I. Presentación
Para poder pensar en el fenómeno de la Globalización y en todas las implicancias que él acarrea, es necesario poder desnaturalizar ciertas apreciaciones que han sido comunes en su análisis. Una de ellas es la idea de que la Globalización es un proceso cuyo resultado (entre otros) es la “erosión” de las fronteras de los Estados (sobre todo proyectado desde el punto de vista financiero y mercantil). Como consecuencia, la dinámica globalizatoria parecería constituirse como una suerte de molde a partir del cual el mundo se diluiría anulando las diferencias y, consecuentemente, las desigualdades. Desde esta perspectiva las instituciones y procesos surgidos de la globalización parecerían instituirse como un idílico remedio a las diferencias ente naciones centrales y naciones marginales, entre migrantes ilegales y ciudadanos, entre clases poderosas y pobres.
Sin embargo, haciendo justicia a las realidades que día a día se viven en la actualidad y desde hace ya largo, parecería importante poder profundizar en algunas nociones y prácticas que parecen dar por tierra con los análisis anteriormente citados y que constituyen o son el resultado de la globalización misma. Acertadamente, Saskia Sassen en su texto Una sociología de la globalización[i] insta a realizar un análisis de los procesos globalizatorios desde una perspectiva bifronte: por un lado las dinámicas nacidas de la globalización han logrado interrogar las estructuras de los estados-nación modernos a partir de un desgaste sostenido de la relación territorio-cultura-pertenencia; pero por otra parte todas esas dinámicas (instituciones, prácticas, redes, etc.) surgidas de la globalización misma están asentadas en las estructuras de las naciones. En este sentido no habría simplemente una destrucción de los ideales nacidos del seno de la nación moderna, sino un habitar conjunto de elementos e instituciones nacionales y globales. A la luz de esto, sí parecería posible una efectiva “deconstrucción” de los binarismos modernos, porque se reconocerían dinámicas que se configurarían como ambivalentes en lo que respecta a las pertenencias, las filiaciones o lo identitario.
En esta línea, entonces, podría sostenerse que la Globalización no sólo se constituye a partir de aquellos procesos considerados puramente globales (como la movilidad transnacional del capital financiero, los flujos migratorios o el asentamiento de empresas extranjeras en países marginales, por nombrar algunos), sino también a partir de las dinámicas que no forman parte de lo global pero que son consecuencia de la globalización misma. En este último aspecto sería necesario hablar de “localizaciones de la globalización” dentro de los ámbitos del Estado. De este modo, se torna interesante estudiar las tramas que vinculan lo nacional con aquello que no necesariamente está englobado en el ámbito de la nación, y los actores y procesos que constituyen este fenómeno. A este respecto, tanto la migración como las redes transfronterizas que a partir de ella se forman son fenómenos ricos para el análisis.
De esta forma, se plantea un doble propósito para el presente trabajo: por un lado se intentaría dislocar el discurso naturalizado desde el Neoliberalismo sobre la globalización, cuya nota fundamental residiría en la supuesta “erosión de fronteras” y el acercamiento de las diferencias al punto de la disolución; y por otro lado, se tratarían de pensar las localizaciones producidas por los mismos procesos globales (específicamente las nacidas de las dinámicas migratorias), en tanto son éstas las que pueden guiar el análisis hacia el descentramiento tanto de la noción de globalización como de la de Estado nacional. Es interesante recalcar que este último punto es necesario para desarrollar el primero, porque da cuenta de que en la medida que la globalización se localiza en diferentes espacialidades dentro de los ámbitos nacionales hay un descentramiento de la noción misma de globalización, dejando traslucir las caras no vistas generadas por esta dinámica.
