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Hacia una historia para la integración latinoamericana

por Edmundo Aníbal Heredia (CONICET)
 


El propósito de esta breve exposición es proveer algunos datos que pueden servir a la caracterización de la historiografía producida en la primera mitad del siglo XX, aproximadamente, sobre las relaciones entre las naciones latinoamericanas, con el objetivo de entender su posible gravitación en la mentalidad colectiva respecto del entendimiento entre sus naciones, o sea en el camino hacia la integración. Si medimos las etapas por cada medio siglo, el primero del XX es probablemente el más proficuo en la materia.

Nuestra hipótesis es que la principal preocupación de esta historiografía fue la afirmación de las interpretaciones que se hacían de las soberanías nacionales. Podríamos calificar a esta etapa como a-científica y como hiper-nacionalista. Una forma de esta orientación fue la de poner énfasis en los Tratados Internacionales como explicadores de las relaciones internacionales, unos Tratados que en buena parte de la historia quedaron reducidos a papeles, y sólo a eso. Las naciones surgidas de los procesos revolucionarios habían convenido en respetar los límites de los distritos coloniales existentes en 1810, lo que en rigor fue una deformación del principio del utis possidetis, y eso trajo graves problemas por varios motivos, entre ellos que los mismos límites coloniales no eran totalmente precisos, que hubo movimientos revolucionarios expansivos, que algunos caudillos y dirigentes pretendieron extenderse más allá de lo concertado originalmente. Desde entonces, las historiografías nacionales acompañaron y buscaron justificar las pretensiones de cada nación. Hoy es fácil descubrir la nacionalidad de estos historiadores en la primera página de sus textos. Historiadores de entonces interpretaron que su nación perdía territorios en manos de sus vecinos, limitando el concepto de soberanía a la cuestión territorial.

En consecuencia, las relaciones entre las naciones latinoamericanas han estado teñidas de conflictos, y esto hace importante incorporar una distinción y análisis en los estudios de las relaciones inter-regionales que identifique a las “regiones de conflicto”, ya que una gran parte de estas controversias y las más graves en cuanto a estados de tensión y guerra han sido las territoriales. La historiografía que ponga atención en estas regiones, al ser también “regiones de frontera”, podrá descubrir la medida en que estos espacios sean entendidos como “regiones de integración”, en algunos casos como bi o pluri-nacionales, y también bi o multi-culturales o multi-étnicas, hasta conformar “regiones culturales” que trascienden los límites geodésicos o arcifinios.

En tanto, los esfuerzos a favor de la unión de las naciones latinoamericanas tienen ya dos siglos de trayectoria, puesto que se formularon junto con las mismas revoluciones de independencia, y aún con sus precursores. En ese ideario tres objetivos -independencia, soberanía e integración-, estaban consustanciados y se complementaban recíprocamente, y eran indispensables en la búsqueda de la libertad y de la felicidad de los pueblos latinoamericanos. Esa unión y concertación tuvo como objetivo inicial adquirir fortaleza para enfrentar a las metrópolis imperiales. La historia de esos primeros esfuerzos por la integración, tanto como los fracasos y frustraciones merece ser relevada, no sólo para el conocimiento de los eruditos y amantes del estudio del pasado, sino como una lección viva para los políticos y dirigentes del presente y del futuro. Sin embargo, las historiografías tradicionales de estas naciones no dieron entonces relevancia a este aspecto de las relaciones, o lo omitieron totalmente, para ensalzar en cambio el sentido nacional o nacionalista de su pasado.

