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Trabajo y migración en las fronteras de la precarización

por Daniela Romina Ferreyra (FFL, UBA)
 


El presente trabajo se propondrá bucear en las transformaciones del capitalismo, desde una exégesis que involucre los discursos globalizadores legitimantes de las imposiciones del mercado, sobre todo haciendo pivot en las mutaciones de los últimos tiempos sin ánimos de demérito de los cambios más alejados en el tiempo. Estos últimos serán puestos de relieve toda vez que se torne pertinente para abonar la exégesis de la cuestión central que se propone esta obra. De la mano de las transformaciones del capital se mostrará su necesario correlato en el mundo del trabajo y su condicionamiento mutuo en el sustento de cada uno por el otro.

El mercado del trabajo, en un sistema que se presenta más bien fractal, con una ineludible recombinación de sus dispositivos constitutivos y legitimantes se torna mutable en su aspecto sin dejar de servir de eje articulador de los otros elementos que se imbrican y se condicionan mutuamente en este entramado que deviene el capital. El desarrollo de la informática trae el sello de quiebre en las relaciones hacia dentro del sistema transformando cualitativamente y en cierto sentido facilitando el desplazamiento y la expansión intrínseca al sistema. Así surgen nuevos trabajadores que, con sus innovadoras modalidades disfrazan una práctica ancestral del capitalismo que en los márgenes del círculo económico aún guardan las mismas características. Nuevas formas de esclavitud conviven con las viejas en una ‘armoniosa' convivencia.

En este espacio de circulación, se pondrá de manifiesto el rol de la circulación de personas. Las migraciones serán un elemento medular para pensar no sólo las nuevas formas de circulación, sino también las históricas en el marco de la constitución y desarrollo del capitalismo global. Aquí aparecerán otros dispositivos de poder que, urdidos por el capital para consolidar su imposición a nivel mundial, abonarán nuevas clasificaciones. De este modo de la mano de Yann Moulier-Boutang se arriesgará una re-segmentación del mercado de trabajo bajo el nombre de ‘etnicización'. Así, no sólo las migraciones como fenómeno o proceso serán un elemento medular de análisis, sino que la figura de migrante cristalizará una contradicción particular propia del modelo de flexibilidad, a la vez que se propondrá la imposibilidad de pensar el desarrollo del mercado de trabajo ‘libre' sino a condición del mercado de trabajo dependiente.

En el marco de una investigación por el lugar de las migraciones en el mundo del trabajo, se avanzará en una pequeña reflexión en torno a la frontera. Se mostrará la ambigüedad que ella reviste tanto en su ámbito lingüístico-formal como en su práctica concreta. No habrá una concepción unificada de frontera para cualquier migrante o migranta en tanto ésta servirá de ratificación simbólica tanto de estatus sociales como de sentimientos de pertenencia, generando valoraciones diferenciadas según quién sea el transeúnte. Esto no permanecerá en el plano de lo simbólico sino que será proyectado al campo práctico mediante aplicaciones bien concretas, que sobre todo serán padecidas por aquellos que habitan los sitios marginados del sistema. Así, la frontera externa devendrá interna tornándose cada migrante, en sí mismo una frontera. Mostrando explícitamente en su cuerpo la materialización de ser efectivamente una frontera.

Por fin y con el objetivo de poner de relieve cierta ambigüedad en la figura del trabajador y la trabajadora migrante, se expondrán pequeñas -pero no por eso sumamente importantes- experiencias que sitúan a los migrantes y las migrantas en el polo de la resistencia. De este modo se habrá llegado al término de este trabajo, con la esperanza de que la articulación de estos elementos haya puesto de relieve una denuncia útil a una interpretación de la realidad que pretende inscribirse en el proceso de una transformación mayor de la misma.

Capitalismo versátil, trabajos variables

Al capital le conviene un movimiento intrínseco. El capitalismo mundial está lejos de ser una totalidad homogénea y continua. Siguiendo a Aníbal Quijano es posible aseverar que:

“Al contrario, como lo demuestra América, el patrón de poder mundial que se conoce como capitalismo es, en lo fundamental, una estructura de elementos heterogéneos, tanto en términos de las formas de control del trabajo-recursos-productos (o relaciones de producción) o en términos de los pueblos e historias articulados en él. En consecuencia, tales elementos se relacionan entre sí y con el conjunto de manera también heterogénea y discontinua, incluso conflictiva. Y son ellos mismos, cada uno, configurados del mismo modo.”[1]

Es posible afirmar que la expansión es un fenómeno inherente al capitalismo pero con la particularidad que cobra diferentes formas de acuerdo a sus necesidades. Así, con la era de la globalización se producen movimientos, cambios, estrategias que ponen de manifiesto nuevas topologías económicas a la vez que se reacomodan los mecanismos ideológicos que mantienen las exclusiones constitutivas del sistema. En este caso, el concepto general de “globalización” condensa una serie de procesos que se inician mutuamente. Las estrategias discursivas que abrieron la posibilidad de cierta aceptación y plausibilidad del modus operandi neoliberal, mediante un discurso de pretensiones descriptivas, no pudieron ocultar sus aristas normativas.

