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Proyecto: DICCIONARIO DEL PENSAMIENTO ALTERNATIVO II

Sujeto criollo

por RAFAEL OJEDA
 



El Descubrimiento de América marcó una ruptura definitiva en la convencional noción de globalidad de Occidente, abriéndolo hacia la percepción de una otredad y universalidad totalmente distinta, que determinó a la vez la emergencia de una “subjetividad nueva”, producida por aquella transterritorialización antropológico-cultural europea hacia el “Nuevo Mundo”. Desplazamiento y estabilización colonial que fue erigiendo lo criollo, como sujeto que terminó imponiéndose como principal agente histórico y social de la gesta latinoamericana.


Un aproximación a la noción de sujeto, desde sus rudimentos filosóficos, psicológicos y sociales, implica necesariamente el abordaje de todas las formas traslapadas de construcción de subjetividad, o modos de subjetivación que pendulan entre los márgenes de una subjetividad entendida, por un lado, como entidad de conciencia óntica, y, por otro, como agente histórico-social. Espectro en el que se vinculan teorizaciones importantes, como la del sujeto como autoconciencia metafísica del cogito cartesiano, el sujeto trascendental kantiano, el sujeto representacional lacanianamente visto como noción ortopédica del ser, o la subjetividad como continente de agencia histórica, característica de los actuales estudios sociales.


En este contexto, la inquietud historicista por la subjetividad se presenta como el desplazamiento metodológico desde el interés por la cuestión del sujeto hacia el interés por las formas de subjetivación. Donde el “sujeto criollo”, derivado de la clasificación general de los grupos sociales, irrumpe como un constructo social-cultural-simbólico-discursivo y como actor histórico diferenciado de otras subjetividades posibles o simultáneas, como la india, la mestiza o la española, refiriéndonos a un sector representativo de la gesta de lo nacional en el continente americano, sector articulador de un proyecto político, antropológico y social que implicó la edificación de una idea de patria y Estado-nación, en América Latina, que terminó colonizando, negando e imponiéndose sobre otras ideas de patria o pretensiones no criollas de identidad y nacionalidad. Proceso desde el cual el sujeto criollo, como arquetipo de subjetivación, irrumpe como entidad productora y controladora de la elaboración y recepciónde los discursos criollos en y para América Latina.


Si rastreamos la consolidación del “ser criollo” como autoconciencia española territorializada y racionalizada en América -entorno al espíritu del conquistador-colonizador-, encontraremos una condición mental y social, que psicológicamente lo asemeja a los primeros mestizos americanos, cuya autoconciencia, debido a la asimetría emocional de su mestizaje, permanecía más identificada con lo español, que con lo indígena; más identificados con la imagen activa del padre conquistador, que con la imagen de la madre india pasiva y sometida. Una noción germinal e indefinida, desde donde pueden rastrearse los primeros indicios del “sujeto criollo”, más que como sustrato racial, como una conciencia colonial española territorializada e identificada emocionalmente ya con América Latina, o más específicamente, con los germinales diseños geográficos y cartográficos de lo que serán los futuros Estados-nacionales hispanoamericanos, a partir de un nacionalismo germinal o protonacionalismo, que empezó a gestarse también a imitación de las instituciones patrióticas de la Ilustración europea y española, encarnadas en la idea de “sociedades de amigos del país” o “amantes de la patria”. Instituciones que fueron irrumpiendo, encendiendo las luces de la razón, a lo largo de toda América hispana.


Por ello, cartografiar al sujeto criollo, emocionalmente emergiendo desde las primeras representaciones “mestizas” hechas del Perú colonial; con Garcilaso y la representación idílica que hace de la causa de los conquistadores y encomenderos, en su Historia General del Perú, obra en la que relata las proezas paternas y hazañas de los primeros conquistadores, a decir de él “más dignas de loar que las griegas y romanas, cifrando las proezas y hazañas de algunos de sus Héctores y Aquiles”, define una línea histórica de constitución de lo criollo, como sujeto latinoamericana que idealiza, construye, textualiza y reafirma su identidad; testimonio desde el cual podemos rastrear los indicios de una “razón” y subjetividad colonial-española, identificada con el territorio, como patria. Lo cual hace del Inca Garcilaso de la Vega “el primer criollo” y el precursor de una conciencia “criollo-colonial”, que después de él, empezará a madurar llegada recién la segunda mitad del siglo XVIII, sobre todo en la visión y pasión americanista contenida en la “Carta a los Españoles Americanos” del jesuita peruano Viscardo y Guzmán –texto que tanta repercusión tendría en la consolidación de la ideología emancipatoria sudamericana, tras la difusión que hizo de éste el ideólogo de la Independencia venezolana Francisco de Miranda-, línea ideológica que nos llevará con San Martín y Bolívar a la Independencia latinoamericana.