II. Globalización y territorio: el Estado-nación interrogado
a. Nación o globalización
Pareciera no existir un acuerdo teórico acerca de la noción de Globalización. Esto sucede porque ésta se configura como un objeto en constante cambio, habitado por una multiplicidad de actores y fenómenos. Varios autores (Beck[ii], Dietschy[iii], Fornet-Betancourt[iv], García Canclini[v], Giddens[vi], Sassen[vii]), coinciden en que el estudio del proceso globalizatorio debe plantearse teniendo en cuenta su “multidimensionalidad” y la diversidad de fenómenos que lo atraviesan. A su vez, como sostiene García Canclini, existe una enorme variabilidad de formas de habitar los procesos globales y de imaginar la globalización según el lugar de enunciación en el que el agente está situado. De esta forma, los discursos acerca de ésta no serían unívocos.
Como explica Beat Dietschy[viii], existen diferentes acercamientos al tema si el análisis se inicia en las condiciones en las que tuvo origen: a. algunos autores sostienen que los procesos globales comenzaron con las primeras expediciones de los colonizadores en el siglo XV hacia el “lejano oriente” y con el concomitante intercambio de mercancías que allí comenzaba a ser asiduo, para luego perfeccionarse con la Revolución Industrial, el auge del capitalismo en el siglo XIX y el neocolonialismo; b. también puede pensarse que la dinámica globalizatoria tuvo su inicio en la década de 1970 a partir de las reformas económicas estructurales impuestas desde los organismos internacionales de crédito a los países del “tercer mundo”; c. otros acuerdan en que su inicio coincide con la caída del bloque socialista en 1989 y la masividad de las tecnologías y comunicaciones luego de la finalización de la Guerra Fría; y por último, algunos pensadores (Gorz, Hinkelammert) afirman que se configuró como respuesta a la “crisis de la gubernamentabilidad”, a partir de la cual se experimentó un paso de ciertas competencias del sector público al privado.
En este sentido, García Canclini expone que “Los conocimientos disponibles sobre globalización constituyen un conjunto de narrativas obtenidas mediante aproximaciones parciales en muchos puntos divergentes”[ix].
No obstante, resulta imprescindible poder diferenciar las particularidades de los procesos globales respecto de otras dinámicas que efectivamente supieron vincular a las naciones pero desde una relación bien diferente.
Saskia Sassen, en este punto, logra hacer una distinción entre lo que ella denomina “ciudades globales” y las antiguas capitales imperiales, que ella llamará “ciudades mundiales”. Éstas últimas, sostiene, «existen hace muchos siglos, pero la ciudad global es un concepto mucho más específico en tanto se propone captar la configuración actual e incorporar la enorme complejidad de los sistemas técnicos-económicos contemporáneos»[x]. Es importante tener en cuenta que las ciudades globales no existen por sí mismas, sino en relación con los circuitos transnacionales que en ella habitan y con el resto de las ciudades globales. Por el contrario, las antiguas ciudades mundiales poseían una independencia y una existencia autárquica respecto de las otras urbes imperiales.
En esta línea, García Canclini[xi] realiza una interesante diferenciación de los procesos que constituyen la Globalización. Para él es necesario poder diferenciar entre la “internacionalización”, la transnacionalización y la globalización propiamente dicha. La primera, explica, se inicia con los movimientos transatlánticos y la apertura comercial de América Latina y el “Lejano Oriente”. Sin embargo la mayoría de los mensajes y símbolos se producían y permanecían in situ. La transnacionalización, en cambio, sería un proceso nacido de la internacionalización de la economía y la cultura a partir del asentamiento, sobre todo, de empresas cuyas sedes no están específicamente en la nación en la que se establecen. Sin embargo, los discursos y mensajes siguen perteneciendo en la nación de origen de dichas empresas. Ahora bien, la Globalización utiliza los dos movimientos anteriores en su constitución, pero se construye a partir de la interdependencia y el incremento de las relaciones económicas, sociales y culturales a nivel mundial. Obviamente, a esto le agrega el papel innegablemente importante que las nuevas tecnologías y medios de comunicación han adquirido en las últimas dos décadas del siglo XX.
