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Horacio C. Guldberg, lector de Ezequiel Martínez Estrada. Praxis utópica y ensayo latinoamericano

por Gerardo Oviedo, Universidad de Buenos Aires y Universidad Nacional de Córdoba.
 


Resumen

Horacio Cerutti Guldberg es un filósofo sensible a la recepción de la tradición ensayística latinoamericana, tanto como un investigador riguroso de la función utópica del discurso. Creemos pertinente colocar su lectura de Ezequiel Martínez Estrada al trasluz de esos dos haces que proyecta su ya dilatada trayectoria intelectual. Procuraremos poner en correlación algunos escritos del autor que si bien se hallan separados en el tiempo y responden a contextos de análisis y discusión distintos, presentan entre sí un conjunto implícito de remisiones y correspondencias temáticas que permite arrojar luz sobre aquellos dos quehaceres intelectuales de nuestro filósofo. Sumariamente daremos cuenta de esa dimensión fundamental de la experiencia humana que es la utopía tal como la tematiza Horacio Cerutti Guldberg, para, una vez ganado este punto de vista, rehabilitar una lectura que valore centralmente la experiencia cubana de Ezequiel Martínez Estrada.

 
Palabras clave

Utopía, ensayo, tradición, liberación.

 
Abstract

Horacio Cerutti Guldberg is a sensible philosopher to the reception of the Latin American ensayística tradition, as much as a rigorous investigator of the utopian function of the speech. We create pertinent to place its reading of Ezequiel Martínez Estrada to trasluz of those two beams that projects already his expanded intellectual trajectory. We will try to put in correlation some writings of the author that although they are separated in the time and they respond to contexts of different analyses and discussion, to each other present/display an implicit set of remissions and thematic correspondences that allow to shed light on those two intellectual tasks of our philosopher. Summarily we will give account of that fundamental dimension of the human experience that it is the utopia as interprets Horacio Cerutti Guldberg, for, once gained east point of view, to rehabilitate a reading that centrally values the Cuban experience of Ezequiel Martínez Estrada.

 
Key words

Utopia, essay, tradition, liberation.

 
a) Filosofía latinoamericana y dimensión utópica de la praxis en el pensamiento del joven Horacio Cerutti Guldberg

Ya en su temprano estudio titulado “Para una filosofía política indo-ibero americana: América en las utopías del renacimiento”, el joven Horacio Cerruti Guldberg exhibe su desvelo teórico-político por el tema de la utopía. Parte allí de una tesis de Carlos Astrada de la que se sirve como epígrafe.[1] Desde esa perspectiva, pronto Horacio Cerruti Guldberg se encamina a elaborar su propia teoría de la utopía. Desde el principio de su esbozo programático, el joven filósofo mendocino deja establecida la conexión de la temática utópica con el programa general de una filosofía latinoamericanista de intención política. Su declarado propósito consiste en un “pensar filosófico indo-íbero americano, enfocando el área de filosofía política”. En tales términos concibe el punto de vista de la naciente Filosofía de la Liberación.

Nuestro autor encuentra una analogía requerida de clarificación entre la noción de “utopía” y la noción de “proyecto”, tal como ésta es formulada en Heidegger y Sartre, por ejemplo. El joven Cerutti sostiene que ambas nociones se distinguen en que la “utopía” aspira a una presentación completa, acabada y final de la meta que propone, mientras que el “proyecto” deja su finalidad un tanto en penumbras, sin explicitar al cabo su meta regente y última. En consecuencia, el “proyecto” tiende a desplazarse en un horizonte siempre fluyente -a la vez que se funda en ese espacio movible-, y “se realiza por posibilidades posibilitadas y posibilitantes ‘por' y ‘del' proyecto mismo”; en tanto, la “utopía”, conlleva “el problema mismo de la ‘posibilidad' (¿formal, material, real …?)”, por lo que, en consecuencia, debe comprenderse que la “utopía” es “la noción de ‘proyecto' operando a nivel político”.[2]

Con la mirada puesta en las condiciones de su constitución imaginaria e inventiva, el minucioso análisis histórico que permite al joven Cerutti Guldberg reconstruir la trama de significados que convergen en torno al simbolismo utopista, le permite colegir que “América es el topos que permite la elaboración de las utopías”. Ya en las conclusiones de su investigación, el promisorio filósofo consigna que la “utópica” se presenta “como una categoría de hermenéutica filosófico-política”, puesto que viene cargada de “gran poder crítico”. En tal sentido, la “utópica” constituye “una categoría dialéctica que asume la negación de un determinado ‘mundo' para superarlo desde dentro del proceso histórico”. Sin embargo, en tanto las utopías renacentistas como las de Tomás Moro implican una visión de América que oculta el ser mismo de su tierra y sus moradores, su “consideración utopizante imprime un sello futuro que deja a América sin destino propio”, pues la “fija en la instancia futura de la temporalidad y la reduce a mera posibilidad”. Así tomada, la “utopía es una de las formas que toma la voluntad de poder imperial de Europa cuando se proyecta sobre América”. Por el contrario, es imperioso reconducir la noción de utopía “como una de las categorías críticas en la hermenéutica filosófico-política que América debe realizar para liberarse”, advierte siempre nuestro filósofo en su estudio juvenil.

