelectual, Marisa Muñoz nos hace partícipes de las claves fundamentales de la obra macedoniana, permitiéndonos filosofar junto con ella. Su tesis tiene la rara virtud de transmitir un legado reapropiándolo, resignificándolo. Transmite todo el tiempo el mérito de exhibir un filosofar heredado, no glosándolo exteriormente, sino pensándolo y re-pensándolo internamente.

Quiero decir, Marisa Muñoz –lo sabemos pero vale la pena pronunciarlo en voz alta- no es meramente una “especialista” en Macedonio, una erudita que viene a aportar una mirada genealógica y metafísica. Su aporte va mucho más allá, puesto que en su investigación escuchamos modular con voz propia una posición filosófica ante el mundo, abierta y en tensión, que tiene por vehículo una exégesis antropofágica de los textos de Macedonio. En un primer plano de lectura tenemos, pues, el desenvolvimiento de un nudo de temas que trazan, progresivamente, la trayectoria integral de una vida filosófica.

Pero en un segundo plano de lectura, asistimos a las obsesiones filosóficas de una pensadora que se quiere hacer comprender en una prosa a la vez austera e intensa, despojada al tiempo que sutil. La de Marisa es una poética de ideas que no se resiente de alardes técnicos ni precisa legitimarse en una jerga de moda, y a la vez, que no cede hondura reflexiva, precisión categorial y solidez expositiva en su exploración de una semántica conceptual renovada para la lengua filosófica argentina. El libro alcanza una phrónesis inusitada entre la reveladora exploración de archivo, la cuidadosa reconstrucción analítica y el cristalino discurrir del estilo. Por separado (manejo de fuentes y clima intelectual de época, análisis hermenéutico de conceptos y categorías, coherencia argumentativa y riqueza interpretativa) son cualidades frecuentes en la producción filosófica, crítico-cultural e historiográfica local. Todas juntas y en equilibrio de tensiones, menos. Eso es un logro digno de nota. Diría más: es una enseñanza que apareja el estilo de investigación y reflexión de Marisa Muñoz. De modo que también estamos un documento de ética intelectual, cuyo drama de estilo se dirime en un pathos de la moralidad del pensamiento.

Alcanzo a ver que en ello se respira el legado viviente de Arturo Roig. Su palabra emergente y su programa latinoamericano se oyen latir en la sístole y la diástole de la letra de Marisa. Pero respirar no es lo mismo que vociferar. Lo que equivale a decir que su maestro no se declama, ni se redunda, y mucho menos se ritualiza, sino que se reconfigura y repotencia en la creación de nuevos personajes conceptuales e invenciones teóricas. Con lo que el prólogo de Arturo Roig no funciona tanto como una presentación del tema, sino como el anuncio de una nueva voz filosófica, asentada en su alteridad productiva, en el reconocimiento de su propia voz. Para la cual, la guía del maestro Roig, de un lado, y la plataforma del objeto-Macedonio, del otro, resultan claves de acceso y cartografías orientadoras que nos conducen, finalmente, al camino –que está en la plenitud de su andar y de abrir surcos- del vibrante y sensible “almismo” filosófico de Marisa Muñoz.