Es por ello que entender el sustrato de lo criollo como una noción de origen derivada únicamente de una particularidad territorial, encubre procesos de sedimentación psíquica, de cohesión en torno a una suerte de paradigma mental colectivo o de generación de una racionalidad óntica o discurso identitario. Pues, así como la conciencia mestiza no se había definido todavía durante el siglo XVI y XVII, la conciencia criolla, pese a que su población ya era considerable, no había empezado a diferenciarse aún de la conciencia española peninsular, pues estos no habían dejado de sentirse españoles, y de identificarse con España y los intereses de la metrópoli, vista todavía como la Madre Patria. No habiéndose desarrollado aún ese sentimiento protonacionalista, nacionalista o patriótico que los hará consistentes como particular “sujeto social” creado y derivado de la irrupción española en tierras americanas.


Algunos elementos rudimentarios de esa conciencia criolla podrían vislumbrarse ya en el siglo XVI, pero habrá que esperar hasta la siguiente centuria para ver como esta subjetividad se va articulando y definiendo ideológicamente. Por lo que, tras las independencias americanas, luego de 1810, el sujeto criollo se instaura como la subjetividad hegemónica, controladora y modélica del ser latinoamericano. Proceso desde el cual se va estableciendo las diferentes posiciones y categorías de subjetividad, a partir de la identidad (la perspectiva del yo) y de la alteridad (la perspectiva del otro). Perspectivas que, como entidades jerarquizadas de dominación y enunciación, siguen reproduciendo el asimétrico organigrama económico, político y social general de América Latina contemporánea.


Bernard Lavallé ha escrito que la palabra criollo se presenta en la Europa del siglo XVI, como un vocablo proveniente de América, de uso casi exclusivamente americano, pues, en España, durante mucho tiempo se había empleado únicamente la palabra indiano para designar de manera indistinta, tanto a aquellos hijos de españoles nacidos en Indias (criollos), como a los españoles que solo habían pasado por América para probar fortuna, y tras ello retornaban a su patria en la península ibérica. Encontrando que la aparición del término criollo –en el sentido de español blanco nacido en las Indias- se remonta a 1563, en Centroamérica, bajo la pluma del obispo Marroquín, entonces obispo de Guatemala.


A fines de dicho siglo, la elocución “criollo” se había difundido ya por todo el territorio hispanoamericano; pese a que, desde los primeros años, en boca de los españoles peninsulares el concepto había tenido una fuerte carga peyorativa, pues implicaba la aplicación, a los blancos oriundos de América, de un término originalmente reservado a los esclavos negros, refiriéndose con esto a un español decaído, degenerado y asociado, a pesar de su origen étnico, con las castas de los dominados en el mundo colonial. Y, pese a que el origen etimológico de la palabra no es totalmente claro [es altamente probable que su origen sea portugués, derivación del verbo criar, de lo que se ha criado en determinado territorio, pese a que la terminación en ollo o en oulo (portugués : crioulo) sea excepcional en castellano y portugués], lo que sí resulta seguro es la estrecha relación de lo criollo con el universo de la trata esclavista.


El descendiente de españoles nacido en tierras americanas era considerado como fruto de la tierra, al igual que el esclavo crioulo nacido en el lado lusitano del Atlántico, pero un fruto degradado, al ser considerados, por los “peninsulares”, como hijos de la tierra o españoles degenerados y de segunda categoría. Por lo que, a partir de un argumento de clave ambientalista -inspirado en las tesis antiamericanas de Buffon y De Pauw, en el que el criollo era determinado como inferior, debido a la mala influencia de la naturaleza y medioambiente nuevomúndico en el soma y psiquis “indiano”, y a la presunta inferioridad de la naturaleza americana-, que lo hacían parte de ese basto ámbito de los estigmatizados por la colonia, en el que los peninsulares solían proyectar muchos de los prejuicios de los que ya eran víctimas los indios. Lo cual hacía que, este término, utilizado por los españoles peninsulares para designar a los criollos, como asociados a los demás “nacidos o naturales” de la colonia, no fuera aceptado por los criollos, que durante mucho tiempo se mostraron reacios a asumir esta palabra, llamándose a sí mismos beneméritos, que significaba hijo de conquistadores.