De estos postulados, resulta al menos problemático y sugerente el vínculo que puede establecerse entre Estado Nacional y dinámica global.
Beat Dietschy sostiene que como resultado de los procesos globales existiría una pérdida de poder al menos parcial del Estado nacional, ya que sus capacidades de control sobre el territorio y la economía disminuirían. Para este pensador esta dinámica equivaldría a:
«[…] un desmantelamiento de la democracia, ya que órganos no elegidos, tales como los mercados financieros, las instituciones, financieras internacionales o el Banco Central Europeo, determinan las condiciones básicas más importantes para la política económica y social»[xii].
Parecería claro que las funciones del Estado habrían sufrido un cambio o una reformulación, pero ¿sería acertado sostener que ha perdido poder?
A propósito de esto, Saskia Sassen revela que no existe un quiebre de poder en la figura del Estado, sino una “reconfiguración de sus funciones” en lo concerniente a la distinción entre lo público y lo privado. Explica que las dinámicas globales logran ser parte del territorio de una nación porque ellas, más que impuestas, se conforman como una decisión de Estado. En este sentido, la figura del Estado nacional sigue siendo medular en la ordenación geopolítica mundial, más allá de que sus dominios se hayan reordenado.
«[…] las espacialidades transfronterizas de la actualidad deben producirse en un contexto en el que la mayor parte del territorio se encuentra encerrado en un marco nacional altamente formalizado y con una densidad pronunciada, cuya autoridad exclusiva es el Estado-nación»[xiii].
Según esto, el Estado no sólo no quedaría excluido de lo global, sino que sería uno de los ámbitos fundamentales en donde se desarrollarían las dinámicas y transformaciones de la Globalización.
Tal como sostiene Benedict Anderson, habría un enorme vínculo entre el Estado-nación moderno y la territorialidad, la soberanía y lo discursivo. Esa relación, explica el autor, ni siquiera en la actualidad ha sido desarticulada. De hecho, según él, aunque desde las tramas globalizatorias parezca anunciarse el fin de los nacionalismos, lo nacional sigue configurándose como el “valor más universalmente legítimo en la vida política de nuestro tiempo”[xiv]. A este respecto, Sassen afirma que los aparatos estatales modernos pudieron funcionar en virtud de la nacionalización de todos los elementos al interior del territorio que pudiesen pertenecer al orden de lo público (cultura, identidad, legalidad, economía). Se plantearía, según la autora, una relación infranqueable entre el Estado de la modernidad y el orden territorial sobre el cual los distintos actores y tramas se homogeneizarían.
A partir de la globalización -explica Sassen- existe un indudable cambio en lo estatal en la medida en que se producen procesos transfronterizos e intervención de actores no enteramente pertenecientes al estado que obstaculizan el alcance de sus políticas y no dejan que sean lo suficientemente abarcativas. Son interesantes, a propósito de esto, una serie de conceptos[xv] que la autora propone para analizar la relación Estado-globalización:
a. Existen espacios que están contenidos dentro del marco territorial del Estado, pero que sirven en el entrecruzamiento de los “circuitos globales”. Esta dinámica es denominada por Sassen como lo “subnacional”.
b. A partir de esto, las instituciones propiamente estatales en muchos casos sufren una “desnacionalización” (total o parcial), lo cual genera un ingreso en el dominio de lo antiguamente estatal una serie de actores que no pertenecen a lo tradicionalmente concebido como público.
c. A su vez, Sassen también se detiene en aquellos procesos que no se instalan en los espacios estatales, pero que sí influyen sobre ellos (como el mercado global de capitales, por ejemplo). Estos circuitos transcienden el ámbito de la nación (aunque tienen una enorme influencia en ella) y por ello los denomina “supranacionales”.
