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EL CONCEPTO DE TIEMPO EN CARLO MICHELSTAEDTER

Gabriella Bianco

En relación con Simone Weil, Emmanuel Levinas

y Martin Heidegger

Dr Gabriella Bianco, PhD

Corredor de las ideas del Cono Sur

UNESCO International Network of Women Philosophers

Trabajo presentado en ingles en el Seminario de la SIP (Society of Italian Philosophy) at the Stony Brook University, N.Y., 29 de marzo, 2019

 

Le temps nous mène toujours ou nous ne voulons

pas aller. Aimer le temps.

(Simone Weil, Cahiers, Plon, Paris, 1951)

La lampara se apaga por falta de aceite, yo me apagué

por rebosar abundancia. (Carlo Michelstaedter, en, Opera

grafica, Gorizia, 1975)

Esta tu razón quiere conocer a si misma, conocer en si cada

cosa, por ello, cuando aparezca ante ti la meta, veras con

claros ojos que tu meta es ser tu mismo, porque como es el

principio, así es el fin, y tu fuerza arderá en llama luminosa

en la perpetua serenidad inmóvil de tu espírit.u (Carlo

Michelstaedter, en, Opere, Florencia, 1958)

Esta tu razón quiere conocer a si misma, conocer en si cada

cosa, por ello, cuando aparezca ante ti la meta, veras con

claros ojos que tu meta es ser tu mismo, porque como es el

principio, así es el fin, y tu fuerza arderá en llama luminosa

en la perpetua serenidad inmóvil de tu espíritu (Carlo

Michelstaedter, en, Opere, Florencia, 1958)


 

1. Las fuentes del pensamiento de Michelstaedter

Nutrido de instancias filosóficas, intelectuales y literarias, vinculado a la dimensión histórico-cultural y a la tonalidad trágica de su época, Michelstaedter aspira a refundar el proprio universo, basándose en valores eternos e inmutables, recordando que la exigencia de una libertad sin compromisos ya se había teorizado en el mundo griego y las razones del presente demuestran estar comprometidas dentro de una milenaria y renovada conciencia filosófica.

La filosofía griega, en tanto productora de un saber universal, se convierte en el punto de pasaje obligado para quien quiera someter el proprio pensamiento a su juicio inexorable. Michelstaedter aspira a un pensamiento universal, la fundación de una metafísica de los valores ejemplares y radicales, a re-semantizar la antigua ciencia del ser, que, aun en la ineluctable tragicidad de la existencia, reencuentra una conciencia de la palabra que nace del dialogo entre sujetos, consustanciados de la verdad adquirida.

Al dividir el mundo en mundo de la retórica y el mundo de la persuasión – que estará en el centro de nuestro discurso – la reanudación de la tradición griega recupera todo el valor de testimonio ético y trágico de la negación socrática, que llegó a expresar el punto más alto de la conciencia del hombre. En la humanidad abierta y problemática de Sócrates, el contemporáneo encuentra un ejemplo de ética y equilibrio y una fidelidad a la verdad aun en la conciencia dolorosa de la vida y de la muerte.

Firme en el concepto de persuasión es clave humanística y anti-retórica, Michelstaedter critica a Platón y Aristóteles por haber confiado el pensamiento originario a la retórica filosófica en el pensamiento y la escritura, sacrificando el diálogo como instrumento indispensable de la verdad en favor de una tradición filosófico-cultural fijada en la revisión del pensamiento logo-céntrico como estatuto metafísico de la verdad. Michelstadter, en cambio, intenta apropiarse de la huella originaria del pensamiento mismo, hacia una experiencia abismal del pensamiento en su extrema finalidad y consecuencias.

El persuadido es, pues, una figura-límite del pensamiento, separado de las formas cristalizadas de la conciencia histórica, proyectado hacia la conquista de una esencia moral propia. De este modo, la negación socrática remite a un pensamiento durable en el tiempo, cuyo valor de testimonio, en su provocativa inmutabilidad, en su plenitud inalterada, se constituye en símbolo tangible de una vitalidad cultural imperativa.

Del magma de la escritura michelstaedteriana emergen las voces que sostienen la instancia radical e ineludible de la Persuasión: así, no solo Sócrates, sino también Parménides, Heráclito, Empédocles, Esquilo, Sófocles, Simonides son los persuadidos, que, junto a los modernos, acompañan la reflexión filosófica de Michelstaedter, que es, al mismo tiempo, unidad inescindible de pensamiento y ser y camino existencial.

La de Michelstaedter es la tentativa, teórica y práctica, de detener el flujo del devenir de los fenómenos reintegrándolo en una totalidad omnicomprensiva, en una coherencia donde sea posible realizar la Persuasión.

En efecto, los hombres que viven fuera de la Persuasión están entregados por entero a la inestabilidad del devenir, en virtud de la cual el persuadido es el ser, aquel que crea “la eternidad reunida y entera”.

