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LA CAÍDA DEL CONCEPTO OCCIDENTAL DEL HOMBRE Y NUESTRAPALABRA

por Arturo Rico Bovio (Universidad Autónoma de Chihuahua)
 


1.- Anotaciones preliminares.-

El concepto occidental del ser humano ya no resiste más. El embate de múltiples factores histórico-culturales que se han venido desplegando durante la Modernidad le ha hecho profunda mella. Vivimos el abandono teórico de la investigación sobre la naturaleza humana como expresión del escepticismo acumulado. El fenómeno va de la mano con la decadencia de nuestra cultura europeo-occidental, sujeta a una crisis estructural y de credibilidad nunca antes experimentada.

El tema es inquietante y su abordaje urgente. Oriente (que no es uno, sino diverso) avanza y no sabemos como recibirlo y asimilarlo. Por su parte la cultura occidental se globaliza bajo coordenadas económicas y políticas, pese a su falta de un proyecto histórico de beneficio general.

Para examinar desde una perspectiva nuestroamericana el estado de la cuestión partiré de una tesis epistemológico-lingüística básica: cada concepto que manejemos determina nuestra relación con aquello a que se aplica.

El lenguaje simbólico es nuestro intermediario con cosas y personas. Los conceptos adoptados como correctos personal y grupalmente conducen el pensamiento y la praxis humana. Pero se trata del “concepto” en un sentido más profundo al de las definiciones formales, porque incluye emociones, imágenes, vínculos asociativos no siempre conscientes, aunque finalmente se traduzca en palabras.

Nos mueven nuestras creencias conceptuales, independientemente de su grado de racionalidad o irracionalidad y de que podamos o no explicarlas con claridad a los demás. Al ponerlas en práctica sus consecuencias influyen en su permanencia o modificación, aunque la inercia mental y cultural tienda a conservarlas, empleando para ello las estratagemas de la racionalización.

El concepto de “humano”, explícito o encubierto, tiene entre todos un estatus especial, porque guía nuestro pensar y actuar individual, gravitando en la conducción de las dinámicas sociales. El proceso es de doble dirección: nuestras ideas se socializan y las creencias vigentes en el cuerpo social se transmiten a sus integrantes como paradigmas. La noción del ser humano culturalmente adoptada se transforma, fluctúa, pero mientras no se substituye rige las prácticas colectivas y caracteriza a las sociedades. La Historia de los grupos humanos es una constante evidencia del modo como los mueven las creencias en torno a lo que se dicen de sí mismos y de los otros.

Somos la referencia obligada de aquello con lo que convivimos. Objetos y sujetos existen para quien los reconoce en base a sus propios patrones mentales. La manera de interactuar depende de nuestras interpretaciones. Según nos pensemos a nosotros mismos así será nuestro estar en y con el Mundo. Así sucede con cada grupo social y su cultura.

2. Génesis de la noción occidental del Hombre.-

“Occidente” es un término que no sólo designa el ámbito geográfico y socio-cultural de varios países que tienen en común parte de su historia, sino que además presupone la aceptación de un marco conceptual para interpretar y actuar en la Realidad. Dilucidar cuál es la idea del Hombre que lo preside, cual fue su origen y evolución, nos permitirá asumir una perspectiva crítica y comprender mejor la ubicación que las sociedades nuestroamericanas tenemos en su ámbito de influencia.

El culto a Grecia como cuna de la cultura occidental es parte de la mitificación que cada sistema cultural realiza sobre sus orígenes, especialmente cuando se trata de un complejo social que ha asumido roles hegemónicos en nuestro Planeta e intenta justificarse ante sí mismo y los demás. Por eso, aunque sus raíces se hunden en creencias y mitos orientales, se le exalta quizá en demasía y se minimizan las complicidades de sus filósofos con las estructuras esclavistas y androcentristas de sus polis.

Porque las unidades políticas griegas, constitutivas de verdaderos cuerpos sociales con autonomía e interacciones comerciales o bélicas, fueron escenario del desarrollo de diversas formas de organización y de pensamiento. Condiciones históricas que no es el momento de examinar llevaron a Atenas a ocupar un lugar distintivo en un florecimiento filosófico que recibiría con posterioridad y selectivamente la Civilización Occidental, cuyo origen debemos atribuir a una doble operación de conquista y colonización: la del Imperio Romano y la del Cristianismo.

