Pensamiento Latinoamericano y Alternativo
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Presentación CIHELA 2018

Jorge Bralich

Estimados amigos y colegas: Nuestra querida colega Miryam nos ha hablado muy ajustadamente sobre las posibilidades de reforma educacional en 1918, en este ámbito latinoamericano. Ahora nos toca a nosotros considerar de qué manera se puede encarar la historia de la educación y que dificultades o problemas se le pueden presentar al que se aboca a esa delicada tarea, problemas y dificultades que -quizás- nuestra colega tuvo que enfrentar. Estamos aquí en la inauguración de un nuevo congreso y esto nos hace recordar que un tiempo atrás, el Dr. Florencio Escardó -ex vicerrector de la UBA- haciendo humorismo bajo el pseudónimo “Piolín de macramé” afirmaba que los congresos son una especie de turismo cultural, con mucho de turismo y poco o nada de cultural. Nosotros hoy trataremos de demostrar que en este congreso habrá -quizás- un poco de turismo (y no nos parece mal), pero mucho de cultural. Veamos las razones.

Más allá de los cientos de definiciones que ha recibido la actividad humana llamada “educación”, la misma ha consistido siempre en comunicar a las generaciones jóvenes la cultura de ese grupo social (sea este una familia, una tribu o una nación) para que esos jóvenes puedan integrarse al grupo. La educación ha sido un mecanismo vital para los grupos sociales porque sin ella, las tradiciones del grupo desaparecerían y con ella la propia esencia del grupo. La cultura (vale decir, los conocimientos, las técnicas y los valores que caracterizan a una sociedad) constituye el cemento que une y da permanencia a la misma a través del tiempo. Hoy no hay aquí ninguno de los uruguayos que existían hace un siglo; sin embargo nos sentimos formando parte de la misma sociedad. Más allá de las variaciones que puedan producirse en cada cultura, las permanencia de sus elementos básicos hace que cada grupo social se reconozca a si mismo a través del tiempo.

Ahora bien, la historia de esa actividad humana llamada educación puede ser encarada por un lado como la historia de los medios utilizados para esa acción de transmisión cultural, es decir, la historia de los métodos, de las técnicas, de las formas organizativas, etc. En este caso podemos pensar -sin mayores dificultades- en una visión universal o al menos, regional, ya que los mismos medios se han utilizado de manera extendida a lo largo y ancho del tiempo y de los espacios: por ejemplo, el educador sentado frente sus educandos es una imagen que nos acompaña desde tiempos remotos (¡y aun hoy nos cuesta desterrarla!), los medios visuales utilizados (la pizarra, el pizarrón, las proyecciones luminosas, los videos, las pantallas digitales, etc.) fueron apareciendo y sustituyéndose poco a poco a lo largo del tiempo, los sistemas organizativos se desarrollaron en los últimos siglos acompasando las transformaciones sociales, etc. Esto que hoy estamos haciendo sería algo de eso: esta convocatoria tiene como eje central estudiar y analizar el Movimiento de Reforma Universitaria de Córdoba, el cual - justamente- alcanzó un despliegue regional y nosotros estaríamos analizando sustancialmente los medios educacionales implicados: en este caso el control del sistema educativo (sistemas de gobierno de las universidades, acceso al sistema, designación de los docentes, etc.)

Algo distinto sería si encarásemos la historia de la educación, no como la evolución de los medios utilizados, sino de los contenidos transmitidos, vale decir, de las culturas que se comunican. En este caso, nos sería más dificultoso pensar una visión diacrónica universal de esos contenidos porque las culturas cambian, pero no “evolucionan” salvo en algunos aspectos como los conocimientos y las técnicas, donde se dan -sí- procesos acumulativos: los nuevos conocimientos o técnicas sustituyen a los anteriores, que pierden jerarquía. En el plano de los valores -en cambio- sería muy atrevido señalar “avances” o “retrocesos”, por más que esto pueda incomodar a quienes defienden hoy ciertos valores como “mejores” que los anteriores, En razón de estos dichos, no nos será fácil pensar una “historia universal” de la educación, ya que cada sociedad desarrolla su propia y peculiar educación -y tiene su peculiar historia- acorde con su propia cultura, más allá de que utilice medios comunes a otras sociedades. Las “historias universales” suelen ser -generalmente- una simple sumatoria de historias particulares.