Coherente pero más todavía entrañado con un clima de ideas que apuntaba a algo más que a configurar una imagen del mundo -puesto que procuraba conducir su redención revolucionaria-, el artículo del joven Cerutti Guldberg en el número inaugural de la Revista de Filosofía Latinoamericana -titulado “Propuesta para una filosofía política latinoamericana”-, está impregnado de este pathos utópico en su misma concepción del filosofar latinoamericanista. Allí consigna que nuestra “filosofía política aprovechará los aportes de la prospectiva en tanto debe pensar sin interpolaciones un cierto futuro y la categoría utópica en tanto categoría hermenéutico-crítica”. Horacio Cerutti Guldberg acredita esta tesis con elegante prosa, donde metaforiza -siguiendo a su maestro Arturo Andrés Roig- las figuras simbólicas atinentes a esa proyección futurizadora del filosofar crítico-transformador americano. El pathos epocal utópico a tal punto recorre las venas de la filosofía de la liberación en sus primeros conatos como ideario de un intelectual colectivo –con todo lo heterogéneo que se quiera-, que la potente metaforización de su intencionalidad programática escorza su propia autocomprensión ontológico-política en un friso de imágenes redentoras, por cierto bebidas de las fuentes de la imaginación cultural y de la tradición retórica latinoamericana.[3]

En el pensamiento de Horacio Cerutti Guldberg, por tanto, la condición semántico-política de la utopía es asumida como un momento estructural constitutivo del cuerpo teórico de la llamada filosofía de la liberación latinoamericana. Pero no debe perderse de vista que esa dimensión utópica es inherente a la conciente determinación politicista que asume expresamente este modo de filosofar situado, interesado, encarnado y comprometido. Esta implicancia de la politicidad del conocimiento y sus posibles proyecciones militantes extra-académicas conforma un empeño sostenido de los análisis de nuestro filósofo. Pues en la concepción de Horacio Cerutti Guldberg, lo político concierne al quehacer filosófico mismo. La política es un estrato inabolible de toda construcción teorética. Efectivamente, en uno de los apéndices incorporados a la reedición de uno de sus libros más importantes, Filosofía de la liberación latinoamericana, Horacio Cerutti Guldberg nos dice que la “dimensión política se ha mostrado como constituyente del quehacer filosófico y muchos indicios subrayan la potencialidad de desenvolvimiento teórico que condensa el reconocimiento franco de esta conexión”, por cuanto este “reconocimiento exige un esfuerzo renovado y permanente de la reflexión filosófica para dar respuesta a las demandas sociales que se acumulan y superponen incesantemente, además de explorar formas alternativas de ejercicio del poder”.[4]

En virtud de esta inmanencia política que la constituye internamente, es la propia filosofía latinoamericana la que no puede renunciar a la efectuación retórico-pragmática procedente de sus propias energías simbólicas utópicas. Al verse enraizada en una memoria continental de luchas y resistencias por sostener los sueños de liberación y transformación, el acervo de su saber práctico toma a su cargo un pasado irredento que permanece vivo en sus promesas y expectativas.[5] Pues esa filosofía tiene por potencia conativa rectora la fuerza simbólica de la utopía de la América misma, inscripta en su genealogía de significados y proyectos. Una idea de Nuestra América movida por su pulsión imaginaria y aun onírica, capaz de configurar un horizonte de destino que, si bien inexplícito o puramente intuitivo, no cesa de aguijonear su anhelo futurizante, su conato de esperanza.[6] A esa pulsión conativa utópica que sueña una futura América emancipada e integrada, nuestro filósofo la ha llamado “nostredad”.[7]

b) Horacio Cerutti Guldberg ante el legado de Ezequiel Martínez Estrada y la ensayística latinoamericana: tradición intelectual y autorreflexión política

La labor filosófica de Horacio Cerutti Guldberg puede comprenderse como una infatigable actitud de resistencia crítica. Prueba de ello también es que en plena hegemonía neoliberal –mediados de la década del noventa-, el filósofo crítico Horacio Cerutti Guldberg dirige su mirada a una herencia intelectual revulsiva de la que siente que se echan de menos sus beneficiarios: la obra ensayística de Ezequiel Martínez Estrada. Su legado, testimonio de crítica inquebrantable y denuncia inflexible, lo fue también de una esperanza de salvación colectiva. Porque ese trágico latinoamericano que era Martínez Estrada no quiso dejar este mundo sin testimoniar por la espera de una redención profana del pueblo, tenida alegóricamente como un deber sagrado.[8] Ni siquiera como heterodoxo de la Revolución Cubana, en la que avizoró un destino americano, pues juzgaba su experiencia como una lección antiimperialista de moralidad patriótica radical.[9] Lo que el provecto ensayista ya no pudo entrever es el drama de violencia represiva desatado por las reacciones estatales contrarrevolucionarias en todo el continente. Es precisamente la tentativa de reflexionar sobre esta tensión entre experiencia revolucionaria, tragedia política y esperanza utópica, la que en el contexto epocal neoliberal habilita un espacio de recepción desplazado respecto a sus lecturas canónicas procedentes del campo de la izquierda.[10] Se precisa una aproximación a la ensayística de Martínez Estrada que tenga todo el tiempo ante la vista la centralidad que en el último tramo de su vida tuvo en él su “experiencia cubana”. Horacio Cerutti Guldberg dará cuenta de esa tensión utópico-trágica del pensamiento de Martínez Estrada en su relectura filosófica.

