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Presentación del libro La Reforma Universitaria y Nuestra América

Jorge Bralich

El amigo Biagini me ha concedido el placer de presentar este libro, mejor dicho, el placer de leerlo y me ha sorprendido por algo: es un libro fácil de leer, en una época en que muchos autores se esfuerzan por ser confusos, abstrusos, como si ello implicase una mayor profundidad. Y ocurre que –también- muchos lectores caen en esa trampa y piensan: “¡que profundo es este texto, tanto, que me cuesta entenderlo!” Pues bien este libro se lee fácilmente… pero hace reflexionar (lo que es más importante).

Ahora bien ¿qué nos ofrece nuestro autor en este trabajo? En primer lugar, nos ofrece un panorama amplio, muy bien documentado de esa intensa lucha –casi epopeya- que fue el movimiento de Reforma Universitaria en Latinoamérica. Por cierto, existen trabajos que enumeran todos los hechos referentes a esa gesta, documentos, etc., pero aquí nos están dando no sólo el esqueleto de ese movimiento, sino su encarnadura, su contexto, pero al mismo tiempo, nos está sometiendo de continuo a reflexionar, a considerar los distintos ángulos de los hechos.

Para comenzar, una aguda reflexión sobre la bohemia, en donde nos dice: “El mentado elitismo de la bohemia puede ser sostenido bajo distintas perspectivas: desde quienes objetan el atrincheramiento en la torre de marfil o la idealización del poeta como nueva deidad, hasta las acusaciones a los bohemios por erigirse en una orden de elegidos, de reyes rotosos cuyos harapos filtraban densos rayos de soberbia y desprecio a las mediocridades. No obstante, tampoco pueden forzarse las interpretaciones y caer en el simplismo de reducir la bohemia a un mero apéndice funcional de la oligarquía; a una excentricidad que se permitió la propia burguesía, -nunca puesta verdaderamente a prueba por el ataque de los bohemios, quienes no lograrían sustraerse a su misma extracción social ni superar la antítesis entre rebeldía y aceptación.

 

Esto nos lleva a considerar si –justamente- esa juventud bohemia, a veces despreocupada de lo material, es la misma que impulsó los movimientos estudiantiles universitarios de principios del siglo XX. Biagini nos presenta a dos figuras que ejercieron como faros luminosos que guiaban a esa juventud: Rodó y Romain Rolland. Pero aquí ya nos encontramos con un tema a reflexionar: ambos no son jóvenes –stricto sensu- pasan de los 30. Entonces ¿son realmente los jóvenes los que impulsan las reformas, las revoluciones, o ellos son “carne de cañón”, instrumentos, que utilizan los pensadores mayores para generar esos cambios? Por cierto los jóvenes siempre aparecen al frente de las transformaciones sociales; el autor nos recuerda su papel –incluso- en la liberación de la América Latina a comienzos del siglo XIX y todavía hoy, continúan al frente de movimientos por la liberación de los pueblos.

En este país, por ejemplo, Emilio Frugoni, fundador de la revista “Ariel” y activo conductor de esos movimientos, tenía –por entonces- sólo 20 años, por lo que puede suponerse que también los jóvenes saben también liderar y guiar los movimientos reformistas o revolucionarios. Pero ¿de donde salen sus ideas inspiradoras? ¿Son –simplemente- ideas propias de los jóvenes, porque son jóvenes? Ocurre que la historia no es una sucesión aleatoria de acontecimientos, cada minúsculo evento, cada idea surgida en ese transcurrir es producto de lo acontecido anteriormente y causa de lo siguiente. Las ideas que impulsaron la reforma universitaria de principios del siglo XX no fueron un producto ex nihilo de las mentes juveniles de aquellos universitarios, así como el pensamiento de un Rodó o un Rolland fue producto de sus experiencias vitales, de lo que otros hicieron y pensaron antes. Quizás la respuesta esté en que los jóvenes –por ser tales- tienen mentes más frescas, más moldeables, menos anquilosadas, lo que los lleva a aceptar, a absorber, las nuevas ideas que se expresan en su ambiente. Y aquí permítanme referirles una anécdota personal; en ocasión de un seminario sobre la estructura de la Universidad –que dirigía Darcy Ribeiro- allá por los años 67, me permití señalar que los estudiantes no estaban en los órganos de gobierno (los consejos, los claustros) porque eran “maduros” -como sostenían algunos colegas- sino, justamente, porque eran “inmaduros” y por eso era importante su presencia, porque eran capaces de pensar distinto, de proponer ideas locas (justamente como las que propusieron los jóvenes de 1918: que los profesores rindieran examen cada 5 años para demostrar que están actualizados, que los estudiantes participaran de la gestión de la Universidad, etc.); seguramente cuando esos jóvenes “maduraran” quizás se volverían iguales a sus profesores, conservadores, anquilosados (y conocemos muchos casos de esas “transformaciones”)