Las ciudades globales –usando la terminología de Sassen- tienen un papel sumamente relevante en el vínculo entre nación y globalización, en la medida en que se configuran como los espacios en donde es posible que confluyan los procesos globales (vinculados tanto a las finanzas y el capital, como al mundo del trabajo, el derecho, etc..) con actores y dinámicas locales.
Beat Dietschy sostiene, en este aspecto, que la globalización opera mediante una dinámica insular: existen una serie de espacios relevantes para lo global que se configuran como las “metrópolis” de la globalización, trazando un escenario mundial constituido a la manera de un “archipiélago de islas «en desarrollo» rodeado de regiones económicamente prescindibles”[xvi]. Sin embargo, Sassen explica, la existencia de las ciudades globales podría poner en duda las jerarquías coloniales norte-sur en la medida en que ellas están repartidas por todo el mundo, incluso en naciones que en épocas anteriores eran consideradas marginales.
Es cierto que en las ciudades globales existen redes transnacionales que se vinculan con movimientos surgidos a partir de las dinámicas mismas de la Globalización, tales como agrupaciones de resistencia que operan a nivel transnacional (redes transfronterizas de migrantes o étnicas, observatorios transnacionales de Derechos Humanos, etc.), o también o redes ilegales de tráfico de personas vinculadas con el crimen organizado. Todas ellas, naturalmente, parecerían no poder ser categorizadas a partir de la división centro/periferia, No obstante, podría pensarse que esa jerarquización sigue existiendo en tanto las redes transnacionales vinculadas al capital se centran en los países del Atlántico Norte y son justamente sus prácticas las que generan los movimientos y redes anteriormente mencionadas.
En virtud de esto, podría sostenerse que en la época de la Globalización los estados siguen manteniendo su jerarquía dentro de lo que Wallerstein llamó “sistema-mundo”, y lo global podría plantearse también como un nuevo modo de colonialismo. Es necesario tener en cuenta que sólo en los países marginales se han asentado las empresas transnacionales cuyas sedes se hallan en los países del norte, y la concentración de operaciones globales se da con muchísima más intensidad en estos últimos (con lo cual los países antiguamente colonialistas son los más beneficiados en el nuevo orden mundial). De hecho, el ingreso a la Globalización en ciertas naciones ha sido una decisión de Estado supeditada a políticas acordadas en los países del Atlántico Norte a partir del Consenso de Washington.
Como sostiene Sassen, es necesario reconocer que ya no existe una diferenciación entre centro y periferia en virtud del lugar que ocupa una nación determinada en la cadena de producción. Ahora bien, ella explica que sí existiría una diferenciación constituida a partir de las distintas funciones que atraviesan los espacios en donde se desarrolla la dinámica global. En este sentido habría una reconstrucción de los espacios del capitalismo que sería más estratégica que universal[xvii].
García Canclini[xviii] trae a colación un concepto acuñado por Ulf Hannerz, el de “flujorama cultural global”[xix], para referirse al hecho de que la circulación global no es indiscriminada: los flujos tienen direcciones y escenarios preponderantes, por lo tanto no habría una clausura de la distinción centro-periferia.
A su vez, desde una Filosofía más de corte Intercultural, Jordi Corominas[xx] afirma que no existiría a partir de la globalización una anulación del etnocentrismo característico de la colonialidad. Por el contrario, este parecería no ser tan explícito, pero por debajo de las tramas globalizatorias existirían procesos de segregación que se manifestarían en diseños multiculturales en los Estados con grandes flujos migratorios, que desembocarían en relativismos racistas.
En consecuencia, se podría afirmar que las estructuras de poder dentro de las tramas de la Globalización responderían a un modelo de corte colonialista indirecto: las ciudades globales –aunque con cierta autonomía en sus decisiones- alojarían a una parte importante de ese poder emanado de los grandes capitales transnacionales, cuyas sedes centrales estarían afincadas en los territorios de los países centrales o ex metrópolis. Ahora bien, en ciertas situaciones (por ejemplo cuando se trata de reclamos de actores locales respecto de las políticas de la empresa, ya sean estos trabajadores o consumidores) se tornaría factible recurrir a la figura de la “sede central”. En este caso, el capital transnacional sortearía toda la legalidad de la nación en la cual se afinca y se ampararía en el hecho de no ser una empresa local[xxi].