“En este sentido, el discurso de la globalización es una estrategia de sujeción y sometimiento, que demanda docilidad frente a lo ineludible: las necesidades imperiosas de la competencia global. Por cierto, para sus principales actores, que operan a nivel global, no se trata de coerciones que ellos sufren, sino que imponen a otros para fortalecer su poder. En cambio, a nivel local, regional o nacional éstas son percibidas como normas absolutas que, bajo pena de ruina, deben ser observadas.” [2]

En este marco neoliberal se supone un mundo fractal, un desplazamiento de sus actores, una desterritorialización del capital y consiguientemente de otros ámbitos, impulsados por su mismo ímpetu trasnacional que deviene una recombinación entre estado, economía, capital, trabajo, etnia, tecnología, sexo, clase, género, conocimiento. Estos elementos se articulan en una red, imbricados, complejamente relacionados. En este marco la sociedad es concebida como el lugar de emplazamiento de la economía. Las tecnologías digitales, por su parte, han hecho posible una organización de la producción cada vez más independiente no sólo del territorio sino también de la fábrica. El capital puede desplazarse por todo el globo gracias a la transferencia instantánea de la información. Con la creación de Internet se signan y estructuran algunos cambios fundamentales de las interrelaciones mercantiles, subjetivas, productivas. Al respecto Franco Berardi analiza:

“Internet no es una máquina de hacer dinero. No lo ha sido nunca y no puede convertirse en ello. Esto no quiere decir que la red no tenga nada que ver con la economía. Por el contrario, se ha convertido en una infraestructura indispensable para la producción y la realización del capital. Internet ha abierto un capítulo totalmente nuevo del proceso de producción. La inmaterialización del producto, el principio de cooperación, la continuidad inseparable entre producción y consumo han hecho saltar los criterios tradicionales de definición de valor de las mercancías.”[3]

Mientras el capital se despliega, mostrando sus múltiples aristas urdidas en una malla compleja de relaciones; van des-cubriéndose las formas en que sus elementos deben ser tramados para cumplir los objetivos impuestos. El ámbito del trabajo se ve obligado a mutar sin dejar de ser eje de articulación del entramado compuesto por otros ámbitos tejidos por el capital. Así, el trabajo se fractaliza creando ambientes nuevos, reforzando formas antiguas. “La gran innovación capitalista de las décadas de 1980 y de 1990 ha sido, pues, la invención de medios de captura de este exceso subjetivo.”[4] En este despliegue nos encontramos con el surgimiento de formas de trabajo que pueden prescindir de un sitio uniforme, de encuentro con otros trabajadores y otras trabajadoras. “La respuesta capitalista a la crisis, con todos sus aspectos despóticos, sólo podía tomar como punto de partida estos nuevos modos de riqueza subjetiva, atraparlos, hacerlos trabajar en las nuevas fábricas.”[5]

Para determinados trabajos que son pasibles de ser resueltos por la vía informática, ya no es imprescindible la mano de obra concentrada en un mismo espacio físico, el mismo trabajo puede realizarse en el espacio que cada operador elija. Los obreros que producen un automóvil deben estar reunidos al mismo tiempo, en un mismo espacio físico para transformar los materiales que darán por resultado un objeto producto de su cooperación. Sin embargo, programadores que producen una aplicación informática pueden realizar su trabajo en lugares distintos y tiempos diferentes; de este modo los dispositivos tradicionales para optimizar la productividad -disciplina, amenaza, salario mayor- aparecen diferidos de este nuevo suceso. La optimización de la productividad se hace visible desde la óptica de la desterritorialización, descentralizando el espacio de trabajo y ampliando el tiempo de trabajo hasta alcanzar el día entero. Así, la incorporación del teléfono móvil imprime una nueva particularidad al tiempo de trabajo, el tiempo ‘celularizado' de las personas es sometido a condiciones de tipo esclavista. Y en este marco “el esclavismo contemporáneo no es sancionado formalmente por la ley, sino que es incorporado rigurosamente en los automatismos tecnológicos, psíquicos, comunicativos.”[6]

De la mano del neoliberalismo se propone un trabajador autónomo, empresario de sí mismo como una particularidad de por sí positiva. Desde este discurso, el “trabajador intelectual" a menudo puede organizar sus tiempos y sus relaciones. En este ámbito emerge un trabajador que habita y busca re-significarse en un terreno donde el trabajo no es sólo temporario sino fragmentado, efímero, precario. A diferencia del trabajador asalariado, este trabajador-empresario de sí mismo debe hacerse cargo de sus propias cargas sociales como empleado de sí, tareas propias del empleador en el esquema tradicional. Por otra parte y sin ahondar mucho en este aspecto particular, este tipo de trabajador se ve pro-yectado a identificarse con su tarea, haciendo de su trabajo su cometido existencial con las inmensas consecuencias que esto conlleva, sobre todo en su esfera más intima de subjetivación, si el desenlace es un fracaso.