Es por ello que la palabra criollo, que se extendía en un contexto difícil y con intenciones obviamente peyorativas, recién llegado el siglo XVII, sobre todo a partir de los enfrentamientos entre frailes criollos y españoles, adquirirá carta de ciudadanía, y será aceptada y usada como propia, por los españoles nacidos en América. Los cuales, no obstante la condición de olvido que sobrellevaban, ante la distancia de la metrópoli y el desdén del cual eran víctimas debido a la dificultad o estigma que les había significado su lugar de nacimiento, se sentían propietarios de la tierra ganada por sus padres los conquistadores. Algo que se convertirá en la bandera común, que fue funcionando como un símbolo identitario, que se conservará incluso arribado el proceso de las independencias americanas. Por lo que se puede inferir, que existía en el discurso criollo, un rudimentario proyecto de autoafirmación que -agudizado por el arribo de la razón ilustrada al continente- fue sentando las bases de un separatismo hispanoamericano de orden económico y político, en el que el criollo, que solía representarse como el único señor legítimo en tierras americanas, fue borrando de la cartografía americana al otro indígena y su capacidad de agencia cultural.


Se dice que no había nada más agraviante para un criollo, cuya percepción de origen territorial les condenaba a una posición subordinada a la hora de pretender escalar en los puestos de la administración, que el ver cómo un virrey u otro funcionario recién llegado de la península, otorgaba prebendas a sus coterráneos, sin tomar en cuenta sus méritos y negándoles los cargos importantes en el ámbito del virreinato, los cuales eran otorgados, de preferencia, a cualquier advenedizo inexperto llegado de España. De ahí que, en la idea de “fruto de la tierra” para referirse a lo criollo, se ocultaba una visión ambivalente que, pese a la connotación estrictamente despectiva que le daban los que en un inicio proferían el término, que relacionaba a los “hijos de esta tierra” con lo “natural”, y donde lo criollo era asociado, en el sistema de castas colonial, al conglomerado de castas que reunía también a indios y negros, se escondía un cierto temor peninsular a la autoafirmación de los españoles nacidos en América, cuyas reivindicaciones e intereses comunes los irá cohesionando en torno a un rudimentario sentimiento protonacional que se irá concretando como ser social, agudizadas ya las tensiones y antagonismos de la colonia, que llevaron a la Independencia. Un ser social en el que el sujeto criollo ha ido adquiriendo conciencia autoreflexiva de su existencia, de las emociones que lo definen y posesionan en un espectro territorial objetivo que lo acoge, ante el aura maternal que va adquiriendo la naturaleza americana para ellos. Algo que los acercaba al sector de los mestizos y negros nacidos en América, relegados a la condición de transterrados y fruto de estas tierras.


El espíritu de los conquistadores, que los había llevado a aventurarse en lo desconocido en busca de un mejor destino, se tradujo luego, en el espíritu de posesión exclusivista sobre las tierras descubiertas. Por lo que, el arraigo de los criollos a tierras americanas, se explicaba en esa heredada aspiración de territorialidad y propiedad, que desarrollaron ante la conciencia de su condición de herederos de los conquistadores y únicos con derecho legítimo de gozar del fruto de sus hazañas. Una mentalidad de posesión exclusivista que iba dirigida, sobre todo, contra los indígenas, que eran las víctimas de la conquista, pero albergaban también el conflicto con los otros españoles, los advenedizos “gachupines”, en México, y “peruleros” o “chapetones”, en el Perú, e “incluso con la propia corona, cuya administración centralizada solía hacer caso omiso de las pretensiones exclusivistas de los criollos” (García-Bedoya), por lo que, para los peninsulares, la fidelidad de estos con la madre patria era poco confiable, además ponían en tela de juicio su lealtad a la corona, vislumbrando con temor el descontento y rebeldía que ante la postergación los criollos experimentaban. Y pese a que es prudente el advertir en este germinal proceso de “autoconciencia criolla” algunos esbozos incipientes de nacionalismo, “Sería arriesgado y, en muchos conceptos anacrónico, ver ya en ello un sentimiento nacional. Sin embargo, a pesar de sus límites y, a veces, de sus contradicciones, el criollismo parece ser de manera evidente la primera etapa de una larga andadura que, mucho más tarde y en contextos muy diferentes, podría desembocar en la aparición de tal sentimiento” (Lavallé).