De ahí que sea válido recuperar el origen de las categorías nucleares de la idea occidental del ser humano. La distinción entre soma (cuerpo material) y psiqué (alma), es de procedencia órfica, recibida con toda su carga significativa por el pitagorismo y retransmitida a Platón y a sus seguidores, incluyendo dentro del Cristianismo a San Agustín, entre otros. No deja de ser interesante constatar que un mito pagano, que postula la procedencia divina de una parte de nuestra naturaleza frente a otra de origen terreno, esté en la raíz del dualismo occidental.

Lo principal es que aquí aparece el concepto de “cuerpo”, cuya importancia para el pensamiento y las prácticas humanas es enorme, pese a que no se le ha puesto la atención filosófica suficiente. Su evolución semántica en adaptación a circunstancias socio-culturales cambiantes, a medida que se modificaba la estructura de los cuerpos sociales de la Antigüedad al Medioevo y de allí a la Modernidad, hasta su desarrollo en nuestros días, podría seguirse con mayor detalle para una mejor comprensión y más sólida crítica de la idea occidental del ser Hombre.

En cuanto al alma, parte presuntamente incorpórea de los humanos, Platón atribuyó la razón a su especie intelectiva, de rango superior a las que eran causa del movimiento y de las apetencias. El tema fue crucial para el hombre griego, porque le permitió marcar su diferencia respecto del resto de los seres vivos, incluidos las mujeres y los esclavos. Vendría luego Aristóteles a robustecer con su reflexión sistemática la tesis de la racionalidad como nota esencial del ser humano, consolidando una poderosa arma ideológica para distinguir y discriminar a los bárbaros, quienes constituían una seria amenaza para la permanencia de la polis, cuerpo social donde transcurría la vida en Grecia.

El contraste entre Platón y Aristóteles sirve para comprender la transición y supervivencia de una cultura con sello localista, que se llevó entre sus víctimas propiciatorias a Sócrates, a otra que tendería a universalizarse. El primero empleó mitos y metáforas que vendrían bien a un cristianismo mesiánico hecho a la medida de sociedades manejadas por los miedos desatados por la caída del Imperio Romano, en la fragmentación feudal del cuerpo social sufrida durante la primera parte del Medioevo. La recuperación de Aristóteles en la última parte, para ocupar un lugar señero en la naciente cultura europeo-occidental porque hizo de la Filosofía un instrumento ceñido por la lógica, fue favorecida por el cambio instaurado con las Cruzadas, que fortalecieron las monarquías y propiciaron la formación de los burgos.

En el ámbito del pensamiento el proceso se reflejó en la formación de las universidades medioevales y particularmente en la obra de Santo Tomás, quien como su más digno representante supo interpretar y asimilar la obra aristotélica a los objetivos del Cristianismo. Tras esta dinámica se movían los hilos de los cuerpos sociales emergentes, las sociedades pre-urbanas incubadas en el seno de estructuras políticas aristocráticas, con las que se entablaría una larga lucha por el poder que recorrió la Edad Moderna. La razón se refugiaría por un tiempo en las largas disputatio en conventos y universidades, hasta que la irrupción de la Modernidad secularizante la rescatase para incorporarla al desarrollo de la Ciencia.

El dualismo siguió presente en la reflexión sobre el ser humano, pese a que el aquinatense, en su relectura de Aristóteles, intentara diluirlo como la unidad inseparable, en vida, de una materia y su forma espiritual. Pero la razón seguiría siendo la facultad espiritual por excelencia, guía para el conocimiento y la acción moral y posteriormente para la Conquista.

3. Modernidad: clímax y decadencia del concepto occidental del Hombre.-

El distanciamiento del Mundo que genera la noción dualista al postular un alma racional que nos es exclusiva, recibió un fuerte impulso con el desarrollo del modelo mercantil del capitalismo. El Estado liberal nace para proteger el libre juego de la oferta y la demanda, desplazando las estructuras aristocráticas de la monarquía, útiles durante un tiempo para trazar y defender, por vía pacífica o bélica, las fronteras identitarias nacionales. La Reforma Protestante fortaleció el lugar del individuo como unidad constitutiva y preferente dentro del cuerpo social. Al afianzarse la burguesía y perder el Cristianismo Romano su monopolio cultural, religioso, económico y político, en medio de luchas religiosas fratricidas, se favoreció la instauración del secularismo fincado en la separación de las iglesias y el Estado, se dio paso a la autonomía de la investigación científica naciente, y se fortaleció al poder público para erigirlo en el árbitro supremo de los conflictos sociales. La cultura laica se extendió y con ella la necesidad de adecuar la idea del hombre que estaba vigente.