El retorno de Michelstaedter a la doctrina de la inmutabilidad del ser parmenideo, en contraposición al devenir heracliteano, presenta no pocos problemas de orden filosófico, e incluso a nivel existencial, en el sentido de que la supresión del devenir inauténtico – o sea retórico – lleva a Michelstaedter a aquel “ser en el último presente” suprimiendo la existencia individual.

El valor individual, por consiguiente, reside en el “permanecer” inmóvil del “persuadido”, que “solo en el desierto”, “se crea a sí mismo”: “Él debe crearse a sí mismo para tener valor individual, no moverse, a diferencia de las cosas que van y vienen, ¡sino ser en sí persuadido!”

El contraste entre la Persuasión y la Retórica recorre la disputa entre Parménides y Heráclito, situándose precisamente entre la afirmación de lo inmutable y la afirmación de lo deviniente. Por otra parte, en todo pensamiento originario, la búsqueda filosófico-sapiencial está dirigida al descubrimiento de lo permanente más allá de lo deviniente. Según Nietzsche, Parménides y Heráclito, “buscan aludir aquella contraposición y separación de un orden noble del mundo”: en efecto, tanto en Heráclito como en Parménides, la visión del devenir se resuelve en una búsqueda de estabilidad, que, en el primer caso, actúa como aceptación del devenir y sus formas, y, en el segundo, como su negación radical.

Michelstaester encuentra que los pensadores se mueven en el camino que conduce del devenir a la inmutabilidad, pero mantiene el contraste, al contraponer la Retórica pensada como devenir, a la Persuasión pensada como inmutable. En cambio, lo que es nuevo, en la ontología de la Persuasión, es la inspiración ética y voluntarista, que nace de sugestiones de tipo schopenhaueriano e nietzscheano, y actúa como una profesión de fe en relación con Parménides. Falta, en Michelstaedter, una fundamentación de la inmutabilidad del ser: el “quiere” que el ser sea inmutable, eterno, completo, perfecto.

Cuando Michelstaedter afirma que “a quien identifica su vida con el presente, la muerte nada le quita”, en realidad la eternidad en el presente no excluye la aniquilación de la muerte. En Parménides, si lo que es eterno es solamente el ser, no las cosas del mundo, para evitar el nihilismo, es preciso que la eternidad, la imposibilidad de no-ser, no se refiera simplemente al ser, sino a todas las determinaciones, a cada instante.

Cada instante – para completar esta introducción – para no ser aniquilado por la muerte, debe ser eterno. Michelstaedter, para superar en la imposibilidad de superar el planteamiento ontológico-gnoseológico de Parménides, lo resuelve con un acto de voluntad, aquella voluntad de ser en la que proyecta la eternidad del ser.

La persuasión reivindica una concepción del sujeto que se realiza en un punto global de la vida, un “puro si” que encuentra en la experiencia de la muerte como experiencia-limite, su realización extrema. Al derrotar el presente como devenir y fuga mediante la fuerza iluminadora del instante, el sujeto realiza “la posición de sí mismo”, en una muerte como raíz ontológica del ser-ahí, de la cual parten las auténticas instituciones de la existencia.

El tiempo deviene entonces un sujeto ético cargado de vida, porque está cargado de muerte; el instante-muerte en la forma de un presente que, rompiendo los lazos históricos y mundanos en el punto de mayor determinación heroico-persuadida, acepta abrazar no la vida como sistema de apariencias ilusorias, sino el ser, afirmando así la propia ansia de absoluto e infinito.


 

2. Dos conceptos-clave: La Persuasión, la Retórica….

En el centro del acto del pensamiento está la función critica, que encuentra su raíz en dar o encontrar sentido – Sinngebung. En Carlo Michelstaedter, filosofo inactual y sin embargo muy problemático, el concepto-clave de persuasión, enunciada como un verdadero e inquietante postulado, y, por lo tanto, indemostrable, la Persuasión, que se apoya sobre el concepto o idea de Justicia, de valor indispensable, sirve para indicar el camino y dar sentido a la condición humana.

En la noción de Persuasión, el individuo singular, en la plenitud de su singularidad, en la tentativa de superar el carácter constitutivamente contradictorio de la “vida”, que pertenece a un orden absoluto y se establece en la relación entre individuos, la relación con el otro está basada sobre la idea de Justicia, que es en realidad el verdadero postulado del discurso de Michelstaedter, que indica como la relación con el otro de expresarse en una relación de Bien.

En la idea de Justicia reside el pensamiento de esa experiencia-limite que es el Dolor, concepto que encontramos también en Jaspers o en Blanchot. El dolor, como parte constitutiva de la physis, o sea de la estructura organizativa de la vida humana, provoca una pregunta d sentido, que es propia de la condición humana y presupone una respuesta al mismo tiempo racional y ontológica.

