Considerar la ciudad como una entidad concreta sumida a un proceso de evolución constante, explica por qué éstas, que surgieron para dar solución a problemas específicos de la época en las que fueron concebidas, con el paso de los años, y los cambios económicos, sociales y el aumento de densidad poblacional, ya no puedan responder a las novísimas exigencias de la vida social. Donde el crecimiento caótico de las periferias de las grandes urbes, producto de las múltiples oleadas migratorias, ha planteado nuevos desafíos que las ciudades modernas no han podido resolver.
Cambios de configuración que han hecho que proyectar un estudio que pretenda abarcar toda su complejidad, nos remita a un esfuerzo interdisciplinario que procure copar todo un sistema de representaciones urbanas a partir de conceptos provenientes de la arquitectura, urbanismo, sociología, antropología urbana y otras ramas de las ciencias sociales.
Sociológicamente la ciudad ha sido definida como foco de poder político y centro de la vida económica, social y religiosa, además de ser el lugar de las innovaciones tecnológicas, científicas y filosóficas. Pero hay en el espacio urbano una noción de cosa funcional en términos de eficacia y eficiencia. Es decir, una racionalización vía el análisis de la relación individuo-sociedad, sustentada en sus estructuras predeterminadas por el diseño urbano, para una distribución más conveniente de los espacios privados y públicos, según su eficacia en términos de operatividad y automatismo.
Trasciende entonces una idea de crisis urbana, que nos lleva a considerar causas como la hiperpoblación producida por las migraciones, el centralismo, los conflictos sociales y culturales devenidos del crecimiento caótico de las periferias metropolitanas, donde las infranqueables brechas económicas y sociales entre los sectores ricos y pobres de la ciudad, y los procesos de insalubridad e inseguridad se agudizan como causas diferenciales de la crisis.
Arquitectura, urbanismo y ciencias sociales
Un estudio de las estructuras de las metrópolis más importantes del mundo, hace inevitable sectorizarlas en tres planos complementarios: el del diseño urbano, el de la arquitectura y el del paisajismo, como disciplinas ineludibles que constituyen, debido a su carácter público, al interés que deberían tener los habitantes por su ciudad. Es por ello imposible no tener una impresión, aunque sea ingenua, del espacio público, o quizás una mirada crítica que implique un acercamiento razonado a las estructuras arquitectónicas de edificios, al esquema de los parques y zonas libres, o a los crecientes ejemplos de diseño urbanismo, es decir, el diseño combinado de construcciones y espacios abiertos, que a pesar de tener antiguos referentes, representan más bien un ideal contemporáneo de reconstrucción generalizada.
Un ejemplo visible se encuentra en las principales ciudades latinoamericanas, Ciudad de México, Río de Janeiro o Lima, entre ellas, como complejos urbanos en cuyos centros históricos prevaleció el modelo racionalizado y regular en forma de damero, con calles cortadas en línea recta delimitando manzanas rectangulares. Este diseño romano, románico o neo latino, traído por los españoles tras la conquista de América, y su distribución, permitía una mejor orientación, comparada al esquema de algunas antiguas ciudades europeas, cuyo trazado de herencia medieval, la conforman calles irregulares, manzanas trapezoidales, donde, en algunos casos, algún edificio importante era el elemento primordial, alrededor del cual se trazaron avenidas y ubicaron grupos residenciales.
En la ciudad, cualquier modificación en la orientación del conocimiento, implica una transformación de las tipologías urbanas. La arquitectura como disciplina y manifestación estética, como el arte de construir y decorar conforme a reglas determinadas, es también reflejo del pensamiento y vivencias de una época que va resignificando los patrones de diseño y construcción de edificios y viviendas que constituirán la imagen visible de la ciudad. Pero hay una sustitución de tendencias según la fuerza hegemónica en la que eclosiona una forma de hacer arquitectura, difundiéndose hasta saturarse y perder su interés. Donde las diferentes escuelas suelen sucederse brindándonos, cada una de ellas, su particular poética y sus equivalencias en otras artes, con el estilo gótico desplazado por el renacentista, y este a su vez por el barroco, el neoclásico, hasta alcanzar el siglo XX, en el que se dieron una profusión de vanguardias arquitectónicas, simultáneas y sucesivas, además de las aplicaciones eminentemente funcionales en la construcción de conjuntos habitacionales.
Los espacios no intervenidos por el urbanismo ni por la arquitectura, son zonas exploradas y desarrolladas por el paisajismo y sus aportes eminentemente plásticos, que, vía el planeamiento natural de mirada aérea, ha logrado también obras que podrían ser inscritas en el terreno del land art o arte terreo, en los que los jardines y diseños del brasileño Burle Marx, por ejemplo, parecen extraídos de algunos óleos de Miró, con las sinuosidades y el color obedeciendo a la manipulación de flores y otras plantas o materiales ornamentales.