Es por ello que la condición del ser criollo, como subjetividad y entidad de territorialización, no está únicamente relacionada a una cuestión identitaria, racial o de lugar de nacimiento, sino está ligada sobre todo a una forma particular de existencia, a cierta mentalidad, pensamiento y adhesión a los intereses locales y a una ética colonial de la sociedad, pero sumida a una evolución historicista en el que la razón de la Ilustración jugó un papel fundamental. Como una subjetividad signada por una suerte de paradigma mental y un ethos interseccional que es lo único que los fue haciendo consistentes, como articuladores de proyectos nacionales que el sujeto criollo tiende a liderar y administrar.


Tal vez por ello, hasta no hace mucho, se solía historiar la “identidad americana” como continuadora de la tradición criolla, erigida como subjetividad vencedora, fuera de esa ambigüedad constitutiva que lo llevó a ser sujeto represor y liberador al mismo tiempo; convertida, tras la gesta emancipatoria, en el sustrato de un discurso centrista, armónico, uniforme, homogeneizador y articulador de una “identidad latinoamericana” estable y coherente, cuando desde su rol hegemónico ha discriminado a distintas multiplicidades inestables y heterogéneas que interactuaron con él en esa intensa negociación que implicó la convivencia histórica colonial y republicana. Olvidando que la construcción del criollismo latinoamericano experimentó en su interior el embate de esa multiplicidad. De los desarrollos y cambios que le fue infringiendo la experiencia colonial, ante impregnación multirracial de la colonia. Una multiplicidad que forzosamente debía devenir en un nuevo tipo humano o sujeto de características distintivas, producto de la cercana interacción entre lo negro, lo indio y lo hispano, además de sus secuelas mestizas diseminadas por todo el continente. Una circunstancia que había afectado especialmente al criollo, pues la relación de los primeros conquistadores con el ambiente americano, la cultura y el entorno indígena, había dado lugar a una suerte de cultura y mentalidad mestiza, que les fue permitiendo historiar una tradición que partió de la elaboración de historias particulares, que partían desde el momento de la conquista o las primeras evangelizaciones, para devenir finalmente, aunque no en todos los casos, en la incorporación del pasado indígena en estas historias (Rodríguez García), además del hecho que el criollo, igual que el mestizo, debía de inventar de retazos, una subjetividad donde no la había, una tradición donde no la había, una subjetividad que los hiciera consistentes y los sacase de sus constantes dislocaciones identitarias y de personalidad, cuando desde niños eran afectados por transfusiones de otros sujetos culturales, pues los criollos, desde su nacimiento, eran entregados por sus padres -ocupados en menesteres que consideraban más importantes-, a criadas negras que los cuidaban durante seis años o más, para ser después puestos al cuidado de mulatos, quienes serán compañeros constantes de niños que crecerán en carencia de orientación hogareña, amor paternal, y sin principios educativos ni morales ni familiares en los que sostenerse, pues el espíritu supersticioso y pagano en grado superlativo de sus cuidadores creaba profundas disensiones en el alma infantil (Félix Rivas), cercanía que explica esa emocional y profunda identificación de lo afro con el elemento criollo de la colonia y sus remanentes contemporáneos.


Pero más allá de esa visión negativa y crítica de la incapacidad de agencia y autorepresentación del sujeto criollo, a partir de su sostenimiento en elementos de otros culturales, lo criollo ha tendido a cifrarse como sujeto histórico en el conflicto o choque de “nacionalidades”, en la disolución de las tensiones intersubjetivas y en las repercusiones o herencia colonial que el discurso criollo fue inoculando en la “promesa de la vida republicana” en las colonias latinoamericanas. Donde lo criollo se fue definiendo por un entrampamiento supérstite a la República, entre sus afanes contradictoriamente coloniales y emancipatorios, y en la articulación de un proyecto de Ilustración, en la que la razón iluminista, liberadora, democrátizadora y modernizadora con la que se enfrentaban al poder de la metrópoli colonial, se transformaba en razón excluyente, encubridora y represora, cuando se refería a la vida y cultura de los naturales de este continente. Añorando de manera contradictoria –pues en ellos se encarnará la República-, el mito arcádico colonial, que a la vez de su apoteosis implicaba su postergación y degradación.