Pero, lo cierto es que las generaciones juveniles se nos presentan como un hecho social claro y contundente; durante un cierto tiempo, conjuntos importantes de jóvenes tienen similares pensamientos y emprenden acciones conjuntas, ya sea por mutua influencia o siguiendo a un “guía espiritual” de ese momento histórico. Esa característica de la juventud se manifiesta generalmente como una respuesta-rechazo a la imposición de la generación adulta; en el movimiento reformista del 18, estaba claro el rechazo de los jóvenes universitarios a la generación que le imponía las reglas. Dirán en el famoso manifiesto: “Las Universidades han llegado a ser así el reflejo de las sociedades decadentes (...) Nuestro régimen universitario es anacrónico; está fundado en una especie de derecho divino: el derecho divino del profesorado universitario (...) Por eso quere­mos arrancar de raíz del organismo universitario el arcaico y bárbaro concep­to de autoridad que en esas casas de estudio es un baluarte de absurda tiranía y sólo sirve para proteger criminalmente la falsa dignidad y la falsa competencia (...) Si en nombre del orden se nos quiere seguir burlando y embruteciendo, proclamamos bien alto el derecho sagrado a la insurrección.” La renovación de las cátedras que aquellos jóvenes exigían, tendía a combatir que ellas fuesen un patrimonio personal y eterno del profesor, de aquellos catedráticos que se sentían dueños de una verdad y temían que alguien quisiera discutirla, más allá de cual fuese esa supuesta “verdad”: una norma jurídica que defendía ciertos derechos, una teoría científica o un principio filosófico. Las “cátedras libres” que los jóvenes reclamaron en ese entonces, eran una de esas trincheras desde la cual podrían combatir las verdades oficiales.

Libertad de pensamiento, libertad de cátedra, eran –entonces- la base del reclamo reformista y sobre la base de esa Universidad más libre, más plural, habría que volcar la acción de la misma hacia la sociedad, huyendo del enclaustramiento, es decir: la “extensión universitaria”, que fue extensión no sólo por extender la Universidad a otros estudiantes: aquellos que no podían acceder a ella por su situación económica: concesión de becas, de bolsas de viaje, etc., sino extensión –también- por volcarse al medio social. La juventud del 18 exigió esa labor de extensión –y la sigue exigiendo hasta hoy- Del Mazo nos recordaba que “La "extensión universitaria" figuró, ligada a la función social de la Universi­dad, como uno de los grandes temas del Con­greso de estudiantes de 1918 y desde enton­ces apare­ce en lugar preferente de los pro­gramas de los centros y federaciones estu­diantiles de toda nuestra América”

Pero ese abrir de las puertas, esa exclaustración implica un desafío: si se abren las puertas para que “entre” la sociedad, se le permitirá a la Universidad aplicar sus reglas (como equipo locatario), es decir elegir que saber transmite, como lo transmite, quien lo hace, etc., como ocurre en los cursos de verano o eventos similares. Pero si se abren las puertas para “salir” al medio social, la situación es distinta: la Universidad ya no es locataria (es visitante) y por lo tanto, deberá someterse a las reglas que quiera imponerle ese medio social. Entonces, debemos preguntarnos ¿qué es lo que quiere el pueblo? ¿Está –realmente- deseoso de escuchar la voz de los universitarios? Todo dependerá de cuan estrecha sea la vinculación previa entre Universidad y sociedad, una vinculación que dependerá de las características del corpus estudiantil, cuya extracción social ha ido variando a lo largo de todos estos años: de una prevalencia casi absoluta de la oligarquía en el siglo XIX, se ha ido dando entrada a las clases medias, que se fueron ampliando y consolidando dentro de la trama social y ganando espacio dentro de la Universidad.

Por último, porque a esta altura quizás no tenga sentido que siga intentando reseñar y comentar este sugestivo libro del amigo Hugo; es mejor que Uds. mismos lo lean, porque si bien les va insumir un buen tiempo de lectura, será un tiempo de recreo para nuestro espíritu porque a cada párrafo nos está obligando a reflexionar. Por último, decíamos, en este momento, a 100 años del movimiento de reforma universitaria, cabe hacernos una última pregunta ¿reformamos la Universidad? ¿Ese movimiento fue un éxito o un fracaso? Confieso que no tengo una noción muy precisa del estado actual de las Universidades latinoamericanas, pero –sin duda- hoy ya no se ven profesores atornillados a sus cátedras imponiendo verdades absolutas; hoy las propias cátedras salen al paso de gobiernos autoritarios o “verdades” oficiales; se cuestiona, se protesta… y aunque eso –por supuesto- no alcanza, es un avance. Biagini nos señala al final de su libro la importancia de la autonomía que hoy han alcanzado la mayoría de las Universidades, pero también nos previene: “La autonomía adquiere su legitimación mientras la universidad contribuya a promover el conocimiento y se brinde satisfactoriamente a la comunidad… pero no debe erigirse en un feudo inexpugnable durante etapas de normalización institucional, donde intervienen otros desafíos que resultaban tradicionalmente prohibitivos: las evaluaciones y acreditaciones exógenas para optimizar la enseñanza, las rendiciones presupuestarias en aras de una mayor transparencia, la adecuación de los estudios al desarrollo regional e, incluso, los legítimos acuerdos con el ámbito empresarial.”

Amigos, no quiero demorarlos más en el placer de leer este libro, que para mi lo ha sido y lo seguirá siendo, porque el mismo invita a releerlo.


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