La ciudad como centro de esencialismos
La arquitectura suele diseñar habitaciones o rascacielos, pero las ciudades son planificadas por los urbanistas quienes establecen la disposición y distribución de los edificios. De allí que la estructura urbana, ante la complejidad de las ciudades actuales, nos de pautas para una ubicación socio-económica y cultural, tendiendo a ocupar un rol trascendental y referencial en los intentos de clasificación, pues allí permanece latente el sello y mentalidad de la época y el paradigma dentro del cual una ciudad fue edificada, donde las grandes ciudades, esencialmente, son el eje de las clases medias.
Las metrópolis modernas tienden a desarrollarse verticalmente, debido al incremento demográfico de su burguesía, que suele ubicarse en edificios colosales y modernos que son una solución a la falta de espacio para viviendas unifamiliares. En tanto, los complejos urbanos pauperizados y periféricos se expanden horizontalmente, con construcciones no planificadas, antifuncionales y -en el mejor de los casos- de una estética comunitaria transportada desde el campo.
En la historia, las ciudades han constituido el centro del poder político, cultural y militar de las civilizaciones, algo que en occidente alcanzó a consolidarse con el advenimiento del Estado-nación, a partir del pacto de Westfalia
[1], en el siglo XVII. El trazado urbano de las ciudades importantes, casi siempre han sido realizados en torno a una plaza principal y un templo o un centro de control político-administrativo. Estas estructuras de composición, como parámetros de comprensión, tienden a extenderse a otras escalas poblacionales. Es común, por ejemplo, encontrar en el interior de estos países, minúsculos poblados, en medio de ambientes rurales, cuyo centro está dominado por una iglesia y un campo deportivo, además de otros grupos humanos instalados a lo largo de un trecho de una autopista, y cuyo eje aglutinante parece ser la carretera misma, disposición que los asemeja a la
Ciudad lineal[2] de Soria-Mata.
Pero hay una suerte de reproducción “fractal” de jerarquías en las líneas de autoridad de las urbes contemporáneas, estructuras de poder que se manifiestan en múltiples niveles geopolíticos, repitiéndose desde lo nacional hacia lo local. En las grandes ciudades –capitales- residen los poderes nacionales, en las medianas los poderes provinciales y en las pequeñas solo ubicamos un control local. Pero estas redes de distribución del poder no solo tienen incidencias geográficas sino también históricas-territoriales que van desde parroquias, municipios, condados, reinos, corregimientos, provincias, comarcas, departamentos, estados, organizaciones pluriestatales, como formas de delimitar el reparto del poder.
La tradición anglosajona ha dejado la acepción “burgo” para referirse a poblaciones pequeñas dependientes de otra principal, de ésta se deriva el cargo de burgomaestre. Las ciudades satélites son conjuntos urbanos que dependen de una ciudad central, desarrollados en sus alrededores, a veces separados por grandes espacios sin urbanizar, que luego han sido circundados e integrados por el caótico crecimiento de los cinturones de pobreza o villas miseria
[3] que caracterizan a las principales ciudades del tercer mundo.
Funcionalismo y fragmentación
La revolución industrial y el avance tecnológico, ocasionaron cambios profundos en la constitución y configuración de las ciudades hasta entonces preindustriales y con un ritmo de desplazamiento lento. La aparición de tranvías y otros vehículos motorizados forzó a la transformación de las calles hasta el momento planificadas sólo para la circulación de peatones y vehículos halados por caballos. El crecimiento demográfico, la irrupción de las industrias y grandes masas de obreros conmocionaron la ciudad, imponiendo retos que los arquitectos, estancados en el pasado debido a su esteticismo aristocrático, no podían resolver.
Estos cambios profundos habían desencadenado obsolescencias en la concepción urbana e ineficacia en las construcciones habitacionales e industriales, poco funcionales ante las novísimas exigencias que imponía el nuevo contexto, que solo pudo ser resuelta por los ingenieros, que, conocedores del hierro, del acero, del vidrio y el concreto armado, acercando la tecnología al arte constructivo, abrieron nuevos caminos para la arquitectura contemporánea. Una muestra de ello fue el Palacio de cristal, construido por el constructor de hibernaderos Joseph Paxton en 1851 y la celebérrima torre construida por el ingeniero Gustave Eiffel entre 1887 y 1889. De ahí que esa división escolástica existente entre arquitectos e ingenieros, fuera disuelta y saldada por la denominación “constructores” que los incluía a ambos.
Las nuevas técnicas de construcción, las maquinarias, la gran variedad de materiales y elementos de los que disponen actualmente los constructores, brindaban posibilidades extraordinarias que habían producido también un cambio de mentalidad en el desarrollo y aplicación del urbanismo. Una corriente racionalista gestada en el período de entre guerras, trataba de conciliar aquellas teorías funcionalistas, debidas a las novísimas necesidades pragmáticas y económicas del nuevo contexto, con las exigencias artísticas cimentadas en las emociones colectivas de la sociedad.
