La juventud ha sido protagonista en los distintos acontecimientos que marcaron la historia. En el país, la Reforma Universitaria de 1918 es uno de los tantos episodios que da crédito de lo dicho. Este protagonismo no sólo se debe a sucesos que los involucraron directamente sino que los jóvenes se hicieron parte de distintos problemas para aportar su visión y fuerza transformadora.
Para poder comprender que categoría atraviesa los distintos períodos analizados en la historia juvenil, hay que traer a colación el concepto de Utopía. Dicho concepto ha sido abordado por una innumerable cantidad de volúmenes, entre ellos el Diccionario del pensamiento alternativo, en donde María del Rayo Ramírez Fierro analiza el concepto estudiado por Arturo Roig en donde la función utópica está presente en los hechos semimitológicos y en los hechos históricos, bajo tres subfunciones básicas: crítico – reguladora, liberadora del determinismo de carácter legal y anticipadora del futuro.
A simple vista, juventud y utopía merecen ser abordados en conjunto debido a que la identidad del joven está signada por el inconformismo, el desprendimiento, la preferencia por la acción, el jugarse con osadía, etc. necesarios para llevar a cabo cambios radicales.
Prof. Doctorandoernestomanueluriondo@hotmail.com
Mesa Proyecto “Pensamiento Alternativo”
Breve acercamiento al concepto de juventud
Déjelos hacer. ¿Por qué se arroga usted el privilegio aristocrático de querer iluminar al pueblo? Déjelos, que ya encontrarán su luz y llegarán, y verán más claro a la suya de lo que podrían ver a la de usted.
Michelet Jules
Cuando se quiere estudiar los distintos acontecimientos que han marcado el devenir de las ideas en torno a la Reforma Universitaria, es posible encontrar un común denominador, la juventud.
La juventud ha sido caracterizada desde que se tomó como objeto de estudio como el componente de constante cambio en la sociedad que participa. El aspecto revolucionario, del cual no la podemos escindir, la coloca en el papel principal de los movimientos reformadores, críticos, etc. que se suscitaron en el acontecer nacional y que, es factible de hacer extensivo, a otras realidades acontecidas en el resto del mundo. Entonces cabe preguntarse ¿Por qué han sido los jóvenes los actores críticos? ¿Todos los jóvenes son portadores de las mismas ideas? ¿Los jóvenes que esbozaron las ideas que definieron la Generación del '80 son los mismos que pronunciaron las ideas de la Bohemia? Es evidente que las ideas de ambos, si no les corresponde el adjetivo de antagónicas, si al menos de irreparablemente distintas. Entonces, ¿qué aspecto hace que los jóvenes indiscutiblemente distintos sean los propulsores del cambio? Lo que los une, es lo que no está, es decir, la utopía. La utopía es el nexo que comunica a los jóvenes diametralmente distintos en cuanto a pensamiento y en cuanto al tiempo en el que se sitúan. Es posible pensar que los jóvenes son los principales portadores de utopía y es en este binomio donde se producen los vientos de reforma. En definitiva, ¿qué quiere decir joven? Quiere decir activo, vivaz, concreto, lo contrario de lo abstracto; quiere decir caluroso y sanguíneo, entero aún, espontáneo de carácter; en fin, como también se nos ha llamado, a nosotros salidos del pueblo, bárbaro. Esta palabra me ha gustado siempre[1].
Generación del ‘80
Rondando el período de 1880, Argentina se ve fuertemente influenciada por el pensamiento de índole positivista, elaborado en el Viejo Continente. Dicho pensamiento se abre camino en la vida política - cultural de la Nación. A partir de la recepción de las doctrinas positivistas, incorporadas inicialmente en el discurso médico, jurídico y pedagógico, se diseñan políticas de reforma social que contribuyen a legitimar esos saberes por su intervención en el espacio público.[2] En este período se respiraban ideas spencerianas - darwinianas que combinadas con las proyecciones maltusianas, la especie humana estaba pronta a sufrir una “decantación natural” que provocaría la selección de los mejores. Cuando se alude a los mejores, se hace una tajante división entre Norteamérica y Europa (civilización) en contraposición con el resto, es decir la barbarie. La barbarie no fue considerada como un estadío anterior a la civilización, era más bien una condición ontológica sólo posible de ser superada con la suplantación de la población habitante de estas tierras.