 

Todo esto nos plantea un desafío, ya que los que buceamos en las profundas aguas de la historia, seguramente nos encontraremos con culturas distintas a la que nosotros portamos, aún si buceamos en la historia de nuestra propia educación, ya que nuestra sociedad cambia a lo largo del tiempo (aunque se trate sólo de unas pocas décadas). Estaremos entonces obligados a entender, a interpretar, acciones, ideas, valores muchas veces alejados de nuestra experiencia vital y ello nos puede inducir a interpretaciones inadecuadas.

 

Vale decir, entonces, que la cultura se nos presenta como una rica cantera en donde bucear, pero donde debemos hacerlo con una actitud abierta, fundamentalmente como fuente de inspiración para la elaboración de nuevas respuestas a los desafíos del presente. Naturalmente que se nos plantean grandes dificultades: nos vamos a enfrentar con culturas propias de otras sociedades (o de la nuestra, pero de otros tiempos) y quizás no sepamos comprender adecuadamente esa cultura; quizás malinterpretemos esa realidad a la que nos enfrentamos. No conozco una receta infalible para enfrentar este problema, sino -simplemente- pertrecharnos de un sólido espíritu crítico que nos permita ubicar esa realidad en su contexto social o político. No hace mucho me permití hacer humorismo con una situación dada en nuestra sociedad montevideana allá por comienzos del siglo XIX: un educador (José Catalá y Codina) mostraba las bondades de un sistema educativo: las escuelas lancasterianas. Este educador señalaba a una asamblea de vecinos, que con este sistema, los niños en lugar de necesitar seis años para aprender a leer y escribir, lo podían hacer en dos y le decía a sus oyentes: “Nos resultan pues, cuatro años de diferencia que se ahorran los padres de pagar escuela a sus hijos (...) Pero me falta aún lo principal, que son los 4 años que se ahorran los niños en su educación, que pueden y deben emplear en oficios, comercio, agricultura, etc.; estos 4 años debo también incluirlos en la cuenta. Debo pues suponer que cada niño puede ganar en cualquier trabajo que emprenda (...) seis pesos por mes, que multiplicados por 12, que son los meses del año, deducimos que cada niño gana al año 72 pesos; multiplicada ahora esta cantidad por mil, que es el número de los niños, asciende a 72.000 pesos; y multiplicada esta última cantidad por 4, que son los 4 años que ahorran los niños y dedican al trabajo después de educados, hace un producto total de 288.000 pesos.”(!)

Este educador, que explica a los padres lo que puede rendir económicamente el trabajo de sus hijos, hoy nos provoca asombro (y quizás risas), pero ¿es peor que nosotros, que nos estamos riendo de él? ¿Utilizaremos este ejemplo sólo para demostrar de qué manera hemos progresado social y moralmente? ¿O -por el contrario- nos servirá para entender la necesidad de una adecuación de las propuestas educativas al contexto social, político, económico? Porque, en este caso, la propuesta referida estaba dirigida a una sociedad de comerciantes, de industriales, de ganaderos: de hombres de negocios. ¿Podría -el educador- haber hablado de otra manera? Quizás, pero aquella fue su propuesta y la misma fue bien recibida por los asistentes, aunque hoy -a nosotros- nos resulte descabellada. Vale decir, debemos -de alguna manera- desprendernos de nuestra cultura para empatizar con la cultura que estamos investigando.

