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PALABRAS DE POETA y el VIII Congreso de la Lengua

Aldo Parfeniuk

En los claustros en los que tienen lugar las actividades del VIII Congreso de la Lengua española 2019, el otoño cordobés de este año también bajará deshojando los versos de “Digo la tonada”, del entrañable poeta puntano Antonio Esteban Agüero (a quien publicamos en nuestro tercer número): “Y el idioma triunfó, los ruiseñores/ de Castilla vencieron, la calandria/ cuya voz era tierra, barro nuestro,/ son y zumo de tierra americana/ de repente calló cuando los hierros/ agrios del odio en su color de fragua/ le marcaron el pecho que gemía/ y segaron la luz de su garganta”

Y es que no podemos dejar de tener en cuenta que con este evento también llegan los reyes del Reino que nos “descubrió” y nos impuso la cruz y el idioma; aunque con ellos, y no sabemos si muy gustosamente, también llegan poetas, intelectuales y políticos –portando las banderas democráticas de sus diferentes estéticas e ideologías- quienes junto a los escritores y pensadores locales invitados hace que no perdamos de vista el hecho de que en el Congreso, armado y empaquetado en España, también intervienen actores no monárquicos de derechas, centros e izquierdas, por lo que el magno evento académico puede también ser un escenario propicio y una buena oportunidad para hacer oír voces disidentes y planteos de prestigiosos escritores españoles, argentinos y latinoamericanos que participan en el evento.

De cualquier manera, lo que con muchos de nosotros no podrán, es hacernos olvidar que la primera empresa colonizadora empezó en 1492, gesto fundante del capitalismo y del nuevo orden mundial que desde entonces no ha cesado de reinventarse: lo que viene a mostrarse y a funcionar durante tres días ante nosotros es una parte del conjunto de elementos articuladores (tradiciones, derechos obtenidos, liderazgos, proclamas, instituciones, operadores, jueces, defensores, obras, discursos) que hace de la lengua hispanofónica esa “red de saber/hacer” que filósofos y lingüistas -con sus respectivos matices- definieron como un poderoso dispositivo, no solo para ejercer poder, sino para generar subjetividad y producir efectos de verdad y realidad, invisibilizando en una pretendida única identidad, a quienes la manejan.

En el mercado de las lenguas ( hoy por hoy redituable como pocos) sabemos que el español cotiza en alza, permitiéndole a España hacer muy buenos negocios. Esa, que tan bien se compra y se vende, es la lengua que también hemos contribuido a conformar y a mantener viva los hispanoparlantes de Latinoamérica, durante siglos de hablar y escribir ficciones y poemas cuyos autores han merecido magnas distinciones (como el Nóbel) y que continúan enriqueciendo su acervo. Y sin embargo -como en tantos otros casos en que proveemos materia prima- a la hora de repartir los beneficios, este reparto es desparejo, salvo para continuar aportando contenidos y contribuir a fortalecer lo que todo Imperio persigue: una lengua que unifique a la veintena de países que la oficializaron y que le garantizan a España una perenne paternidad idiomática, ya perdida en lo territorial.

Y este dominio hispanofónico no deja de aggiornarse: la RAE adoptó y ostenta sin pruritos la consigna pragmática del liberalismo capitalista: ”Unidad en la diversidad” (Unidad=imperio+diversidad=capitalismo).

Dice Josefina Ludmer: “La diversidad es el modo en que se incorpora la disidencia y una premisa neoliberal. El libre comercio ha adoptado el discurso de la diversidad porque facilita los negocios con otras culturas…”(2010).

Una muy otra cosa es el sueño postergado de tantos latinoamericanos: una autonomía real de las “inmensas minorías” que haga verdadera la esperada y justiciera universalidad de las diferencias. Participar críticamente de esta nueva visita de la RAE –restauradora del nuevo orden político neocolonial entre la “madre patria” y las políticamente autonomizadas naciones indoamericanas- con su séquito de seguidores, nos debe servir para no olvidar que la mayoría de las actividades sobre cuestiones lingüístico-culturales locales que se han programado, más que servirnos a nosotros, realmente son útiles para reforzar la política de representar públicamente como algo natural y legítimo la presencia de España en sus antiguas colonias. Y tengamos en cuenta que es de estas viejas colonias de donde los euro-españoles no solo continúan obteniendo riqueza idiomática, sino la actualizada mano de obra barata hispano hablante, reclutada ahora por las telefónicas, los call centers, los centros de producción de contenidos tecno mediáticos, el mundo editorial y literario, el mundo académico, actoral y futbolístico, la gastronomía, los cuidadores de salud y acompañantes terapéuticos: todo lo cual, gracias a las reconocidas asimetrías económicas entre el Primer y el Tercer Mundo, se consigue sin invertir un euro en instrucción, como sí necesitan hacerlo con los emigrados de otras lenguas.

La situación de colonialidad , aunque bien maquillada, se hace también visible a través de otros datos. Por ejemplo, mientras la venta y circulación mundial del español, en los más variados formatos y producciones, sigue en constante crecimiento, en el país ibérico los hablantes del español-castellano merman de año en año, al tiempo que sus propias lenguas “minoritarias” crecen: el galego-portugués, el vasco y el catalán. En nuestro país, lo mismo que en países vecinos de Latinoamérica sucede lo contrario: cada año se pierden más hablantes de las lenguas dominadas, como el guaraní, el quechua y el mapudungun. La linguodiversidad va desapareciendo a manos de un emparejamiento que también se lleva puestos los rasgos identitarios de cada región, de cada conjunto de singularidades, conformadoras del rico mosaico cultural y natural que tenemos como territorio y país. No hace falta recordar que cuando se pierde o empobrece una de las lenguas originarias (o una variedad dialectal) es como cuando se pierden ejemplares originales del ambiente natural a manos de un monocultivo invasivo y empobrecedor.

