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El juez de fútbol y el juicio ético

por Hugo Lovisolo, Ronaldo Helal
 



Señores referees,
El arbitraje requiere concentración, el control emocional, el control total de
las reglas del juego, buen condicionamiento físico, buen posicionamiento en el campo,
la firmeza en las decisiones y, sobre todo, la imparcialidad y el entusiasmo

Un buen Arbitraje significa sentir el juego para permitir su desarrollo
natural, interfiriendo sólo para el cumplimiento de las reglas y
sobre todo, de su espíritu.[1]


Introducción

En un trabajo anterior tomamos las exigencias y expectativas sobre los jueces del futbol para colocar una tensión central en las ciencias sociales: entre la determinación por la influencia (descriptiva) y la orientación por la autonomía (prescriptiva). Dicho de forma simples, aceptamos que somos producto de influencias sociales y culturales mediadas por la escuela, la familia y los círculos de sociabilidad y, al mismo tiempo, se nos exige que seamos autónomos, críticos, emancipados o que sigamos el proprio juicio. Sapere Aude, como alguna vez Kant popularizo y que seamos, especialmente, autónomos en el campo del juicio ético.

En este artículo concentremos nuestra atención sobre la decisión ética del juez, o sea, que es lo correcto, lo justo, lo cierto de hacer en su papel.

Retomemos antes, algunos tópicos de nuestra argumentación.

Una cuestión importante en el campo de fútbol dice respecto al papel de los referees en la dinámica del partido, “en su desarrollo natural" que en gran medida dependería de sentir el juego y de entusiasmarse para posibilitarlo. En términos más prácticos, el desarrollo natural parece que sólo es posible a través de la acción del referee, que debe interferir para que las reglas sean obedecidas, especialmente en su espíritu, sin distorsionar la dinámica apreciada por la comunidad de sus admiradores o sus audiencias, aun cuando la mayoría de ellos sea formada por hinchas fanáticos, con tendencias a distorsionar la apreciación ecuánime a favor de sus respectivos equipos. De cualquier modo, lo que estamos diciendo es que la regla no puede ser aplicada si no hay alguna interpretación o sentimiento de su espíritu que debe ser integrado en el sentir estético del partido pero, también, deben existir decisiones sobre los fundamentos éticos de la acción. La belleza y dinámica del juego dependen de la acción del juez durante su desarrollo.[2]

Entendidos del deporte[3] afirman que la conducta del referee puede tanto favorecer un partido limpio y espectacular (y eso tal vez signifique “desarrollo natural”) cómo su contrario, un partido sucio y monótono, considerado, a menudo, feo e/o injusto. El consenso es tan generalizado que el acuerdo sobre el papel, positivo o negativo, del referee en la dinámica del juego no está por lo tanto en debate. El papel positivo depende de capacidades (preparo físico, concentración, controle emocional, pleno dominio de las reglas, disciplina y frialdad para aplicarlas) y de actitudes como imparcialidad, apreciación y del entendimiento por medio del sentimiento entusiasmado del partido y del espíritu de las reglas. La virtud del juez, por lo tanto, es un resultado de un complejo de requisitos en tensión o no necesariamente convergentes.

Hay un significativo requisito que parece agregar consenso: el rendimiento del referee debe ser regulado por el valor de la imparcialidad. El referee es un juez cuyo silbato debe manifestar la imparcialidad, la justicia o la ecuanimidad de sus decisiones. El juez juzga y entonces gran parte del debate se concentra en cómo juzga: de forma justa o injusta. Un silbato apasionado es sinónimo de un mal referee. Un referee debe ser más spinozista (ecuánime) que nietzschiano (apasionado).[4] ¿Él debería ser un entusiasta de la imparcialidad o ecuanimidad?

A dirigentes, hinchas y periodistas, bajo diferentes miradas, les gusta discutir sobre la imparcialidad de referees singulares en eventos específicos. De hecho, ellos discuten si sus decisiones fueron parciales o imparciales, justas o injustas, ciertas o equivocas, o sea, si favorecieron a uno u otro equipo en el enfrentamiento. Las discusiones se basan en una epistemología de la mirada: el “referee vio o no vio”; “debería ter visto” o “no podía ver” hasta el cruel “no quiso ver”.[5] Así, el referee es, prima facie, un testigo ocular, pero, en él, se juntan el papel de testigo y juez. O sea, él concentra funciones o poderes que, en otras instancias (judiciaria, por ejemplo), podrían y deberían estar separados.

Hay una jerarquía de decisiones en relación con el grado de interferencia sobre el desarrollo natural del juego. La decisión de marcar un penal que no ocurrió, de dejar de marcar un offside que resulte en gol o de aplicar una tarjeta roja, con la consecuente expulsión, ocupan, entre otras, la cumbre de la jerarquía que cambiarían el desarrollo natural del partido. Marcar o dejar de marcar la salida de la pelota del campo en la intermediaria es una acción de jerarquía inferior, pues, afectaría menos el desarrollo natural del juego. Con otras palabras: el juez debe interferir para no modificar el desarrollo natural.