La respuesta tentativa a la experiencia-límite del Dolor: “el persuadido…debe tener el coraje de sentirse todavía solo, da guardar todavía para sí el propio dolor, soportar todo el peso”…”entonces el dolor mudo y ciego (…) tendrá para él la palabra elocuente y la vista lejana”, porque – afirma Michelstaedter – “el dolor habla”, reside entonces, para Michelstaedter, en la Justicia, como exigencia de pensar la relación entre “singularidad” y “alteridad” como formas absolutas de la experiencia humana, que conduce al “camino de la persuasión”, o sea dar una respuesta a la Justicia como “Sinngebung”, al porqué del sufrimiento , que constituye el camino de la persuasión.

La Justicia expresada como infinita justicia, transciende el dolor, la muerte, el misterio, que constituyen el núcleo impensable de la existencia y de la vida humana, por su vigencia “infinita” y, justamente, trascendente. Sin embargo, Michelstaedter lleva su reflexión analógicamente a la vertiente valorativa de la existencia. Fundando sus reflexiones sobre una verdadera filosofía moral. “De este modo – afirma el crítico alemán Ranke – en su obra comienza lógicamente con una crítica del Ser-ahí -, Dasein, en el lenguaje heideggeriano, en su inautenticidad, o sea en la retórica”.

Lo que Heidegger pretende indagar es el problema del Ser, no del Ser-ahí e, en SEIN UND ZEIT, lo anuncia explícitamente: “Elaboración del problema del Ser - afirma Heidegger – significa entonces volver transparente un ente – Dasein – en su ser”. Lo indagado es entonces, el Ser. De este modo, Heidegger afirma la primacía ontológica y no solo mantiene su propia búsqueda en el plano de la experiencia metafísica, sino que se opone a toda interpretación ético-moralizante en el análisis del ser-ahí. En la cotidianeidad el Dasein se relaciona con el mundo y es constitutivamente un Ser-en-el-mundo, in-der-Welt sein. Sin embargo, el triunfo de la organización técnico -científica del mundo hace que se pierda la Seinsfrage, “la exigencia y pregunta de sentido”, del individuo masificado.

La superación de esto que Michlestaedter llama “retorica” no acaece mediante una conciliación posible de tipo dialectico, a la manera hegeliana, sino el salto de la dimensión de la retórica al de la persuasión, coincide con la aniquilación total de la primera.

En una filosofía que busca el sentido de la existencia, persuasión y retórica son conceptos cardinales de un pensamiento que pretende ubicarse como interpretación sumaria y totalizante de la realidad, en una valencia estrictamente lingüística – persuasión y retórica son con propiedad categorías lingüísticas – impregnada, sin embargo, de una importancia que, más que estrictamente lingüística, es ontológica y existencial. En ese sentido, el pensamiento metafísico de Michestaedter es todavía una filosofía de la existencia, e, en su tentativa de establecer el lugar donde la voluntad enmudece, el lugar de la estabilidad y de la quietud absoluta para la subjetividad absoluta del persuadido, su pensamiento se ubica sin duda entre el ser y la nada. 163

Por lo tanto, es en el terreno propiamente ontológico, en relación con las categorías de ser y nada, donde se juega el sentido autentico del pensamiento de Michelstaedter; y en ese mismo terreno, debe buscarse el sentido de la relación entre el pensamiento de Michelstaedter y el de Heidegger. 164

Si ser y nada pueden identificarse perfectamente con la persuasión y la retórica, para Heidegger la cuestión del ser y de la nada es la única que merece pensarse. Ain embargo, si la auténtica persuasión reside, para Michelstaedter, en la verdad del ser, la auténtica existencia tendrá como condición imprescindible la acción, mientras que la existencia autentica del hombre reside, en Heidegger, en su capacidad de atención autentica, como la forma que la verdad del ser toma en su dialogo con las formas auténticas de la existencia del hombre.

Para abrirse camino hacia la autenticidad del Ser, Heidegger necesita, entonces, analizar los modos de vivir “inauténticos”: la analítica del ser-ahí (Dasein) se convierte “en la exigencia primaria del problema del ser” 165 y de la misma manera, si la persuasión es algo incognoscible e inalcanzable, como cualquier forma de absolutidad, la única vía para hablar de ella es la teología negativa expresada por la retórica. Por ello, la retórica como inautenticidad ocupa tanto espacio en el análisis michelstaedteriano, pero solo mediante y=un análisis semejante es posible circunscribir los limites extremos de la autenticidad. A su vez, el ser heideggeriano es indagado partiendo de las formas inauténticas de la cotidianidad del ser-ahí (Dasein). 166

Sin embargo, en el fundamento que inspira a Michelstaedter y Heidegger, ellos se mantienen alejados. Si la exigencia de la ontología heideggeriano es de carácter puramente ontológico, en el intento de rastrear el ser (Sein) en el Ser-ahí (Dasein), aunque las indagaciones sobre la autenticidad y la inautenticidad del Dasein en relación con la cuestión del sentido del Ser, están exentas de cualquier carácter valorativo y no implican ningún juicio de tipo moral y ético.