Pero esta cuestión no sólo atañe a los trabajadores y las trabajadoras vistas desde la perspectiva individualista del complejo entramado del capital, sino que vale también para las empresas que han diseminado sus productos por el mundo, pero no ya sus productos terminados sino su realización, la fragmentación y diseminación de la línea de trabajo se ajusta también a los cambios del sistema y abona a la coherencia cinemática del ciclo económico. La tecnologización e informatización en el ámbito laboral, permite una desterritorialización en sintonía con la lógica del capital.

De un lado surge una atmósfera particular que transforma las consideraciones respecto de los espacios de trabajo poniendo de relieve los tiempos del mismo. Y de otro, prácticas ancestrales se reafirman como formas decisivas del proceso de trabajo global. El capitalismo ha podido expandir sus límites, imponiendo su violencia económica, el desarrollo desigual, la guerra. Sin embargo, la distribución mundial del trabajo presenta desde hace tiempo algunos matices que Aníbal Quijano advierte de un modo inusitado:

“En el “centro” (eurocentro), la forma dominante, no sólo estructuralmente, sino también, a largo plazo, demográficamente, de la relación capital-trabajo, fue salarial. Es decir, la relación salarial fue, principalmente, “blanca”. En la “periferia colonial”, en cambio, la relación salarial fue con el tiempo estructuralmente dominante, pero siempre minoritaria en la demografía como en todo lo demás, mientras que las más extendidas y sectorialmente dominantes fueron todas las otras formas de explotación del trabajo: esclavitud, servidumbre, producción mercantil simple, reciprocidad. Pero todas ellas tuvieron, desde la partida, articuladas bajo el dominio del capital y en su beneficio.”[7]

En igual sentido pero en otro texto[8], el mismo autor afirma:

“En América Latina en particular, las formas más extendidas de control del trabajo son no-salariales, aunque en beneficio global del capital, lo que implica que las relaciones de explotación y de dominación tienen carácter colonial. La Independencia política, desde comienzos del siglo XIX, está acompañada en la mayoría de los nuevos países por el estancamiento y retroceso del capital y fortalece el carácter colonial de la dominación social y política bajo Estados formalmente independientes. El eurocentramiento del capitalismo colonial/moderno, fue en ese sentido decisivo para el destino diferente del proceso de la modernidad entre Europa y el resto del mundo.”[9]

Al día de hoy, en las áreas periféricas del mundo, donde las corporaciones globales han localizado los trabajos manuales, el esclavismo es fácilmente reconocible. Terribles condiciones de trabajo, horarios de diez o doce horas diarias, pagas inferiores al mínimo indispensable para solucionar las vicisitudes de la vida cotidiana. En el año 2006, el ‘Centro de estudios para el desarrollo argentino' (CENDA) en su informe trimestral nº 9, analiza el caso de los trabajadores y las trabajadoras textiles en Argentina, poniendo de relieve, entre otros datos, las formas de contratación informal en el complejo textil:

“Trabajo a Domicilio: Personas que tienen máquinas en sus domicilios realizan diversas tareas (corte, estampado, bordado, confección, terminación) de la producción de prendas de vestir por subcontratación y a pedido. El pago es a destajo. Está regulado por la Ley Nº12.713, según la cual la responsabilidad de los contratistas incluye el pago de salarios y beneficios sociales, pero dichas obligaciones no se cumplen en la mayoría de los casos.

Trabajo asalariado no registrado: Se da mayoritariamente en los pequeños talleres. Los trabajadores cobran, en el año 2006, entre $1,5 y $2 la hora, y su estabilidad laboral es flexible a los ajustes y coyunturas del ciclo económico.