A veces, las discusiones se convierten en acciones y los jueces son golpeados, amenazados e insultados con lujo de detalles sobre sus familias y sus hábitos personales, sobre todo los morales y sexuales. Debemos tener en cuenta que los periodistas también terminan atrapados en la red de la exigencia de imparcialidad, justicia y equidad, con todo, no es esperado que los hinchas sean imparciales porque se supone que son profundamente emocionales. La emoción también puede influencia a los jugadores que empiezan a cuestionar, con gestos y palabras, la decisión del juez que, a menudo, se venga con una tarjeta amarilla de penalización. La reacción incontrolada del jugador, aunque criticada, es perdonada por dirigentes e hinchas, aun cuando se espera y se recomienda que el personal técnico ayude al atleta a controlar sus emociones.

La emoción controlada hace parte de la actuación deseada del jugador (y de la teoría de Norbert Elias sobre el deporte[6]) en la alianza de la condición física con la competencia técnica y la garra que, por su vez, tendría como motor la emoción. Sin embargo, no es una tarea fácil distinguir el acto influenciado por la emoción del descontrol corporal en el actuar: la falta intencional de la falta casual. La regla parece poseer una voluntad que debe ser descifrada en el calor del juego, en el instante que ocurre. Esa es una diferencia importante con el juez penal, por ejemplo, que puede leer y releer el proceso, pensar sobre casos similares, rever las argumentaciones de las partes, meditar sobre la regla y su espíritu, sobre las evidencias disponibles y acerca de su aplicación. El referee es un juez sin tiempo para reflexionar. Él juzga de forma inmediata.

De esta forma, la teoría subyacente asigna à la emoción la propiedad de parcialidad y acepta que en esta situación se ajusten los hinchas, aunque con restricciones, con demandas de auto-control sobre la violencia física, pero en ninguna hipótesis se acepta la decisión emotiva en los jueces.

El fútbol y la emoción

Todos están de acuerdo que el fútbol es emoción. Sin embargo, algunas importantes figuras deben estar en él sin emoción, ya que, en el estado emocional, ellas serían parciales. Un juez imparcial no debería tener emociones o debería tener un alto control o incluso un control absoluto sobre ella. A veces, el mismo argumento se aplica al periodista de quién exigimos imparcialidad que generalmente se entiende como información sobre los distintos puntos de vista del evento. Sin embargo, la supuesta imparcialidad o parcialidad del periodista tendrían poca influencia directa en el partido pues se ejerce en las márgenes del campo y del tiempo del juego.

En el caso de los jueces de fútbol esta conducta - imparcialidad y / o parcialidad - tendría, inexorablemente, una influencia directa en el resultado del partido.

Hacemos entonces una pregunta obvia que se debería investigar: ¿si el juez de fútbol es un amante del fútbol, ​​por qué eligió estar en el juego, poniendo afuera lo que en él es fundamental: el emocionarse, el hinchar por el equipo amado? Si él fútbol es emoción, de los dirigente a los hinchas, ¿como surge una función cuya virtud principal, significa tener un total control por ellas? El modelo del referee sería el famoso Sr. Spock del conocido seriado Star Trek?

¿Será que los aficionados del fútbol aceptarían un referee que declarara que considera "el partido de fútbol monótono y aburrido", que no le importa quién gane o pierde, que está en el campo sólo para aplicar el reglamento, que su actuación no puede hacer un juego aburrido, porque "él es así por esencia" y que es referee sólo para ganar dinero? Nunca escuchamos un referee con esas opiniones, aunque él tal vez pudiera ser el emblema del referee imparcial. ¿Pero él sería aceptado para arbitrar un juego? ¿Se aceptaría su competencia para evaluar el espíritu del juego? Parece que el referee debe ser uno de los de dentro, es decir, debe ser uno de los amantes o comprometidos con el fútbol y, al mismo tiempo, debe juzgar con imparcialidad que podría entenderse como objetividad. Se asigna a la filosofía o a la epistemología del positivismo la defensa de esos valores / actitudes en el proceso del conocimiento que están relacionados con la ecuanimidad, distanciamiento e imparcialidad.

La verdad es que se requiere que el referee colabore con la realización de un buen espectáculo de fútbol, que sea un buen conductor del enfrentamiento y la imparcialidad sería una condición central de la regencia correcta. La analogía con la regencia, sin embargo, no es valida. Del director de la orquestra no se requiere imparcialidad. Más aún, la buena regencia de la partitura se encuentra en otro eje: el de la creación o interpretación original que no necesita ser imparcial, justa o ecuánime. La regencia pude ser valorada aun cuando tuerce el espíritu convencionalmente reconocido de la obra. Habríamos, entonces, que buscar otra analogía: la del regente de la orquesta no es adecuada para el regente del juego de fútbol. Tenemos que reconocer que hay una contradicción entre el reconocimiento del lugar fundamental de la emoción en el fútbol y el requerimiento de la imparcialidad o no emoción del árbitro.


