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La Recuperación del Paraíso

Alejandro Serrano Caldera

<p><i>El infinito en la palma de la mano</i>, título de la obra con la que Gioconda Belli obtuvo el Premio Biblioteca Breve 2008, de Seix Barral, es un relato en el que se funden el encanto poético de la prosa y la maestría de la narración. Su lectura me hizo evocar El <i>Paraíso Perdido</i> de John Milton, (1608-1674), publicado en 1667.</p><p>No deja de resultar apasionante encontrar la belleza de la narración en dos relatos, separados no solo por la distancia en el tiempo, siglo XVII el uno y siglo XXI el otro, sino por la diferencia de enfoque, apreciación y perspectiva de este hecho fundacional que narra el paso de la historia sagrada a la historia humana.</p><p>Séame permitido entonces mencionar a ambas obras como dos puntos de referencia poética de este acontecimiento sobre el origen de la especie humana y formular algunas reflexiones personales sobre el particular.</p><p>John Milton narra en su universal poema <i>El Paraíso Perdido</i>, como Adán y Eva son expulsados del Edén por haber desobedecido la prohibición de Dios de comer el fruto que nace del árbol de la ciencia.</p><p>La desobediencia, que aparece como el pecado original, es consecuencia de la tentación del demonio que toma la apariencia de serpiente la que después de muchas insinuaciones y sinuosos argumentos, convence a Eva de probar el fruto prohibido.</p><p>Milton describe con su pluma poética las maravillas del Edén, la felicidad perfecta, la quietud, la armonía que solo son posibles donde no existe el pecado. Dios ha hecho de Adán y Eva una especie intermedia entre lo divino y lo natural. No son dioses pues han sido creados y han tenido un comienzo y Dios es increado. Su existencia no es eterna pues inicia cuando del barro el creador transmite la vida a Adán y de una de sus costillas hace a Eva. Pero su existencia es inmortal, pues de acuerdo al plan divino original no perecerán jamás si respetan el único límite que les ha sido impuesto.</p><p>El Paraíso lo describe Milton como “asilo feliz y campestre de variado aspecto; bosquecillos, cuyos ricos árboles lloran lágrimas de bálsamo y de gomas perfumadas; vergeles cuyos frutos, de doradas y tersas pieles y exquisito gusto, penden incitantes; sitio en que se realiza la fábula de las Hespérides, si es cierto este prodigio. Entre aquellos bosquecillos se interponen algunos espacios descubiertos y risueños prados, donde los rebaños pacen la fresca hierba, o bien se elevan colinas plantadas de palmeras, o despliega sus tesoros el florido recinto de algún húmedo valle, lleno de flores de todos colores y de rosas sin espinas…Los pájaros cantan en coro, y las brisas primaverales, esparciendo los perfumes de los campos y los vergeles, unen su suave armonía a la de las temblorosas hojas, mientras que el universal Pan, danzando con las Gracias y con las Horas lleva consigo una primavera eterna”.</p><p>Pero la serpiente busca a Eva que desatiende los consejos de Adán de no andar sola por el Paraíso, pues ya hay noticias de que algo se fragua contra el plan divino y en este sentido los arcángeles Gabriel y Uriel previenen sobre la conspiración. Sin embargo Eva, quien ya presiente los deleites del pecado, insiste y argumenta en tal forma que Adán, después de una prolongada oposición, se siente desprovisto de razones y deja partir a Eva contra su voluntad.</p><p>Lo que sigue es un duelo argumentativo entre Eva y la serpiente. Aquella haciendo ver la obligación de respetar la voluntad de Dios, el sentido elemental de prudencia de disfrutar de todo lo que les ha sido dado por la voluntad divina, de lo insensato que es renunciar al Paraíso entero por una sola fruta, de renunciar a la felicidad y a la seguridad presente por el riesgo y la incertidumbre, detrás de los cuales seguramente sobrevendrá la ira de Dios y el castigo.