Lo que Heidegger pretende indagar es el problema del Ser, no el Ser-ahí y, en Sein und Zeit, lo anuncia explícitamente: “elaboración del problema del Ser – afirma Heidegger – significa entonces volver transparente un ente (Dasein) en su ser…La posición explicita y transparente del problema del sentido del ser, requiere la exposición preliminar de un ente (Dasein) respecto de su Ser (Sein). (Martin Heidegger, Sein und Zeit, pag. 69)

Lo indagado es entonces, el Ser. De este modo Heidegger afirma el primado ontológico y no solo mantiene la propia búsqueda en el plano de la experiencia metafísica, que privilegia el problema ontológico, sino que se opone a toda interpretación ético-moralizante en el análisis del ser-ahí.

Para Heidegger, no se trata de dar juicios de valor, sino más bien de limitar la interpretación 170, en la cotidianidad el Dasein se relaciona con el mundo y es constitutivamente, un ser-en-el-mundo (in der Welt sein). El triunfo de la organización técnico-científica del mundo hace que se pierda la Seinsfrage, “la exigencia de sentido” del individuo masificado, ya no sujeto, sino entregado a la “nivelación de todas las posibilidades de ser”. (Martin Heidegger, Sein und Zeit, pag. 216)

La nivelación vuelve a cada uno igual al otro, “las cosas y las personas no son consideradas por lo que son, sino por lo que sirven”. (cfr. Ugo Galimberti, Heidegger, Jaspers e il tramonto dell’occidente, Marietti, Genova, 1975)

Michelstaedter, en cambio, lleva su reflexión a la vertiente valorativa de la existencia, fundando sus reflexiones sobre una verdadera filosofía moral. En Michelstaedter la persuasión toma el carácter de la “deberosidad”, imperativo categórico verdadero y real para quien quiera conducir auténticamente la propia existencia, manifestando la identidad de pensamiento y vida, de la cual la acción es condición imprescindible de autenticidad.

De hecho, persuasión y retórica son las dos posibilidades concedidas a la existencia, no obstante, para Michelstaedter, la superación de la retórica no acaece mediante una conciliación posible de tipo dialectico, a la manera hegeliana, sino, antes bien, el salto de la dimensión de la retórica al de la persuasión, coincide con la aniquilación total de la primera. Por otra parte, la comprensión de la persuasión ocurrirá a través de una analítica de la retórica, que admita definirla – mediante el análisis de los múltiples aspectos que adopta la vida inauténtica en lo concreto – indicando qué no es lo absoluto, ese absoluto donde reside la autenticidad del hombre, la subjetividad absoluta.

 


 

¿Qué es entonces la Persuasión?

El “camino de la persuasión”, del cual habla Michelstaedter, y que está en el centro de su visión del mundo, está representado por un arduo y difícil camino – lo de la vida – dominado por el pathos y el imperativo de lo Absoluto.

El carácter esencial y constitutivamente contradictorio de la “vida”, que Michelstaedter define como “retorico” – LA PERSUASION Y LA RETORICA es de hecho su libro fundamental – consiste en la falta de “ser” – “es en tanto no es” – y termina por reducirse, por sus mismas contradicciones, en la inútil tentativa de recomponer la fractura entre el hombre y el mundo.

Asumida la contradicción intrínseca a la vida misma – la retórica – el único camino abierto es la liberación de la contingencia del “querer ser”, la negación de toda posible recomposición entre sujeto y vida, en la crítica radical que hace Michelstaedter al sistema dialectico, ya que “la necesidad de afirmar la individualidad como autoafirmación” es ilusorio y propio de la retórica, es ilusorio y propio de la retórica, ya que el dolor, la mortalidad y la finitud del tiempo individual permanecen.

Michelstaedter, intentando superar las categorías que sustentan el movimiento nihilista, tiende a establecer una relación con el “infinito”, reinterpreta la escisión entre sujeto y el objeto-mundo, ahí donde el infinito supera el finito, saliendo de la nada. En Michelstaedter, como en Levinas de “Subjetividad e infinito “, el infinito significa que la responsabilidad hacia los otros, del uno para con el otro, o se aun sujeto que sufre para todos y es responsable de todo”. De este modo, en el enredo ético del “yo” y el “autrui”, Levinas recupera una subjetividad abierta y sensible, capaz de “sublimar” el peso de lo absoluto que abruma las espaldas del sujeto. (E. Levinas, Autrement qu’être, ou, au-delà de l’essence. Subjectivite’ et infini, M. Nijhoff, LaHaya, 1974)

El difícil y arduo camino de la Persuasión implica entonces la superación de la individualidad ilusoria de la retórica, que reconoce al otro solamente en función de su necesidad de reconocimiento basado sobre la necesidad de reconocimiento social y sobre el miedo de la muerte e implica la asunción solitaria del dolor y de la muerte, enfrentándose con la alteridad absoluta y misteriosa de la condivisión humana y constituyendo ese Principium individuationis del individuo, que, liberado de todo reconocimiento, existe en una relación ABSOLUTA con el otro, con la trascendencia.