Así, es factible sostener que la relación Estado nacional-globalización no sería de superación absoluta de una de las figuras por sobre la otra, sino de reubicación en lo que Saskia Sassen llama “un campo de poder más extenso”. De esta manera podría hablarse de una nueva manera de construir las cartografías de la hegemonía.
b. Lo local y lo global: ¿cómo pensar las fronteras en la globalización?
A partir de las dinámicas globales pareciera haberse generado una transformación de la noción de frontera que habitualmente se vinculaba a lo nacional o se concebía como aparato del sistema interestatal. La globalización, en efecto, parecería generar nuevas demarcaciones fronterizas que no se relacionan con el tradicional concepto de frontera, sino con dinámicas vinculadas con fenómenos más específicos que pueden estar sucediendo dentro del territorio nacional o en el vínculo entre este y el exterior.
Así, más allá de que la globalización haya generado cruces concretos de las fronteras de los Estados nacionales, también se dan otras relaciones que las desarticulan y generan nuevas maneras de pensar sus implicancias. Dentro de un mismo estado o incluso dentro de una misma ciudad puede haber una multiplicidad de fronteras (étnicas, de pertenencia nacional, clasista, etc.) y, en muchos casos, las pertenencias e identidades son irreductibles a la territorialidad de la nación, trascendiéndola. En consecuencia, podría sostenerse la existencia de una multiplicidad de demarcaciones fronterizas operando en el ámbito de la nación y en su vínculo con el exterior.
Debería pensarse entonces en demarcaciones fronterizas globales, que operarían no ya en la homogeneidad del territorio nacional, sino en las relaciones surgidas en lo transnacional o lo supranacional, y en los procesos al interior de la nación. A su vez, lo fronterizo dejaría de pertenecer al dominio exclusivo del Estado, pasando ciertas competencias relacionadas con su control al sector privado. En este sentido son sugerentes las migraciones de mano de obra calificada, las cuales perecerían reguladas fundamentalmente por las empresas de capitales privados de acuerdo a su necesidad (más allá de que los sujetos deban someterse al control estatal para proceder a migrar).
Así, Sassen sostiene que cuando el Estado interviene a través de políticas de control fronterizo, no lo hace aisladamente sino inserto en una “cadena de posiciones”:
«La frontera geográfica es apenas un punto más en esa cadena, ya que los puntos de intervención institucional para el control fronterizo pueden formar extensas cadenas en el interior del país de ingreso. Bancos, bienes y cuerpos, todos son posibles espacios para la imposición de regímenes de frontera»[xxii].
Según Sassen, las ciudades globales son espacios fronterizos en donde se experimenta una transición demográfica nacida de la reestructuración económica generada por la economía global. Allí se manifiestan las contradicciones de la globalización económica[xxiii]: trabajos mal remunerados, informalización, desvalorización y destrucción del salario familiar, escasas posibilidades del progreso. De esta manera, dentro de las ciudades globales se dan ciertos fenómenos que responden a la dinámica globalizatoria pero que no necesariamente forman parte de ella. En muchos casos estas localizaciones se manifiestan en movimientos de resistencia -como redes conformadas por comunidades excluidas (migrantes, minorías étnicas, trabajadoras).
García Canclini explica que:
«Al estudiar movimientos recientes de la globalización advertimos que estos no sólo integran y generan mestizajes; también segregan, producen nuevas desigualdades y estimulan reacciones diferencialistas. […] Algunos actores sociales encuentran en estos procesos recursos para resistir o modificar la globalización […]»[xxiv].