De ahí que la noción contemporánea degradada del “sujeto criollo” refiere de manera ambivalente al mal y al cinismo, como una suerte de condición de la “criollidad” o el carácter determinista de una sociedad nacional, o un sector de ésta, ante la tolerancia generalizada hacia conductas transgresivas y cínicas, asociadas a lo criollo, como particularidades manifiestas en muchos países latinoamericanos; donde el influjo que ha ejercido la colonia sobre el sujeto criollo, persiste, manifestándose en la mala conciencia y la ambigua moral “característica” del criollo contemporáneo, con lo criollo como testimonio viviente de procedimientos abusivos e ilícitos. En un contexto en el que el mismo sujeto hispano, que durante la colonia funda, instituye y nombra al sujeto criollo, es el que lo minusvalora y desdeña, convocándolo a transgredir las leyes, exigiéndole que lo reconozca y se someta a su autoridad injusta y a su ilegítimo poder, para brindarle como recompensa su indulgencia y una fiscalización laxa, que le abre posibilidades a goces ilícitos, sobre los que la metrópoli finge no saber nada, y que tienen siempre como víctimas a los “otros”, es decir a los indios y negros. Situación en la que, sin poder evitarlo, el sujeto criollo va impregnándose de los otros. Impregnándose cada vez más de lo indio y de lo negro. “Lo que le incita a negar al “otro” dentro de sí; es decir, traicionarse a sí mismo. y expulsar(se) parte de sí para mantener el semblante de pureza que lo hace susceptible de cierto reconocimiento. Pero asumiéndose en su devaluada y dolorosa complejidad de ser la prolongación bastarda de la metrópoli, el hijo amputado del colonialismo” (Portocarrero), pues, tras las emancipaciones, el criollo pudo optar por ser una apuesta a la integralidad, reconocerse en su condición emocional y cultural de mestizo, tener confianza en su posibilidad autopoiética, erigirse en esa diferencia asumiendo desde un plano intersubjetivo la subjetividad del “otro”, sin embargo, no lo hizo, y tendió siempre a escoger ser la perpetuación opresora del colonialismo.


En la historia americana, lo criollo se presenta más que como una entidad en transformación, como subjetividad en proceso, como un sujeto en desarrollo constante, que va adquiriendo y abandonando caracteres periféricos, en un transe de sedimentación estructurado en torno al habitus que le dio origen. Una característica mental amasada durante los primeros siglos de la fundación, que, como voluntad social, devino después, tras terminadas las gestas emancipatorias y estabilizadas las repúblicas, en esa connotación negativa contemporánea ya explicada, caracterizada por el orgullo criollo, la picardía, la viveza, el vicio, su desprecio por la ley y el desapego por el trabajo; pero desarrollando también otras que podrían ser positivas, como el culto del coraje, el sentido del honor, la fidelidad, sentido del humor y sociabilidad, características fluctuantes según la historicidad o el país en el que el análisis se detenga. Lugares donde lo criollo puede referirse al hombre costeño criado en la cultura popular, algo que derivó muchas veces en un discurso costumbrista, o a la afirmación de una identidad propia, popular, en oposición a la penetración ideológica y cultural de lo foráneo, albergado en las altas esferas de la cultura y sociedad latinoamericana. Visión que reafirma al sujeto criollo condicionando las líneas ideológicas de un nacionalismo o latinoamericanismo contemporáneo, en el que articula, idealiza, controla o reafirma como identidad general algunos parámetros coloniales que albergaron sus orígenes.


De ahí que la historia del sujeto criollo latinoamericano, como travesía diacrónica y espacial de subjetivación, se presente, no como estancia e instancia de fundación sino como efecto de constitución, en la que los modos de subjetivación, van encarnando las prácticas de constitución de una subjetividad. Acto de consolidación que va presentándonos la manera cómo el ser humano va transformándose en sujeto, pero no como sustancia, sino como forma que no es siempre idéntica a sí misma: un sujeto histórico abierto no solo al pasado, sino también a la actualidad, al futuro, y a otras subjetividades existentes, pero que posee en su interior elementos estables.


Fuentes: A. Gerbi, La disputa del Nuevo Mundo. Historia de una polémica 1700-1900. México, Fondo de Cultura Económica, 1982. – A.F. Rivas, El humorismo en el temperamento criollo. Buenos Aires, Plus Ultra, 1976. –A.P. Prieto, El discurso criollista en la formación de la Argentina moderna. Buenos Aires, Siglo veintiuno, 2006. – B. Lavallé. Promesas Ambiguas. Ensayo sobre el criollismo colonial en los Andes. Lima, PUCP- Instituto Riva-Agüero, 1993.- C. García-Bedoya. La literatura peruana en el período de estabilización colonial. Lima, UNMSM. 2000. - G. Portocarrero, Rostros criollos del mal. Lima, Red para el desarrollo de la Ciencias Sociales. 2004. - I. Garcilaso de la Vega, Historia General del Perú. Lima, Librería Internacional del Perú, 1959. - J.M. Vitulli y D.M. Solodkow. Poéticas de lo criollo. La transformación del concepto “criollo” en las letras hispanoamericanas (siglo XVI al XIX). Buenos Aires, Corregidor, 2009. -J.P. Viscardo y Guzmán, Obra Completa. Lima, Ediciones del Congreso del Perú, 1998. II tomos. – M.E. Rodríguez García. Criollismo y Patria en la Lima Ilustrada (1732-1795). Miño y Dávila. Madrid, 2006 – M. Foucault. Hermenéutica del sujeto. Buenos Aires, Fondo de Cultura Económica, 2001.