Señales de Importancia

El referee es tan importante que, en las trasmisiones de los partidos por televisión, por lo menos en Brasil y sobre todo en los juegos clásicos, casi siempre está presente un referee jubilado, generalmente con un pasado de buena reputación arbitral, que juzga la conducta parcial o imparcial de sus colegas en cada acto de su silbato y su regencia conjunta del partido. Los periodistas juzgan los movimientos más polémicos del partido a partir de imágenes de varias cameras, que están a su disposición en el set de televisión y de replayes en cámara lenta. Ellos juzgan los referees sin el clamor de la hincha y sin las presiones de los jugadores. Ellos juzgan estando dentro del acuario físico de las transmisiones actuales. O sea, juzgan en condiciones muy distintas que os referees que transpiran siguiendo los desplazamientos de los jugadores y de la pelota por el césped, que escuchan el clamor de las hinchadas y las exclamaciones de los atletas. O sea, el decir que un referee se equivocó o no desde la parafernalia de la tecnología de reproducción de los eventos significa aceptar que las condiciones de producción de sentidos no influyen en su actuación, y lo que es aún peor, significa contribuir con la imagen de que los referees serían dominantemente imparciales o se equivocarían en sus actuaciones. Aun cuando, en el resumen final, se haga elogios a su actuación, ¿será que eso borraría los comentarios hechos desde la parafernalia reproductora del evento?

Las discusiones acerca de la imparcialidad del referee señalan su conocimiento de las normas, su interpretación y aplicación, su manejo en el campo y muchas suposiciones acerca de lo que el vio o debería haber visto. Si uno de los ingredientes del fútbol es la polémica desde la plantilla del equipo hasta el resultado, una de las especiarías de un partido se convirtió en la discusión sobre el impacto del juez sobre el juego y, en particular, su imparcialidad o su parcialidad

Como telón de fondo o un lugar común, hay un reconocimiento general de que hay grandes dificultades para realizar un arbitraje correcto. La complejidad del juego, el número de jugadores y las reglas, su velocidad, el hecho que la pelota parece tener vida propia (pelota en la mano, por ejemplo), hacen parte de la complejidad. Más aún, se reconoce que, en el fútbol de hoy, el entrenamiento y los esquemas taticos llevaron el juego a una velocidad que tal vez no existiera en el pasado. Los cambios en la velocidad afectan nuestra capacidad de juzgar lo que ocurre, afectan nuestro “ver”. La frase trivial y siempre dicha "todo fue tan rápido que es difícil decir lo que pasó", testigua los efectos de la velocidad sobre los sentidos y el intelecto; la velocidad genera incertitud, perplejidad e ignorancia. La velocidad y la complejidad ponen en discusión la epistemología del ver, la mirada del testigo, en el partido de fútbol, y, como corolario, en la actuación imparcial del referee.


El poder del ver y el deber de arbitrar

La cuestión de la imparcialidad parece desarrollarse en dos subtemas: el poder y el deber de arbitrar con imparcialidad.

Los que discuten el tema del poder enfatizan las condiciones para su ejercicio y, habitualmente, sugieren medidas que aumenten las condiciones de un arbitraje imparcial, o sea, las capacidades del arbitraje. Así como es imposible poner 1.000 litros de agua en un tanque con una capacidad de 500, es imposible, – en el sentido de no lograr el éxito – el ejercicio de la capacidad de marcar siempre con imparcialidad un offside, principalmente en término de las posiciones de los jugadores, la distancia, tiempo y velocidad de la pelota en su efecto conjunto sobre la condición de “ver”. El aumento en el número de jueces colaboradores, la posibilidad del referee observar la grabación de lo ocurrido, la introducción de los sensores, entre otros recursos posibles, forman parte del arsenal de medidas propuestas para aumentar las condiciones o capacidades del poder de arbitrar.

Generalmente, los promotores de nuevas condiciones del poder del ver, del empoderamiento de las capacidades del juzgar, enfrentan el contra-argumento de que así el fútbol dejaría de ser aquello que es y que lo hizo el deporte más practicado y visto en el mundo. ¿Se podría decir que el poder del equívoco, perceptivo e intelectual, del referee, agrega emoción e incertitud a la dinámica del juego de fútbol? Si la incertidumbre sobre el resultado contribuye con la emoción del juego, podemos decir que el juez agrega una incertidumbre de segundo nivel o una meta incertidumbre. Incluso o ex-presidente de la FIFA, João Havelange, dijo, en entrevista al periodista Galvão Bueno, que fue transmitida en el canal “Sportv”, el día 28 de diciembre de 2009, que era “contra la tecnología en el fútbol, pues lo que da sentido al fútbol es el error del árbitro”. El error, entonces, participa en la generación de la emoción. En esa discusión, muchas veces se dice que “ni el referee ni el referee de línea vieron que la pelota entró”. Y, en ese “no ver”, el partido cambia de rumbo, se transforma en otro juego que, por veces, significa un nuevo comienzo, pues abre las puertas para nuevas alternativas. Muchas veces los atletas que piensan que la pelota entró usarán el cuerpo y las palabras para manifestar su rabia, su desesperación y su indignación. En aquel momento, ellos “verán” el evento que favorecería a su equipo. Ellos harán eso aunque más tarde puedan reconocer la dificultad real en “ver” si la pelota entró o no. La dificultad puede todavía ser grande aún en el replay de la jugada, que es transmitido y repasado llevando a las discusiones sin fin. Sin embargo, si interpretamos la expresión de Havelange en sentido estricto, habremos que reconocer que el equívoco participa de manera activa en la dinámica y emoción del fútbol. ¿Entonces, cuales son las razones para hacer hincapié acerca de la imparcialidad del referee?