</p><p>“El día que lleguemos a comer ese hermoso fruto moriremos; tal es nuestra sentencia -dice Eva- ¿ha muerto por ventura la serpiente? le responde ésta. Ha comido y vive y conoce, y habla y raciocina y discierne cuando hasta aquí era irracional”.</p><p>La serpiente, está convencida que Eva ya no cree en sus propias razones, y refuerza su argumentación diciendo que una sola prohibición anula la libertad, que sin libertad absoluta no hay felicidad verdadera, ni habrá justicia cuando de antemano se niega a los habitantes del Edén la posibilidad de ser igual a Dios, pues quien come del árbol de la ciencia se transformará en el ser omnipotente y omnipresente que reina y decide sin ningún límite. Y en ese sentido se presenta como el medio para alcanzar la plenitud y así proclama que ante la prohibición que encadena, está la transgresión que libera.</p><p>La serpiente da a Eva la manzana y ésta come hasta saciarse, después de lo cual busca a Adán quien vencido por el amor a Eva y los argumentos de ésta no resiste, come y cede a la tentación. A partir de ese momento la inocencia es sustituida por el pecado, la beatitud por la lujuria, los cuerpos no son más las formas en las que habita la virtud, sino instrumentos de la pasión, la belleza de la desnudez es sustituida por la impudicia y la vergüenza que busca como ocultar sus culpas con las hojas de los árboles del bosque.</p><p>“Aquí crece el remedio de todo, dice Eva; ese fruto divino, de aspecto agradable, que halaga al apetito y cuya virtud comunica la sabiduría. Quien me impide, pues, que lo coja y alimente a la vez el cuerpo y el alma.</p><p>Eso diciendo, su mano temeraria se extiende en hora infausta hacia el fruto: lo arranca y come. La Tierra se sintió herida; la Naturaleza conmovida hasta en sus cimientos, gime a través de todas sus obras y anuncia por medio de señales de desgracia que todo estaba perdido”.</p><p>La ira de Dios no se hace esperar y truena contra los pecadores, que han desobedecido y traicionado su confianza. Frente a la culpa está el castigo, la misma culpa ya es en sí misma castigo. Adán y Eva son expulsados del Paraíso en el primer exilio frente al cual el ser humano continúa todavía tratando de recobrar en la historia profana el Edén que perdió en la historia sagrada. La historia social, política y filosófica, en la <i>polis</i>, la sociedad sin clases, el Espíritu absoluto, la razón universal, el demiurgo, son entre muchas las formas con las que se pretende superar la nostalgia de la felicidad perdida y la realización del Paraíso recobrado.</p><p>Pero el castigo no se agota en el exilio. Junto a él sobreviene la sustitución de la dulce faena de embellecer el Paraíso sin preocuparse por el sustento asegurado de antemano por todos los frutos no prohibidos, por el trabajo que se realiza con esfuerzo y penuria para ganar el pan de cada día con el sudor de la frente y, agregaría, con el sudor de la afrenta. El fin de la historia sagrada es el del paso de la felicidad a la infelicidad que es el momento en que empieza la historia humana. Carlos Marx en los <i>Manuscritos Económicos y filosóficos de 1844</i> y posteriormente en <i>El Capital</i> de 1867, pretende desandar el camino y hacer pasar al género humano de la infelicidad del trabajo enajenado, a la felicidad del trabajo libre, cuando se de la sociedad sin clases, es decir, cuando se haya recobrado el Paraíso.</p><p>Falta todavía el castigo para Eva, iniciadora del pecado. Para ella la sentencia: Parirás con dolor, que une en una síntesis humana el dolor del parto y la felicidad de la maternidad. Pero el mayor castigo es el de la muerte. Todo ser viviente debe morir. El privilegio de la inmortalidad ha desaparecido, éste queda únicamente para Dios. “Todo lo que nace merece perecer”... “Hermano mío hay que morir”, dirá Hegel.