Trabajo “semi-esclavo”: Regenteado por personas que se ocupan de traer directamente a los trabajadores al país, fundamentalmente desde Bolivia. Decenas de ellos comen y duermen en galpones junto a los propios talleres. Entre los trabajadores se registra la presencia de menores, de 12 a 17 años.”[10]

Dos años más tarde el diario Página/12 hace público un acontecimiento ocurrido años atrás en la provincia argentina de Formosa. El, en ese momento secretario segundo de Confederaciones Rurales Argentinas (C.R.A.), Ricardo Buryaile supo tener esclavizados en la provincia de Formosa a alrededor de 8 personas de nacionalidad paraguaya “traídos especialmente” para la tarea de desmonte[11]. El mismo Buryaile, un año y medio después de trascendida la noticia se postula como candidato a legislador provincial de la misma provincia por un compuesto de partidos políticos reunidos bajo el nombre de ‘Acuerdo Cívico y Social'.

La esclavitud sigue siendo un factor constitutivo de la riqueza y una forma decisiva del proceso de trabajo mundial. En la entraña de la metrópoli global el esclavismo se viste de trabajadores y trabajadoras hiperactivos, celularizados, movidos por ritmos incontrolables. En los contornos de aquella metrópoli, la esclavitud no ha maquillado demasiado su aspecto en comparación con tiempos remotos. El entramado despliegue del capital urde viejas y nuevas formas de esclavitud que celebran su vigencia.

El trabajo errabundo

En su despliegue, el capitalismo ha mostrado una docilidad para el cambio donde la circulación se torna medular. La circulación de bienes, de información, de signos, de personas. Conviene poner de relieve que la cuestión que atañe a la circulación de personas no es una novedad del capitalismo de estos tiempos. En su libro Derecho de Fuga, Sandro Mezzadra recoge una observación donde se explica que Europa ha olvidado a las masas inmensas de individuos sin historia que conforman otra Europa: la habitada por una población fluctuante de trabajadores migrantes quienes eran considerados por la opinión pública «burguesa» como una amenaza[12]. Más adelante, señala:

“Como el autor [Yann Moulier-Boutang] demuestra en una serie de estudios específicos extremadamente rigurosos, la instauración de (…) la esclavitud en la economía atlántica y las distintas formas de deportación que dieron origen al sistema de trabajo forzoso en las colonias, son sistemas que embridan el libre movimiento del trabajo y que constituyen el «lado oscuro» del proceso por medio del cual se fue constituyendo la «economía del trabajo asalariado» en el centro del sistema capitalista. Analizando modalidades de abandono de los regímenes esclavistas en los Estados Unidos, en Brasil y en Sudáfrica, muestra cómo esta nueva «transición» fue acompañada por la institución de nuevas fronteras internas y externas a la movilidad del trabajo, bien ejemplificadas por las migraciones internacionales bajo contrato (los coolies chinos en California) y por el sistema de peonaje.”[13]

A la luz de estas salvedades, las migraciones parecen tomar un lugar relevante en el análisis de la historia y el modo de funcionamiento del modo de producción capitalista. En este sentido Mezzadra sentencia: “no hay capitalismo sin migraciones”[14]. Por su parte Yann Moulier-Boutang, en su libro De la esclavitud al trabajo asalariado, plantea: “… desde su establecimiento el llamado mercado de trabajo no ha funcionado nunca en economía cerrada. Dicho de otra manera, las migraciones de mano de obra forzadas o espontáneas, siempre han desempeñado en él un papel crucial.”[15]

En un mercado de trabajo segmentado, la importación de mano de obra extranjera imprime una re-segmentación manifestada en una ‘etnicización' de la división del trabajo. Quienes desarrollan los trabajos rechazados socialmente ya sea por razones económicas o por razones simbólicas son los grupos sociales desestimados. Así, serán rechazados aquellos trabajos que no ofrezcan determinada remuneración o condiciones laborales aceptables y desde lo simbólico aquellos trabajos que remitan a ‘tareas indignas'. Estas tareas entran en sintonía perfecta con los grupos infravalorados, sectores menos calificados, ya sea por su nacionalidad u origen étnico, o por otros rasgos que exceden la condición de migrante pero que abonan a esta ‘etnicización' de la división del trabajo como son la edad, el sexo, entre otros; o bien la combinación de alguno de ellos.[16]

Un rastreo de estas consideraciones posiblemente resida en la forma en que se ha construido el poder eurocéntrico desde la conquista de América en adelante. Numerosos pueblos diferentes en su historia, lenguaje, productos culturales, etc. fueron reducidos a una sola identidad: indios. Su nueva identidad racial, colonial y negativa implicaba el despojo de su lugar en la historia de la producción cultural de la humanidad. Al respecto, Aníbal Quijano explica:

“La constitución de Europa como nueva entidad/identidad histórica se hizo posible, en primer lugar, con el trabajo gratuito de los indios, negros y mestizos de América, con su avanzada tecnología en minería y en la agricultura, y con sus respectivos productos, el oro, la plata, la papa, el tomate, el tabaco, etc. Porque fue sobre esa base que se configuró una región como sede del control de las rutas atlánticas, a su vez convertidas, precisamente sobre esa misma base, en las decisivas del mercado mundial.”