Cuando Horacio Cerutti Guldberg dirige su mirada hacia la obra de Ezequiel Martínez Estrada, pone a la vista en primer término su fundamental dimensión discursiva: la forma ensayo. A propósito de un rasgo privativo de la cultura intelectual latinoamericana, Horacio Cerutti Guldberg quiere “subrayar que el ensayo se produce, porque nuestra realidad es un permanente ensayo social de nuevas alternativas”, y porque “la teoría es insuficiente para satisfacer la premura de respuestas exigidas por las coyunturas y por el enfrentamiento con una realidad a someterse a ciertos conceptos incapaces de dar cuenta de ella”.[11]

Tras esta declaración apologética acorde con el espíritu militante y aun combativo de sus intervenciones filosóficas, Horacio Cerutti Guldberg se aboca a una interpretación del ensayismo de Martínez Estrada que valora preliminarmente su inscripción en las tradiciones intelectuales latinoamericanas y sus efectos en la praxis vital de nuestras sociedades. Esta actitud de hermenéutica crítica –despojada de propensiones formalizantes, abstracciones lingüisticistas o deconstrucciones sintácticas y siempre atenida a los avatares y vicisitudes que acontecen en la corporalidad material de la historia colectiva- implica un modo de aprehensión autorreflexiva y aun de retrospección catártica. La crítica textual de nuestro filósofo se despliega en torno al suelo de posibilidad cultural en el que nuestras intelecciones y anticipaciones operan discursivamente siempre ya en el contexto de la facticidad histórica y ante el drama vivido de los conflictos sociales y las luchas políticas. Traer a conciencia esa conexión entre autocomprensión política, tradición intelectual y experiencia histórico-ideológica es una labor clave de la metodología de la historia de las ideas filosóficas latinoamericanas, tal como concibe sus tareas y desafíos Horacio Cerutti Guldberg.[12]

El ensayo latinomericano, género de forma híbrida y aún de actitud o dispositio transcultural,[13] ocupa un puesto central en este programa intelectual, cuyo menester es restituir incesantemente el horizonte de historicidad y el espacio heredado de nuestra propio pensar en el presente, con sus intenciones prácticas y flexiones polémicas, inherentes a una discursividad encarnada.[14] Pues –sigue diciendo Horacio Cerutti Guldberg en su estudio sobre Martínez Estrada- la “reflexión actual no puede estar desligada del tejido de tradiciones teóricas en las cuales o contra las cuales crece”, ni mucho “menos, puede ignorar la historia de su propia producción, su propia génesis”. El ensayo de Martínez Estrada exige, por consiguiente, este nivel de autorreflexión filosófica histórico-intelectual para desplegar una plena valoración ético-existencial a la vez que política de su legado.

La actitud metódica de la historiografía filosófica delimita pues el campo de recepción de la ensayística de Martínez Estrada, por coronar su forma discursiva un modus cognoscendi determinante de la experiencia intelectual latinoamericana. Horacio Cerutti Guldberg comprende que en la tradición “ensayística han cuajado ciertas articulaciones metafóricas de carácter evidentemente simbólico, las cuales marcan hasta hoy el acceso latinoamericano a la propia realidad sociohistórica”. En consecuencia, el “estudio de la ensayística se convierte así en un campo privilegiado para ‘ensayar' la articulación de estas dimensiones”, pues “este mismo redescubrimiento del valor de la ensayística, constituye una nueva manifestación, una más, de la íntima historicidad de la reflexión latinoamericanista”, propiciando así “su permanente retorno a las propias tradiciones para refundarlas desde dentro, asumiendo lenguajes previa criba de los mismos, retomando problemas, corrigiendo formulaciones”.[15]

Toda recepción de la obra de Martínez Estrada parece requerir perentoria respuesta a una pregunta conductora: ¿para qué aún su lectura? En principio, porque hablar “de Martínez Estrada supone hablar de una u otra manera de Argentina”. Lo que por cierto concierne a sus dramas histórico-políticos, acontecidos –como en el resto del continente- entre coyunturas y procesos que van de gobiernos populares y tendencias revolucionarias insurgentes hasta la dictadura militar más criminal que se dio en el Cono Sur. Horacio Cerutti Guldberg fue protagonista directo de las experiencias transformadoras y de cambio social radical que impulsó y volcó a la participación política y aun al activismo revolucionario a gran parte del movimiento de juventudes universitarias argentinas y latinoamericanas.[16] Por ello no puede menos que atestiguar con gesto trágico el pasado de experiencias finisecular que proyecta su cono sombrío de incertidumbres sobre las democracias emergentes sudamericanas. Cuyas conquistas cívicas deben enderezarse permanentemente hacia nuevos horizontes de realización de justicia y emancipación social, económica y cultural.