</p><p>El Paraíso Terrenal ha desaparecido y en su lugar ha aparecido el mundo humano con sus pasiones y razones, con sus pecados y virtudes, con sus ambiciones y renunciaciones. Han muerto los semidioses del Paraíso Terrenal y ha nacido el ser humano. El ser viviente de la naturaleza, el ser biológico, nace cuando junto con la vida nace el destino inexorable de la muerte. Para el ser humano el drama es todavía más duro pues su condición de humanidad no se lo da únicamente la muerte, sino además y sobre todo, la conciencia de la muerte. El ser humano es el único ser viviente que está consciente que debe morir.</p><p>“La conciencia es un enfermedad”, dirá Miguel de Unamuno en <i>El sentimiento trágico de la vida</i>, y Rubén Darío en aquellos profundos y sombríos versos de “Lo Fatal” nos dirá, “Dichoso el árbol que es apenas sensitivo y más la piedra dura porque esa ya no siente, que no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo, ni mayor pesadumbre que la vida consciente”.</p><p>Todas las teogonías y libros sagrados coinciden en lo esencial: el hombre es creado por Dios o por los dioses y castigado por él o por ellos. Una culpa fundamental lo caracteriza: la desobediencia detrás de la cual se oculta el verdadero pecado original, la ambición de poder que se adquiere por medio de la ciencia y el conocimiento. La lujuria es posterior. Es la consecuencia del pecado, no su causa.</p><p>El Popol Vuh, o libro de la comunidad, expresión de los pueblos que habitaron la región del Quiché, nos narra el origen del mundo y la creación del hombre, lo mismo que la formación de sus mitos, de sus héroes y semidioses.</p><p>La creación del hombre fue una obra por etapas. El castigo para aquellos que quisieron usurpar el poder de los dioses fue la muerte. Sus páginas nos cuentan de un diluvio universal que castigó los pecados en los que ya naufragaba el hombre. Huanahpú e Ixbalanqué fueron héroes míticos, semidioses enviados por los dioses para combatir el pecado eliminando a los pecadores y para liberar a la especie humana de los usurpadores y los ambiciosos.</p><p>Ambos nacieron de una doncella: Ixquic, fecundada por la saliva de Hun Huanahpú cuya cabeza convertida en jícaro, fruto del árbol del mismo nombre, escupió sobre la palma de la mano de Ixquic al ir ésta a tomar el fruto. En la creación del hombre y la mujer vemos la madera, la arcilla y la voluntad divina; diluvios, castigos, frutos prohibidos, fecundación sin sexo, semidioses que nacen de mujer virgen, lucha contra el pecado, muerte y castigo y el sentimiento de culpa devorando las entrañas del ser humano al que se la ha dado la libertad con límites, el instinto y la conciencia, la pasión y la razón, elementos constitutivos de su propio drama, instrumentos de tortura de su desgarrado corazón.</p><p>En el Popol Vuh no hay un pecado original indeleble que marque con hierro candente nuestro atormentado corazón. Hay pecados y culpas particulares que se pagan en vida individualmente mediante el castigo que los dioses infligen a los humanos.</p><p>Dios no tiene que morir y resucitar para redimir la culpa originaria, los dioses castigan a los humanos por medio de sus enviados. No hay paraísos perdidos ni paraísos recobrados sino la lucha por vivir y sobrevivir, oscilando entre las pasiones humanas y las exigencias divinas.</p><p>Sin embargo en las Escrituras de las que se nutre el poema de Milton queda siempre la esperanza de la redención y de la salvación en el reino de los cielos en donde existe Dios en su estrellada habitación, para usar las palabras de Schiller en la “Oda de la Alegría”. “Sin embargo, -pone Milton en boca de Eva-, al alejarme de este sitio, llevo conmigo el tranquilizador consuelo de que, si bien todo se ha perdido por mi culpa, se me ha concedido un favor, a pesar de mi indignidad: el de que saldrá de mi la raza prometida que lo reparará todo”.