Por su potencial denunciante y resistente, las localizaciones de lo global se conforman como una posibilidad para la formación de nuevos tipos de identidades y como la piedra angular para pensar en una ciudadanía que trascienda los límites de la pertenencia unívoca a un Estado. Por este motivo puede pensárselas como la posibilidad de construir un proceso globalizatorio desde abajo.
Utilizando el término acuñado por Robertson[xxv] para las Ciencias Sociales, Corominas[xxvi] explica que la globalización debe pensarse como “glocalización” en la medida en que siempre se constituye como un proceso indisociable de lo local. En la misma línea, Fornet-Betancourt sostiene que la “glocalización” acentúa el intercambio dialógico entre lo local y lo global y explica que lo que se concibe como global en el imaginario hegemónico es la cultura occidental y capitalista, con lo cual para que pueda haber una “apropiación real por parte de lo local, lo que se llama local debe poseer un derecho de autodeterminación”[xxvii]. García Canclini, a su vez, insta a pensar la Globalización como un proceso construido en la interacción entre lo local y lo global, explicando que ninguno de los términos podría expandirse si estuvieran desvinculados.
Así, Corominas expone que:
«En contra de las apariencias, el hecho de conformar una sociedad mundial, lejos de quitar importancia a las actividades cotidianas y acciones locales, lo que hace es darles mucha mayor relevancia porque precisamente los modos de conducta social aparentemente más cotidianos, triviales y menos temáticamente concientes tienen repercusiones más profundas en la estructuración de la sociedad mundial que las acciones más intencionales»[xxviii]
III. Globalización y migración: nuevas formas de identidad y ciudadanía
Martínez Pizarro sostiene que la consideración por la Globalización es ineludible para los estudios migratorios:
«La globalización es el marco de análisis obligado de los movimientos migratorios internacionales contemporáneos, ya que por una parte contribuyen a su desarrollo y, por la otra, son una respuesta a las tensiones, desigualdades y conflictos vinculados a ese proceso»[xxix].
Resulta interesante remarcar que, junto con otras esferas de la vida de los Estados y en relación con el entramado generado por la Globalización, la migración ha sufrido una privatización a partir de 1990. Coincidentemente con la Neoliberalización de las economías de los países marginales, comenzaron a ser comunes los flujos migratorios procedentes de la exportación organizada de mano de obra. Sassen[xxx] sostiene a este respecto que en un primer momento la circulación transnacional de recursos humanos provenía de los requerimientos empresariales o respondía directamente a políticas de estado en vistas a la maximización de ganancias del sector privado, pero justamente esta selección por criterios de calificación de los sujetos hizo que la trata de personas se convirtiera en un negocio rentable para las redes ilegales. No es casual que los países con una alta tasa de crecimiento de la pobreza y el desempleo sean los más afectados en relación con las redes de trata y tráfico de seres humanos.
De esta forma, los procesos globales han generado consecuencias en el ámbito de la migración que podrían ser leídas en dos registros: uno se ubica en los espacios de poder (empresas transnacionales afincadas en países marginales, fomento estatal de ingreso de migrantes calificados a las naciones con altos recursos económicos, etc.) y otro se emplaza en los lugares excluidos del sistema (trabajadores que perdieron su empleo a partir de la aplicación de políticas neoliberales en países pobres, bajos salarios, condiciones laborales precarias, cuya salida de estas condiciones es la migración). En esta línea, Francisco Alba distingue entre un transnacionalismo desde arriba y uno formado desde abajo. Para el autor, este último está generado ante todo por los procesos migratorios, en la medida en que son ellos los que han logrado formar sólidas redes que interactúan en los espacios transfronterizos[xxxi]. A propósito de esto, Martínez Pizarro sostiene que las prácticas y organizaciones transnacionales emanadas de la sociedad civil migrante socavan los modos asimilacionistas con que el Estado ha tratado de trabajar con estas comunidades hasta el momento. Esto, explica el autor, ha demostrado la incapacidad de tratamiento que están teniendo los Estados para discutir políticas migratorias en defensa de los derechos de los migrantes[xxxii].