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Tragedia Americana

por Gerardo Oviedo UBA-UNLP

Vitalidad

por Gerardo Oviedo UBA-UNLP

Pensamiento Heterológico

por Jorge Brower, Universidad de Santiago de Chile

Geo-epistemología

por Claudio Canaparo, University of Exeter

Estado de Bienestar

por Cerdá, Juan Manuel, CONICET - UNQ

Macedonismo

por Horacio Eduardo Ruiz

Garantismo

por Marisa Miranda, Gustavo Vallejo (CONICET)

Educabilidad

por Clara Inés Stramiello (UCA –UNLA)

A Priori Vital

por Gerardo Oviedo

Recursos naturales

por Marina Lanfranco Vázquez (CIC) y Marisa Miranda (CONICET)

Superposiciones Culturales

por Fernan Gustavo Carreras (UNSE y UNT)

Educación alternativa

por Mariana Alvarado (CONICET)

Ecofeminismo

por Celina A. Lértora Mendoza, Conicet-FEPAI, USAL

Existencialismo Latinoamericano

por Marcelo Velarde Cañazares, Paris VIII

Desarrollo sustentable

por Marina Laura Lanfranco Vázquez (CIC) y Marisa Adriana Miranda (CONICET)

Hora Americana

por Hugo E. Biagini, CONICET, Academia de Ciencias

Teoría del Caos

por Fernando Vilardo, UBA

Conservacionismo

por Adrian Monjeau y Herminia Solari, Universidad de Mar del Plata

Políticas Identitarias

por María Luisa Rubinelli, Universidad de Jujuy

Crecimiento sostenido

por Felipe Livitsanos, UBA

Crítica

por Pedro Karczmarczyk, Conicet UNLP

Inmigrante argentino

por Graciela Hayes, Universidad de Rosario

Indocumentado

por Graciela Hayes, Universidad de Rosario

Resiliencia

por Horacio Eduardo Ruiz, UBA

Filosofía antihegemónica

por Álvaro B. Márquez-Fernández, Centro de Estudios Sociológicos y Antropológicos, Universidad del Zulia

Subalterno

por Rafael Ojeda

Panfleto Politíco

por Natalia Paula Fanduzzi, Universidad Nacional de Sur

Revistas

por Noemí M. Girbal-Blacha (CONICET)

Integracentrismo

por Jorge Rueda (Universidad de Santiago de Chile)

Género

por Alejandra de Arce (UNQ)

Unidad Latinoamericana

por Carlos Pérez Zavala (Universidad de Río Cuarto)

Poder simbólico

por Noemí M. Girbal-Blacha (CONICET)

Gestión Participativa de las Diversidades

por Ricardo Romero: Instituto Nacional contra la Discriminación.

Chacarero

por José Muzlera Klappenbach (UNQ)

Ambientalismo

por Marina Laura Lanfranco Vazquez (CIC)

Ecumenismo Latinoamericano

por María Teresa Brachetta

Acción directa

por Julián Rebón (UBA)

Agricultura Familiar

por José Muzlera Klappenbach (UNQ)

JUSTICIA EMANCIPADORA

por Zulay C. Díaz Montiel (Universidad del Zulia)

Sanitarismo

por Norma Sánchez (UBA)

Concientización

por Gabriella Bianco (Corredor de las Ideas)

Eticidad

por Gabriella Bianco (Corredor de las Ideas)

Laicismo

por Gabriella Bianco (Corredor de las Ideas)

No violencia

por Gabriella Bianco (Corredor de las Ideas)

Pluralismo

por Gabriella Bianco (Corredor de las Ideas)

Infancia

por Germán S. M. Torres (UNQ)

Territorio Libre

por Hugo E. Biagini, CONICET, Academia de Ciencias

Antilenguaje

por Patricia Vallejos LLobet (Universidad Nacional del Sur)

Antisemiología

por Jorge Brower Beltramin (Universidad de Santiago de Chile)

Contrahegemonía

por Francisco Hidalgo Flor (Universidad Central del Ecuador)

Neopopulismo

por Roberto Follari (Univ. Nacional de Cuyo)

Fiestas Míticas

por Claudia Bonicelli (UGNS)

Filosofar Latinoamericano

por Hugo Biagini (CONICET, Academia de Ciencias)

Autogestión

por Antonio Colomer Viadel, FADE UPV, INAUCO.