Según Étienne Balibar, en Europa, el racismo se revela solidario de grupos poblacionales de trabajadores, en este sentido afirma:

“No tuvimos, ganz unten, a los «cabezas de turco» de ayer para hoy. Simplemente, ese fenómeno se tornó más visible, en especial porque surgió del principal ámbito donde se hallaba relegado: el lugar de trabajo, es decir, el lugar de explotación, y su entorno inmediato constituido en mayor o menor medida como gueto.”[17]

Continuando la ilustración de este apartado, deviene pertinente la explicación que Emmanuel Rodriguez[18], ofrece respecto de la situación específica del distrito El Ejido en Almería España advirtiendo cómo subsiste un grado sumo de explotación de una fuerza de trabajo de origen principalmente inmigrante, y un régimen de trabajo de destajo, contrato verbal, salario por jornada embridado al escenario nuevo que dibuja la de demanda del capital de los últimos tiempos. Según Ubaldo Martínez Veiga, en su libro El Ejido. Discriminación, exclusión social y racismo, El Ejido se constituye como un distrito “agro-industrial”[19] y se desarrolla en la especificidad en las técnicas de diseño agrícola. Emmanuel Rodríguez explica:

“Una parte importante de las explotaciones del distrito trabaja por encargo para grandes multinacionales del sector. Manipula y produce subespecies vegetales adaptadas a los gustos y necesidades del cliente. (…)Por increíble que parezca, las explotaciones de El Ejido trabajan por pedido y de acuerdo con variedades seleccionadas por su aspecto, su forma o su gusto; una producción agrícola flexible, con una alta capacidad de respuesta a la demanda y que funciona bajo el mismo modelo industrial del just in time.”[20]

Estas apreciaciones habilitan algunas reflexiones en torno a la particularidad que se imprime en aquel o aquella que lleva impreso el sello de migrante. Él o ella condensa la figura de mayor precarización laboral a la vez que embiste la acción de los dispositivos de control más duros del mundo flexibilizado. Los regímenes de gobierno de las migraciones, frecuentemente tienden a la fortificación de las fronteras, a la formalización de los procesos de detención pero en el fondo la intencionalidad de aquella normativa, no pretende una clausura hermética de las fronteras, sino más bien un control astuto del proceso de inclusión del trabajo migrante por medio de su ilegalidad, dando margen a un cierto tipo de legitimación.

Históricamente el trabajo libre no puede pensarse sino a condición del trabajo dependiente. Al parecer desde siempre existen anomalías como la esclavitud de las plantaciones, el trabajo forzado colonial, el trabajo bajo contrato de los migrantes. La fuga de los trabajadores y las trabajadoras es el dinamismo de la creación y la destrucción de las instituciones del mercado del trabajo, como también de la competencia y acumulación capitalista. Ese dinamismo se condensa en los trabajadores y las trabajadoras signadas por aquella “etnicización” a la que referimos más arriba. En el caso que es tema de este trabajo, los migrantes y las migrantas cristalizan una dinámica que, arraigada hace tiempo en los dispositivos de dominación, constituye su subjetivación alojándose en su sus propios cuerpos.

Fronteras ubicuas, límites difusos

La frontera se erige como una franja de separación, de bloqueo pero también como zona de contacto o de paso. La frontera mienta una marca, líneas o zonas. La frontera a nivel geográfico-jurídico delimita el territorio de un Estado-nación indicando modos de discriminación entre lo nacional y lo extranjero, implicando instituciones como ciudadanía o democracia. En el Estado-nación el ciudadano-sujeto genera un sentimiento común con los que habitan dentro de los límites de la frontera. Así, esta marca se interioriza volviéndose una referencia central para aquel sentimiento colectivo y por supuesto para la identidad del sujeto. La frontera que delimita el espacio común de lo exterior es simbólicamente introyectada en cada uno. Así, las fronteras se desplazan del concepto geográfico-político-administrativo y se sitúan en todos los sitios y en ninguno. La frontera toma un cierto carácter de ubicuidad.

La frontera tiene por misión cartografiar el mundo. El trabajador y la trabajadora migrante se ven entregados al tránsito, a la circulación de esas fronteras. Y es en este tránsito donde comienza a diseminarse su subjetivación. En este panorama, la frontera cobra un sentido peculiar supeditado a quién la cruce, y no se alude aquí a una cuestión de percepción subjetiva sino que esta observación descansa en la idea de que en el límite hay dos fronteras diferenciadas. De acuerdo a su status social se ofrecerán experiencias distintas con la ley, con respecto al libre tránsito, etc. A la vez que la frontera diferenciará “de manera activa por clase social”[21]. En este marco, para un transeúnte de un país acomodado la frontera deviene un punto de reconocimiento simbólico de su estatuto social por lo que pasa sin mayores inconvenientes haciéndose manifiesto un plus de derecho a la libre circulación. En cambio para un marginado, la frontera se torna un sitio rugoso que no es superado del todo jamás y con el que se embiste una y otra vez. “Es una zona espacio-temporal extraordinariamente viscosa”[22].