El imaginario de una tecnología exacta e imparcial debería ser puesto entre comillas. Todas ellas operan con márgenes de error. Más aún, la supuesta imparcialidad de la tecnología, podría ser vista sólo como una convención, que reduce la incertitud y cierra el debate. Un ejemplo visible es el desafío del tenis, donde todos saben de la pelota declarada dentro o fuera por medio de milímetros que, posiblemente, son parte del margen de error de la tecnología de la imagen. Los tenistas aceptan la convención, aunque sus gestos, a menudo, indiquen que no creen en el resultado tecnológico del desafío. La convención permite que el partido siga, tal vez, porque la tecnología se equivoca aleatoriamente, jamás intencionalmente y por lo tanto la reacción emocional es bien menor a cuando se imputa el error a la intencionalidad o incompetencia del juez.

La imparcialidad, en otras ocasiones, se refiere al carácter moral o ético del ser imparcial dejando afuera el equívoco en el arbitraje provocado por el “ver” o “no ver”. Un referee movido por intereses o emociones predefinidas inclinaría la balanza de la justicia en favor de uno u otro equipo. A menudo, los administradores, entrenadores, jugadores y aficionados atribuyen un resultado desfavorable a las marcaciones parciales y contrarias hechas por el juez: “aquella falta no era para haber expulsado el jugador, era sólo para tarjeta amarilla”. Los opositores pueden invertir la fórmula y decir que el otro equipo le ganó porque el referee jugó a su favor, “marcando un penal que no existió”. O sea, la imparcialidad resulta de una actitud cuyas raíces son exploradas desde los hinchas a los periodistas. Se pasa, entonces, a sospechar de la honestidad del referee y el insulto “referee ladrón” o “referee comprado” agita el mundo centrado en el campo del fútbol. El referee se convierte en un criminal.

Sin embargo, un referee puede no haber sido comprado y, no obstante, haber sido influenciado.


La influencia: este don ambiguo

Las discusiones parecen indicar que existe un doble consenso: a) los referees deberían ser imparciales y b) hay una parcela de jueces que no son imparciales.

Si eliminamos la parcialidad como producto de la imposibilidad de juzgar en determinadas condiciones y de la falta de competencia para arbitrar los partidos --que podría ser superada gradualmente, mediante selección y capacitación adecuados-- aun así, la imparcialidad podría tener otras dos problemas: a) la compra del juez o b) la influencia sobre su motivación de factores variados y de difícil o imposible control.

La compra del referee es un delito que debe ser penalizado a partir de la observación y de procesos específicos. El Código Penal y la investigación policial deben ser utilizados en este caso.

Más interesante, para lo que argumentaremos adelante, es la parcialidad provocada pela influencia sobre el referee de la imagen del club, del poder de la hinchada, de los dirigentes y de los propios jugadores. ¿La “atmósfera” emotiva afectaría el juez (pre) condicionando su modo de ver y de juzgar? ¿E eso, sería justo o injusto? ¿E eso sería el centro o la esencial de la imparcialidad en el sentido estricto?

Creemos que llegamos a un punto neurálgico: ¿el referee es parcial cuando es influenciado por lo que, para sintetizar, llamaremos de “atmósfera”?

La categoría influencia se convirtió, al largo del tiempo, en una historia que todavía merece ser contada, en la denotación de un mal en la epidemiologia de las teorías políticas, de la cultura de las masas y de la publicidad. En la epidemiologia del crimen o de los delitos las influencias negativas tienen rol de destaque. El reconocer ser influenciado (por un político, por la televisión o por un escrito) significa enfrentar el riesgo de ser visto como carente de personalidad, de autonomía, de capacidad de reflexionar por sí mismo.

Platón criticó la influencia de los demagogos sobre el pueblo en asambleas.[7] Hubo retóricos que enfatizaron el valor de la retórica para defenderse de la influencia de los retóricos, imaginando que el saber sobre sus trucos discursivos permitiría huir de ellos, resistiendo a sus encantamientos.[8] Kant, en su famosa respuesta acerca del iluminismo, “Sapere Aude”, ordenó que cada un pensara por sí mismo. ¿Quería él decir sin ser influenciado por los otros? Entendimientos posteriores, que enfatizaron la autonomía de cada uno en el uso de la razón, fueron profundamente influenciados por la comprensión de Kant. O sea ¿Podemos interpretar que Kant nos ha influenciado para que resistamos a ser influenciados? ¿Cuáles son las razones para aceptarnos la influencia del estatuto superior de la autonomía y del comando de no nos dejar influenciar?