Simone Weil llama esta actitud “destrucción del yo”, en términos de una teología que presupone una disminución del yo, mientras que para Michelstaedter se trata de “afirmar sin pedir”, o sea instaurar un encuentro entre “almas desnudas”, según la expresión de Gorgias. Esto se desarrolla en un momento, en un presente autentico, en un AUGENBLICK de soledad absoluta, de asunción solitaria del dolor y de la muerte, confrontándose con la alteridad absoluta y misteriosa del vivir. “Siempre me he prohibido – escribe Simone Weil – pensar en una vida futura, siempre he creído que el instante de la muerte es la norma y el fin de la vida”. AUGENBLICK como presente autentico: desde el punto de vista del tiempo, el presente, en la PERSUASION Y LA RETORICA, aparece lacerado entre los polos del pasado y del futuro, que define el tiempo donde la voluntad está hundida en el pasado, encarcelada en un “querer ser” impotente, o en “el tiempo del futuro” – el cuidado del futuro, como Michelstaedter lo define – que es el tiempo del futuro y de la retórica. En el primado del futuro reside el principio que impide un presente autentico, ese AUGENBLICK denso de significado, liberado de la limitación del JETZT como ahora: “El hombre – afirma – quiere de las cosas e el tiempo futuro lo que “en sí’” le falta: la posesión de “si mismo” pero en tanto quiere, esta’ tan ocupado por el futuro, que se rehúye a si en cada presente”.

En la ausencia y vaciedad del sentido del presente, el sujeto, quebrado, en la dispersión del tiempo, en el carácter precario y carente de una razón de ser en su dimensión existencial, en ausencia de un fin supremo y absoluto, es arrojado a la nada, a la que lo condena la dimensión temporal.

A este “abismo de la nada”, HEIDEGGER responde caracterizando al Ser-ahí (Da-sein) como ser-para-la-muerte, pero afirmando que en ningún caso la muerte del Da-sein coincide con la autenticidad. “El ser-para- la-muerte – dice HEIDEGGER – no concierne la realización de la muerte, sino la emancipación de un poder-ser radical”. (Martin Heidegger, Sein und Zeit, Tueingen, 1976; ed. italiana: Essere e tempo, Milán, 1953)

En MICHELSTAEDTER, por el contrario – la única salida del nihilismo, para evitar que la vida no sea sino “el ser constantemente en el próximo instante”, se encuentra en la recuperación de la plenitud del presente, que es precisamente el problema central de la PERSUASION. El persuadido michelstaedteriano puede y debe, para realizar la auténtica persuasión, poner en acción a la muerte: vivir auténticamente termina pues por significar, para MICHELSTAEDTER, no vivir más, no como apología del suicidio, sino, en el “adelantarse a la muerte”, heideggeriano, Michelstaedter busca, e la plenitud del ultimo presente, adherir al imperativo de la totalidad, y, en el contexto de una profesión de fe moral, cumplir el extremo acto de libertad.

En la insuficiencia radical de lo existente, expuesto a la pobreza de su condición ontológica, ¿es posible al hombre abrirse un camino que lo predisponga a una apertura infinita, en la superación del “cuidado del futuro”? La respuesta de la PERSUASION, que supere la RETORICA, reside en volcar enteramente en el presente la POTESTAS INFINITA de lo existente, en “ver cada presente como el ultimo”, en la recuperación de un presente que, aunque sea contaminado constantemente por la muerte, “cada presente de la vida lleva en si la muerte”, permite al hombre abrirse a lo eterno, desde un presente enteramente poseído y comprendido.

La vida entonces se mide por la intensidad “la intensidad se encuentra en todo presente” – afirma Carlo – en una serie de instantes que, a lo largo de; CAMINO DE LA PERSUASION, conducen al instante absoluto de la perfecta persuasión, ese AUGENCLICK eterno y supremo que se realiza completamente englobando la muerte.

El dolor, el sufrimiento y, por ende, la muerte, nos impulsan a la búsqueda de sentido. En la idea de JUSTICIA, como fuente de la PERSUASION, reside la respuesta ontológica inscrita en la PHYSIS, en la destructibilidad de lo viviente, dando una respuesta al dolor y a la muerte, un SINNGEBUNG, justicia como definición de la idea de bien, donde el BIEN determina la relación con el OTRO, o sea poniéndose con el otro en la relación de BIEN.

El postulado del discurso de Michelstaedter no es entonces la persuasión, sino la idea de justicia, que nace de la exigencia de pensar la relación singularidad-alteridad como forma absoluta de la experiencia humana. La vía de la persuasión” contiene una idea de justicia que nace de la experiencia-límite del dolor. El dolor torna necesaria la búsqueda de sentido, la idea de justicia, en la medida en que se le confiere sentido, es fuente de la persuasión, como respuesta a una demanda ontológica inscripta en la physis. Si la persuasión michelstaedteriana es una noción-limite, e Simone Weil la noción de “ideal” o “idea” sirve para pensar el límite: “Pasaje al límite. Concebimos el límite con una operación análoga a la matemática. Luego algunos lo pasan realmente”.