Además, la mayoría de los autores eran diplomáticos, y muchos de ellos abrazaron el ideario “panamericanista”, entonces en boga, favorable a la política continental de los Estados Unidos. En una lista sucinta pueden mencionarse a Enrique Corominas, Mariano José Drago, Enrique Gil, Ernesto y Vicente Quesada, Ricardo Zorraquín Becú para Argentina; Hildebrando Accioli y Pedro Calmon para Brasil; Pedro de Alba para México; Guillermo Morón para Venezuela. Algunos de ellos se ocuparon en sus países de coordinar lo que se llamó una “historia integral” de América, conforme a las ideas panamericanistas, un proyecto que inició el Instituto Panamericano de Geografía e Historia y que cooptó la OEA desde los años 50 en adelante; en su Programa se establecían parelelismos entre episodios o personajes de la historia latinoamericana y estadounidense, por ejemplo entre el Senador Henry Clay y Gervasio Artigas. Pedro Calmon estableció ejemplares paralelismos entre José Bonifácio y James Monroe, y afirmó que el control del Canal de Panamá por los Estados Unidos era cuestión de vida o muerte para asegurar la paz del mundo. El público lector debió quedar atosigado y algo confundido con estas lecturas.

En suma, prevalecieron las historias dedicadas a defender causas nacionales contra rivales de la vecindad. Las generaciones que se sucedieron en este período recibieron esta impronta. Algunos ejemplos tomados como muestra son ilustrativos:

En Argentina, Mitre inaugura el principio de autoridad y de la tesis del renunciamiento de San Martín, frente a la ambición desmedida que le atribuye a Bolívar; la antinomia constituye un trauma nacional histórico de larga data, que trasciende a la opinión pública. Es la historia patriótica de los grandes hombres, siguiendo las lecciones de Carlyle; los grandes hombres son blancos, europeos; se construye así una historia de blancos, que llega a su máxima expresión con la historia de Salta de Bernardo Frías, una historia exclusiva de la dirigencia blanca en una provincia mayoritariamente indígena y mestiza que identifica una región compartida con Bolivia y Chile.

La influencia de Mitre disimulando el monarquismo de San Martín y del Directorio, para compatibilizar al héroe y al gobierno de Buenos Aires con la república, ha marcado generaciones de historiadores, que no se atrevieron a desafiar al mitrismo ni a empañar la figura sanmartiniana. El mitrismo historiográfico ejerció influencia sobre el pensamiento liberal presentando al proceso emancipador prácticamente como la obra de los grandes jefes militares, lo que ha sido debidamente aprovechado por las dictaduras castrenses. Esos historiadores han menoscabado la figura de Artigas, opuesto a la política centralista de Buenos Aires, y con ello han desconocido a los que buscaron crear solidaridades que constituían la denominada “Patria grande”. Luego vino la tesis del desprendimiento, a semejanza de la renuncia sanmartiniana, según la cual Argentina tuvo un rasgo de generosidad resignando territorios que le pertenecían por razones históricas. Pero también la de la reconstrucción del Virreinato, que obsesionaba a Rosas, y que a comienzos del siglo XX dio lugar a la teoría del Destino Manifiesto, a semejanza de los Estados Unidos, y que llegó a considerar inevitable una nueva guerra con Brasil, tema bien estudiado por Roberto Etchepareborda. Académicos argentinos que estudiaron los tiempos de la independencia y las primeras relaciones con naciones vecinas y con el mundo fueron Juan Cánter, Mario Belgrano, Ricardo Piccirilli, Leoncio Gianello, Miguel Ángel Cárcano, Enrique de Gandía, Martín García Merou, Emilio Ravignani. Isidoro Ruiz Moreno creía que a Argentina le hubiera correspondido heredar todo el virreinato, e intentó diferenciarse de vecinos afirmando que no había hecho ninguna conquista territorial por las armas. Otro de los Isidoros Ruiz Moreno, fiel descendiente, ha afirmado que Rosas fue “el gobernante más funesto para la integridad territorial”; otro más, Isidoro Jorge acusó a López, presidente del Paraguay, de “promotor de la división argentina”, además de “invasor”. Ricardo Caillet-Bois sostuvo que Argentina cedió a Chile territorios reiteradamente, mientras justificó la influencia económica argentina sobre Bolivia y Paraguay en razón de su historia común; Carlos Pueyrredón calificó a Artigas de “bárbaro y anárquico”; Ricardo Levene, sucesor de Mitre en la Academia, despreció la faceta proteccionista del ideario económico de Belgrano, calificándolo de “Jefe de la escuela del comercio libre en el Río de la Plata”, y afirmó que “Buenos Aires era la cabeza de la América hispánica en el momento histórico de 1810”, expresión que difícilmente aceptarían sus colegas de naciones vecinas. Leopoldo Ornstein consideró que la independencia del Paraguay fue una “insurrección” en contra de Buenos Aires. Para los tiempos de Rosas, en que el gobierno de la Confederación consideraba a las relaciones con Paraguay, Uruguay y Bolivia como propios de la política interna, ciertos historiadores también las consideraron así, o sea no las aceptaban como naciones independientes.

