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El Nacionalsocialismo (1933-1945) En la memoria de un abuelo alemán

Gregor Sauerwald

Publicado originalmente en Relaciones (423, Agosto 2019, pp. 2-3).

El Nacionalsocialismo (1933-1945) En la memoria de un abuelo alemán, nacido 1935 en Münster/Westfalia;

recuerdos personales para sus nietos

 

Las noticias internacionales acaban de celebrar el recuerdo de la exitosa invasión de los Aliados, los adversarios del nacionalsocialista Hitler, en la francesa costa del Mar del Norte, la Normandie, ocupada por el ejército alemán. Fue en 1944: el comienzo de la liquidación de la más brutal barbarie en la historia, por lo menos alemana, sino en el mundo. Entre los concelebrantes, también miembros de la comunidad Europea, se podía ver también a la canciller alemana Merkel. Unas pocas semanas antes, el 23 de mayo, el pueblo alemán con su gobierno de gran coalición festejó los 70 años de la fundación de la nueva República Federal de Alemania, con una Ley Fundamental, que en su primer artículo establece: “La dignidad humana es intangible. Respetarla y protegerla es obligación de todo poder público.” La redacción de esa ley en 1949 muestra la responsabilidad presente en la conciencia de los miembros fundadores de la nueva Alemania: una ley universal ejemplar, que no admite ningún nacionalismo normativo nefasto.

Mis nietas Verena e Yvana, de 13 y 9 años, jovencitas inteligentes, excelentes alumnas de clase media alta, que ven las noticias y viven en Münster como yo cuando tenía su edad: hoy una hermosa ciudad episcopal y universitaria, con excelentes escuelas y liceos, que se destaca por el cuidado y la calidad del medio ambiente, una de las de mayor tránsito en bicicleta del país, pero también una ciudad que fue casi completamente destruida durante la guerra entre los años 1940 y 1945, luego reconstruida y así, casi sin recuerdos visibles que permitan revivir aquella miseria en la que el abuelo y su familia casi no sobrevivieron.

En 1935 Hitler estaba ya bien instalado en el poder. Había sido votado por el pueblo alemán. Mi padre, el bisabuelo de mis nietas, era desde la República de Weimar, el Estado democrático anterior, un funcionario estatal de mediano rango. Era de origen campesino, más bien pobre y de formación cristiana católica tradicional. Los funcionarios en tiempos del nacional socialismo debían obligatoriamente afiliarse al partido nazi; quienes no lo hicieron fueron desde el comienzo despedidos de sus cargos y así quedaron sus familias sin recursos; más tarde fueron amenazados de muerte por ser considerados adversarios del Caudillo, el Führer. Por tanto para sobrevivir la gran mayoría de los funcionarios públicos apoyó a Hitler. Pero para mi padre católico, el anticristianismo y el cada vez más fuerte antisemitismo nacionalsocialistas fueron decisivos y fiel a su conciencia no quiso nunca afiliarse al partido, lo que puso en riesgo la vida de su familia, constituyendo una tremenda amenaza para todos nosotros. ¿Por qué sobrevivimos? ¿Gracias a la bondad de su jefe nazi, que lo protegió a pesar de su peligrosísimo antinazismo? ¿O porque a causa de la guerra había cada vez menos funcionarios administrativos y mi padre era un buen trabajador?

De 1941 en adelante los bombardeos nocturnos se multiplicaron: casi cada noche mi madre tuvo que sacarme de la cama, y temblando ella de miedo, bajarme al sótano desde el primer piso de nuestra casa, una sencilla vivienda social. Estas irrupciones violentas en el sueño de los niños fueron reconocidas más tarde como daño de la guerra, para mí como chico octomesino aún peor, por ser todavía muy débil. Recuerdo que hasta 1942 a veces subimos luego al techo de la casa, de la mano de mi padre, para ver el centro de la ciudad en llamas. Nuestra casa en la periferia quedó sana hasta el final.