También Michelstaedter piensa la noción de limite precisando su origen matemático; la idea de justicia con su carácter de racionalidad como noción-limite abre la vía a la persuasión: ser sí mismo es una forma imperativa que exige al hombre superar la propia identidad social y psíquica, a favor de una idea de virtud que supere las antinomias que estructuran la naturaleza retórica de las cosas, en un ideal de unidad eximido de las desrealizaciones estructurales de lo existente.

La relación entre “pensamiento y acción” de Simone Weil presenta importantes analogías con la idea de justicia como noción-limite: la desnudez misma de la escritura de Simone Weil traduce la experiencia en pensamiento, de testimonio de la confluencia de vida y obra, de experiencia y lenguaje, de aquella unidad que solo puede revelarse en una experiencia-limite (Maurice Blanchot, L’entretien infini, Gallimard, Paris, 1969; ed. italiana: L’infinito intrattenimento,, Sscritti sull’insensato gioco di scrivere, Einaudi, Turín, 1977, pág. 142 y siguientes)

El camino de la persuasión de Michelstaedter tiene como horizonte de sentido el dolor “al adelantarse a la muerte”: el individuo, en el camino de la persuasión, tiene constantemente frente a si la muerte, vale decir, la experiencia radical de lo absolutamente otro, lo inaprehensible, que actúa con la fuerza de la necesidad que impone el límite. La relación con el morir “detiene” el tiempo: el fin está puesto en el presente, toda vez que se define como iniciación y fin, nacimiento y muerte. No es distinta la función ontológica que la muerte despliega en relación con el tiempo en Simone Weil; en la experiencia de la muerte como la “noche obscura” de San Juan de la Cruz, se produce aquella “detención” del tiempo, que, al cercenar toda salida al futuro, se constituye como premisa necesaria para el encuentro de Dios consigo mismo.

En la experiencia del mundo, el hombre, en la VIA DE LA PERSUSION, responde entonces al imperativo ético de la ABSOLUTA JUSTICIA y RAZON, procurando la “posesión presente de la propia vida”. En la insuficiencia radical de lo existente, la voluntad reivindica en cada instante la propia totalidad, apropiándose del mundo como experiencia real.

La PERSUASION es entonces apertura a la posibilidad de ella, como afirmación de la búsqueda de lo ABSOLUTO y al mismo tiempo, de las formas finitas de su afirmación, en una actitud de “honesta voluntad de la persuasión” que, mediante la conciencia de la “carencia”, vuelve justamente posible la experiencia como carencia.

Desde el punto de vista ético, la ética de la PERSUASION se identifica con el aspecto intersubjetivo de la sabiduría, que se genera en la VIA DE LA PERSUASION, “que remueve lo más profundo del individuo y le impone la identidad consigo mismo (persuasión), liberándolo de la violencia de sus necesidades”. Al liberarse de la necesidad, la actividad que conduce a la persuasión se convierte en “actividad infinita”, en “acción trágica”, que tiende a resolverse en el presente, pero que solo se cumple en el “instante inmenso”, perfecto, en el que la experiencia se hace “experiencia absoluta”.

Cada instante, entonces, es infinito y vivir cada instante, cada presente, como si fuese el ultimo, es encontrar el ultimo presente. Esta actividad, que Michelstaedter define como “dar todo sin esperar nada”, no puede interpretarse como un principio moral inspirado en la pietas cristiana, sino el instante supremo en que la acción trágica se hace acción pura, el instante que concluye en la paz de un instante eterno, en que lo existente alcanza finalmente la “posición presente de su vida”.

“Reacciona – dice Michelstaedter al hombre – ante la necesidad de afirmar la individualidad ilusoria, ten la honestidad de negar tu violencia, el coraje de vivir todo el dolor de tu insuficiencia, a cada momento, para llegar la afirmación de la persona que tiene en sí la razón, para comunicar el valor individual, y estar en uno persuadido, tú y el mundo”.

Solo en la posesión presente de su propia vida, solo en aquel instante el hombre conoce la auténtica redención, la redención del hombre “que se ha salvado a sí mismo”, el hombre que ha alcanzado el límite, el hombre justo “que ya nada tiene de humano”.

La PERSUASION se presenta como una experiencia de verdad, que excede los límites de auto-reproducción del sujeto…ya la apertura al mundo, como suceso capaz de transformar aquel que está persuadido, modificando así su mundo, es el momento decisivo del “dolor” cuando “el dolor habla”, el momento en que el lenguaje entra en consonancia con la experiencia muda del dolor infinito. Palabra viva del dolor y arte son las huellas del camino de la persuasión, palabra viva que quiere ser tanto verdad autentica, como comunicación autentica, ligada a la experiencia muda del dolor. Arte como experiencia viva del arte es persuasión, arte que permite al artista ver las cosas lejanas como próximas, arte como “el más fuerte dolor y la vida más fuerte que da la alegría más fuerte en la afirmación de si”.