Horacio Cerutti Guldberg constata que si la escritura ensayística de Martínez Estrada pareciera “redactada en la resignación”, ello surgía quizá como contra-efecto de que “su obra apuntaba a la redención social de un modo muy especial”. Y si bien nuestro ensayista “se vivió, se supo y se sintió siempre como un argentino”, lo cierto es que “esto no resolvía la cuestión”, sino que más bien sus “dificultades aquí recién comenzaban”. Pero es la apelación al género ensayístico la que precisamente da cuenta de la proyección práctica o expansión práxica del pensamiento en la carnadura del drama social realmente existente. Con respecto a esta conexión entre texto ensayístico y Polis, Horacio Cerutti Guldberg afirma que siempre “el ensayo ha conllevado una convocatoria voluntarista a la experiencia, sumada al compromiso con la realización de un proyecto de sociedad”, por lo cual “podría hablarse del ensayo como ‘género' propiamente utópico”. Pues aquí debe centrarse, a juicio de nuestro filósofo, “la dimensión ética del discurso ensayístico”, que implica su dialéctica de “denuncia”, “anuncio”, “compromiso”, “construcción”, “experiencia alternativa”, “movilización”, “voluntarismo”, “mística”, en tanto constituyen sus inflexiones axiológicas y normativas determinantes. Este cúmulo de motivaciones cobró una fuerza simbólica inusitada ya en Radiografía de la pampa, libro en el cual su autor “revela una intención curativa, catártica”, y donde la “cura, que la obra completa propone, se realiza aceptando y enfrentando la realidad profunda, concientizando problemas y situaciones”.

No obstante lo excesivo de calificar a Radiografía de la pampa como un “texto existencialista”, Horacio Cerutti Guldberg estima “que el existencialismo opera en Radiografía de la pampa, pero como un estado general de espíritu”, vale decir, como un “espíritu de la época”, donde la “actitud existencial proporciona los temas relativos a estados espirituales de miedo, inquietud, azar, defensa, temor, evasión, fuga, pero no son encarados sistemáticamente según posiciones existencialistas, sino explicados por una causación psíquica”.[17]

Ahora bien, si en ese espíritu existencial de desciframiento profundo estriba el método analítico martínez-estradiano, esta clave hermenéutica de la sintomatología del drama social no agota su potencial interpretativo, ni explica la autocomprensión intelectual del ensayista frente a su tiempo. Su situación vivida de intérprete profundo se hacía desde las alturas de un topos aristocratizante. El moralista Martínez Estrada dispone su mirada puritana desde una altura sublime –según supo advertirlo ya un joven David Viñas-,[18] que espiritualiza lo que no deja de ser siempre, sin embargo, un modo de intervención política, de implicancia en una praxis real a la que se sigue mirando de arriba. Así, desde “el horizonte de los aristoi, ciudadano de esa polis exclusivista y esotérica, rebelde ante la mundanidad trivializante, el profeta denuncia y revela”, pues su “mayéutica se ejerce como una ontofanía de la cultura, que es, a un tiempo, instauración de la cultura en su ser”, escribe Horacio Cerutti Guldberg. Y sin embargo, esta suerte de profeta libertario aristocrático que era Ezequiel Martínez Estrada, es el mismo que abrazó heréticamente, “excéntricamente”, al final de su vida, a la Revolución Cubana. Acto que, más que un vuelco, origina un viraje pleno de su concepción del mundo, una reconversión total de su pensamiento. Esa metamorfosis porta un nombre: la Isla de Cuba.

Horacio Cerutti Guldberg culmina su revisita a Martínez Estrada con una lectura más que atenta de esta “experiencia cubana” que, en rigor –señala-, “constituye la culminación de su obra”. Pues semejante experiencia es prueba de “un proceso muy profundo de torsión, de conversión en su obra”, por el cual “se redescubría en su ser nuestro americano”, y donde el “elitismo del intelecto se deja seducir por la acción fecunda de las masas”. En este nuevo contexto de apasionada adhesión revolucionaria participante, se da su “encuentro con la figura inmensa de José Martí”, que “constituye el momento cimero de su trabajo como investigador acucioso y honrado”. Inserto en Cuba, Martínez Estrada sintió “que allí se jugaban las cartas decisivas para el presente y futuro de nuestra América”. Con todo lo que su compromiso revolucionario comportaba, empero, el ensayista, heterodoxo incurable, no devino un intelectual “marxista”. Al respecto, Horacio Cerutti Guldberg explica que sin “usar el instrumental categorial del marxismo, produjo obras de fina comprensión de las situaciones en que se envolvió y además ayudó a dotar de un sentido en alguna medida místico al proceso cubano”. Pues si en “sus obras se advierte una dimensión sacra que se manifiesta en su permanente acudir a un lenguaje bíblico pero secularizándolo”, es porque en su escritura opera “un lenguaje de ‘profundidades', que no olvida nunca la dimensión ética del proceso histórico”. Desde esta clave de comprensión del proceso cubano, la “fuerza de convicción aparecía para él como tan o más importante que todas las fuerzas materiales”. “De ahí al voluntarismo hay un paso inmenso y eso trató de mostrarlo en su estudio sobre Martí”, concluye en su estudio Horacio Cerutti Guldberg.