En la misma época, desde la otra orilla los sistemas constructivos empezaron a renovarse a partir de círculos comprometidos con las artes. Walter Groupius, Mies Van Der Rohe y Theo Van Doesburg, destacaron de escuelas como el neoplasticismo, la Bauhaus y el constructivismo ruso. Posteriormente se hablará de movimientos no tan definidos, de arquitectura radical, orgánica, ecléctica, cosmológica y posmoderna.
Con todo esto, la arquitectura funcional
[4] tendiente a la estandarización en sus formas rígidas y geométricas, repetitivas y minimalistas, entrarán en boga en las principales capitales del mundo. Modelo constructivo que también se aplicará en ciudades latinoamericanas importantes como Bogotá, Buenos Aires, Lima, Santiago, Montevideo, entre otras ciudades donde bajo estos preceptos se construyeron edificios, unidades vecinales y ciudades satélite con las que se buscaba contrarrestar el desorden demográfico creando zonas de alta densidad poblacional, instaladas en infraestructuras superpuestas que ordenadamente permitían albergar, en múltiples departamentos, una mayor cantidad de familias.
Todo esto hizo que la ciudad, hasta entonces unitaria, debido a la lenta evolución civilizatoria, un todo orgánico labrado por el paso de los siglos y los diferentes registros artísticos que fueron otorgándole ese carácter distintivo y coherente que todavía, a veces, se puede encontrar en los centros históricos de las antiguas urbes, se verá fragmentada, haciéndose heterogénea debido a la expansión de los asentamientos industriales, a la exacerbación de las diferencias sociales y la pobreza que tiende a ocupar las periferias de la ciudad. Lo que ante las distancias producidas por el crecimiento urbano y la evolución del transporte, produce la necesidad de construir carreteras que harán pedazos la ciudad y su antigua configuración.
Representación final y crisis.
Los cambios impuestos por el fin de la modernidad
[5], han difundido mucho la palabra crisis, crisis que parece reproducirse y diseminarse en todas las esferas de la sociedad, afectando incluso los espacios cotidianos de la vida privada. Pero no manifestándose solo como una moda intelectual negativa, sino como un conjunto de sintomatologías generalizadas de las que ni siquiera la ciudad, como sistema de interrelaciones, ha podido escapar.
Hasta ahora la ciudad había venido siendo un gran centro territorial de concentración de individuos, un foco de desarrollo cuya función básica -en cercanía- es facilitar la mayor cantidad de comunicación posible, el mayor flujo de información, intercambio comercial, aprovechamiento efectivo de los recursos locales, circulación y desplazamientos a un costo mínimo en términos de tiempo y dinero. Pero con la globalización y los avances tecnológicos, que han reducido las distancias brindando nuevas posibilidades de asociación y disociación social, las nociones clásicas que definían a los complejos urbanos están cambiando y la esencia que produjo las grandes ciudades está siendo violentada.
Entonces, ante esta tendencia hacia la desaglomeración territorial en las sociedades más desarrolladas del planeta, los complejos urbanos marchan hacia una dispersión y desaparición por baja densidad; mientras, inversamente, en los países del Tercer Mundo las zonas urbanas distantes crecen hasta unificarse, con una población que aumenta con gran rapidez producto de los desplazamientos debidos a la pobreza y exclusión rural. Condenando, este orden global de desigualdades, a las ciudades al colapso. Definitivamente, el lugar de la utopía por rediseñar.
[1] Acuerdo que significó el nacimiento de un proyecto nacional único y uniformizante, pero también represor de esa tendencia natural hacia la diversidad cultural, producto de las inmensas extensiones geográficas que comprenden los Estados nacionales modernos.
[2] A diferencia de los proyectos de Ciudad lineal (1886), Arturo Soria-Mata o el proyecto de Roadtown (1910), de Edgar Chambless, que obedecían a un orden teórico de interconexión, estos poblados son aglomeraciones espontáneas, que obedecen más bien a una necesidad práctica, muchas veces comercial o como punto de enlace entre otras ciudades.
[3] De esto hay muchos ejemplos, desde los suburbios de África, Arabia hasta las favelas brasileñas y otros guetos miserables o “villas miseria” de América Latina.
[4] Con el advenimiento de la arquitectura funcional, los muros fueron perdiendo protagonismo en las construcciones, hasta perder totalmente su cualidad de elemento sustentante. Las nuevas edificaciones le daban mayor importancia a las estructuras, que a manera de esqueleto o soportes de carga -armazones, pilares, vigas de acero y hormigón armado-, hacían que las paredes sean elementos que podían ser prescindibles, además de permitir construcciones colosales e insólitas, aunque carentes de la retorcida belleza de las construcciones clásicas.
[5] El inconcluso debate entre modernidad y posmodernidad, ha dejado un amargo sabor de imprecisión general. A los primeros textos de Lyotard y de Habermas, polémicos entre sí, le han seguido múltiples lecturas que han ido esbozado intentos de elucidación conceptual en pos de desentrañar la esencia de los cambios mundiales contemporáneos, entre segunda modernidad, sobremodernidad, transmodernidad, ultramodernidad y posmodernidad. Aquí llámesele como quiera, eso no es relevante.