En la apertura infinita del dolor, cada instante es infinito, el imperativo de Michelstaedter abre a lo eterno, creado una dimensión en la cual sea posible SER EN EL TIEMPO SIN SER DEL TIEMPO, no a la historicidad finita, sino la posibilidad de redescubrir el presente como dimensión de una autentica experiencia del mundo.

La asunción de la “persona del dolor” opera el pasaje de la “persona social” al “individuo absoluto”, donde el individuo, experimentando el dolor, lo transforma en un pedido de sentido que lo constituye como singularidad y le confiere ese “coraje de lo imposible”. El camino de la persuasión se vuelve entonces la única respuesta adecuada a la pregunta ontológica del dolor y cambia la relación con la muerte.

Solamente aquel presente, aquel instante trágico, es verdaderamente atemporal, punto perfecto en el cual el sujeto vive “en un instante, todos los tiempos”, según lo que afirma WITTGENSTEIN en el TRACTATUS: “Vive eterno quien vive en el presente”. El camino de la persuasión de Michelstaedter tiene como horizonte de sentido el dolor de “adelantarse a la muerte”: el individuo, en el camino de la persuasión, tiene constantemente frente a sí la muerte, vale decir, la experiencia radical de lo absolutamente otro, lo inaprehensible, que actúa con la fuerza de la necesidad que impone el límite. Conocer la relación con el morir “detiene” el tiempo: el fin está puesto en el presente, toda vez que se define como iniciación y fin, nacimiento y muerte.

No es distinta la función ontológica que la muerte despliega en relación con el tiempo en Simone Weil; en la experiencia de la muerte como “la noche obscura” de San Juan de la Cruz, se produce aquella detención del TIEMPO, que, al cercenar toda salida al futuro, se constituye en premisa necesaria para el encuentro de Dios consigo mismo.

Michelstaedter, al encontrar en “cada presente” un valor que la muerte no puede quitarle, busca aquello “más fuerte que la muerte” (Levinas), que puede tener sentido en sí mismo; en esta experiencia radical, se hunden el pasado como recuerdo y el futuro, vaciado de toda espera y deseo.

Tanto en Simone Weil como en Carlo Michelstaedter, en la experiencia radical del dolor y de la muerte, la experiencia del límite se pone como límite porque está en relación con el otro: “Limite- afirma Jaspers – significa algo que puede escapar a la conciencia de nuestro ser-ahí”. (Karl Jaspers, Filosofia, Muris, Turín, 1978, pág. 196)

“El valor individual que está en sí persuadido”, el valor del presente es justamente llegar a la presencia del otro, el instante de la proximidad, el encuentro atópico, en una relación donde cada individuo como centro individual entra en relación con el otro justamente porque lleva en sí su propia razón de ser. Relación como alteridad, relación como límite, relación como razón: la razón es lo que conduce a la justicia infinita, que abre la vía de la persuasión, esa razón no instrumental que se identifica, en Simone Weil, con el bien (Dios) y en Levinas, con el otro, autrui, que hace translucir el infinito.

Así el instante de soledad absoluta, de asunción solitaria del dolor y la muerte en el enfrentamiento con la alteridad absoluta ínsita en la condición humana y en el vivir, es lo que constituye el principio individuationis del individuo, superando así la individualidad ilusoria de la retórica.

De este modo, en un imperativo dramático, Michelstaedter engloba aquella sabiduría trágica, que confiere sentido, e, inclinándose sobre el abismo, mueve con su palabra a las fronteras del silencio: “Morir es para quien escribe, el silencio”, instalándose así en el tiempo pleno y autónomo de la persuasión. “la existencia de la muerte - afirma Tolstoi, uno de los maestros e inspiradores de Michelstaedter -obliga a renunciar voluntariamente a la vida y a transformar nuestra vida de manera de darle un sentido que la muerte no puede quitarle”.

La persuasión reivindica entonces una concepción del sujeto, que se realiza en un punto global de la vida, un “puro si’”, que encuentra en la experiencia de la muerte, como experiencia-limite, su realización suprema, sujeto que ya supero’ toda dimensión social, el persuadido lleva en sí la existencia soberana: al incluir en sí el infinito del presente, aspira a permanecer en una condición absoluta.

Al derrotar al presente como devenir y fuga en la fuerza iluminadora del instante, el sujeto realiza “la posesión de sí mismo”, en una muerte como raíz ontológica del ser-ahí, que “para el tiempo”, parten las auténticas intuiciones de la existencia. ¿Dónde está la vida – pregunta Michelstaedter – si no en el presente? Si esto no tiene valor, nada tiene valor”. Y aun: “Mientras la philopsykhia (o sea el querer continuar) acelera el tiempo preocupada por el futuro y cambia un presente vacío con el próximo, la estabilidad del individuo “preocupa” un tiempo infinito en la actualidad y para el tiempo, ahí donde “preocupar” indica que la dirección temporal se invierte y el presente recibe el sentido de sí mismo e ilumina y llena el futuro.