El americanismo revolucionario que Martínez Estrada cultivó hasta la exaltación mística con su experiencia cubana, ya venía preparado de mucho antes. Pero alcanzó una intensidad notoria en su estancia en México, cuestión de la que Horacio Cerutti Guldberg también toma debida nota. En Diferencias y semejanzas de los países en la América Latina -apunta Horacio Cerutti Guldberg- era “una transformación epistemológica la que reclamaba” Martínez Estrada, pues no se trataba de “una propuesta de geopolítica de los estudios latinoamericanos”, sino más bien de “la aceptación de una toma de conciencia del sentido de estos estudios y de las coordenadas espacio temporales de su objeto”. El texto publicado por la Universidad Nacional Autónoma de México, precisa Horacio Cerutti Guldberg, “consiste en un esfuerzo de síntesis dadora de sentido desde la conciencia de la posición de América en el mapamundi, combinada con un ethos perceptor de las virtualidades de nuestra realidad y exigente respecto de su deber ser”, que en tal manera reanuda “la tradición de Alfonso Reyes, de Pedro Henríquez Ureña”.

Por cierto, la experiencia cubana generó una radicalización militante de la voluntad utopista de Ezequiel Martínez Estrada. Es cuando Cuba se yergue al fin como la “Isla de Utopía”.[19] Horacio Cerutti Guldberg repara en el hecho de que nuestro ensayista vio “a la isla como utopía realizada”, y que allí se abocó “a reconstruir la historia no ucrónica de los avatares historiográficos según los cuales la isla y sus habitantes pasaron a constituirse en los personajes del texto fundador del género utópico en el renacimiento europeo”, con lo que “Martínez Estrada colabora en la construcción polisémicas de Cuba como tierra de promisión, justicia, solidaridad”. Bajo esta singular mirada, “Martí se constituye en una clave hermenéutica no sólo, lo cual ya sería bastante, de la revolución cubana, sino de los esfuerzos por labrar un porvenir a esta América, la cual todavía no es nuestra y por ello mismo se alza como tarea pendiente”. Al cabo, el profético “Martínez Estrada ve a Martí como a un Moisés en medio del pueblo elegido y advierte la sensibilidad con que el Apóstol tratará de seguir lo que el país quiere y no de forzarlo a la acción violenta”. Con ello, la “dimensión social de la lucha revolucionaria, su solidaridad constitutiva, su historicidad de larga data, sus múltiples dimensiones, el lugar para el gozo ya la risa, el uso del humor combativo, se le abren como experiencias nuevas”, con lo cual no “está lejos de su quehacer la metanoia del hombre nuevo, que tanto había ocupado las reflexiones del Che”.[20]

En su amplia a la vez que detallada reconstrucción de la obra y el pensamiento de Arturo Andrés Roig, Horacio Cerruti Guldberg se detiene en el concepto de “función utópica” que supo acuñar el maestro mendocino. El discípulo retoma aspecto por aspecto las complejas y densas determinaciones categoriales que Arturo Andrés Roig construye a la hora de fraguar su concepción del acontecer utópico, en cuyo plano el giro lingüístico manifiesta su incidencia simbólica en las aperturas de la praxis histórica concreta. El gran aporte de la propuesta roigiana atinente a lo utópico que reconoce Horacio Cerruti Guldberg, reside en la comprensión de que su estatuto ontológico responde a una función antropológica universal, a un dato constitutivo de la experiencia humana. Semejante radicalización antropológico-trascendental, que devela la función utópica como condición invariante de la imaginación productiva humana en toda proyección temporal posible, le permite a Horacio Cerruti Guldberg, a su vez, revalorar su espesor ético-político y sociohistórico. Como enseña Arturo Roig, la función discursiva utópica no flota en un cielo de significantes vacíos, sino que se encarna y despliega en la praxis comunitaria de los movimientos sociales en sus conatos emergentes contra-hegemónicos. Este núcleo axiológico fuerte tiene un punto de resplandor en el ideal utópico -y en la proyección “neotópica”- de una sociedad civil emancipada.[21]

Al abrigo de esta iluminación utópica, Horacio Cerutti Guldberg persevera en el quehacer de un filosofar liberatorio inspirado –por cierto que con aires propios- en la obra del maestro mendocino. Visto en perspectiva, lo que revela la filosofía de Arturo Roig es la construcción de un “humanismo cosmopolita, de talante francamente utópico, en el sentido de función utópica plenamente asumida a partir de la moral que estructuraría los movimientos de emergencia social”.[22]

A guisa de hipótesis, por último, quisiéramos culminar esta breve visita al pensamiento de Horacio Cerutti Guldberg con una sugerencia. Creemos que no sería inadecuado leer a Martínez Estrada en clave semejante a como nuestro filósofo ha leído a su declarado maestro Arturo Andrés Roig. Leer en Martínez Estrada, en fin, el legado de un ensayista –acaso aun el de un intelectual filosofante- inserto en el linaje de la tradición que representa el humanismo cosmopolita de las utopías libertarias latinoamericanas. Sólo así podríamos sumergirnos en las aguas profundas de la atribulada y sutil escritura ensayística de Martínez Estrada, bajo la impresión de que somos partícipes de algo más que de un ejercicio erudito. Dejándonos guiar por la intuición –cuya intelección ya no circula en los claustros de la academia- de que allí afuera está el Pueblo. Que acaso sea algo más que un resto teológico-político de la modernidad. Si trasponiendo las fronteras del puro texto teórico e ingresando en las inmediaciones de los textos impuros –ensayísticos- que las anuncian, nos esperan las masas profanas de Nuestra América. El único ente emergente al que le cabe un derecho sagrado en medio de un mundo secularizado hasta el hueso: la redención. Entonces el significante “Nuestra América” portaría aún el sino destinativo de su ideal regulativo. La estrella sureña de la utopía profana que, aún, escorza el horizonte de posibilidades emancipatorias del futuro que nos concierne: la liberación latinoamericana.