La diversidad a la cual se refiere el multiculturalismo del que vienen a hablarnos, es más de lo mismo que siempre propusieron las culturas y las lenguas dominantes: integrarse en un idioma común, sobre todo para que sigamos siendo consumidores según necesidades creadas desde afuera. Pero también es más de lo mismo, porque lo que traen para vendernos viene sin la clave de bóveda que permite ingresar al corazón del sistema para poder producir o modificar las cosas de acuerdo con nuestros intereses y sensibilidades. En este sentido, la palabra que compartimos -que nos hicieron y nos hacen compartir- son apenas retazos, pedacitos de palabra: solo lo necesario para funcionar como moneda de intercambio y adquisición de esos bienes y del mundo que representan. Y no nos confundamos, de la misma manera que un peso, un dólar, un euro, significan cosas muy distintas en una villa nuestra que en un festival de acciones de la banca española o que en wall street, la palabra “agua” significa cosas muy diferentes para Aguas cordobesas que para los vecinos que río abajo de Bajo La Alumbrera padecen la contaminación minera. Darle significado a cada cosa, ponerse en el lugar del otro -de los otros- en todo lo ancho y profundo; no olvidar que en cada lengua están inscriptas una cultura y una visión del mundo propia, que sin sus palabras originarias se tergiversan, o se pierden sus fieles significados, como ya muy bien lo notara Colón en su Diario: “…Y los árboles todos están tan disformes de los nuestros como el día de la noche, y así las frutas, y así las yerbas, y las piedras, y todas las cosas…Que no hay persona que lo pueda decir, ni asemejar a otros de Castilla”(1493)

Pero aún, ante la impuesta hegemonía con que el Reino-país ibérico sigue colonizándonos, el derecho a la defensa se ejerce desde lugares posibles de resistencia : la lengua de crianza (el idioma que “nos vino con las naves”, al decir de Agüero y que ejercemos con libertad creativa) y en nuestro caso, a través de la poesía: laboratorio de prueba y matriz consolidadora de lo que sucede en las profundidades de los pueblos y de sus identidades perdidas; ejercicio verbal libre por antonomasia del mundo de las palabras, abierto y apto para hablar de todo y de todas las maneras imaginables. Gracias a este oficio que cincela visiones profundas del mundo, los poetas se erigen como los auténticos fundadores de las patrias idiomáticas y culturales. (Dante es el/lo italiano, Goethe el/lo alemán, Shakespeare el/lo inglés, Cervantes el/lo español)

Nuestro colectivo poético, en un trabajo que ya lleva un par de años y siete números de la revista, al poner en papel y darle circulación a las diferentes voces que representan a muchas de las minorías -no solo étnicas- de nuestro amplio territorio federal y de países vecinos, procura contribuir a hacer visibles, audibles, las palabras de los poetas que las escriben y las cantan. Las palabras de los poetas logran universalizar pensares y sentires, en virtud de ostentar la mayor sensibilidad lingüística para oír y expresar los más fieles rasgos, los más sutiles matices del grupo, grande o pequeño, que cada uno representa, hasta lograr que, con la inclusión -y no con el olvido- del lenguaje de cada tribu, finalmente nuestra lengua argentina /latinoamericana con la que trabajamos y que legaremos a quienes nos sucedan, sea germen de nuevas apropiaciones y resignificaciones. Porque como dice Elicura Chihuailaf: “La poesía es el hondo susurro de los asesinados/ el rumor de las hojas en el otoño/ la tristeza por el muchacho/que conserva la lengua/pero ha perdido el alma”

No nos permitamos perder la memoria. Tengamos conciencia, desde nuestro modesto bastión de poesía, desde nuestra situación, histórica y actual, mucho de lo que representa, también, este VIII Congreso de la Lengua española.

Reivindicamos siempre que el lugar de la poesía es el de “la resistencia”; y que en tanto moneda de cambio, aquí, en “la Córdoba de la Nueva Andalucía” significa y representa muchas cosas que, a más de quinientos años de lo que dijera Colón, en ningún otro lugar ni en ninguna otra lengua “hay persona que lo pueda decir”

La lengua puede ser un gran mecanismo de simplificación del mundo, de imposición de creencias o de creación de cortinas de humo, de hacer pasar gato por liebre o por el contrario puede ser un dispositivo de enriquecimiento, de complejización, de mirada lúcida, de expresiones divergentes, de emancipación y de palabra solidaria con los que se sienten convocados por su mensaje.

Es por eso que nuestro pronunciamiento es una acción presente y necesaria, tal vez una voz sin estridencias, pero insomne y vigilante que no nos impide reflexionar sobre los desafíos del mundo actual, nuestras perplejidades, nuestros desamparos y nuestras luchas.

Romper las reglas de la convención, reivindicar una línea insumisa, reconocer las palabras “otras” y de los otros, sentir y decir con las minorías, poner la energía en denunciar las inequidades constantes de nuestras sociedades, esa es una misión importante de la palabra poética.

Una misión que es nuestra pero es de todos, también la de los “hermanos desconocidos” como dice Juana Bignozzi, los que siguen “emperrados” en “buscar una tierra de justicia”.

 

nosotros: los otros

 

(en Córdoba, de Latinoamérica, abril de 2019


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