Me permito anticipar lo siguiente: nuestra casa fue ocupada al final de la guerra por gente que había perdido su vivienda. La casa estaba vacía porque mi familia había sido evacuada a las afueras debido al peligro de los cada vez más intensos bombardeos de la ciudad, así todos estábamos en un pequeño pueblo, en casa de unos parientes. Cuando regresamos a Münster en 1945 tuvimos que compartir durante más de dos años nuestro apartamento, adecuado para cuatro personas, ahora con ocho y luego seis extraños más, doce personas en un apartamento, obligadas a compartir una cocina, un baño, un living y un comedor, dos dormitorios y una pequeña buhardilla arriba en el cuarto piso. Qué heterogeneidad, qué miseria y también, qué esperanza y voluntad firmes de querer superar la situación en un futuro lo más cercano posible.

Finales de 1941 o principios de 1942, no recuerdo con precisión, pero sí recuerdo a mi maestro de primaria, de apellido Weinrich, un hombre de edad avanzada porque los maestros jóvenes eran soldados en el frente, todavía vivos o ya caídos; él nos invitó a levantarnos y nos hizo acercarnos a las ventanas que daban al cruce de dos grandes avenidas, para hacernos ver allí una gran aglomeración de gente: familias, padres, abuelos con sus hijos y nietos, equipados con muchas cosas en sus manos, como de viaje. Con bastante compasión nos informó: son judíos; Hitler quiere ‚limpiar‘ la ciudad de Münster de nuestros vecinos, como los limpió fatalmente de toda Alemania, una limpieza étnica, lo que supimos más tarde. Weinrich nos pidió que nosotros contáramos al mediodía en casa lo que habíamos visto…

Anticipo otra limpieza, esta vez después de la guerra: una ‘desnazificación’, ordenada por los Aliados, vencedores del régimen nazi; una limpieza más o menos rigurosa de los nazi-funcionarios del Estado de su función, es decir de su trabajo. Algunos vinieron a mi casa para pedir a mi padre que certificara que ellos no habían sido nazis, cosa que él se negó a hacer, pero no tuvo en ello ninguna satisfacción, ni sentimiento de venganza. Todos los alemanes de la post-guerra tenían que sobrevivir… Un fenómeno paralelo: las familias judías que observamos desde la ventana de la escuela se encontraban solas; ningún vecino alemán compasivo se hizo presente; todos estaban preocupados por su propia sobrevivencia. Y agrego una anotación: el después festejado obispo de Münster, recién cuando el régimen hitleriano empezó a eliminar también a los discapacitados alemanes, levantó su voz…

En 1942 la familia tuvo que separarse: mi madre con los dos hijos fueron a 100 kms de la ciudad, a un lugar a salvo de los bombardeos. Mi padre permaneció en Münster por su obligación de trabajar, la alternativa hubiera sido ir al frente de la guerra, seguramente todavía con más peligro de vida. Nosotros como evacuados vivimos en un pueblo entre familiares y conocidos de la familia, fuimos alojados en sus casas por casi tres años, donde compartimos con ellos no sin dificultades, la vida difícil por la reducción del espacio vital y la poca comida: ninguna de estas personas tenía campo, así compartimos con ellos la escasez consecuencia de la guerra, que cuanto más avanzaba mayor era, también allí.

Recuerdo que iba a la escuela por la mañana, allí no fui bienvenido por la vieja maestra, ya maestra de mi madre, que nos castigó por la inquietud que manifestamos los venidos de la ciudad, premiándonos con golpes en la mano: la maestra con el puntero, el cura con su bastón. De tarde, durante meses, cuidamos, mejor pastoreamos las vacas de unos vecinos; y como regalo la dueña nos preparó muy ricas rebanadas de pan con mantequilla y jamón ahumado. En el campo, mientras yo pasé el tiempo más feliz de mi infancia, mi madre vivió las mayores angustias: cada día el cartero pasaba por el pueblo para repartir el correo y también para informar a las mujeres de la caída de sus esposos o hijos en el frente: podría haberle llegado a mi mamá la noticia de la muerte de mi padre por causa de las bombas sobre Münster. Mis tías perdieron 4 de sus hijos, mis primos, y mi primera esposa, nacida en 1940 y fallecida con 47 años, perdió en la guerra a su padre, donde cayeron también dos tíos y su abuelo materno…