La mayor parte de esta literatura histórica argentina fue más tolerante y comprensiva de las políticas de las potencias mundiales hacia Argentina que con las de las naciones vecinas; Raúl de Labougle, por ejemplo, llega a justificar el rechazo argentino a suscribir el Tratado de Unión latinoamericana de 1856 porque ello entorpecería las relaciones con Europa; consideró una “magnífica y justificada reprimenda” la del presidente Mitre a Sarmiento por pronunciarse éste en Lima en contra de la agresión española al Perú.

En los países andinos los conflictos limítrofes y políticos entre dos naciones fueron pretexto para envolver en un solo haz a todos los países del sector, desde Colombia hasta Chile, porque en cada conflicto bi-lateral había un tercero o un cuarto en discordia. La historia de Jorge Basadre registra esa realidad desde la perspectiva peruana.

En la historiografía brasileña se ha debatido acerca de si su expansionismo partió de la teoría de la frontera natural o respondió a la política tomada de las monarquías europeas, para las cuales la apropiación de territorios, por la diplomacia o por la guerra, era un ejercicio permanente con el fin de mantener y enriquecer a sus Coronas. Aldo Janotti analizó las posiciones de historiadores de su nación, y destacó que prevaleció la idea de que las fronteras debían ser naturales; en tanto, otros como Souza Docca interpretaron que el expansionismo brasileño se fundamentó en la superioridad con respecto a sus vecinas de su fortaleza y sentido del orden. Esta teoría era muy propia de las monarquías europeas, para las cuales la guerra de conquista era un ejercicio permanente para mantener y enriquecer sus Coronas. Recordemos que la historia de Brasil escrita por Rio Branco era lectura común obligatoria en el Instituto de formación de los diplomáticas brasileños, y que la publicó en francés en 1889 para conocimiento del mundo diplomático de entonces.

Para el uruguayo Blanco Acevedo el gaucho se origina en la campaña uruguaya, para el Brasileño Jaime Cortesao el gaúcho es originario de Brasil, ¿Qué les queda a los argentinos, qué hacer con Martín Fierro?

Para el Paraguay, Efraim Cardozo tiene su interpretación justificativa del aislamiento de su nación durante la dictadura de Francia, para no contaminarse con las disputas regionales, en tanto el Paraguay era “un remanso de paz”. Apunta un argumento digno de atención, al afirmar que las diferencias étnicas fueron un factor poderoso de recelos y discriminaciones internacionales, que él llamó “rivalidades raciales” e “incompatibilidades étnicas”.

Desde Bolivia, Carlos Paz advertía que el principio del utis possidetis acordado por las nuevas naciones debía ser teniendo en cuenta las modificaciones introducidas por las campañas revolucionarias, que invadieron esos espacios, o sea el factum revolucionario, esto es pasar de 1810 a 1824, comienzo y fin de la guerra contra España, con lo que estaba planteando la legitimidad de conflictos muy difíciles de zanjar. En tanto, Gabriel René-Moreno renegaba del nombre de su nación y calificaba a Bolívar de delincuente, entre otras cosas por haberse negado en principio a reconocer a la nación boliviana.