</p><p>Y diciendo esto, “volvieron la vista atrás y contemplaron toda la parte oriental del Paraíso, poco antes su dichosa morada, ondulando bajo la tea centellante; la puerta estaba defendida por figuras temibles y armas ardientes.</p><p>Adán y Eva derramaron algunas lágrimas, que enjugaron enseguida. El mundo entero estaba ante ellos para que eligieran el sitio de su reposo, y la Providencia era su guía. Asidos de las manos y con inciertos y lentos pasos, siguieron a través del Edén su solitario camino”.</p><p>El libro de Gioconda Belli, <i>El infinito en la palma de la mano</i>, es, como el de Milton, un poema sobre el Paraíso perdido. Pero a diferencia de la obra del poeta inglés que es una meditación sobre la culpa y el pecado, el de Gioconda Belli lo es sobre la libertad y la transgresión. Dios, Elokim en el poema de Gioconda, dio a Eva y Adán la libertad por la que ellos y su descendencia, el género humano, son responsables de lo que hacen o dejan de hacer y de las consecuencias que de sus acciones u omisiones se desprenden.</p><p>A partir de ahí, se podría decir con Sartre que “el hombre está condenado a la libertad” y que “somos necesariamente libres” como nos lo recuerda la paradójica sentencia de Ortega y Gasset, afirmando así la orfandad metafísica del ser humano sostenido solo por su intrínseca libertad.</p><p>La rebelión contra lo establecido y la primera transgresión de Eva al probar la fruta prohibida del árbol de la ciencia, ante cuya tentación proveniente de las insinuaciones de Eva, Adán cedería también, establecería para siempre la condición de humanidad en la conciencia de la finitud y en la certeza de que el ser humano es un Dios imposible.</p><p>“El hombre es una pasión inútil” dirá Sartre enunciando un existencialismo desesperanzado para quien todo es igual desde que descubrió que no era eterno. Pero en realidad lo inútil sería más bien la ilusión inextinguible por la divinidad de lo humano, el “delirio de deificación” del que nos habla María Zambrano.</p><p>El libro de Gioconda nos enseña en cambio que el ser humano es una pasión permanente, hija de la sed de conocimiento y del afán de libertad. Que Eva prefiere a una plácida eternidad, a un bien permanente, inmóvil e inmutable, como el ser de Parménides, una existencia marcada por la incertidumbre, la lucha, el amor, la pasión y el deseo.</p><p>El ser humano no es la versión sagrada de Adán y Eva viviendo en la espejada superficie de una eternidad en lo que todo es igual a sí mismo, sino el ser desgarrado y finito que se debate entre las contradicciones internas y externas, el bien y el mal, el amor y el odio, “la felicidad zoológica y la infelicidad metafísica”.</p><p>Que el fin del Paraíso terrenal, es el principio de la lucha por la vida individual y colectiva, de la persona y de la especie humana en su totalidad. Que al concluir la historia sagrada en la beatitud construida por Elokim, se inicia la historia humana en el tiempo y en el esfuerzo permanente por encontrar la virtud, el bien, el amor y la felicidad, en medio del vicio, el mal, el odio y la angustia.</p><p>El fin es el principio y el principio es el fin en una constante circularidad en que discurre la historia y la vida individual y colectiva desde el momento en que nace el tiempo. “El tiempo es la imagen móvil de la eternidad”, nos dice Platón en Timeo. Significa esto que a través del tiempo sentimos y presentimos la eternidad. También quiere decir que ambos términos se diferencian: la eternidad no tiene tiempo, ni principio ni fin; está ahí desde siempre, por siempre y para siempre. El tiempo no es eterno: comienza y termina, nace y muere.</p><p>El tiempo, dicen los físicos, nace con el universo, el <i>big ban</i>. El universo nace con el tiempo, vive en él y morirá con él, el <i>big crunch. </i>Esto reafirmaría el principio creador que está antes del inicio de los tiempos y que estará después de su final.