El vocablo “progreso” inundó las distintas instituciones de la República, siendo clubes, tiendas, periódicos los destinatarios de dicha nomenclatura. El progreso sería quien llevaría a cumplir los sueños no sólo de la nación, sino también del mundo. Esto nos sitúa en el carácter pragmático de este pensamiento que cercena todo aquello que no se identifique directamente con el progreso. Las artes que posteriormente tendrán un lugar central en la política nacional, en este período quedarán relegadas al imperio de la ciencia. La utopía juvenil sería resuelta en primera instancia por la ciencia que nos ubicaría en el lugar destinado por la razón, acompañada por el tiempo necesario para que el despliegue de dicho pensamiento diera lugar al “mejor mundo natural positivo”.
El mejor mundo buscado por quienes llevaron las banderas positivas tenían los ojos puestos Estados Unidos intentado trasplantar una identidad foránea en detrimento de los valoras autóctonos. Esta visión es comprensible si uno se toma el tiempo de desplegar las ideas extraídas de la medicina hacia las capacidades propias de un habitante de estas tierras.
Modernismo
La Generación del '80 no sólo trajo adeptos, sino que generó ciertos inconformismos que dieron lugar a los sucesivos movimientos que en cierta forma repensaron el acontecer. A través de tópicos tales como la identidad se revisa lo que otrora estaba resuelto de manera extranjerizante. Esta revalorización tuvo lugar en el movimiento literario El Ateneo. Uno de sus representantes, Calixto Oyuela, exhortaba a reaccionar contra la “tendencia a vivir intelectualmente de prestado” y pedía que se impulsaran los estudios sobre el desenvolvimiento estético de nuestro continente.[3] En este período se estaba preparando lo que unos pocos años después fuera cierta búsqueda de identidad reclamada en un principio desde las artes. La emancipación lograda en 1810, según muchos de los pensadores que representaron este movimiento, había sido parcial ya que sólo respondía al aspecto político siendo nuestra cultura propiedad de nuestros colonizadores. El modernismo denota un movimiento de renovación estética con una versatilidad tal que puede llevar a presuponer que en él subyace un discurso carente de todo consistencia. Pasaron por sus filas espíritus místicos y escépticos, oligárquicos y revolucionarios, partidarios de lo indígena o inclinados hacia el exotismo. […] Por encima de la exaltación egocéntrica y de los refinamientos formales, prima un trasfondo antidogmático, tendiente a minar el academicismo y las costumbres consagradas.[4].
Durante el trascurso de este período se miró a Francia y en particular a París como la cuna de la estética mundial. Dicha tendencia arraigada en el afrancesamiento no implicó un rechazo a lo español, sino una conciliación con el aporte cultural “pronunciado en lengua francesa”.