Ahora, existe otra cuestión a considerar y es la finalidad de nuestras investigaciones. Naturalmente que investigamos para saber, pero seguramente no será por mero afán de erudición, sino para una ulterior utilización de esos saberes. Y aquí se nos presenta una doble posibilidad: o adecuamos nuestra futura acción a los resultados encontrados… o manipulamos la historia para que respalde nuestra acciones ya determinadas, como se ha hecho muchísimas veces. Siempre ha existido la tentación (y el riesgo) de manipular la historia, de utilizar esa rica cantera de la que hablábamos para los propios fines personales o de grupo. No es necesario remitirnos a la conocida ficción de Orwell -1984- en donde la historia era re-escrita diariamente para adecuarla a las necesidades del gobierno. Tenemos ejemplos reales: por ejemplo se adulteraron documentos, como se hizo con fotos de líderes políticos, a los que se eliminaba para que no apareciesen compartiendo un estrado con otros (el caso de Trosky y Stalin). Pero otras veces, la manipulación es más sutil, menos flagrante: simplemente se desestiman o se soslayan algunos datos que pueden ir en contra de nuestros intereses, de nuestra ideología. Con hábiles “interpretaciones” de los hechos o haciendo una sutil selección de los mismos, podemos presentar nuestras acciones respaldadas por décadas o siglos de experiencias históricas; podemos -incluso- crear los mitos que luego -con el paso del tiempo- terminan constituyéndose en “la verdad histórica”. Y aquí permítanme citar una experiencia personal: investigando la reforma educacional promovida por José P. Varela, encontré que éste hacía propuestas muy renovadoras -y hasta revolucionarias- para la sociedad del momento. Estas propuestas consistían en que la gestión del sistema escolar se ejerciese directamente por parte de los vecinos: el pueblo instalaba la escuela, administraba los recursos económicos, designaba el maestro… incluso elegía mediante el voto al Inspector Nacional de Educación. Curiosamente, este aspecto de las propuestas de Varela fue prácticamente ignorado no sólo por el gobierno dictatorial de Latorre, sino por el resto de la sociedad; en lo sucesivo esa propuesta quedó encubierta -hasta hoy- por otras propuestas (la obligatoriedad escolar, la gratuidad de la enseñanza, etc.) menos renovadoras porque ya existían, pero que no tocaban el tema del contralor del sistema educativo, el que aún hoy se sigue disputando por parte de los poderes político, sindical, religioso, etc. ¿Hubo manipulación?

Todo lo dicho anteriormente vale para nuestra empresa de enfrentarnos como historiadores al fenómeno educación, pero ahora nos cabe hablar de nosotros, no como investigadores aislados enfrentados a la historia, sino como historiadores “congregados” ¿Para que puede servirnos este congreso? No vamos a aceptar aquí aquella propuesta de los italianos que decía: “¿volete fare niente?, fate un congresso” (¿no quieres hacer nada?, haz un congreso), ironizando sobre la inutilidad de esos eventos que se convocan para tratar temas trascendentales (por ejemplo la Paz Mundial) pero terminan sin consecuencias concretas (los hombres se siguen matando). No se tratará aquí de llegar a algún consenso, de lograr algún acuerdo, ya que eso no sería viable ni lógico; se trata de reunirnos para intercambiar nuestras experiencias como buceadores en el pasado educacional. Por supuesto que aquí surgen nuevamente las dificultades que poco antes señalábamos. Si encaramos la historia de la educación como la evolución de los medios educacionales (métodos, técnicas, instituciones, etc.), no surgirán dificultades, pero a la hora de encarar la historia de la educación como la historia de los contenidos culturales a transmitir, nos encontraremos quizás con dificultades derivadas de las variadas procedencias de quienes asistimos a este congreso que provenimos de variadas raíces culturales, diferencias que pueden dificultar una adecuada comprensión de experiencias ajenas.

Claro que podríamos recordar aquel consejo que León Tolstoy le dio a un joven escritor: “pinta tu aldea y pintarás el mundo” le decía, queriendo significar que cada aldea -en su singularidad- refleja la esencia de lo universal. Entonces, si esa aldea está bien pintada o sea: si esa escuelita perdida en un rincón de Iberoamérica ha sido bien investigada, bien descripta, seguramente -pese a las peculiaridades culturales que presente- me estará aportando a mi, que soy un investigador de otro lejano rincón iberoamericano, muchas ideas útiles al momento de tener que encarar los problemas propios de mi sociedad, no ya copiando modelos, transportando experiencias ajenas, sino entendiendo más claramente las relaciones que se entretejen entre la educación y la sociedad. Porque más allá de que la cultura de cada sociedad es única, particular, todas se asientan en las pulsiones propias del ser humano, su necesidad de seguridad, sus ambiciones, su egoísmo, su solidaridad, su propia necesidad de supervivencia.

 

Por todo lo dicho, por lo fecundo que puede ser este encuentro -y además porque descarto que ninguno de ustedes manipuló la historia- abrimos los brazos para recibir a todos con la más cálida fraternidad y la confianza en lograr muy productivas jornadas.


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