Para Ecuador, Alfredo Pareja Díez-Canseco recordaba que a los niños en la escuela se les enseñaba que su territorio patrio era mayor que el de Francia y que sus héroes nacionales eran los más grandes de América. El conflicto entre Perú y Ecuador originó una de las más voluminosas producciones historiográficas, de una y otra parte. Ambos grupos sostenían derechos territoriales en disputa, de modo que cada invasión daba lugar al principio de casus federis, que no tenía otra solución que la guerra; aquí los historiadores ejercieron una notable influencia en las pretensiones de uno y otro, y a menudo compartieron su rol con el de funcionarios públicos, como el caso de Félix Denegri Luna en el Perú, que de Canciller pasó a presidir la Comisión Nacional de Límites. El también peruano Alberto Ulloa afirmaba: “nuestra expresión internacional tiene que ser fundamentalmente territorial… de la riqueza de nuestra tierra han provenido la codicia y la mutilación contra ella”, y creía que Bolívar sembró “un siglo de conflictos”. Otro peruano, Raúl Porras Barrenechea, afirmaba que Bolivia no tenía “aptitud geográfica” y negó a Bolívar la paternidad del Congreso de Panamá; otro más, Gustavo Pons Muzzo, acusó a Bolívar de haber franqueado territorios al Ecuador. En tanto, el ecuatoriano Jorge Villacrés Moscoso afirmó que Perú se quedó con territorios ecuatorianos recurriendo a la traición.

La última guerra del Pacífico, cuyas derivaciones llegaron al siglo XX fue la que provocó la mayor producción historiográfica y la más apasionada, no sólo en Chile, Perú y Bolivia sino en toda Sudamérica. Aquí la historiografía fue un bosque convertido en leña con el cual los historiadores atizaron el fuego de la discordia originando furores volcánicos superiores a los de las entrañas de la cordillera. Estos historiadores quizá estén siendo olvidados, aún por los actuales estudiosos de la materia, pero sin duda dejaron su simiente y modelaron un tipo de pensamiento sobre las relaciones vecinales. En fin, según lo que predominaba en estas historias cada una de las naciones había sido víctima de sus vecinas, y sólo esporádicamente aparecían voces que trasladaban la condición de victimarias a las naciones rectoras del mundo.

Ante este cuadro es que José Luis Romero advertía hacia mediados del siglo que “la historia latinoamericana espera un riguroso planteo de su problemática general, por encima de la problemática nacional o regional.”

El período fue también intenso en la búsqueda y recopilación de documentos que servían de fundamentos históricos para afirmar las soberanías territoriales. Frente a los desordenados o inaccesibles archivos nacionales comienza la serie de Misiones a Europa para la búsqueda de esas fuentes. En Argentina José Torre Revello, Estanislao Zeballos, Raúl Molina y más tarde Roberto Etchepareborda aportan valiosas colecciones documentales, orientadas también a reconstruir la historia patriótica; estas colecciones han servido de valiosa ayuda para la consulta de las siguientes generaciones de historiadores. Estas Misiones no contemplaron la necesidad de obtener documentación de archivos latinoamericanos, se fueron a los europeos porque lo que les preocupaba fundamentalmente era la cuestión de límites cuyos orígenes se remontaban la época colonial.

Obviamente, en estos pocos minutos sólo hemos podido colocar algunas pinceladas, que distan de una interpretación exhaustiva del tema, y que sólo pretenden ser su presentación. En el mejor de los casos, aspiran a ser incorporadas a una historia de las mentalidades y por tanto de las identidades nacionales y latinoamericanas. Estas pinceladas son apenas un esbozo del cuadro que algún día se construirá para representar los avances y los retrocesos de la integración latinoamericana.

En conclusión, el saldo de la historiografía de las relaciones internacionales latinoamericanas producida en aquel período ha sido contrario a la integración. Arturo Andrés Roig postuló una segunda independencia al iniciarse el siglo XXI; la revisión de este material historiográfico sirve para una toma de conciencia sobre la necesidad de una liberación de las ideas, que felizmente registra un avance sostenido en la actualidad, como lo están demostrando estas Jornadas.

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