La globalización económica ha repercutido fuertemente en los países más marginales de la Globalización. Esto hizo que gran cantidad de ellos se convirtieran en centros de expulsión de ciudadanía por la falta de empleo o el deterioro de las condiciones del mismo.
Sin embargo, Saskia Sassen explica que es importante que el análisis de los procesos migratorios no se resuelva sólo en las dinámicas de expulsión de los Estados más pobres y la atracción que generan las naciones más ricas para quien migra. Ella sostiene que ha sido una constante en el estudio de los fenómenos migratorios la tesis de que todo proceso de desplazamiento trasciende la condición subjetiva, traduciendo fenómenos de carácter social. La autora expone que estas perspectivas son poco abarcativas en la medida en que dejan de lado las decisiones subjetivas y los motivos individuales que provocan la migración. Quien logra trasladarse mediante, por ejemplo, una red de tráfico de personas (como puede ser el coyotaje organizado) no suele ser un individuo pertenenciente a las clases económicamente más afectadas por la globalización neoliberal. Esto quiere decir que la decisión de migrar implica una serie de factores que se presentan en los individuos de manera dispar.
En esta línea, también resultaría sugerente incluir en el análisis de los procesos migratorios los imaginarios abiertos y múltiples que ofrece la globalización. A este respecto, García Canclini sostiene que:
«La época globalizatoria es esta en que, además de relacionarnos efectivamente con muchas sociedades, podemos situar nuestra fantasía en múltiples escenarios a la vez»[xxxiii].
Siguiendo la línea de análisis que propone García Canclini, podría pensarse en una suerte de dislocación de los simbolismos de pertenencia que, en otras épocas, se adscribían exclusivamente a lo nacional. En este sentido puede hablarse de una “expansión global de los imaginarios”[xxxiv].
Martínez Pizarro explica que existe una preocupación creciente de las autoridades porque las prácticas migratorias exceden los límites territoriales de los Estados y favorecen la creación de espacios transnacionales que se articulan sobre las redes que tejen los migrantes entre la sociedad de origen y la de destino. Él explica que esto produce una reconfiguración de la identidad personal, local y nacional que escapa al control y la hegemonía que habitualmente se construía desde el Estado.
«Producto de los vínculos familiares, políticos y económicos entre los lugares de origen y de destino se establecen formas de vida que trascienden los límites geográficos y políticos de los países, desafiando el poder y el alcance de los Estados para controlar y gobernar a una población determinada en un territorio delimitado»[xxxv].
Esto genera una tensión en la relación territorio-cultura-pertenencia, dislocando la relación entre Estado y ciudadanía. A propósito de esto, García Canclini explica que es necesario “globalizar los derechos ciudadanos”, logrando que las pertenencias e identidades nacidas de los procesos migratorios encuentren reconocimiento en una concepción más abierta de la ciudadanía, capaz de abarcar múltiples imaginarios[xxxvi].
[i] SASSEN, Saskia (2007) Una sociología de la globalización, Katz, Buenos Aires.
[ii] BECK, Ulrich (2002), ¿Qué es la Globalización?, Paidós, Buenos Aires.
[iii] DIETSCHY, Beat (2003) “Globalización: ¿hecho, destino o quimera?”, en FORNET-BETANCOURT, R. (Ed.) Resistencia y solidaridad. Globalización capitalista y liberación, Trotta, Madrid.
[iv] FORNET-BETANCOURT, R. (2003) “Para una crítica filosófica de la Globalización”, en FORNET-BETANCOURT, R. (Ed.) Resistencia y solidaridad. Globalización capitalista y liberación, Trotta, Madrid.
[v] GARCÍA CANCLINI, Néstor (2000) La globalización imaginada, Paidós, Buenos Aires.