De este modo se produce un apartheid mundial en tanto se abona a un doble régimen de circulación, no tanto en relación a la circulación de bienes por un lado y la circulación de personas por otro; sino más bien entre los hombres que hacen circular capitales y aquellos a quienes hace circular el capital conforme al antojo de las variaciones del círculo económico. La migración muestra que la unidad del planeta es compleja, poblada de líneas de dominación y explotación; la noción misma de migrante debe ser reconstruida a partir de nuevas cartografías capaces de dar cuenta de la persistencia de fronteras de explotación en el espacio transnacional y a la vez de la fluidez de ese espacio.

 Así, las fronteras se vuelven porosas debido al tránsito permanente de los migrantes legales como los ilegales. Los migrantes y las migrantas se constituyen como “ciudadanos de frontera” ya que habitan un doble espacio político y cultural[23]. En este sentido, la frontera que habita el migrante resulta sumamente sinuosa en un contexto de continuo movimiento de desterritorialización y re-territorialización producto del dinamismo global. Toda esta circulación abona una composición prismática del espacio y de la pertenencia. El migrante es él mismo una frontera en tanto las fronteras se hallan dondequiera que se ejerza un control selectivo ya sea sobre hombres o mujeres, como sobre mercancías o sobre hombres/mujeres-mercancías.

Nuevamente se pone de manifiesto una característica que ya fue esbozada en este trabajo y que mienta acerca de:

“la tendencia a la proliferación y al rearme de los confines contra las mujeres y hombres en fuga de la miseria, de la guerra, de las tiranías (…) que acompaña la tendencia contemporánea hacia el derrumbamiento de las barreras a la circulación de mercancías y de capitales, además, en determinadas áreas y para determinadas categorías sociales de personas.”[24]

Lo que el confín imprime en la experiencia de los migrantes es el signo de las lógicas de dominio inherentes a la dimensión de estatalidad moderando notablemente su estatuto de “ciudadano de frontera”. Así la figura de migrante sintetiza la acción individual, con las coordenadas espacio-temporales que la circunscriben en un marco de precariedad diseminada en todos los aspectos de su vida.

Los confines del cuerpo

Las fronteras vacilan, se multiplican, se diseminan en su función, se desdoblan, llegando a convertirse en zonas o regiones donde se vive o se detiene el vivir. La frontera que constituye conceptualmente la figura de migrante, se verifica en la práctica misma de sus propios cuerpos. El cuerpo del trabajador o la trabajadora migrante materializa las complejas descripciones que son tema de esta exposición.

Las necesidades fundamentalmente materiales son las que generalmente impulsan al éxodo y muchas veces el límite en el abuso de su extrema vulnerabilidad es marcado con el propio cuerpo. Cuando los recursos simbólicos no alcanzan y la extrema informalidad se torna constituyente de la subjetivación asoman los confines del cuerpo. El Instituto Boliviano de Comercio exterior, en su dossier Bolivia: Migración, remesas y desempleo, expone algunas observaciones respecto del fenómeno migratorio:

 “La decisión de emigrar muchas veces se debe a que la economía del país de origen se encuentra en recesión, las tasas de desempleo y/o subempleo son bastante elevadas, o se han generado deudas que se deben pagar. Por su parte, el impacto económico está claramente relacionado con el flujo de envío de remesas. Sobre los efectos sociales de la migración, la población inmigrante (en especial la indocumentada) frecuentemente vive en condiciones de hacinamiento, pobreza y anonimato; sufre la discriminación y la explotación; y tiene acceso limitado a servicios sociales, educativos y de salud. No deja de sorprender que la población emigrante en el mundo constituye el quinto país más poblado del mundo y, si la tendencia continúa, entre los años 2010 y 2030, la migración neta representará virtualmente todo el crecimiento de la población en el mundo desarrollado.”[25]

Ante este panorama cabe preguntarse cómo es posible solucionar la situación de los trabajadores y las trabajadoras migrantes en los países receptivos. La extrema informalidad ha excedido los límites de lo imaginable. Un ejemplo latente del exceso en nuestro país se manifestó a fines del mes de marzo de 2006, en la ciudad de Buenos Aires con el incendio de un taller clandestino provocando la muerte de 6 personas. La precarización laboral asedia los límites del ocaso. El discurso “descriptivo” de la globalización al que más arriba referimos, se hace norma en algunos/as trabajadores/as abonando a la constitución material de ellos mismos como la frontera. Se traerá una vez más, una frase de Mezzadra que condensa esta disertación:

“Las migraciones desde este punto de vista, pierden todo carácter de marginalidad en la historia y en el funcionamiento concreto del modo de producción capitalista, para resurgir más bien como paradigma de las complejas disputas que se juegan alrededor del control de la movilidad del trabajo; encarnación por excelencia de comportamientos de sustracción y de fuga que la atraviesan subjetivamente, el migrante es también la figura predestinada a padecer sobre la piel los efectos más duros de embridar la libertad.”[26]

Palabras finales: La resistencia ambulante

El trabajador y la trabajadora migrante empleados clandestinamente en la economía informal son en muchos aspectos emblemáticos de la actual fase de globalización. De acuerdo a lo que se intentó explorar más arriba, constituyó y constituye un papel central en el mercado del trabajo. Por otro lado, mediante una mirada atenta podemos identificar en los trabajadores y las trabajadoras migrantes, huellas de indocilidad a las imposiciones que a lo largo de la historia ha forzado el capital.

Los procesos migratorios son pasibles de ser percibidos como ‘resorte impulsante', que producen espacios sociales transnacionales e identidades y conducen a una especie de ‘poligamia de lugares'.[27] Sin ánimos de cargar a la figura del migrante de estigmas sobredimensionadamente vanguardistas, a continuación se intentará mostrar la ambivalencia de la condición de fuga en diferidos momentos de la historia del desenvolvimiento del capital. Por su parte, Mezzadra recupera una observación donde la migración devela un cierto carácter de resistencia en el desarrollo del mundo del trabajo y en la constitución de los dispositivos modernos:

“Según Linebaugh, Foucault no habría dado la importancia necesaria, en sus estudios sobre el disciplinamiento y sobre las instituciones totales modernas, a las distintas formas de rechazo que marcaron su historia: mientras en las workhouses, en las fábricas, en los hospitales, en las escuelas y en los grandes barcos de la marina atlántica, se realizaba el encierro, «fugas, deserciones, migraciones» eran los comportamientos cotidianos del proletariado en formación para intentar eludir la imposición de la nueva norma de la acumulación capitalista con su rígida disciplina temporal y espacial.”[28]

Más cerca en el tiempo vemos que en Estados Unidos, sobre todo con el impulso del 11 de septiembre de 2001, se han dado luchas políticas y sociales de los migrantes que en los últimos años han determinado una profunda renovación del sindicalismo en aquel país. Esta trayectoria se vio condensada en una iniciativa a nivel federal, la Inmigrant Workers Freedom Ride[29]. Por otra parte, en octubre de 2005, a partir de las denuncias de costureros no solo victimas de explotación laboral, sino también victimas de trata, en Argentina se creó La Unión de Trabajadores Costureros (UTC). La UTC, junto a la Cooperativa de Trabajo 20 de diciembre y a la Asamblea 20 de Diciembre en su totalidad, comenzó a luchar por la documentación de los inmigrantes. Así, la sede de la Cooperativa y la Asamblea 20 de diciembre, La Alameda, se convirtió en Institución colaboradora de migraciones para la obtención de documentación a través del Programa Patria Grande.

Quizás no más que otros actores de la sociedad estos activistas, que llevan el sello de la migración en su práctica cotidiana, iluminan un escenario donde no todo está diluido en la circulación. Al parecer este capitalismo recombinante es permeable a la reacción y la resistencia. Un análisis de la realidad que pretenda cierta fidelidad deberá tomar en cuenta las determinaciones concretas de los complejos procesos que los dispositivos del sistema continuamente tejen. Es necesario desplazar el eje del análisis y la crítica en tanto no parece conducir a buenos resultados hablar del ser humano concreto a partir de una autenticidad humana ideal.

Para iluminar y a la vez problematizar estos apuntes en torno a una precarización trashumante, tal vez sea pertinente, en el marco del objetivo más general de este trabajo, traer a modo no de cierre sino más bien de apertura las palabras de Franco Berardi para abonar un pensar colectivo que sin dudas condena las prácticas generales de la dinámica del capital y que busca interpretar del modo más correcto posible aquella cinética a fin de ensayar posibles transformaciones:

“En realidad, el capital es una modalidad específica de valorización económica de las energías sociales e intelectuales y empapa todo el sistema cognitivo de la sociedad, modelando su percepción, su comportamiento. Lo que podemos proponernos no es en realidad abolir el capital –que querría decir abolir una función cognitiva, una modalidad de semiotización encarnada en el cerebro de la sociedad- sino desplazar constantemente su equilibrio, impedir su estabilización y, por tanto, impedir que se consolide una forma de poder inmóvil, cuando el contenido está en constante mutación.”[30]



Notas

[1] Quijano, Aníbal.Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En libro: La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas. Edgardo Lander (comp.) CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina. Julio de 2000. p. 246. Disponible en la World Wide Web: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/lander/dussel.rtf

[2] Dietschy, Beat, Introducción. Globalización: ¿Hecho, destino o quimera? en Raúl Fornet-Betancourt (ed.), Resistencia y solidaridad. Globalización capitalista y liberación, Madrid, Editorial Trotta, 2003, p. 20.