</p><p>Pero en realidad ¿hubo alguna vez un tiempo en que no había tiempo­? La respuesta afirmativa es el supuesto de la existencia de Dios cuya sustancia es la eternidad y el espacio infinito. Dios como principio creador del mundo y la vida. Si no fuese así, la nada, que es la orfandad de Dios, sería el antecedente del ser, lo que equivaldría hacer de un imposible una realidad. Por eso antes del universo, del tiempo y del espacio, estaba Dios.</p><p>Pero ¿y si el universo hubiese existido siempre en forma potencial y autocontenida? ¿Si el tiempo no fuera una realidad unilineal que parte de un punto y se dirige a otro? ¿Si el tiempo no fuese temporal con un comienzo y un fin, sino un estar ahí, un estar siendo, como piensa Heidegger; una permanencia, una duración, <i>durée</i>, como cree Bergson? En ese caso, el principio de incertidumbre de la mecánica cuántica se impondría sobre el principio ordenador de la teoría de la relatividad de Einstein, llamado también orden subyacente por Hawking y habría que pensar que no fue la necesidad sino el azar, entendido como la confluencia arbitraria de circunstancias, como un accidente, lo que hizo posible que se rompiera ese equilibrio, ese estado latente de elementos de fuerzas contenidas, para desencadenar las potencias retenidas y originar así el universo, dentro de cuya historia, el ser humano no es más que un instante fugaz entre las constelaciones.</p><p>Pero aunque así fuese, cabe siempre preguntarse, ¿quién puso esos elementos primigenios? ¿Quién los sacó de su reposo originario? ¿La necesidad? ¿Y quien creó la necesidad? ¿El azar? ¿Y quién determinó su existencia?</p><p>El libro de Gioconda se inicia con una frase categórica. “Y fue. Súbitamente. De no ser, a ser consciente de que era.</p><p>Abrió los ojos, se tocó y supo que era un hombre, sin saber cómo lo sabía. Vio el Jardín y se sintió visto. Miró a todos lados esperando ver a otro como él”. Adán había sido creado y tomaba conciencia de ello.</p><p>Después bellamente Gioconda nos relata la creación de Eva. “Contra su costado, la tierra húmeda aspiraba y exhalaba imitando el sonido de su respiración. Lo invadió una modorra sedosa y mullida. Se abandonó a la sensación. Más tarde recordaría el cuerpo abriéndosele, el tajo dividiéndole el ser y extrayendo la criatura íntima que hasta entonces habitaba en su interior”. Eva había sido creada.</p><p>Después vendría la serpiente, que en la obra de Gioconda no es la encarnación del mal, que conduce a Eva al pecado y a la desobediencia, sino un interlocutor del que extrae Eva las primeras noticias sobre el conocimiento; el fruto, que no es aquí la manzana sino el higo, y la libertad de asumir el drama de la existencia, el destino, como en la tragedia griega, que contenía la posibilidad de todo el bien y el mal de la existencia.</p><p>Luego vendrán varias páginas de profundos diálogos entre Eva y la serpiente en los que se debaten el bien y el mal, la vida y la muerte, la eternidad y lo perecedero, la bienaventuranza y el castigo, la libertad y la necesidad.</p><p>El drama entre el conocimiento y la vida que plantea la primera situación límite del ser humano en la que debe tomarse una decisión. “Así que tú piensas que es así de sencillo, decía Eva. Muerdo la fruta de este árbol y sabré cuanto quiero saber.</p><p>Y morirás. (Agregó la serpiente)</p><p>Y en otra parte del diálogo Eva dice:</p><p>Se diría que deseas que muerda esta fruta.</p><p>No. Solo envidio que tengas la opción de escoger. Si comen de la fruta, tú y Adán serán libres como Elokim.</p><p>¿Qué escogerías tú, el saber o la eternidad? Te dije que no tengo la opción de escoger, respondió la serpiente”.</p><p>Eva sacrificó la eternidad por el saber, el conocimiento y la libertad e inauguró así la especie humana que se debate desde entonces entre la naturaleza y la historia, la razón y la fe.