Discurso

por Carolina E. López, Universidad Nacional del Sur

Filosofía ambiental

por Alicia Irene Bugallo (UCES)

Filosofía ambiental argentina

por Alicia Irene Bugallo (UCES)

El Concepto Crítico de la Política

por Claudia Yarza, Universidad Nacional de Cuyo

La Crisis de la Política y la Pospolítica

por Claudia Yarza, Universidad Nacional de Cuyo

Comunidad de Cuestionamiento

por Mariana Alvarado, Silvana Vignale (CONICET)

Filosofía con niños

por Mariana Alvarado, Silvana Vignale (CONICET)

Experiencia de pensamiento

por Silvana Vignale, Mariana Alvarado (CONICET)

Ciudadanía holística

por Ana Irene Méndez

Arte relacional

por Ferrari, Ludmila (Universidad Javeriana de Colombia)

Estudios Visuales

por Marta Cabrera, Pontificia Universidad Javeriana (Bogotá-Colombia)

Sincretismo

por María Luisa Rubinelli, Universidad Nacional de Jujuy

Política Cultural

por Arturo Chavolla, Universidad de Guadalajara

Troskismo Argentino

por Daniel de Lucia, Instituto del Profesorado Joaquín V. Gonzalez

Desarrollo sostenido

por Juan Kornblihtt, CEICS

Descentralización educativa

por Romina De Luca, CEICS

Justicia distributiva

por Gerardo Baladrón, CEICS

Justicia internacional

por Germán Suárez, CEICS

Universalismo contextualista

por Gregor Sauerwald, Universidades de Ciencias de Münster y Católica de Montevideo

Movilidad social

por Marina Kabat, CEICS

Participación política

por Liliana Giorgis, UNCU

Salto cualitativo

por Fabián Harari, CEICS

Salud reproductiva

por Rosana López Rodríguez, CEICS

Subversión

por Stella Grenat, CEICS

Liberación (Filosofía)

por Cristina Liendo, UNC

Literaturas heterogéneas

por Graciela Maglia, Universidad Javeriana

Neozapatismo

por René Báez, Pontificia Universidad Católica, Ecuador

Memoria sonora

por Analía Lutowicz y Alejandro Herrero, Universidad Nacional de Lanús

Pedagogías de las diferencias

por Silvana Vignale, Mariana Alvarado, Marcelo Cunha Bueno, Universidad Nacional de Cuyo

Autodidaxis

por Dante Aimino, UNCo

Universidad Trashumante

por Juan Carlos Suárez, Universidad Nacional de Lanús

Legitimación

por Carlos Javier Pretti, CONICET

Abuelidad

por Hugo E. Biagini, Academia de Ciencias-Conicet

Convivencia

por Buatu Batubenge Omer, Adriana Mancilla Margalli y Benjamín Panduro Muñoz

Derecho alternativo

por Carlos Ponce de León UNCo

Transversalidad

por Maria Beatriz Quintana, UNJu.

Recursos hídricos

por María Cristina Sandoval, U.N.L.Z

Agriculturalización

por María Cristina Sandoval, U.N.L.Z

Formación Nacional

por Fabio Luis, Universidad de San Pablo

Contrahegemonía Nuestramericana

por Claudio Gallegos CONICET/ Universidad Nacional del Sur

Alteridad americana / Otredad americana

por Rafael Ojeda

Derechos Sociales

por Mónica Fernández (UNQ-UNLa)

Adolescencia

por Mónica Fernández (UNQ-UNLa)

YUNTA

por Jorge Rueda C. (Universidad de Santiago de Chile)

Nosotros

por Ricardo Melgar Bao (Instituto Nacional de Antropología e Historia, México)

Humor

por Ricardo Melgar Bao (Instituto Nacional de Antropología e Historia, México)

Mártir

por Ricardo Melgar Bao (Instituto Nacional de Antropología e Historia, México)

GIRO DESCOLONIAL

por Alejandro De Oto

PENSAMIENTO DESCOLONIAL/DECOLONIAL[1]

por Alejandro De Oto

Justicialismo

por Eduardo J. Vior (Universidad de Foz de Iguazú, Brasil)

Republicanismo

por Hugo E. Biagini (Academia de Ciencias)

Malestar en la cultura

por Mario Orozco Guzmán y David Pavón Cuéllar (Universidad Michoacana de San Nicolás de Hidalgo)