El modernismo ha sido interpretado como uno de los vehículos más representativos de la cultura latinoamericana, y se le adjudica asimismo cierta función conciliatoria entre el enfoque eurocéntrico y los valores comunitarios continentales, ante su preocupación por afirmar los vernáculo a través de lo universal.[5]
Los jóvenes de la Bohemia
Despuntando el siglo XX, los jóvenes continúan en la escena político – cultural de la Nación. En este caso se podría interpretar como respuesta a los postulados que otrora cercenaban la libertad individual. El vehículo escogido para realizar el cambio anhelado ha sido el arte. El arte fue donde los jóvenes encontraron su forma de expresarse contraponiéndose a la ciencia enaltecida por los positivistas. Uno de los mayores exponentes de la época fue Rodó, que a través de su Ariel sentó las bases representativas de este movimiento. Los bohemios, que llegan a ser concebidos como una clase en sí misma, se cuentan por legiones entre las huestes famélicas del estudiantado y de quienes escriben o pintan sin poder editar sus obras ni vender sus cuadros.[6]
Lo que en otro momento fueron tomados como centros de reunión, ya sean clubes, con cierta actitud selectiva en cuanto a la idea de aptitud natural, fueron gradualmente reemplazados o debieron acomodarse para a coexistir con plazas y cafés que ejercieron como epicentro de las ideas vanguardistas de los jóvenes. En estos tiempos corrieron acusaciones de ocultamiento en la estética despojada de valores económicos de cierto elitismo del cual el poeta era su portador. A semejantes voces, Aznar Soler hace una sutil diferenciación entre dos tipos de personajes: por un lado menciona al dandismo que hace referencia a la golfemia, a una bohemia galante, festiva o dorada; apunta al intelectual aburguesado que pasa a una clase superior y adopta frívola existencia de los señoritos. Y por otro lado clasifica a la bohemia como actitud que supone un radicalismo cultural, una utopía de la insurgencia, con sus fraternizaciones tabernarias y su fe titánica en la voluntad. Se trata de la bohemia negra, heroica o santa; del artista proletarizado que los burgueses – el homo oeconomicus – intuyen como peligroso y potencialmente revolucionario.[7]
En resumidas cuentas, la Bohemia como movimiento político – cultural se contrapuso al cientificismo, resaltando la importancia del individuo al que lo situaba como sujeto portador de originalidad. El lenguaje que se usó para expresar ideas críticas a lo foráneo fue un tanto “contaminado” con su crítica, es decir, la exacerbación de expresiones propias de los dueños del saber. Para mostrar lo hasta aquí dicho es pertinente citar el siguiente fragmento de Ariel:
Comprendo bien que se aspire a rectificar, por la educación perseverante, aquellos trazos del carácter de una sociedad humana que necesiten concordar con nuevas exigencias de la civilización y nuevas oportunidades de la vida, equilibrando así, por medio de una influencia innovadora, las fuerzas de la herencia. - Pero no veo la gloria, ni el propósito de desnaturalizar el carácter de los pueblos – su genio personal – para imponerles la identificación con un modelo extraño al que ellos sacrifiquen la originalidad irremplazable de su espíritu; ni en la creencia ingenua de que eso pueda obtenerse alguna vez por procedimientos artificiales e improvisados de imitación.[8]
Breve análisis del ambiente político – cultural en la instauración de la Reforma Universitaria de 1918
El clima político mundial dio su fruto, los jóvenes argentinos se subieron a los aires revolucionarios – reformistas para hacer saber sus necesidades. Fue así, que en la ciudad de Córdoba se inicia la Reforma Universitaria que posteriormente seguirá su periplo por distintos países de América Latina. Dentro de los principales exponentes del movimiento reformista, se encuentra Deodoro Roca quien entre otras cosas denunciaba un régimen académico anacrónico montado sobre “el derecho divino del profesorado universitario”. Allí se reclamaba el poder de decisión para los estudiantes, en tanto soberanos primordiales de una universidad democrática.[9]
Los estudiante, genuinos actores y con reclamos que les correspondían, encontraron apoyo en distintos personajes relevantes de la época, como fue el caso de Alejandro Korn. Este pensador no sólo alentó a los jóvenes sino que también se encargó de desmentir cualquier atribución que no formara parte de lo solicitado, además desligó a éstos de todo tipo de intenciones maliciosas que, por ese entonces, se hacían oír.