 
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[1] La cita de Horacio Cerruti Guldberg es extraída de un pasaje de Dialéctica e Historia. Hegel-Marx, de Carlos Astrada, que a los efectos de indicar su influjo nos permitimos citar completo: “No hay, pues, en nuestro concepto, una ‘voluntad de utopía', como quiere Bloch, adjudicándole a ésta un primado sobre lo real, sino una voluntad de realidad, ínsita en toda praxis, que incide operante en las posibilidades inmanentes de lo real en devenir. La utopía cobra su verdadero significado sólo en función de la praxis aplicada a la posibilitas de una realidad deviniente. Más abstracta que la simple realidad fáctica es la utopía como mera esperanza movilizada por el profetismo, el misticismo y el marxismo en confusa simbiosis. Hay que invertir los términos: no es lo real lo que deviene utopía, sino la utopía, realidad”. Astrada, Carlos, Dialéctica e Historia. Hegel-Marx, Buenos Aires, Jáurez Editor, 1969, p. 137.

[2] Cerutti Guldberg, Horacio, “Para una filosofía política indo-ibero americana: América en las utopías del renacimiento”, en AA.VV., Hacia una filosofía de la liberación latinoamericana, Buenos Aires, Bonum, 1974, pp. 56-57. Años más tarde vemos de nuevo tematizado este hilo conductor, cuando nuestro filósofo precisa que lo “utópico constituye así el núcleo activo, especulativo y axiológico de todo proyecto y es el modo en que la esperanza se hace operacional respecto de la praxis”. Cerruti Guldberg, Horacio, “¿Teoría de la utopía?”, en Oscar Agüero y Horacio Cerutti Guldberg (eds.), Utopía y Nuestra América, (Presentación de Horacio Cerutti Guldberg), Quito, Ediciones Abya-Yala, 1996 a, p. 95.

[3] “La filosofía según el modelo europeo hegeliano –escribe con firmeza y sutileza el joven Horacio Cerutti Guldberg- es filosofía crepuscular. Llega a las sobras del proceso histórico. En realidad, es filosofía conservadora, ideología negativa justificatoria que se conecta con la instancia pasada de la temporalidad. Un pensamiento matinal o auroral como propone Roig se nos presenta ligado a la instancia futuro de la temporalidad. Nosotros creemos en la necesidad de incorporar a esta filosofía matinal, profética, que es auténtica filosofía de liberación latinoamericana un nivel ligado al éxtasis presente de la temporalidad. Será el nivel de filosofía práctica o práxica, filosofía política, si se nos permite seguir con la metáfora: filosofía cenital cuyo símbolo no será ya el búho ni la calandria, sino el colibrí. Ave americana que vive en zonas tórridas, donde las flores se abren todo el año con el calor. Rompe con su pico la clausura de la flor. Así también, el filósofo político debe romper la clausura del ente con la praxis misma donde adquiere sentido y debe dejar oír su voz comprometida en el proceso histórico presente. Debe pensar el proceso mismo de quiebra, apertura y cierre de las totalidades dialécticas en el alumbramiento de una nueva etapa antropológica”. Cerutti Guldberg, Horacio, “Propuesta para una filosofía política latinoamericana”, en Revista de Filosofía Latinoamericana, (Provincia de Buenos Aires), Nº 1, T. 1, Enero-Junio de 1975, p. 58.

[4] Cerruti Guldberg, Horacio, “Urgencia de un filosofar vigente para la liberación”, en Filosofía de la liberación latinoamericana, (Presentación de Leopoldo Zea), 3º ed., México, FCE, 2006, pp. 496-497.

[5] “La filosofía latinoamericana –la conciencia que elabora el ser que la condiciona- está enfrentada desde hace ya mucho –tanto como tienen los sueños nuestros soñados despiertos de un mundo mejor- con una tarea ineludible que no es de interpretación –aunque la supone- sino de transformación. ¿Cómo construir ese mundo soñado? ¿Cómo colaborar en la construcción de un mundo mejor, otro, alternativo, diferente, cuyo anhelo la conciencia filosófica puede testimoniar desde el precolombino? ¿Es que acaso las amenazas, la persecución, el exilio, la tortura, el exterminio, el genocidio, las invasiones e intervenciones, la propaganda subliminar y tantos y tantos etcéteras han acallado el soñar despiertos o nos han adormecido? No, y habría que afirmar este no rotundo más de una vez y con su afirmación habría que retocar –no digo quizá rectificar- la fórmula ya clásica de José Gaos. Es que no se trata de negar nuestro pasado para rehacernos según un presente extraño, sino de reconocer nuestro pasado para comprometernos con un pasado vivo en la medida en que todavía no ha sido realizado”. Cerutti Guldberg, Horacio, “Historiografía, utopía y filosofía latinoamericana”, en Memoria comprometida, (Prólogo de Eduardo Saxe Fernández), Costa Rica, Departamento de Filosofía, Universidad Nacional Heredia, 1996 b, pp. 49-50.

