Los transgénicos (OGM) son organismos a los que se ha transformado su cadena de ADN incluyendo en ellas parte de la cadena de ADN de otra especie. El gen que se quiere incorporar por poseer alguna característica deseada, pasa al código genético de la planta a modificar introducido por un vector que propaga el gen por el resto de las células de la planta; cuando ésta se desarrolle será conteniendo el nuevo gen. Así las características obtenidas resultarán heredadas alterando la reproducción del organismo natural. El propósito inicial de esta manipulación genética era lograr productos más ricos en sustancias alimenticias o resistentes a las sequías o capaces de germinar en suelos depredados o desérticos. Lo que se ha conseguido hasta el momento son semillas de plantas resistentes a alguna plaga o al agrotóxico glifosato y un tomate conservable durante más tiempo.
Transgénico es el producto de mezcla de especies diferentes. La inserción de un gen extraño al interior del genoma es un proceso azaroso no sometido al control de los genetistas que perturba profundamente los diferentes factores en la vida del gen, por ello los análisis de riesgo e incertidumbre son difíciles de establecer.
Respecto de la salud, más allá de las investigaciones que muestran riesgos en materia oncológica y de alergias, falta mucho aún para que haya conclusiones definitivas. Ello conduce a una necesaria indefinición científica respecto de los riesgos que representan los productos de estas semillas. Quienes consumen transgénicos sin saberlo por vivir en países sin obligación de etiquetado de los alimentos, son privados ilegítimamente de su derecho a elegir si quieren o no correr el riesgo de contraer alergias o resistencia a antibióticos.
Pero es reductor limitar la temática asociada a los OGM a la cuestión alimenticia, también afectan grandemente los ámbitos: ambiental, político, económico y social.
La mayor parte de las propuestas de la agricultura sustentable, están condicionadas por un determinismo tecnológico y el ejemplo más claro es la producción de transgénicos, que carece de un entendimiento de las raíces estructurales de la degradación medioambiental ligada a la agricultura capitalista que impone la tecnología como única alternativa posible. El resultado más visible es la enorme disminución de la biodiversidad, el peligro de desertificación de los suelos, contaminación de las aguas subterráneas, desaparición de especies animales.
Estos cultivos sólo son rentables cuando se hacen en grandes extensiones y con uso casi exclusivo de maquinarias. Por otra parte, como los cultivos transgénicos son plantas patentadas, los campesinos pueden perder los derechos sobre su propio germoplasma regional y no se les permitirá, según el GATT, reproducir, intercambiar o almacenar semillas de su cosecha. Por todo esto existe entre los pequeños productores y los agricultores nativos así como en organizaciones de defensa del ambiente una oposición firme a la producción de OGM. Así, cien organizaciones internacionales declararon el 8 de abril de 2006: día internacional de oposición colectiva a los transgénicos.
Políticamente el tipo de producción que exigen los OGMs profundiza el modelo de desarrollo dependiente de las grandes corporaciones que son las que producen las semillas y los agrotóxicos, fertilizantes e insecticidas que esa producción necesita obligadamente. Asimismo, en países como Argentina que es líder en producción de soja transgénica se corre el peligro del monocultivo debido a que la gran rentabilidad de este producto motiva a reemplazar por él cultivos tradicionales e incluso la producción lechera.
Estas políticas y estrategias económicas generan despoblamiento del campo. En Argentina, en los últimos diez años desaparecieron 280 mil pequeños productores, 13 millones de ha pertenecientes a pequeñas empresas agrarias están hoy embargadas. Lo más grave es que se ha pasado a considerar la tierra como un medio de producción, una maquinaria más que puede tirarse cuando se rompe, es decir, abandonarse cuando se vuelve estéril.
La producción de transgénicos no han cumplido con las promesas que permitieron su desarrollo: no han disminuido el hambre en el mundo y no han bajado el consumo de agrotóxicos ni productos químicos para la agricultura sino que lo ha aumentado. Por el contrario han acentuado la dependencia económica y sobre todo tecnológica de los países del sur respecto de los del norte y sobre todo la cultural que obliga a producirlos como única solución al subdesarrollo.
Fuentes:
Pfeiffer, ML., Transgénicos. Un destino tecnológico para América Latina, Ed. Suárez, M. del Plata, 2002.
Pengue, W., Cultivos transgénicos ¿Hacia dónde vamos?, Lugar Editorial, Bs. As., 2000
Shiva, Vandana, Cosecha robada. El secuestro del suministro mundial de alimentos, Paidos, Buenos aires, 2003.