Los estudiantes veían en la Universidad una institución estática que necesitaba, para su buen funcionamiento, la intervención de actores que impulsaran el cambio. En el marco de ese análisis es donde se promueve la participación en el gobierno universitario de los estudiantes. Los jóvenes le otorgarían a una institución como la mencionada su aire revolucionario que evitaría la impavidez frente a los sucesivos cambios a los que merece ser sujeta. Las ideas que perseguían los jóvenes de otrora, aquello que aún no se hacía presente se encuentra resumido en las siguientes líneas:
En tiempos de liberación social, las nuevas generaciones además de sobrepasar el realismo ingenuo, interconectan la alta especulación con el saber popular y preparan la emancipación del brazo y la inteligencia. Esa misma juventud heroica, que cuestionó a sus maestros, daría lugar a una nueva existencia dentro del espacio incontaminado y la mentalidad virgen de nuestro continente americano, desprovisto de egoísmos materiales, donde podría efectivizarse la hermandad de los trabajadores.[10]
A modo de conclusión
Para comprender la historia de la juventud de manera holística es imprescindible realizar un abordaje diacrónico que nos permita contextualizar las ideas y sus respectivas respuestas, es decir, la cultura y la contracultura. Por otro lado, resulta necesario entender que los pensamientos tienen un tiempo de maduración dentro del cual coexisten distintas visiones del mundo que se interpelan mutuamente. Es en esta dialéctica en donde se conforman las distintas identidades juveniles que identificándose y diferenciándose entre sí permiten hablar de cuestiones tales como los jóvenes de la bohemia, los jóvenes de la Generación del ‘80, etc.
Los jóvenes pertenecientes a las clases menos sufridas, han sido en muchos casos los grandes críticos, permitiendo de esta manera poner sobre la mesa temas que incluyen en su solución acciones reformistas. Esta actitud, permitió durante un largo período de nuestra historia la acción mancomunada entre jóvenes estudiantes y obreros. Ambos actores comprendieron desde su lugar la realidad del otro permitiéndose pensar en un mundo más justo. En este proceso empático, se deja ver la identidad en su faceta más positiva [donde] implica un aprehender la realidad, con su cúmulo de contradicciones, para mejorar sensiblemente las condiciones y la calidad de vida, para readecuar las estrategias […] Aquí el proceso identitario se asemeja a la utopía, en tanto ambas representan intentos o aspiraciones para modificar el orden existente.[11]
Bibliografía
· Biagini Hugo E., Roig Arturo A. (directores) El pensamiento alternativo en la Argentina del siglo XX, Tomo I Ed. Biblos 2004, Argentina.
· Biagini Hugo E., Identidad Argentina y Compromiso Latinoamericano, Ed. UNLa 2009, Argentina.
· Biagini Hugo E., Entre la identidad y la globalización, Ed. Leviatán 2000, Argentina
· Biagini Hugo E., Fines de siglo, fin de milenio, Ed. UNESCO / Alianza 1996, Argentina.
· Biagini Hugo E.; Roig Arturo Diccionario del pensamiento alternativo, Ed. Biblos
· Biagini Hugo E., Utopías juveniles. De la bohemia al Che, Ed. Leviatán 2005, Argentina.
· Biagini Hugo E., La Reforma Universitaria. Antecedentes y consecuentes, Ed. Leviatán 2000, Argentina.
· Michelet Jules, El Estudiante, Ed. Siglo XXI 1972, México.
Rodó José E.,
Ariel, Ed. Losada 2007, Argentina
r Michelet Jules, El Estudiante,
[2] Ramaglia Dante en El pensamiento alternativo en la Argentina del siglo XX Pág. 124.
[3] Biagini Hugo E., Fines de siglo, fin de milenio, Pág. 41 – 42.
[4] Biagini Hugo E., Fines de siglo, fin de milenio, Pág. 44 – 45.
[5]Biagini Hugo E., Identidad Argentina y Compromiso Latinoamericano, Pág. 43.
[6] Biagini Hugo E., Utopías juveniles. De la bohemia al Che, Pág. 35.
[7] Biagini Hugo E., Utopías juveniles. De la bohemia al Che, Pág. 43.
[8] Rodó José E., Ariel, Pág. 105 – 106.
[9] Biagini Hugo E., La Reforma Universitaria. Antecedentes y consecuentes, Pág. 17.
[10] Biagini Hugo E., La Reforma Universitaria. Antecedentes y consecuentes, Pág. 20.
[11] Biagini Hugo E., Entre la identidad y la globalización, Pág. 29-30.