Las ciencias sociales comparten el axioma de que somos el resultado de las influencias, materiales y espirituales o simbólicas, que recebemos desde el nacimiento. El punto de vista sociológico, o el sociologismo, implica explicar las conductas por sus condicionamientos sociales, es decir, como decía Durkheim “lo social explica lo social”. El individuo, y el individualismo, para Durkheim, no sería un dato primario, mas resultado de la dinámica social o de las representaciones colectivas, o sea, mero constructo social. Si substituirnos “sociedad’ por “cultura” la ecuación no se modifica: el acto de “x” es condicionado por la “sociedad” o por la “cultura”.[9] Sin embargo, si pensar o actuar por sí mismo anularía la influencia, nos encontraríamos ante una contradicción: en el plano “del ser”, somos en función de las influencias, y, en el plan “del deber ser”, deberíamos controlar críticamente (iluministamente) sus fuerzas. Si llevarnos hasta sus últimas consecuencias el dictado contradictorio haría de cada uno de nosotros un animal no social, criaría una contradicción insoluble entre ser productos de la vida social y, simultáneamente, recusarnos a sus influencias en nombre del “pensar por sí mismo”. El preconcepto, que resulta de la influencia, es hoy criticado en nombre de valores dignos que se omiten pensar sobre su dimensión de preconcepto. O sea, corrientemente preconcepto es el valor del otro. Demos un ejemplo. Para Kant cada persona es una finalidad en si misma que merece ser tratada con dignidad, jamás como medio para la felicidad de otro. Así, una relación sexual basada en el consentimiento y que proporcione gran placer a los contratantes no sería ética, pues, cada uno funcionaria como medio o objeto para el placer del otro. Si consultamos a personas practicantes de ese tipo de relación, ellos podrían pensar que Kant apenas expresa e intenta fundamentar, de modo complejo e de difícil asimilación, sus propios preconceptos (tal vez el de o sexo como deber en el matrimonio). Afirmarían que no hay ninguna pérdida de dignidad en la relación sexual basada en el consentimiento y orientada por el placer recíproco. Más aun, podrían afirmar que en la relación cada uno debe dar placer al otro, que esto es un deber fundado en el valor de la reciprocidad: autonomía, por tanto, fundada en el deber de la reciprocidad del placer. En una perspectiva kantina, parecería que siempre estamos delante de un tratamiento antiético del otro, individual o colectivo, como un medio para nuestra felicidad. Aun cuando se respeten las reglas y los atletas sean regidos por el fair play, aun en este caso el otro es un medio para nuestra satisfacción: uno gana y el otro pierde. ¿Tratar al otro como finalidad en si misma, con dignidad, significaría una seria infinita de empates? Parece imposible, pues las reglas fueron hechas para desigualar y el empate puede aparecer como consuelo por no haber perdido y como castigo por no haber ganado (generalmente consuelo para el visitante, castigo para el equipo local).

Como ocurre a menudo, las ideas contradictorias son matizadas; son, de algunas formas, conciliadas. Tal vez, la forma más sencilla de solucionar el problema sería poner en el escenario las influencias positivas y negativas. Aun así, sería una falsa conciliación, ya que podemos entender que, cualquiera que sea la forma como califiquemos las influencias en negativas y positivas, no podemos estar seguros de que esa poderosa distinción no sea el resultado de las influencias. O sea, estamos influenciados en la distinción y apreciación de las influencias.

Podemos, entonces, preguntarnos: La ideia de que los árbitros de fútbol deben ser imparciales, ¿a cuáles influencias responderían?


Del fútbol parcial

Parece que la idea que tiene la mayor influencia sobre la imparcialidad del árbitro es suponer que ella debe reflejar la imparcialidad de fútbol. Generalmente, se entiende que el fútbol es igualitario o imparcial, porque las mismas reglas se aplican a todos los equipos.[10] Como apuntó Lévi-Strauss, Pensamiento salvaje, en la competición se supone que los competidores son iguales, al contrario del ritual que iguala los desiguales. De hecho, el boxeo también es imparcial en el mismo sentido, no obstante, en el boxeo, un luchador de 100 quilos no se enfrenta con un luchador de 50 quilos. Esa lucha no sería considerada ni igualitaria, ni justa y ni imparcial. Aun cuando, por suerte o por “voluntad de los dioses”, en raras ocasiones, un luchador de 50 quilos pudiera noquear a uno de 100 quilos. Aun en ese caso, todos concordarían en afirmar que fue un acaso y, a pesar del resultado, no consideraríamos esa lucha igualitaria o imparcial, aun cuando las reglas del deporte sean universales. Por eso, una de sus reglas es igualar, por el peso, los luchadores. Del mismo modo, no consideraríamos igualitaria una carrera entre un auto de 1000 y otro de 4500 cilindradas, a menos que el auto pequeño tuviera una ventaja de tiempo que, de alguna forma, compensara la diferencia de potencia de los motores (handicap). La separación de los equipos por divisiones o series, aunque sea un intento de igualdad, tiene por objetivo que unos suban e otros bajen. Las historias acerca del descenso de un equipo conceptuado son numerosas y dramáticas pues, la serie inferior, es de menor valor en todos los sentidos.