[6] “Cuando Alfonso Reyes asentó asertóricamente que antes de ser descubierta, América fue soñada, dejó constancia de una dimensión de la que el continente no puede escindirse. Entre las brumas de una ilusión, en los desvaríos de la experiencia onírica, se adelantan unas formas de vida y resistencias muy específicas, cargadas de simbolismos y llenas de reservas expresivas; como un acervo o cantera inextinguible de sentidos para los humanos. ¿Por dónde encarar el enigma para desentrañarlo? Y es que, aunque la noción de destino venga muy recargada de significaciones desagradables por deterministas, fatalistas, teleologistas, irracionalistas, la búsqueda de un destino pende como un sino fatal sobre las cabezas”. Cerutti Guldberg, Horacio, “Mensajes universales de las Américas para el siglo XXI”, en Experiencias en el Tiempo, México, Red Utopía-jitanjáfora Mºrelia, 2001, pp. 76-77.

[7] “Es posible que la Magna Utopía Bolivariana signifique en su concreción una condición y, al mismo tiempo, una garantía para el ejercicio verdadero de una democracia social efectivamente participativa en nuestra América. Trabajar para la construcción de este sueño diurno es uno de los imperativos más gozosos que se pueden libremente asumir en esta América que todavía no es nuestra, aunque ya los albores de esa nostredad se anuncien en el horizonte”. Cerutti Guldberg, Horacio, “Función social y epistemológica de la filosofía latinoamericana”, en Filosofías para la liberación. ¿Liberación del filosofar?, (Prólogo de José Riccardo), San Luis, Nueva Editorial Universitaria, Universidad Nacional de San Luis, 2008, p. 167.

[8] “No echéis de vuestra casa al mendigo –exhorta Ezequiel Martínez Estrada- que os pide hospitalidad: puede ser Dios. Esto lo sabían ya los griegos y lo hemos olvidado.” “Volved al pueblo que no os tiene rencor pero que puede llegar a aborreceros y, lo que es peor, a despreciaros. Salvadlo, ayudadlo, servidlo. No sólo tenemos que hacer una nueva y gloriosa nación sino un pueblo justo y fuerte”. Martínez Estrada, Ezequiel, “Nueva epístola a los romanos”, en Exhortaciones, Buenos Aires, Burnichon Editor, 1957, p. 9.

[9] Al “último” Ezequiel Martínez Estrada la revolución cubana se le presenta como la realización del ideal martiano de una praxis ética de liberación patriótica, cuya forma es política sólo en su metodología de cambio pero no en su condición normativa, pues su recta moralidad estriba en que “el resultado no ha sido derrocar una tiranía sino implantar nuevas pautas de vida personal y colectiva en la conciencia de la ciudadanía.” Martínez Estrada, Ezequiel, “Apostilla al tema de la Revolución Cubana”, en Mi experiencia cubana, Montevideo, El Siglo Ilustrado, 1965, pp. 46-47.

[10] Cfr. Sebreli, Juan José, Martínez Estrada. Una rebelión inútil, Buenos Aires, Jorge Álvarez, 1967 (1º ed.: 1960); Orgambide, Pedro, Radiografía de Martínez Estrada, Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1970; Genio y figura de Ezequiel Martínez Estrada, Buenos Aires, Eudeba, 1985.

[11] Cerutti Gudlberg, Horacio, “Ezequiel Martínez Estrada. Reflexión política y tradiciones históricas”, en R. Fernández Retamar, H. Cerutti Guldberg y otros, Ezequiel Martínez Estrada: la pampa de Goliat, (Prólogo de Graciela Scheines), Buenos Aires, Centro Editor de América Latina, 1994, pp. 69-70.

[12] “La historiografía de la historia de las ideas en América Latina parte de ciertos criterios teóricos y metodológicos. Asume, en primer lugar, que la historia es variable. Porque la historia tiene que ser reconstruida reiteradamente, pero en diversos horizontes. Revalora el pasado ideológico a partir de una metodología que constituye, a la vez, una forma de conocimiento. Revisa los antecedentes historiográficos latinoamericanos y las formas de conciencia e inconsciencia efectivamente dadas en la historia a partir del presente. Desde éste descubre y hace patentes diversos modos de pensar y filosofar en América Latina. Explicita sus sustentos teóricos y la radicalidad de las reflexiones”. Cerutti Guldberg, Horacio, “Historia de las ideas y filosofía latinoamericana”, en Horacio Cerutti Guldberg y Mario Magallón Anaya, Historia de las ideas latinoamericanas. ¿Disciplina fenecida?, México, Casa Juan Pablos, Universidad de la Ciudad de México, 2003, p. 23.

[13] “Quizá esa actitud –conjetura Horacio Cerutti Guldberg- debiera ser confrontada con la noción de ‘transculturación' de Fernando Ortiz, tomada de la noción teológica de transubstanciación. El ensayo hace a su modo esta alquimia, permitiendo el acceso a unas tradiciones culturales que aparecen en primera aproximación como ajenas, pero que se hacen propias, carne de nuestra carne y sangre de nuestra sangre, mediante este proceso intelectual de asimilación”. Cerutti Guldberg, Horacio, “Hipótesis para una teoría del ensayo”, en AA.VV., El ensayo en Nuestra América. Para una reconceptualización, (Presentación de Horacio Cerutti Guldberg), México, UNAM, 1993, p. 21.