En el caso de Macedonio, no es precisamente indiferente que nos sea presentado como un pensador des-colocado. Marisa aprecia que Macedonio no se considera un “gentleman escritor”, si esto denotara el carácter de un intelectual anacrónico y ajeno a las nuevas reglas de la profesionalización cultural que se van imponiendo en la circulación de los bienes simbólicos, por lo menos desde el primer cuarto del siglo XX en la Argentina. La desconfianza de Macedonio con respecto al saber erudito y la filosofía universitaria, lo ubica más como un intelectual crítico y descentrado respecto a las nuevas formas institucionales. El prisma de lectura que practica Marisa de los escritos macedonianos de fines del siglo XIX, nos permite detectar que el saber no es escindido de la moralidad. La ética crítica de Macedonio interpela por igual a las políticas del Estado y a las políticas de las Universidades. Hay que decir que Macedonio no escamoteó esta falencia respecto a la por entonces pujante Universidad de Buenos Aires, ya en trance de proyectarse hegemónicamente en sede de legitimación cultural a nivel nacional. Macedonio apunta contra los “catedráticos” carentes de interés por la vida práctica y las cuestiones sociales. Su trayectoria intelectual seguirá al margen de las universidades y del saber académico, que transitará por otros nombres, como por ejemplo Alejandro Korn. El caso es que el reconocimiento que hace Macedonio de la presencia del anarquismo y del socialismo, y la nueva pedagogía moral y estética que postulan, era propuesto para la universidad tanto como para el Estado. Marisa indica que Macedonio introduce aquí una inversión en torno a los destinatarios de la nueva pedagogía transformadora. Porque estima que las nuevas terapéuticas sociales deben aplicarse especialmente a las clases gobernantes y a los “catedráticos”. Con esta operación denuncia las políticas públicas y las políticas universitarias, acompañado de cerca por José Ingenieros.

Demás está señalar la actualidad de las críticas de Macedonio. Cuando menos desde la lógica de las instituciones del saber, esa aventura intelectual-poético-ético-política llamada “filosofía argentina”, no está colocada mucho más al centro que en la época de las denuncias de Macedonio. El libro de Marisa es testimonio de un des-colocarse crítico que, sin ser marginal a la universidad, sino interviniendo en su espacio –como muchos de nosotros, si pensamos en el proceso de academización de la cultura argentina como una inflexión secular, quiero decir, como el horizonte epocal de secularización en el que somos co-partícipes-, decía, Marisa desmonta internamente lógicas hétero-centradas –por no decir, francamente eurocéntricas- de reproducción del saber filosófico. Pero el libro dice y activa mucho más.

Ahora déjenme ir un instante a Sófocles. Al comenzar la célebre tragedia, Ismene, hermana de Antígona, la previene en forma de reproche con esta sentencia, que Arturo Roig ligaría el orden de la eticidad: “No es conveniente perseguir desde el principio lo imposible”. A lo que Antígona le responde, con una lógica que sale no del Nomos, sino de la Physis y de la moralidad primaria de la emergencia: “… deja que yo y la locura, que es sólo mía, corramos este peligro”. Si reemplazamos figurativamente la locura por la filosofía, y a Antígona por una pensadora argentina, y le imprimimos a este al diálogo metafórico un clinamen o desviación sureña, podría transfigurarse más o menos del siguiente modo. La Academia dictamina: “no es conveniente en una investigación perseguir desde el principio lo imposible”: por ejemplo, una “filosofía argentina”. Y la pensadora local Marisa Muñoz le responde: “deja que yo y la filosofía, que no es sólo mía sino de Macedonio y de la Argentina, corramos este peligro”.

Pues este lector aprecia que Marisa Muñoz estaba dispuesta a afrontar un peligro en su investigación filosófica; quiero decir, de su aventura filosófica. Y para ello necesitó de segura compañía: Macedonio Fernández en el tema, Arturo Roig en la orientación, y a la vera, colegas, amigos y desde ya sus afectos íntimos. Ese peligro concierne al riesgo, por ejemplo, de pensar el amor, que se dice de todas las maneras posibles y a la vez de ninguna. El amor puede revestirse de innumerables nombres, de palabras infinitamente combinadas, y sin embargo, ser en sí lo indecidible, lo indiscernible, lo genérico y lo innombrable, para decirlo con los cuatro registros que ve Badiou en las condiciones del acto filosófico. Badiou pensaba primero en la verdad. Pero Marisa Muñoz nos abisma, ya no en un suelo de invariantes y definiciones, sino ante un magma de sensaciones y energías, afecciones y cuerpos. Se diría que su libro nos pide que lo leamos mirándolo a los ojos. Eso sí que es una condición corporal de posibilidad de la verdad. Mirar a los ojos la filosofía del amor. Es más fácil quedarse con Badiou y sus definiciones more geométrico.