Curiosamente, en el fútbol, se considera que existe imparcialidad o igualdad cuando un equipo con millones de hinchas, mucho dinero proveniente de publicidad, entradas y de derechos de televisión y con significativa contratación de estrellas de fútbol, se enfrenta ante un equipo de poca hinchada, poco dinero de publicidad y sin estrellas reconocidas y frecuentemente formado a partir de sus escuelas de futbol. De hecho, a veces, el equipo chico le gana al grande, como podría ocurrir en el boxeo si las luchas entre no iguales fueran permitidas. A pesar de la desigualdad obvia y de la parcialidad a favor del equipo grande no se ofrece handicap al pequeño. El partido podría ser justo e imparcial si, por ejemplo, el equipo chico tuviera dos goles de ventajas. Eso ocurre, por ejemplo, en los picados, cuando la diferencia entre los equipos es grande o cuando un equipo tiene siete jugadores y el otro cinco. Hay también profesores de educación física que, en el partido misto de fútbol, orientado por el concepto de coeducación, cuentan como doble el gol de las chicas. De esta forma, un partido entre Vasco y Volta Redonda o entre Flamengo y Nova Iguaçu, podría empezar con un gol de ventaja a favor de los equipos pequeños. No sabemos se sería un partido justo o imparcial, pero se acercaría más de este ideal que empezando con el score igual. La ventaja dada al equipo más débil podría, además, contribuir para hacer el partido más excitante.

Antes de comenzar el partido debería existir en el árbitro el juicio sobre la igualdad o desigualdad del enfrentamiento. El volumen (ruido, número de hinchas) de la multitud tiene un peso palpable y considerable en la definición del tamaño de cada equipo y en la creación del clima del enfrentamiento. De hecho, el referee puede regir partidos igualitarios de dos equipos grandes o de dos pequeños. Sin embargo, el caso más intrigante es el del estado anímico del referee cuando comanda un partido de gran desigualdad. ¿Él conseguirá mantener la imparcialidad o él inclinará la balanza para alguno de los lados? Inclinar la balanza para el lado más débil no significaría hacer justicia igualando los desiguales? La cuestión merece una investigación consistente.

Sólo para explorar la cuestión, podemos empezar con una analogía. En el caso del tenis, cuando los espectadores[11] poseen preferencias y hasta admiración por algunos de los tenistas que están en la pista, por ejemplo, por Roger Federer, ellos hincharán ardorosamente por él si su adversario es alguien del tamaño de Nadal o Murray. Sin embargo, la mayoría de los partidos de un evento es entre un top 10 --generalmente cabezas de llave y que no disputan la primera ronda (el dicho “by”)-- y un adversario distante en el ranking o recién salido de la calificación previa. Los espectadores quieren ver un buen partido y si el adversario más débil o más nuevo presenta espíritu de lucha y buenas jugadas, el ambiente se inclina a su favor y festejan sus jugadas de forma entusiasmada. Parecería que tratan de compensar la desigualdad animando al jugador menos clasificado. (Los espectadores de tenis, más allá de eso, parecen amar el desafío y siguen en la gran pantalla la trayectoria de la pelota, haciendo u coro colectivo y festivo). Eso no significa que no aplaudan con intensidad una excelente jugada del tenista ya consagrado y admirado. Al público le agrada un partido con 3 o 5 sets, y, por eso, se cuelga un aire de frustración cuando el partido se resuelve en 2 o 3 sets. El mejor partido de tenis es el que se resuelve al final, o sea, aquel que significa alta igualdad no desempeño. María Esther Bueno declaró, en una final de Wimbledon, entre Federer y Nadal, “lo que eses pibes hicieron en la cuadra! (...) Yo daría el premio a los dos!”. El partido lo ganó Nadal y hasta hoy es considerado memorable. A actitud de animar al menos fuerte y no festejar la “goleada” parece que distingue el espectador de tenis del hincha de fútbol.

Importa destacar que, en el tenis, ni el referee de silla ni los jueces de línea pueden ser influenciados. Ellos hasta pueden se equivocar en una jugada, pero, en eventos importantes, el desafío, en el recurso a la tecnología electrónica, es la última palabra que corrige el error humano.