[14] “Desde la perspectiva histórica habría que aclarar de qué tipo de ideas filosóficas estamos hablando y creo que las ideas filosóficas de las que estamos hablando son ideas, que yo llamaría, entre comillas y metafóricamente, ‘encarnadas', o sea, no son ideas que andan por allí, sino que son ideas producidas por ciertos sujetos, en ciertas condiciones históricas precisas, como intentos de respuesta a problemas sociohistóricos y teóricos en situaciones específicas y materializados en textos y en instituciones”. Cerutti Guldberg, Horacio, “Problemas epistemológicos y metodológicos en el estudio de la filosofía latinoamericana”, en Hacia una metodología de la historia de las ideas (filosóficas) en América Latina, (Introducción de Rafael Moreno Montes de Oca), 2º ed., México, 1997, p. 199.

[15] Cerutti Gudlberg, Horacio, “Ezequiel Martínez Estrada. Reflexión política y tradiciones históricas”, en op.cit., 1994, pp. 72-73.

[16] Para una autopercepción testimonial puede verse: Cerutti Guldberg, Horacio, “Itinerario al filosofar”, en Y seguimos filosofando, (Prólogo de Enrique Ubieta Gómez), La Habana, Editorial de Ciencias Sociales, 2009, pp. 1-33.

[17] Cerutti Gudlberg, Horacio, “Ezequiel Martínez Estrada. Reflexión política y tradiciones históricas”, en op.cit., p. 87.

[18] El joven David Viñas había escrito sobre la representación de la realidad en el cuento “La inundación” (1944), de Ezequiel Martínez Estrada, que el mundo es lo que está ahí abajo, muy “por debajo del escritor puro que describe”, para quien sólo “sirven los ojos”. Weinbaum, Raquel [David Viñas], “Los ojos de Martínez Estrada”, en Contorno, Nº 4, Buenos Aires, diciembre de 1954, p. 1.

[19] En su examen de la Utopía de Moro como anticipación utópica y prefiguración destinativa de la Isla de Cuba, Martínez Estrada declara que ese texto “contiene, efectivamente, sea en forma mesiánica y profética o lógica y deductiva, una prognosis del desarrollo natural del proceso histórico americano.” “No es, en efecto, una profecía, la de Moro, sino una visión anticipada, una ‘revelación' o Apocalipsis, como en los sueños premonitorios o de la intuición subliminal de las leyes biológicas de la historia. Profecía únicamente porque presenta como en vigor un régimen social del que se ha desterrado en gran parte de las pestes acumuladas por los siglos en los sistemas predatorios y criminales de gobernar, mandar y obligar. Es un vaticinio que se ha cumplido y, cualquiera sea el porvenir que espera al socialismo, ese hecho histórico está en la línea de la evolución de América, y ha sido proclamado abiertamente por la Constitución Política de México y por la obra revolucionaria de Cuba”. Martínez Estrada, Ezequiel, “El nuevo mundo, la isla de utopía y la isla de Cuba” (1963), en En torno a Kafka y otros ensayos, (Prólogo de Samuel Glusberg), Barcelona, Seix Barral, 1967, p. 260.

[20] Cerutti Gudlberg, Horacio, “Ezequiel Martínez Estrada. Reflexión política y tradiciones históricas”, en op.cit., p. 108.

[21] “¿Cómo definiríamos una sociedad civil –se pregunta Arturo Roig- si nos la propusiéramos? Lógicamente la pensaríamos atendiendo a los requerimientos de una sociedad libre, igualitaria y justa. Preguntaríamos de qué habría de ser lugar o morada: como ya lo hemos anticipado. Repitámoslo: habrá de ser el lugar del nacimiento, crecimiento y maduración de la subjetividad, el lugar del reencuentro y autoafirmación de un sujeto plenamente consciente de que el quehacer moral, político y económico, es tarea que reúne las notas de obligación y derecho; tomar conciencia de ese duro trabajo de cada día, de cada hora y marcar los hitos por donde de mutuo acuerdo se ha de ordenar una conducta construida y reconstruida constantemente desde una subjetividad plenamente sujetiva; en fin, darle forma a una morada en la que tenga cabida un pensamiento organizado desde una ectopía como programa constante de reformulación identitaria; descentramiento de todo centrismo avasallador que abra puertas anchas y sólidas para el ejercicio de la crítica; una morada trascendental armada con una serie de principios anteriores a la experiencia pero nacidos y enraizados en ella, como ideas reguladoras de nuestra emergencia y sobre la marcha de una ejercicio de utopía constantemente relanzado; en fin, un abrirnos a otros espacios, un asomarnos a los infinitos universos humanos en cuanto moradas plenas de valores simbólicos como experiencia constante de neotopías, imprescindiblemente necesario si realmente queremos construir nuestra topía, nuestro lugar, nuestra morada, nuestro ethos”. Roig, Arturo Andrés, “Prolegómenos para una moral en tiempos de ira y esperanza”, en Ética del poder y moralidad de la protesta. Respuesta a la crisis moral de nuestro tiempo, Mendoza, EDIUNC, 2002, p. 53.

[22] Cerutti Guldberg, Horacio, Filosofando y con el mazo dando, Madrid, Biblioteca Nueva-Universidad Autónoma de la Ciudad de México, 2009, p. 133.

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