La dificultad del tema no arredró a nuestra filósofa. Su reflexión nos pone de frente ante esa facticidad existencial última que, una vez que acontece en el ente que habla, trabaja, goza, sufre y juega, nos trastorna: modifica, metamorfosea. El amor, decíamos. Aun en sus temblores transitorios o en sus lanzamientos centrífugos. No habrá perseverancia en el ser más amenazada de finitud dentro del lapso que nos permite el ente-para-la-muerte. Sobre este problema de problemas, el resultado de la investigación pertenece enteramente al riesgo filosófico asumido por nuestra Antígona mendocina. Quiero ser más preciso. Sucede que en el libro, lo que está en juego no es ésta u otra teoría del yo, y de su remate en una mística metafísica del amor, según creo percibir. Lo que se pone en escena en el libro de Marisa Muñoz, llego a advertir, es el concepto mismo de la Filosofía. ¿Qué filosofía hacemos en esta parte del mundo?

Decir que tiene el cometido de las grandes preguntas es todavía ampararse en el canon occidental, del Nomos de la Academia. Plantear que una de esas preguntas humanamente radicales concierne al amor, y que ha de ser respondida desde el archivo de la filosofía argentina, insisto, es correrse de la inteligibilidad diurna de Platón, y quedar a merced de la intemperie nocturnal de Sófocles. Yo creo, modestamente, que ese es un gesto que está a la altura de la filosofía argentina practicada por Macedonio. Qué sea esta invención de la “filosofía argentina” –aun a resguardo de presentarse como una historiografía crítica de las ideas y como una genealogía de conceptos y filosofemas-, por supuesto, es parte del juego, del pólemos de las interrogaciones y obsesiones, y el conatus de las perseverancias en el ser.

En el amor también se juega la condición de la filosofía, nos permite comprender Marisa. Permítaseme aducir en favor de esta impresión, las postrimerías de la investigación, que lleva para mí no sólo al desenvolvimiento de un conjunto de inferencias deductivas, sino al clímax dramático de una pasión de pensamiento en el acontecer mismo de la experiencia hermenéutica macedoniana. Me refiero al capítulo sexto, titulado “el momento del amor”. Es también el momento en que Marisa procura articular la filosofía vivida-concebida de Macedonio, con el núcleo creativo que aporta vitalmente su obra. Esto requiere un deslinde conceptual previo entre amor y pasión. No voy a interponer mis comentarios entre las finas distinciones que va urdiendo Marisa a través de su análisis categorial. Bástenos dejar constancia del énfasis relacional, vincular, intersubjetivo, de inescindible apertura al otro y por el otro, que asume la representación amorosa en Macedonio. En su “impensar-mucho”, el amor opera como consumación encarnada del filosofar, no como objeto exterior e indiferente, que se le presentara como un tema entre otros. El amor es la raíz de todas las cuestiones, si como se figuraba el joven Marx, en el hombre la raíz es el sujeto mismo, mujer o varón. Marisa nos permite ver que el amor es el conatus de la filosofía macedoniana, pero que es también su coronación sublime y su plenitud sentida. No corolario deductivo, sino epifanía desatada. No resultado lógico, sino apoteosis existencial. No completud fría, sino donación dolorosa. Como advierte Marisa, si la performatividad del texto apela más al pathos que al logos, esta pragmática afectiva, esta retórica pasional, equivale, en la escritura de Macedonio, a la fuerza constituyente misma de la voz filosófica, con y más allá de su sintaxis conceptual. Se potencia el todo amante en el todo pensante. Se realiza el todo pensador en el todo amante.