Descartes, quien vivió su productividad intelectual en la primera mitad del siglo XVII, generó el ajuste teórico requerido para avalar el despegue de la Ciencia. Lo hizo gracias a la propuesta de una ruptura radical entre las substancias extensa y pensante. Alma y cuerpo serían independientes, relacionadas sólo como el operador con su máquina. Mecanicismo y racionalismo espiritual se dieron la mano, guardando sus respectivas distancias.

La idea de materia se consolidó con las investigaciones de la Física newtoniana, los avances de la Medicina y las necesidades de la producción económica, que requerían de la reinterpretación del trabajo como una fuerza física más sujeta a las leyes del mercado, al igual que cualquier mercancía. El alma conservó para sí la función de ser el baluarte de la libre elección y la base de la singularidad humana. Al cartesianismo se sumaron las propuestas del empirismo inglés, que brindaron a la razón el sentido instrumental y una orientación laica que ssfvnj,.,cv la especulación cristiana no había contemplado. La racionalidad terminó siendo valorada en unión de los órganos sensoriales, porque además de ampliar las fronteras del conocimiento matemático servía a la investigación científica y a la innovación tecnológica.

Para el siglo XIX, heredero de la Revolución Industrial, la Ciencia había alcanzado su nivel más alto en la estimación socio-cultural. El ideario positivista propuso entronizarla hacia el momento final de la evolución humana, en una etapa última que desplazaría a la Religión y a la Filosofía. Las corrientes materialistas quisieron interpretar al Hombre sólo como cuerpo, sujeto a las mismas leye

Yh65de la Naturaleza. Las fábricas tradujeron esta tesis en términos de explotación par se desmoronaban la mayor parte de los sistemas corporales monárquicos y se iniciaban las formas de gobierno representativo, apoyadas en la proclamación de constituciones y su correspondiente defensa de los derechos humanos preteridos.

Urgía un nuevo ajuste al concepto del ser humano occidental: ¿cómo enfrentar la explotación, defender los derechos individuales, salvar la libertad humana, alcanzar el progreso? Marxismo, nihilismo, utilitarismo, pensamiento cristiano y otras ideologías se lanzaron a buscar y proponer nuevas soluciones.

Entre fines del siglo XIX y la primera mitad del siglo XX, la crisis del concepto occidental del Hombre llegó a su fase concluyente. La Psicología, especialmente el Psicoanálisis, mostró el trasfondo irracional humano; las guerras mundiales exhibieron los extremos a que podía llegar la ambición por el poder material y político; a la inocencia victoriana la sucedió la malicia existencialista de la postguerra.

La época era diferente y la noción dualista del ser humano no daba para más. Se había desdibujado en el ámbito académico gracias a la dosis de escepticismo aportada por la Fenomenología y por obra y gracia de una visión historicista que hacía del Hombre un mero producto cultural, sin naturaleza. El cuestionamiento feminista desenmascaraba el fondo patriarcal de la visión racionalista del ser humano, evidenciando el uso del concepto “Hombre”, claramente masculino y patriarcal. La idea clásica de “esencia” había sido abandonada o substituida por la más frágil de “condición humana”, anclada en las circunstancias mudables del momento histórico que se estaba viviendo.

4.- La crítica contemporánea del cuerpo.-

El postmodernismo, postura cómoda de abandono de los grandes temas del pensamiento para rehuir la responsabilidad de buscarles respuesta, dejó de lado la indagación en torno al ser humano, por considerarlo un metarrelato. Lo grave de esta postura estriba en que hoy está en juego no sólo la enajenación del hombre en una sociedad mercadocéntrica, sino aquella “alienación del mundo” de que nos hablara Hannah Arendt[1]. El deterioro de los sistemas ecológicos es severo y con toda seguridad obedece a los errores en la conceptualización de nuestra especie.