</p><p>“La historia, se dijo, la había visto. Era eso lo que empezaría si ella comía la fruta. Elokim quería que ella decidiese si existiría todo aquello. El no quería hacerse responsable. Quería que fuese ella quien asumiera la responsabilidad”. En el relato de Gioconda, Eva crea el mundo, no el del Jardín del Edén, el paraíso perfecto de la eterna placidez, sino el mundo desgarrado y restaurado por la acción libre del ser humano.</p><p>Después Adán comió la fruta prohibida. Por encima de sus dudas y temores se impuso el amor a Eva. Gioconda nos lo cuenta de la siguiente forma: “Le tendió el higo maduro. El hombre pensó que nunca lo había mirado así. Le imploraba que comiera. No quiso pensar. Ella era su carne y sus huesos. No le estaba dado dejarla sola. No quería quedarse solo. Mordió el fruto. Sintió el líquido dulce mojar su lengua, la carne suave enredarse en sus dientes. Cerró los ojos y el placer de la sensación lo ofuscó.”</p><p>Luego vino la ira de Dios y el castigo. La expulsión del paraíso. El largo camino del exilio que llega hasta nuestros días, el trepidar de la tierra y el trepidar de la carne, la duda y de nuevo la pregunta de Eva a la Serpiente. “¿Y qué haremos ahora? Vivir, crecer, multiplicarse, morir. Para eso fueron creados, para el conocimiento del Bien y del Mal Si Elokim no hubiese querido que comieran la fruta, no les habría dado la libertad”.</p><p>Y en otra parte continúa la serpiente: “Pero no creas que la eternidad es un regalo. Tendrán una vida efímera, pero les aseguro que no se aburrirán. Al no tener vida eterna tendrán que reproducirse y sobrevivir, y eso los mantendrá ocupados.”</p><p>“Cuando el suelo terminó de sacudirse y pudieron ponerse de pie, se asomaron al precipicio que los separaba del Paraíso. La claridad que hasta entonces brillara sobre sus cabezas había sido sustituida por un cielo gris, extraño, deslucido, una penumbra fría, amarillenta, en la que flotaban nubes de polvo. Miraron por la grieta, intentaron adivinar, en medio de la espesa polvareda algún pasaje por donde regresar al Jardín, pero el abismo lo circundaba”.</p><p>Con esas palabras Gioconda nos hace sentir la desesperanza de Adán el primer día fuera del paraíso, cuando se cerraba el tiempo de la beatitud y se abría el tiempo de la incertidumbre y el desgarramiento, cuando se iniciaban los primeros pasos del exilio y el inicio de la nostalgia por el Edén perdido y de la ilusión de recuperarlo un día como fruto supremo de la acción humana sobre la tierra y del ejercicio de la libertad.</p><p>Luego vendrá la procreación y los hijos. Gioconda, además de Caín y Abel, nos habla de Luluwa, gemela de Caín y de Aklia, gemela de Abel. Nos habla de la pasión, del rencor y los celos, del crimen de Caín sobre su hermano Abel, del dolor de la culpa y del castigo. Eva vio partir a Caín y a Luluwa, para luego despedir a Aklia después de haberla llevado a conocer el mar. “El final de los descendientes de Aklia, nos dice, será llegar al principio”.</p><p>“¿Volverán al Paraíso? ¿Y después qué? ¿Se preguntará del más allá? ¿Se aburrirán?</p><p>Quizás no. No sufrirán la ceguera de la inocencia, el anhelo de saber de la ignorancia. No necesitarán morder frutas prohibidas para conocer el Bien y el Mal. Lo llevarán con ellos. Sabrán que el único Paraíso donde es real la existencia es aquel donde posean la libertad y el conocimiento”.</p><p>“Eva miró&nbsp; a la serpiente con tristeza. Mientras la veía su piel de escamas se llenó de plumas blancas, se afinó su rostro chato. En pocos segundos el plumaje suave, brillante la cubrió. Otra vez, como en su antiguo sueño, Eva vio su propio rostro reflejado en la criatura, instantes antes de que esta se diluyera para siempre”.</p><p>Concluido el dialogo con la serpiente y después de despedir a Aklia, Gioconda concluye su bello relato diciendo: “Eva siguió sola su camino, Una llovizna tenue empezó a caer sobre el mundo.</p><p>Y luego fue la lluvia”.</p>

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