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Manuel Ugarte anduvo en los senderos del Ecuador (II)

por Por Daniel Kersffeld, especial para El Telégrafo
 

El político arribó en enero de 1913 convertido en un personaje de popularidad creciente y con evidente arraigo en las masas. Su objetivo, tendiente a lograr una América Latina unida y hermanada en contra del expansionismo de las grandes potencias, chocaba contra la dinámica de los gobiernos de la región.


El afamado escritor y político Manuel Ugarte visitó Ecuador como parte de su gira latinoamericana en denuncia al imperialismo estadounidense. Luego de recorrer Cuba, México, buena parte de los países de Centroamérica, Venezuela y Colombia, arribó al país en enero de 1913 convertido en un personaje de popularidad creciente y, como lo demostraban sus anteriores presentaciones, con un más que evidente arraigo en las masas. El dirigente argentino conquistaba a las multitudes no solo por su sorprendente capacidad oratoria, sino también por su habilidad por volver asequible un fenómeno realmente complejo como el imperialismo: de ahí su enorme impacto generado no solo entre los sectores cultos y letrados sino más aún entre obreros y trabajadores en general. Su objetivo, tendiente a lograr una América Latina unida y hermanada en contra del expansionismo de las grandes potencias, chocaba es cierto contra la dinámica en solitario asumida por los distintos gobiernos de la región, si bien esta política buscaba ser revertida por la presión ejercida desde las masas, en las que Ugarte buscaba una redención con un alcance realmente regional y fundamentada en la solidaridad y el hermanamiento.

Su llegada al país estuvo enmarcada en los debates en torno a la posibilidad de que los Estados Unidos le comprara a Ecuador las islas Galápagos para la instalación de una base militar. Esta medida iba en contra de la soberanía ecuatoriana pero al mismo tiempo implicaba una amenaza hacia aquellos países que como Perú o Colombia podrían sentir más cerca la presencia norteamericana en la región. Por cierto, las ambiciones expansionistas por parte de Washington sobre estas islas no era algo nuevo: las habían utilizado ya en el siglo XVIII como refugio y como centro de acopio para sus naves, y pretendían convertirlas en parte de su propio territorio a partir de mediados del siglo XIX, chocando en todo momento con la postura ecuatoriana, reconocida con justicia como tal por las otras naciones de la región. Sin embargo, las presiones habían ido en aumento, sobre todo, por el valor estratégico asumido por las islas desde la construcción del Canal de Panamá. En ese momento, ya con la desaparición física del general Eloy Alfaro, los Estados Unidos redoblaron su apuesta buscando sobornar al gobierno y a la clase política ecuatoriana. No casualmente, para el escritor argentino Ecuador se encontraba en lo que él llamaba el “Centro” de la región, junto con Perú, Bolivia, Paraguay, Colombia y Venezuela: un área de gran adelanto económico aunque trabada en parte por las discordias internas, con lo que solo podía ofrecer una débil resistencia frente al imperialismo y el neocolonialismo.

Con la muerte de Eloy Alfaro, EE.UU. buscó sobornar al gobierno y a la clase política ecuatorianaAsí, la aparición de Ugarte en Ecuador fue interpretada como una real complicación para quienes deseaban complacer las pretensiones de la potencia del norte, pero también fue vista como providencial para los amplios sectores que, por el contrario, tenían como único horizonte político la defensa de la soberanía ecuatoriana. De esto último dieron cuenta varios periódicos nacionales cuando referían el enorme impacto general causado por el visitante argentino. Así, el 16 de enero, El Grito del Pueblo Ecuatoriano afirmaba que “La presencia de Ugarte en América ha atraído todas las simpatías. Sus conferencias han tenido una grata resonancia y han producido un sacudimiento nervioso en el espíritu indolente de nuestros pueblos”. En tanto que ese mismo día El Guante señalaba que “Ugarte es una voz simbólica que se hace eco de todos los anhelos y de todas las ambiciones de las repúblicas sudamericanas”. Por último, en El Telégrafo del 20 de enero, se mencionaba que la visita del argentino “Fue un éxito, pero un éxito formidable, grandioso, estupendo. Pocas veces, quizá nunca, hemos escuchado una palabra tan cálida, tan enérgica, tan viril y razonadora como la del gran predicador de la unión para salvar a los pueblos de Suramérica”.

La actuación pública de Manuel Ugarte en Ecuador se centró en dos presentaciones: una realizada en Guayaquil en tanto que la otra en Quito. La primera tuvo lugar en el tradicional teatro Edén, ubicado en la avenida 9 de Octubre, entre las calles Chile y Chimborazo, y fue verdaderamente multitudinaria, con más de tres mil concurrentes. En la entrada de teatro se agolpó una gran muchedumbre que no pudo ingresar por falta de espacio y que se entusiasmaba con cada afirmación pronunciada por el político argentino. Concluido el acto, y según se refirió El Guante, “unas cuatro mil o cinco mil personas acompañaron al orador a su alojamiento”. Pese a su muy breve estancia, Manuel Ugarte conoció en Guayaquil a un amplio conjunto de hombres representativos de la política y las letras, como Ricardo Cornejo, Vicente Paz Ayora, Manuel de J. Calle, Luis F. Lazo, Virgilio Drouet, Aurelio Falconí, Emilio Gallegos del Campo, B. Taborga, Carlos Alberto Flores, Camilo Destruge, José Vicente Trujillo, Félix Valencia, César Arroyo y M. Romero Terán, entre muchos otros. Asimismo, participó de entusiastas invitaciones formuladas por clubes políticos, entidades superiores del ejército, centros de empleados y asociaciones estudiantiles.