Lo decisivo aquí, nos muestra Marisa, es que Macedonio Fernández se ubica en aquella concepción del amor en la cual el amor es algo que no anula la individualidad de los amantes, pues implica reciprocidad. Ya la pasión es para Macedonio un amor entre iguales. Por ello concibe el amor como interacción de individuos que se unen, pero no se funden. La pasión amorosa de los yoes se realiza en una Altruística. Y es en esta altruística que se dirime la dimensión ética del amor. El amor apunta a un ideal de vida, más allá del mero vivir longevístico, automático, abstracto y sin sentido. Pues para Macedonio, nos dice Marisa, parece ser que uno de los sentidos de inexistir es no vivir la vida en su plenitud. Pero el amor vivido como motivo total supone comienzos y recomienzos, presencias y ausencias, ciclos de muerte y renacimiento. Como la vida misma, en su pulsión de retorno, y en su paisaje claroscuro.

Marisa esgrime la tesis de que Museo de la novela de la Eterna es una gran utopía amorosa en torno a la constitución de un ethos o morada, a donde se reunirán finalmente los amantes. En la literatura metafísica de Macedonio, es posible comenzar a pensar en la amada, para terminar pensando el Ser. Pero se trata de un Ser pensado como amor y pasión, donde el clamor por el otro, hace estallar los límites de la representación misma del mundo, de la frontera entre arte y vida, de los confines donde su juntan filosofía y existencia. En ese extremo de las posibilidades del pensamiento, la amada anhelada ya no está ni como personaje ni como otro real. De este modo, la utopía amorosa basada en la búsqueda de la presencia de la amada, que ansía recobrar el Ser a través de vivir en la certeza de la Pasión, finalmente entra en crisis. En el punto máximo de la utopía amorosa, asistimos a un sino trágico.

Parte del género de la reseña es el derecho bien satisfecho de sí de poder formular una crítica. La crítica que tengo que hacerle al libro de Marisa no tiene nada de dictamen evaluador. Tampoco de reclamo, de demanda. Pero sí de sugerencia, pues se trata de una inspiración que su propio libro suscita. Es la necesidad de pensar radicalmente el acontecer de lo trágico. Porque el libro de Marisa Muñoz termina donde parece que termina la obra filosófica de Macedonio: en el “sino trágico” que escande o deja una muesca en la aureola de su utopía amorosa. Entonces yo digo que hay acá un proyecto filosófico en ciernes, del cual este libro es el primer pero fundamental paso. Sería un programa para la filosofía argentina contemporánea. Que consiste en seguir pensando la utopía y el amor, tal como enseñaron nuestros maestros, y tal como prosigue las hullas de sus maestros Marisa Muñoz, sin sustraernos al desamparo existencial de lo trágico. Porque de ahora en adelante habrá que explicar este problema del “sino trágico”, que en el libro de Marisa es anunciado, y como dejado en suspenso. No es un paréntesis ni un hiato: es una abertura, una fractura abismal, una invitación que hace el libro de Marisa a la aventura de pensar al filo de las cornisas.

Yo, de momento, alcanzo a divisar al menos un rasgo de este proyecto, como quien nota cierto gesto intransferible de un rostro. Veo que una filosofía trágica de la utopía amorosa no puede ser una tarea aislada, solipsista, sino una perseverancia altruística, pasional, comprometida y donadora. Una filosofía generosa hasta los extremos de la locura y la muerte, como enseñara Antígona. Tan fácil es decirlo como difícil hacerlo. Marisa indica un camino, un modo, un estilo posible de ese filosofar altruístico, que entrañaría la experiencia del amor fraterno en la esperanza sensible-vivida de una morada utópica, de una convivencia liberada y digna. Amor a la sabiduría y amistad filosófica declinarán los mismos verbos de la temporalidad esperanzada: anhelar, proyectar, utopizar. Una vida sin utopía amorosa no es ya propiamente vida. Utopizar, entonces, se conjuga también con amar. Si en estos verbos acecha el drama de la tragedia, será entonces que la tragedia concierne aquél tipo de destino que, cuando atropella de golpe a los hombres como un camello ciego, como decía Borges, vale la pena ser seriamente vivido, ¿no?

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