Movilización

por David Pavón Cuéllar (UMSNH) y José Manuel Sabucedo (USC)

Fuerzas Morales

por Susana Raquel Barbosa (Conicet, Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires)

Inconsciente

por Ian Parker (Universidad Metropolitana de Manchester) y David Pavón Cuéllar (Universidad Michoacana)

Georgismo

por Daniel De Lucia (Instituto Profesorado Joaquín V. González)

GAMBETA

por Di Giano, Roberto; Massarino, Marcelo; Ponisio, Julián; (Universidad de Buenos Aires)

Del principio de la igualdad

por Norman Palma (Univ. París)

Emergencia

por Rafael Pérez-Taylor (IIA-UNAM)

La imaginación

por Rafael Pérez-Taylor (IIA-UNAM)

Transdisciplina

por Rafael Pérez-Taylor (IIA-UNAM) Alejandra Ruiz Trujillo (Posgrado-UNAM)

Incertidumbre

por Rafael Pérez-Taylor (IIA-UNAM)

Reapropiación

por Brenda Tovar García

Razón ensayística.

por Janusz Wojcieszak (Universidad de Varsovia)

Ética ambiental

por Celina A. Lértora Mendoza (FEPAI)

El Logos (Pensamiento-Lenguaje) alternativo: El “Che” Suramericano

por Ricardo Nicolon

Memoria individual y colectiva

por Fernando Aínsa (Escritor y ensayista)

Ilustración Americana

por Rafael Ojeda

Sindicalismo de bases como alternativa frente a la burocracia

por Antonio Salgado

Desprejuicio

por Lucía Alicia Aguerre (UBA - CONICET)

Turismo social

por Erica Schenkel (CONICET - UNS)

Turismo alternativo

por Canoni Juan Pablo (UNS) y Schenkel Erica (CONICET - UNS)

Analogía

por Gerardo Oviedo, UBA-UNC-UCES

CIUDADANÍA AMBIENTAL

por Daniel Eduardo Gutiérrez

Compañero

por Ofelia Jany

Ecofeminismo latinoamericano

por Celina A. Lértora Mendoza (FEPAI)

Liberalismo latinoamericano

por Diego Alejandro Fernández Peychaux

Colonialidad

por Pablo Quintero (UBA - CONICET)

Sujeto criollo

por RAFAEL OJEDA

Economía Solidaria

por Pablo Quintero (UBA - CONICET)

Colonialismo Interno

por Pablo Quintero (UBA - CONICET)

Tribus urbanas

por Carlos Junquera Rubio

Evaluación educativa

por JUAN VICENTE ORTIZ FRANCO (Fundación Universitaria Los Libertadores)

CHAMPURRIA/CHAMPURRIADO

por Jorge Rueda Castro (Universidad de Santiago de Chile)

Onomantitesis

por Paolo Galassi (Università di Bologna)

Emancipación

por Elena Torre

Antagonismo

por Agustín Artese

Violencia marginal

por Florencia Prego

Extractivismo

por Andrea Cardoso (UBA-UNAJ)

Represor/a

por Analía Goldentul (IEALC/CONICET)

Integración Latinoamericana

por Juan Manuel Karg

Intelectual Latinoamericano

por Silvia E. Romagnolo

Pensamiento fronterizo

por Jung Eun Lee(UBA)

Investigación comunitaria intercultural

por Sebastián Levalle

Relativismo Cultural

por Rodrigo A. Gómez Tortosa

Mula

por María Cecilia Sánchez

Territorio

por Javier Eduardo Serrano Besil

Refugiado

por Laura Lopresti (UBA)

Campesinado

por Vannessa Morales Castro

Turismo rural comunitario

por Florencia Lance

Experimentalismo plástico latinoamericano

por Ana Beatriz Villar

Educatividad

por Osvaldo Concha

UNIVERSIDAD INTERCULTURAL

por Ana Paola Miyagusuku Miyasato

Curaduría en la periferia

por Elizabeth Hernández López, y Roberto Sanz Bustillo (UNAM, México)

Comunidad

por AA.VV.

Utopismo

por Mauro Leandro Asnes (UNS)

Insurrección

por María Eugenia Chedrese (UNS)

Ciencia

por Nora Ftulis (UNS)

Retórica

por Pablo Maximiliano Pellejero (UNS)

Exteriorismo

por Sergio Raimondi (UNS)

Nuevo Hombre

por Marina P. Verdini Aguilar (CEINA/UNS/CONICET)

FRACTURA

por Paolo Galassi (CEINA/CONICET/UNS)

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