El puente entre los humanos y la naturaleza está teórica y prácticamente lastimado y amenaza con caerse. Postulo que esta fisura deriva del dualismo ontológico humano, que generó algunas actitudes y creencias fuertemente arraigadas con el carácter de pautas culturales de Occidente. Apuntaré algunas de las más sobresalientes y sus resultados históricos:

1) El propietarismo corporal.- Al estimar al cuerpo como una herramienta, no obstante que le otorgue una alta valía, nuestra cultura lo confinó al rango de propiedad particular, constituyendo un patrón que se traslada al entorno social y natural, para justificar el trato deshumanizado de la fuerza de trabajo convertida en mercancía y de los entes naturales cuya posesión exclusiva se persigue, aún a costa del agotamiento de sus recursos no renovables.

2) La disolución del núcleo de lo humano.- Las contradicciones intrínsecas del concepto dualista del ser humano, donde lo propiamente nuestro, si existe, reside en un espíritu inmaterial desprovisto de apetitos sensibles, conducen a una falta de arraigo en la Realidad. La razón (puesta en duda por la irracionalidad de los actos humanos en las guerras y otros actos de violencia) y la libertad (inexistente para las grandes mayorías que no tienen campos de opción significativos) son insuficientes para sostener un concepto universalizable del ser humano.

3) El antagonismo con la ciencia.- Los avances de la investigación científica en torno al ser humano chocan con el dualismo: la Física, la Psicología y otras ciencias sociales, no dejan espacio para seguir sosteniendo la distinción substancial entre alma y cuerpo. El mismo concepto de “substancia” está en entredicho.

4) La insuficiencia del materialismo.- Substituir la concepción dualista con un materialismo monista no supera el problema de fondo, porque el concepto de “materia”, de viejo cuño mecanicista, nos conduce a dejar de lado o a minusvalorizar características humanas básicas como la afectividad, el pensamiento, la consciencia, el amor, entre otras.

5) La debilidad axiológica del dualismo.- El concepto dualista predispone al maniqueísmo. Cuerpo y espíritu no tienen la misma jerarquía. Al contraponer sus respectivas inclinaciones o se minusvaloriza nuestra parte física o por el contrario se le toma como lo más apremiante a atender, dado que el alma se supone ajena a este mundo. Resulta difícil extraer de allí una teoría de los valores, salvo que se invoque una revelación divina incómoda al laicismo y a los intereses del mercado. Además de que no favorece un consenso universalizable.

Más podría argüir en torno a la disolución del concepto occidental del ser humano, pero basta con observar el callejón sin salida al que nos ha traído para dejarlo caer por su propio peso.

Es el momento de proponer otras opciones conceptuales que pudieran servir para la construcción de una nueva interpretación del ser humano que substituya a la que quedó obsoleta. Una que motive a consensos y que propicie el desarrollo armónico de todos los integrantes de los cuerpos sociales en nuestro siglo XXI.

5.- La noción holística de “cuerpo”[2].-

Propongo retomar el concepto de “cuerpo”, pero no como un aspecto parcial del humano sino como la síntesis holística de lo que somos. Si existe en el imaginario colectivo de diversas culturas y en sus reflexiones filosófico-teológicas una gran diversidad de lecturas en torno al cuerpo, no hay razón para encadenarnos a la que nos legó la tradición órfico-pitagórica-platónica-aristotélica-judeocristiana-cartesiana del mundo occidental.

Dicho concepto totalizador va de la mano con las últimas investigaciones de la Física Contemporánea, que presentan la Realidad como un océano de energía con diferentes densidades, donde se originan evolutivamente las diversas formas de los seres con sus atributos. Tal sería el caso de la “mente” y de la “carne”, que son tan sólo dos momentos de una misma realidad “substancial”, si así la queremos seguir designando.

Al proponer al ser humano como una unidad sistémica, debemos considerar en su conjunto a todas las notas constitutivas de su particularidad como especie, entre ellas las de género, las étnicas, las de nuestra pluralidad cultural y las propias de cada singularidad humana, que nos distinguen de otros “cuerpos”.

La idea del “cuerpo total” incluye lo físico, lo biológico, lo social y lo personal, integrados en un solo sistema cuyas características conocemos a medida que lo ponemos a prueba. Porque lo que se sabe de los cuerpos es el conjunto de las relaciones que establecen con otros cuerpos.

El nuevo concepto de “cuerpo” exige que hablemos del “cuerpo que somos” en lugar del “cuerpo que tenemos”. Esta tesis permite impulsar el reconocimiento de la dignidad de todos los seres humanos como portadores de similares y a la vez distintas potencialidades corporales.