En la primavera de 1945, al terminarse la guerra tenía yo 10 años y mi padre, que había finalmente dejado Münster, salvo, pero no sano, tuvo un ataque cardíaco en el camino de regreso a casa. Poco antes un grupo de soldados aliados, norteamericanos, casi nos matan en su pasaje por el pueblo, combatiendo contra unos nazis incorregibles: íbamos de camino a refugiarnos en una mina en la montaña, huyendo del frente de combate, cuando un proyectil pasó a un metro o dos nuestras cabezas…

El 8 de mayo de 1945 a las 23.01 horas en Reims/Francia se firmó la capitulación incondicional del ejército alemán, el fin del nacionalsocialismo hitleriano y el comienzo difícil de nuestra anhelada liberación, que desde la fundación de la nueva república en 1949, hace hoy 70 años, se ha convertido en un estado europeo muy atractivo para mis nietas, sobresalientes las dos en todas o casi todas las materias escolares, la mayor con el hobby de la natación ya compitiendo a nivel nacional, y su hermana, exitosa en la música instrumental, la guitarra y el piano, gracias también a su padre, dedicado full time a la formación de sus hijas. Ellas deberían saber que la reconstrucción de las ciudades y así de Münster, estuvo sobre todo en manos de las mujeres, pues sus esposos e hijos mayores habían sido eliminados en la guerra, cosa que en nuestros tiempos, donde también en Alemania los feminismos se quejan de discriminación, podría olvidarse. Recuerdo haber visto a una hermana de mi madre entre los escombros de su casa destruida por los bombardeos, limpiando los ladrillos uno a uno con sus propias manos, para volver a utilizarlos.

En agosto del mismo año volvimos a Münster, con la ya mencionada situación desagradable de la ocupación de nuestra casa, para mis padres nada feliz. Mi madre perdió dos hijos: mi hermano Josef Lorenz, en 1941 enseguida de nacer, y luego una hermanita, Elizabeth, en 1949, muerta antes de nacer. Mi padre, destacado por su valentía en la resistencia y excelente funcionario administrativo, se vio impedido de progresar en su trabajo a causa de la enfermedad que lo acompañó hasta el final de su vida en 1961.

Mi hermano y yo tuvimos que enfrentar la dificultad de integrarnos a la enseñanza en la ciudad. Yo el pequeño, que casi no había aprendido nada en el pueblo, con diez años no sabía bien leer, ni tampoco escribir y en 1946 me costó mucho acceder al liceo (en Alemania son sólo cuatro años de escuela primaria). Fue gracias a la posibilidad de superar una prueba especial que fui aceptado. Mi salvación y finalmente buen éxito: las lenguas extranjeras, sobre todo el latín desde el principio (y después el francés), donde no tuve competencia de mis compañeros, que no sabían tampoco nada del latín. Los primeros dos años fui lo que en alemán se llama con cierto desprecio un Straßenjunge, un niño de la calle: lugar para jugar football, no había todavía coches, tampoco pelotas de verdad, sino ovillos de trapos. Sólo de vez en cuando aparecieron carruajes de caballos: los campesinos de las cercanías vinieron a la ciudad para vender p.e. papas, o huevos, o piezas de carne de cerdo, a precios carísimos: como no había dinero por inflación, las mujeres, así mi mamá, tuvieron que pagar con preciosidades de su ajuar. Así lo que no fue destruido por las bombas, debió ser entregado para sobrevivir. Gracias a Dios y al interés político, presente desde el principio, por la reorganización de la parte occidental de Alemania, liberada del nacionalsocialismo por los franceses, ingleses y estadounidenses, estos últimos apoyaron a ‘sus’ alemanes, en oposición a los orientales soviéticos de Stalin, a regenerar lo vital de la democracia: el Plan Marshall implicaba también un apoyo a los niños y jóvenes estudiantes con una comida escolar, que recibimos con muchísimo apetito cada mañana, después de la segunda clase, antes de las 10. Este era el principio de la división dolorosa de Alemania, que duró hasta 1989.