La situación del fútbol, tanto de parte dos hinchas, como del referee, parecer ser muy distinta. El hincha, ese ser emocional, quiere que su equipo le gane al otro aún jugando mal y aún con equívocos de arbitrajes, generalmente no observados de esta manera por cuenta de la oclusión pasional. El ganar significa puntos en la tabla. Su participación ejerce presión sobre los técnicos, jugadores y árbitros. Por eso se dice que la hinchada es el jugador número 12 en la cancha. La hinchada establece la diferencia. Ella es una poderosa influencia sobre el propio equipo y, también, sobre el adversario. Y, ¿qué decir del referee? ¿Será que él se queda afuera de esta influencia?

Supongamos que el referee no sea hincha de ninguno de los dos equipos, el grande o el pequeño, el fuerte o el débil. Podemos suponer que, como cualquier ser humano, él posee alguna de las dos disposiciones opuestas: se inclina a favor del pequeño, en razón de alguna versión interiorizada de la justicia, o a favor del grande, por cuenta de otros criterios, por ejemplo, el pequeño debe sufrir para crecer o no debe perjudicar el campeonato de los adultos (los equipos grandes). De hecho, un buen referee, imparcial, debería reflexionar acerca de sus disposiciones y observar se ellas influencian su forma de usar el silbato. Tal vez, habríamos que contratar psicoanalistas que les ayudaran a retirar sus disposiciones, caso existan. Esa no es una tarea fácil, sobretodo, si el recurso a la terapia es un derecho del referee y no una obligación puesta de esta forma por un colegiado superior (¿corregidora de los árbitros?). El análisis estadístico de su actuación podría dar señales acerca de su disposición subyacente – eso no es imposible de ser hecho– y, entonces, introducir mecanismos correctivos a partir de la reflexión asistida sobre el propio desempeño.

Sin embargo, ¿qué es que podría ser hecho ante la influencia exterior yendo del tamaño y actuación de la hinchada hasta la imagen del club grande y fuerte? ¿Cómo el referee se mantiene imparcial ante esa gran presión? ¿Será que el referee, consciente del gran poder de esa influencia y ejercitando la resistencia, y hasta la revuelta, él intente compensar, beneficiando, con su silbato, al equipo pequeño? En este caso, ¿no estaría él siendo influenciado por la ideia de que debemos resistir a la influencia y, entonces, sólo estaría invirtiendo los señales?


El juez filósofo

Situémonos en la perspectiva de un juez filósofo que se pregunta sobre los fundamentos éticos de su acción. Ahora la cuestión no es la de la imparcialidad que se coloca como condición pero que no puede orientar. ¿Una pregunta pasa a ser: será que soy libre para escoger o estoy condicionado? ¿Si soy libre, cuales son mis fundamentos éticos? ¿Cómo ser moderno el juez deberá partir de la libertad, aunque los otros parecerían exigir, como los antiguos, la virtud?

Nuestro juez filósofo fue introducido en a la teoría utilitaria de la acción ética por las lecturas de J. Bentham e J. S. Mill. Sabe el axioma básico que dice que nos distanciamos del dolor y nos aproximamos de la felicidad. De él deriva a consecuencia de que debemos actuar para hacer feliz la mayor cantidad posible de personas. Esto sería lo correcto, del gobierno, pero también de las acciones que afectan a muchos. ¿Aumentar la felicidad del mayor número significaría actuar de forma a que el equipo con mayor hinchada ganase el juego? Nuestro juez piensa que esto lo llevaría a un callejón sin salida pues, la camiseta con mayor hinchada, siempre ganaría y, entonces, podría tener más hinchada aún y el futbol podría dejar de ser interesante y como efecto reverso él se quedaría sin profesión y sin el deporte del cual tanto gusta. El utilitarismo consequencialista no parece ser una buena opción ética para la buena vida del futbol y de los jueces.

Nuestro juez podría acompañar los criterios kantianos (deber versus inclinación, autonomía versus heteronomia e imperativo categórico versus imperativo hipotético o condicionales) escogiendo siempre el primer valor de las oposiciones. De forma práctica esto podría ser traducido por la regla tan apreciada por Kant de decir la verdad. Con todo, el problema del juez es que su verdad no es intersubjetiva o compartida por los espectadores. Más aun, el sabe que puede “ver” alguna imagen diferente de lo que realmente ocurrió. Su verdad puede apenas ser un error.

Por último, en una perspectiva de justicia, y reconociendo que reglas iguales pueden potencializar las diferencias existentes entre los adversarios, el juez podría intentar una acción afirmativa favoreciendo en la aplicación de las reglas al equipo más débil. Después de todo, nuestro juez puede ser un lector de John Rawls (principios de libertad e equidad elaborados a partir de la incerteza), e poner en práctica la equidad en el juego para superar el efecto anti igualación de las reglas cuando los competidores son desiguales por variadas razones. ¿Esta opción tendría aceptación entre los seguidores e amantes del futbol? Creemos que no. Con todo, parece interesante que reglas iguales actuando sobre condiciones diferenciadas pueden no ser equitativas.