El cambio semántico nos reubica automáticamente “dentro” del contexto natural y no “ante”, “sobre” o “contra” éste, porque en lo biológico, lo social y lo personal requerimos de otros cuerpos de los que interdependemos para vivir y crear nuestra cultura..

El uso integrador del término “cuerpo” en lugar de cerrar abre horizontes para la investigación de lo humano. Como occidentales creíamos saberlo todo acerca de nuestra naturaleza dual, pero ahora caemos en la cuenta de que ignoramos demasiado en torno a nuestra operación como sistemas que incluyen también a los otros.

6.- La recuperación del cuerpo y nuestrapalabra.-

Nuestra América, de complejas raíces indígenas, negras, hispánicas y mestizas, es un increíble laboratorio histórico para la investigación sobre el ser humano. Aquí, en forma semejante a lo vivido por los pueblos africanos, se ha experimentado intensivamente el proceso de la colonización y su secuela de negación simbólica del cuerpo que somos. Se intentó trasplantar una cultura occidental hispánica suplantando totalmente a las preexistentes. En nombre del espíritu propietarista de la Conquista se bautizaron personas, lugares, objetos, con una lengua que sólo por excepción admitía las palabras indígenas, desprovistas de su sentido original. Así se constituyó un orden diferente de las cosas, los sujetos y las ideas desde la perspectiva del concepto humano europeo del siglo XVI en su versión hispánica. A los errores arrastrados por la tradición dualista antropocéntrica se añadió la negación de lo distinto, de lo no comprendido.

El individualismo del imaginario épico del conquistador eclipsó el sentido del cuerpo colectivo de muchas etnias indígenas originarias de América y de tribus africanas que fueron blanco del tráfico de esclavos. En ellas residía y todavía se conserva una noción de lo humano que reivindica el sentido de lo colectivo y su naturaleza corporal, unitaria. Allí está como muestra representativa el pensar tojolabal en torno a la nosotrificación del que nos habla Lenkersdorf[3]. En lugar de asumir la noción de una criatura solitaria, sujeta al ejercicio dramático de su libertad por su doble y antagónica naturaleza, esta cultura adopta la perspectiva donde el “nosotros” es el eje del conocimiento y de la acción individual y social.

Una vez más se confirma el poder del lenguaje como herramienta de nuestro estar en el mundo y como base de la relación con nuestros semejantes. Elegir “nuestras palabras” a partir de las experiencias vivenciadas de nuestros pueblos y precisar conscientemente su sentido, es la operación que nos permitirá tomar el control de nuestras acciones y, por lo mismo, elegir el futuro a construir. Puesto que es a través del lenguaje que se controla o se emancipa, se aliena o se libera, recuperar las voces propias de nuestros grupos sociales ofrece resultados insospechados y enriquecedores de la voz que quizá podrán transformar la situación de nuestros pueblos, sumidos en la dependencia y en la explotación. Todo depende del nivel crítico que permitan abrir con su concurso y de la autenticidad de su expresión.

¿Autenticidad de las palabras? Ciertamente, cuando surgen de la experiencia originaria, cuando son el vehículo para expresar el sentir y el pensar que provienen del cuerpo-que-somos en movimiento, tanto individual como colectivamente[4]. Pero aunque sean la legítima manifestación del habla de varones o mujeres, de comunidades o pueblos, es necesario que reciban el beneficio de la crítica, que examinemos personal y colectivamente sus alcances y sus límites.

Porque todavía estamos atrapados por el lenguaje de la dominación y nuestro discurso vigente refleja aún docilidad frente a las categorías europeo-occidentales. Muestra de esta actitud en el terreno del filosofar se da en la aceptación acrítica de la condena postmoderna de los grandes temas universales, donde la noción del ser humano juega un papel predominante. Si el dualismo substancialista ha mostrado su incapacidad para asumir los tiempos que vivimos, no por eso vamos a substituirlo por un nihilismo en torno a la naturaleza humana, que la declare incognoscible o inexistente. Bien está que se abandone el enfoque esencialista, porque negaba la historicidad humana y favorecía los tratamientos de exclusión de géneros y etnias, pero no que se descarte la investigación sobre aquello que todos tenemos en común, que es finalmente el cuerpo que somos.