[vi] GIDDENS, Anthony (1991) The Consequences of Modernity, Polity Press, Cambridge University.
[vii] SASSEN, Saskia, Op. Cit.
[viii] DIETSCHY, Beat, Op. Cit. Pps. 13 y 14.
[ix] GARCÍA CANCLINI, Néstor (2000), Op. Cit. Pp.47.
[x] SASSEN, Saskia, Op. Cit. Pps. 35, 36.
[xi] GARCÍA CANCLINI, Néstor, Op. Cit. Pps. 45, 46.
[xii] DIETSCHY, Beat, Op. Cit. Pp. 28.
[xiii] SASSEN, Saskia, Op. Cit. Pp. 25.
[xiv] ANDERSON, Benedict (2006) Comunidades imaginadas. Reflexiones sobre el origen y la difusión del nacionalismo, FCE, México. Pp. 19.
[xv] SASSEN, Saskia, Op. Cit. Pps. 29 y ss.
[xvi] DIETSCHY, Beat, Op. Cit. Pp. 26.
[xvii] SASSEN, Saskia, Op. Cit. Pps. 67 y ss.
[xviii] GARCÍA CANCLINI, Néstor (2000), Op. Cit. Pp. 54.
[xix] HANNERZ, Ulf (1997) “Fluxos, fronteiras, híbridos: palavras-chave da antropología transnacional”, en Maná, 3 (1), Río de Janeiro. Pp. 7-39.
[xx] COROMINAS, Jordi (2003) “La Globalización desde una perspectiva cultural”, en FORNET-BETANCOURT, R. (Ed.) Resistencia y solidaridad. Globalización capitalista y liberación, Trotta, Madrid. Pps. 41 y ss.
[xxi] Es sugerente pensar en la situación argentina pre y pos 2001, en donde los bancos de capital extranjero se desvincularon de sus sedes centrales para evadir responsabilidades frente a los reclamos de los ahorristas. Lo curioso es que justamente los individuos que decidieron optar por la banca extranjera lo hicieron en virtud de la “confianza” que les generaban las economías de los países a los cuales los bancos de los que eran clientes pertenecían.
[xxii] SASSEN, Saskia, Op. Cit. Pps. 269 y 270.
[xxiii] SASSEN, Saskia, Op. Cit. Pp. 152.
[xxiv] GARCÍA CANCLINI, Néstor (2005) Culturas híbridas, Paidós, Buenos Aires. Pp.22.
[xxv] ROBERTSON, Roland (1996) Globalization: Social Theory and Global Culture, Sage, Londres.
[xxvi] COROMINAS, Jordi, Op. Cit. Pp. 43.
[xxvii] FORNET-BETANCOURT, Raúl, Op. Cit. Pp. 69.
[xxviii] COROMINAS, Jordi, Op. Cit. Pp.44.
[xxix] MARTÍNEZ PIZARRO, Jorge (Ed.) (2008) América Latina y el Caribe: migración internacional, derechos humanos y desarrollo, Libros de la CEPAL, Publicaciones de las Naciones Unidas, Sgo. De Chile. Pp.40.
[xxx] SASSEN, Saskia, Op. Cit. Pps. 169 y ss.
[xxxi] ALBA, Francisco (2007) “Globalización y migración mexicana”, en ESCOBAR LATAPÍ, Agustín, Nación, Estado, comunidad: consolidación y emergencia en la migración mexicana, Editorial Antropofagia, Buenos Aires. Pp.32.
[xxxii] MARTÍNEZ PIZARRO, Jorge (Ed.) Op. Cit. Pp.40.
[xxxiii] GARCÍA CANCLINI, Néstor (2000), Op. Cit. Pp.33.
[xxxv] MARTÍNEZ PIZARRO, Jorge (Ed.) Op. Cit. Pp.41.
[xxxvi] GARCÍA CANCLINI, Néstor (2005), Op. Cit. Pp.28.