Manuel Ugarte, convertido por unos días en la figura más popular del Ecuador, recibió incluso saludos y felicitaciones de distintas personalidades del país, desde políticos y literatos a empresarios y líderes obreros. Así, desde Cuenca recibió un telegrama de felicitación “por su generosa campaña en pro de los intereses e ideales de la raza latina en América”. Esta misiva fue firmada por destacados referentes de la sociedad cuencana como Honorato Vázquez. Remigio Crespo Toral, Rafael Arízaga, Alberto Muñoz Vernaza, Roberto Crespo Toral y Arcesio Pozo, algunos de ellos destacados por su colaboración, incluso en el rango de dirección o de edición, de periódicos como La Voz Obrera, El Tren y La Voz del Sur. También recibió el saludo de la Sociedad Jurídica Literaria a través de su presidente y fundador, Carlos Tovar Borgoño, por su “llegada al trozo de patria americana llamado Ecuador”, así como una congratulación del Consejo Municipal de la Ciudad de Guaranda por medio de una esquela con la rúbrica de su presidente, G. Camacho, y de los concejales, V. M. Arregui, Ángel M. López, Pablo R. León, G. D. Veintimilla y Luis del Pozo, entre otros. Por último, recibió un saludo de bienvenida por parte de J. M. Cabrera en su rol de presidente de la Sociedad de Artesanos “Luz al Obrero”, de Babahoyo, en el que se reconocía su “noble labor en pro de los países latinoamericanos durante la permanencia en la tierra de Olmedo y Rocafuerte”.

Lo mismo ocurriría luego en Quito, a donde Manuel Ugarte llegó “después de un viaje maravilloso por regiones agrestes y pintorescas que se escalonan hasta la cúspide de los Andes”. Según su mirada de viajero, Quito “es una ciudad agradable y cultísima, de aspecto severo, que retiene por la serenidad de su clima y el encanto de sus calles soleadas bajo el cielo azul”. Durante su corta permanencia esta ciudad tuvo oportunidad de “apreciar la vitalidad, el progreso y el patriotismo de esta capital que, erguida sobre las montañas, parece evocar en el encadenamiento de los Andes las cabalgatas gloriosas de Bolívar”. Su conferencia en la capital ecuatoriana se realizó ante un público entusiasta que, como algunos días antes había ocurrido también en Guayaquil, luego lo acompañó hasta el hotel en donde se alojaba. Confesaría luego, al abandonar el país, que se llevaba con él “el más grato recuerdo de la patria de Montalvo”.

Leonidas Plaza Gutiérrez, presidente ecuatoriano en su segundo mandato, había procurado enviarle a Manuel Ugarte un telegrama de salutación apenas el dirigente socialista pisó suelo ecuatoriano. Y de manera poco corriente a lo que hasta entonces había ocurrido en la campaña internacional, en este caso sí existió un breve encuentro con dicho gobernante. Posteriormente, el político visitante rememoraría que “El presidente del Ecuador era un hombre enérgico, pesado y cauteloso que orientó la conversación en el sentido habitual. Había leído libros míos; la Argentina progresaba mucho y el Ecuador se felicitaba de la visita del escritor. Largos años de vida en Europa y la costumbre de pesar el alcance de las palabras, me han dado suficiente prudencia en el diálogo para evitar la desafinación. El general Plaza no podía temer desatinados comentarios.

Sin embargo, cada vez que traté de hacer alusión a los problemas vitales de América, le encontré deseoso de abandonar el terreno para volver a asuntos menos difíciles. Ignoro el prestigio de que gozaba este político en su país, y he olvidado cuanto sobre él me refirieron los opositores, que siempre abundan en nuestras repúblicas; pero en las cosas de la política internacional, leyendo a través de sus silencios, me pareció muy lejos de dominar los horizontes. Más allá del movimiento de defensa local que le llevaba a estar con Chile y contra el Perú en el pleito del Pacífico, no le atraía ni le preocupaba nada”.

Con el entendimiento de que el problema de las Galápagos excedía con mucho la realidad ecuatoriana para convertirse en un problema mayúsculo de Nuestra América, Manuel Ugarte arribó a su siguiente destino, Lima, con el propósito de insistir en la gravedad de este asunto, aprovechando además las implicancias que también tendría para el Perú la presencia tan cercana de los Estados Unidos. De ahí que en su discurso pronunciado el 3 de mayo de 1913, en el Teatro Municipal de Lima, insistiera en que “La venta de Galápagos es un asunto que toca no solo a  Ecuador sino a toda la América Española, y es por eso que en nombre de la seguridad de todas nuestras repúblicas me creo autorizado para rogar a la juventud y al pueblo del Continente que proteste, llegado el caso, contra esa combinación inadmisible; que no tolere que se cometa ese crimen contra la seguridad común”.

Desde su situación particular como extranjero, como vocero privilegiado de la lucha antiimperialista y como un fiel defensor del latinoamericanismo a ultranza, Manuel Ugarte pudo asumir en Ecuador un liderazgo momentáneo aunque pocas veces visto, en el que la denuncia abierta contra la venta de las islas Galápagos fue un eje central de su combativo discurso. Nadie pudo permanecer ajeno a esta proclama, ni las masas desde ya, ni siquiera el propio presidente Leonidas Plaza: y allí estuvo el principal mérito de este delegado argentino, quien supo interpretar como pocos los verdaderos anhelos y reclamos sociales, por más que estos se suscitaran en los más distantes y diversos puntos de nuestra región.

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