Nuestra América, región continental donde coexisten cuerpos sociales con raíces indígenas, hispánicas y africanas, que se abrieron luego a otros éxodos migratorios europeos, es un mundo de diversidad en el que tenemos mucho que decir para contribuir a la integración del nuevo concepto corporal del ser humano. Al culto ciego a la racionalidad instrumental del Viejo Continente podemos oponer una rica gama de impresiones y vivencias donde la sensorialidad y la motricidad pesan tanto o más que el intelecto, ofreciendo una combinación afortunada donde carne y espiritualidad quedan hermanadas en inseparable abrazo.

Dimos en nuestra refundación colonial motivos suficientes para que la cultura europea se viera cuestionada por la irrupción en su horizonte cognoscitivo de territorios, gentes, lenguas, prácticas, floras y faunas distintas a las entonces conocidas. Se alteraron por ese encuentro las visiones antropocéntricas del mundo y del ser humano del Cristianismo medieval, si bien la adaptación se hizo bajo el impulso y la lectura que el descubridor-conquistador imprimió al individualismo moderno con su saldo de secularismo y de énfasis en el libre arbitrio. Un nuevo orden surgía gracias a la contribución involuntaria de América.

Ahora nos toca hacerlo conscientemente a través de la palabra. Para ello necesitamos dar voz a los diversos cuerpos sociales que conforman nuestra realidad plural. Porque pese a las empresas colonialistas no somos típicamente occidentales. Aquí anidó para quedarse el pensar utópico[5], allá pesó la carga de una historia mitificada. Para interpelar a las culturas dominantes con discursos alternativos, desde este lado de la exterioridad histórica, es indispensable aprender a pensarnos y a reconocernos como cuerpos distintos[6]. Cada quien es una perspectiva única de la corporeidad humana que tiene algo que aportar al proceso del autoconocimiento de nuestra especie; en grupo esta percepción se ahonda y potencializa. Mucho ha perdido el Mundo Occidental al no escuchar a lo distinto, al perderse en un narcisismo cultural que lastra su acercamiento gradual a un mejor conocimiento del mundo y de los seres humanos. Al desconocer el valor de la diversidad ha generado una cultura del desperdicio, de la exclusión y de la muerte, cuya lógica consecuencia es también el deterioro del ámbito ecológico, más ligado a nuestro propio destino de lo que el pensamiento occidental se atreve a reconocer. Una consecuencia más de la negación del cuerpo como aquello que somos.

Tales son algunas de las implicaciones que nos ofrece el pensar al ser humano como cuerpo total. Escuchar y expresar al cuerpo como sistema nos lleva a dejar de lado el concepto “caído” del ser humano occidental. Propongo que por este derrotero quizá habremos de encontrar la salida a los grandes y acuciantes problemas que vive la Humanidad en este atribulado mundo del tercer milenio.

BIBLIOGRAFÍA.-

ARENDT, HANNAH.- The human condition. The University of Chicago Press, Chicago-London, 1998.

CERUTTI GULDBERG HORACIO.- Presagio y tópica del descubrimiento. UNAM, México, 1991.

LENKERSDORF CARLOS.- Filosofar en clave tojolabal. . Miguel Ángel Porrúa Editores, México, 2005.

RICO BOVIO ARTURO.- Las fronteras del cuerpo. Crítica de la corporeidad. Editorial Joaquín Mortiz, México, 1990.

RICO BOVIO ARTURO.- Tránsito filosófico: de la crisis a la esperanza. Miguel Ángel Porrúa, México, 2008.

ROIG ARTURO ANDRÉS y BIAGINI HÉCTOR.- A la búsqueda del pensamiento alternativo en Pensares y Quehaceres Núm. 3, septiembre 2006, México.



[1] The human condition, p. 264-265.

[2] Más se puede consultar a este respecto en mi libro: Las fronteras del cuerpo. Crítica de la corporeidad.

[3] Carlos Lenkersdorf, Filosofar en clave tojolabal, p. 128.

[4] Véase mi texto Lenguaje y libertad: interaccione , en Tránsito filosófico: de la crisis a la esperanza, p. 85 y siguientes.

[5] Para abordar a profundidad el tema de la relación entre la utopía y Nuestra América, consultar Presagio y tópica del descubrimiento de Horacio Cerutti.

[6] Señalan Roig y Biagini en su artículo A la búsqueda del pensamiento alternativo: “Se trata de un discurso que nos habla y nos propone un mundo en el cual entren todos los mundos…un mundo en el que quepan todos sin perder humanidad” (p. 215)

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