Concluyendo

Como el fútbol se convirtió en el principal deporte de las masas, y que problemas epistemológicos, estéticos y éticos son evidenciados y discutidos, en distintos niveles, la filosofía debería tomarlo con un campo sistemático de reflexión. Tenemos problemas de tipo ontológicos, acerca del ser de la dinámica natural del fútbol, estrictamente relacionados con cuestiones estéticas. Tenemos los problemas relacionados al ver y al no ver, al visible y al invisible, y el largo listado de soluciones tecnológicas que ponen en juego el lugar y la confianza que podemos tener en la aplicación de las ciencias al fútbol. Tenemos el problema del comportamiento ético y de cómo debemos proceder cuando este se rompe. Tenemos el problema de como prejuicios o disposiciones pueden afectar el arbitraje. Tenemos el problema, tal vez central, de la imparcialidad en sus relaciones con las tradiciones filosóficas acerca de la influencia y su uso y su valorización, positiva o negativa.

Algunos filósofos pueden pensar que hay temas más relevantes. No obstante, parece razonable, dada la influencia del fútbol en nuestros niños y jóvenes, que este deporte podría ser un campo privilegiado para una enseñanza de la filosofía. Sobre todo si esta enseñanza se rige por el valor dado a la "filosofía práctica" y por la superioridad del ejercicio de la reflexión filosófica sobre el listado de conocimientos enciclopédicos.


Referencias

Aristóteles. Retórica. Lisboa: Biblioteca de Autores Clássico, 2005.

Elias, Norbert e Dunning, Eric. A busca da excitação. Lisboa: Difel, 1992.

Helal, Ronaldo. O que é Sociologia do Esporte. São Paulo: Brasiliense, 1990.

Lévi-Strauss, Calaude, O pensamento Selvagem,

Lovisolo, Hugo. “Um Homem chamado cavalo: notas sobre a socialização”. In: Arnt, Héris & Helal, Ronaldo. A sociedade na tela do cinema: imagem e comunicação. Rio de Janeiro: E-Papers, 2002.

Neiva, Eduardo. Jogos de comunicação: em busca dos fundamentos da cultura. São Paulo: Ática, 2009.

Nietzsche, Friedrich. A Gaia Ciência - Os pensadores. São Paulo: Abril Cultural, 1978.

Sandel, Michael J. Justiça, Rio de Janeiro, Ed. Civilização Brasileira, 2012.

Wrong, Dennis. The oversocialized conception of man. Nova Jersey: Transaction Publishers, 1999



[1] CA/CBF.

[2] En el fútbol puede pasar que el equipo con mejor rendimiento en el campeonato no gane el partido. Sin embargo, entre atribuir esta supuesta injusticia al acaso o al error del referee, se acepta mejor la primera alternativa. En este caso, ¿el acaso formaria parte del juego?

[3] Estamos nos refiriendo, aqui, a los periodistas deportivos, dirigentes, jugadores e hinchas.

[4] Véase los comentarios de Nietzsche sobre la oposición pasión/ecuanimidad, especialmente en A Gaia Ciência (Os pensadores. São Paulo: Abril Cultural, 1978).

[5] Hacemos hincapié en el hecho de que el avance tecnológico se produjo pero persiste una forma no tecnológica de controle de las faltas. El debate ético sobre el desempeño de árbitro no parece querer ser substituido por la tecnología. En el comienzo de las nuevas tecnologías, que permitieron a los telespectadores tener una visión mucho más amplia do que aquellos que están en el estadio, era rutinero ver comentaristas hablando a respecto del referee que él “sólo no marcó porque no lo quiso” a veces, después de la tercera o cuarta repetición de la jugada por diversos ángulos. Hoy día, se volvió común, en las transmisiones, la presencia de un comentarista de arbitraje, mucho más cauteloso en sus comentarios.

[6] Véase especialmente: Elias, Norbert & Dunning, Eric. A busca da excitação. Lisboa: Difel, 1992.

[7] Ver el provocativo trabajo de Eduardo Neiva, Jogos de comunicação: em busca dos fundamentos da cultura (São Paulo: Ática, 2009).

[8] Aristóteles. Retórica. Lisboa: Biblioteca de Autores Clássicos, 2005. Véase los comentarios sobre la retórica como una espada que defiende en: Reboul, Olivier. Introdução à retórica. São Paulo: Martins Fontes, 2000.

[9] A respecto de una discusión acerca del tema, véase: Wrong, Dennis. The oversocialized conception of man. Nova Jersey: Transaction Publishers, 1999. Una aplicación de esta discusión en una película fue hecha por Hugo Lovisolo en “Um Homem chamado cavalo: notas sobre a socialização” (In: Arnt, Héris & Helal, Ronaldo. A sociedade na tela do cinema: imagem e comunicação. Rio de Janeiro: E-Papers, 2002).

[10] Sobre los mensajes de igualdad y mérito subyacentes al universo deportivo véase: Helal, Ronaldo. O que é Sociologia do Esporte. São Paulo: Brasiliense, 1990.

[11] Llamamos de “espectadores” a los aficionados de ese deporte, por cuenta de sus características distintas de los hinchas de fútbol.

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