Perspectivas positivas inmediatas de un renouveau espiritual presentó para mí el movimiento juvenil parroquial. Gracias a mi padre cuya gran valentía se había inspirado en su fe católica, tuve enseguida contacto con la iglesia, una fuente moral después del vacío que había dejado el nacionalsocialismo en Alemania. Empecé a involucrarme en lo que más tarde sería el vanguardismo cristiano. El primer contacto en 1946/7 fue ser monaguillo, al principio a las 6 y media de la mañana. Imperdonable fue el insistir de la institución en la aplicación del 6o mandamiento al condenar la masturbación juvenil como pecado mortal; nosotros jóvenes que habíamos conocido ya demasiado bien lo que es e implica la muerte…

Recordamos que además de los 6 millones de judíos eliminados, de los millones y millones de soldados caídos y de los tantos muertos civiles en las ciudades, hubo entre 22 y 25.000 muertos en el bombardeo vengativo inglés de la ciudad de Dresden en el penúltimo mes de una guerra ya perdida por los alemanes, muy poco antes de la capitulación.

Mi deseo hoy es que el primer párrafo de la Ley Fundamental: “La dignidad humana es intangible”, esta más alta norma político moral, acompañe no solamente a mis nietas de Münster toda la vida, y que sea defendido por ellas y por muchos otros, contra todos los nacionalismos ahora de nuevo activos incluso en Alemania: tanto más que ellas también tienen un ´trasfondo migratorio´, así allí el concepto discriminatorio: su madre de origen búlgaro con un MBA, como sus primos en Augsburgo, Raphael, 8 años, brillante cantante del coro de niños de la catedral, y Franca, su hermana, de 14 años, bella y entusiasta bailarina en una escuela de ballet, tienen un abuelo materno de origen africano, doctor en medicina.

En agradecimiento al apoyo recibido por el abuelo en su vida tanto familiar como de colegas, quisiera traer a la memoria de todos mis nietos, también a la de Pascal y Marcel, exitosos en sus vidas profesional y social, que lo hasta aquí informado tuvo consecuencias: luego de finalizar de manera excelente mis estudios en filología, mi primer trabajo profesional entre 1964 y 66 con apoyo del DAAD (Servicio Alemán de Intercambio Académico) consistió en un puesto de trabajo en el Instituto de Lenguas en la Universidad de Valladolid, en una España bajo el dominio de Franco; desde 1979 a 1982 estuve de licencia de mi cargo como profesor de Filosofía Práctica, logrado como resultado de una disertación doctoral sobre la Ilustración en Francia, calificada con Magna cum laude, para dedicarme en Uruguay a una tarea de “ayuda al desarrollo” en tiempos de la dictadura militar, con la misión de fundar un Departamento de Ciencias de la Educación en la Universidad de la República, más precisamente en la llamada en aquel tiempo Facultad de Humanidades y Ciencias. “Desarrollo” significaba entonces recuperación de la libertad académica perdida. Eran tiempos del gobierno de Helmut Schmidt y recuerdo bien las palabras de despedida pronunciadas en Bonn, en aquel tiempo capital de Alemania, por el director del Ministerio de Desarrollo, responsable de la misión: “Lo enviamos a Uruguay en recuerdo del efecto que tuvo para nosotros en tiempos de Hitler la visita a Berlín de una delegación británica”.


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