[3] Berardi, Franco, La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, Madrid, Traficante de sueños, 2003, p.15.

[4] Rodriguez, Emmanuel, El gobierno imposible. Trabajo y fronteras en la metrópoli de la abundancia, Madrid, Traficante de sueños, 2003, p.60.

[5] Rodriguez, Emmanuel, Op. Cit., p. 60.

[6] Berardi, Franco, Generación post-alfa. Patologías e imaginarios en el semiocapitalismo, Buenos Aires, Tinta limón ediciones, 2007, p. 27.

[7] Quijano, Aníbal, Colonialidad del poder y clasificación social en Journal of world-system research, VI, 2, Summer/Fall 2000, p.376. En este trabajo no se ahondará el significado que el autor le otorga a las palabras entrecomilladas, no por ser ello de importancia menor sino muy por el contrario; ya que ese detalle envuelve una crítica al discurso eurocéntrico de conformación de poder, sería necesario un despliegue conceptual interpretativo que excede el tema central de este trabajo y a entender de quién escribe ameritaría un ensayo particular y no un mero apéndice.

[8] Quijano, Aníbal, pp. 342-386.

[9] Quijano, Aníbal.Colonialidad del poder, eurocentrismo y América Latina. En libro: La colonialidad del saber: eurocentrismo y ciencias sociales. Perspectivas Latinoamericanas. Edgardo Lander (comp.) CLACSO, Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, Buenos Aires, Argentina. Julio de 2000. p. 246. Disponible en la World Wide Web: http://bibliotecavirtual.clacso.org.ar/ar/libros/lander/dussel.rtf

[10] CENDA (Centro de estudios para el desarrollo argentino), El trabajo en Argentina: condiciones y perspectivas. Informe trimestral 09, Ed. Digital, 2006, p. 15.

[11]Cfr. http://www.pagina12.com.ar/diario/elpais/1-106479-2008-06-22.html

[12] Cfr. Mezzadra, Sandro, Derecho de fuga. Migraciones, ciudadanía y globalización, Madrid, Traficante de sueños, 2005, trad. Miguel Santucho, p. 82.

[13] Mezzadra, Sandro, Op. Cit., pp. 89-90.

[14] Mezzadra, Sandro, Op. Cit., p. 144.

[15] Moulier-Boutang, Yann, De la esclavitud al trabajo asalariado. Economía histórica del trabajo asalariado, Madrid, Ediciones Akal, 2006, p. 111.

[16] Cfr. Moulier-Boutang, Yann, Op. Cit., pp. 112-113.

[17] Balibar, Étienne, Violencias, identidades y civilidad. Para una cultura política global, Barcelona, Ed. Gedisa, 2005, trad. Luciano Padilla, p.49-50.

[18] Cfr. Rodriguez, Emmanuel, Op. Cit., p. 74.

[19] Ubaldo Martínez Veiga, El Ejido, discriminación, exclusión social y racismo, Madrid, La catarata, 2001, p. 12.

[20] Cfr. Rodriguez, Emmanuel, Op. Cit., p. 75.

[21] Balibar, Étienne, Op. Cit., p. 83.

[22] Balibar, Étienne, Op. Cit., p. 84.

[23] Mezzadra, Sandro, Op. Cit., p. 100.

[24] Mezzadra, Sandro, Op. Cit., p. 112.

[25] Instituto Boliviano de Comercio exterior (ICBE), Bolivia: Migración, remesas y desempleo, Año 16, Nº 159, Santa Cruz, Edición digital, 2008, p. 9.

[26] Mezzadra, Sandro, Op. Cit., p. 91. El resaltado no corresponde al original.

[27] Cfr. Dietschy, Beat, Op. Cit., p. 29.

[28] Mezzadra, Sandro, Op. Cit., p. 85.

[29] Cfr. Mezzadra, Sandro, Op. Cit., p. 147.

[30] Berardi, Franco, La fábrica de la infelicidad. Nuevas formas de trabajo y movimiento global, Madrid, Traficante de sueños, 2003, p.57.

 
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