La persuasión, como horizonte de sentido originario en la pregunta del dolor, tiñe su Experimentum Crucis en “pre-correr la muerte”, que se expresa en la “consistencia” y “resistencia” en cada presente. Así como la “noche obscura” de San Juan de la Cruz quita cualquiera relación con el futuro y para el tiempo, culminando el proceso de “de-creación” que encontramos en Simone Weil; así en esa experiencia temporal que también Heidegger llama Augenblick, solamente en la superación del miedo, significa encontrar en “cada presente” un valor que la muerte no puede quitar, como dice Levinas, “más fuerte que la muerte”. El valor individual no se mueve, a diferencia de las cosas que van y vienen, sino está, en sí mismo, persuadido”.

El TIEMPO deviene entonces un sujeto ético cargado de vida, porque está cargado de muerte: en instante-muerte es la forma de un presente que, rompiendo los lazos históricos y mundanos en el punto de mayor determinación heroico-persuadida, acepta abrazar no la vida como sistema de apariencias ilusorias, sino el ser, afirmando así la propia ansia de absoluto e infinito.

La figura auroral del persuadido da pues testimonio de una ética de lo imposible, y revela la presencia de una nostalgia metafísica, que replantea la fundación de una metafísica del sujeto propia y verdadera. En el instante eternizado de la atemporalidad, se concentra íntegramente la posesión de sí, restableciendo de esta manera la unidad originaria de la verdad, al trascender finalmente la oposición de sujeto y objeto.

Michelstaedter, al conquistar una forma heroica y absoluta de libertad, nos devuelve una voluntad de regresar a la Patria, incluso más intensa, emprendida por Ulises en el camino de vuelta y nos condena a una infinita nostalgia de un sentido, huella silenciosa pero fecunda, que nos devuelva la fe en un imperativo socrático de verdad, una verdad que es tal, porque esta’ presente en todo.

Michelstaedter, que se sienta suicida a la mesa sobra la cual se halla la copia de la “persuasión”, en las manchas de sangre que unen indisolublemente al autor con el texto, la sangre y la palabra, nos entrega un mensaje bañado con su sangre, humanizado por su sacrificio, que desafía las dudas irresueltas de la conciencia.

Solo la muerte es el auténtico futuro, porvenir liberado de la hipoteca paralizante del presente, o, para decirlo con Jankelevitch: “El extremo futuro de la muerte es una pasado mañana que no será jamás. El hoy es un porvenir que jamás será presente, sino que siempre estará por llegar”.

 


 

3. El futuro y el tiempo en Carlo Michelstaedter y Simone Weil

“Es necesario deshacerse de la superstición de la

cronología, para encontrar la Eternidad”. (SW, LR,

págs. 49-50)

“Cada instante es un siglo de la vida de los otros -hasta

que él (el persuadido) haga llama de si mismo y llegue

a consistir en el último presente. En esto, él será

persuadido – y tendrá en la persuasión, la paz”.

(CM, PR, pag. 89)

“Mientras la philopsykhia acelera el tiempo, ansiosa siempre del futuro y muda un presente vacío con el prójimo, la estabilidad del individuo preocupa un tiempo infinito en la actualidad y detiene el tiempo” (CM, PR, pág. 89) – afirma Michelstaedter. El presente pleno, que recibe su sentido de sí mismo, se pone en una relación de contradicción irresuelta e irresoluble, en una conflictividad permanente con el tiempo histórico-social.

El tiempo, así reorientado, se vuelve condición de singularidad: “Reacciona a la necesidad de afirmar la individualidad ilusoria, ten la honestidad de negar tu misma violencia, el coraje de vivir todo el dolor de tu insuficiencia en cada punto – para llegar a afirmar la persona que tiene en sí la razón, para comunicar el valor individual: y ser, de una vez, persuadido, tú y el mundo”. (CM, PR, pág. 85)

La contradicción, concepto central en el pensamiento de Simone Weil que piensa el tiempo, permite al hombre llegar a Dios, pasando por la muerte del yo antes que por la muerte física. De hecho, el hombre decreado tiene conciencia de la eternidad como de un eterno presente” (SW, IP, págs. 31-33). De la misma manera, habla de “detenimiento del tiempo”, cuando desarrolla un concepto de tiempo centrado en el presente, concibiendo así una calidad distinta del tiempo, en el sentido de “hacer cercanas las cosas lejanas”, tiempo no orientado más en el futuro, sino en el presente, tiempo donde la idea de justicia constituye el horizonte de sentido.

En Simone Weil, es la aceptación del dolor, que constituye la superación del tiempo y es el sufrimiento como imposibilidad de proyectar el futuro, que nos proyecta en la eternidad. “La eternidad se encuentra al final de un tiempo infinito. El dolor, el cansancio, el hambre confieren al tiempo el color del infinito”. (SW, CS, pág. 165) En la aceptación del sufrimiento que constituye la superación del tiempo, se realiza la decreación del tiempo y con ella la posibilidad de entrar en el eterno presente; el hombre decreado, aun continuando su vivir en el tiempo, vive en realidad ya en la eternidad, en la medida en que vive en la perfecta obediencia a la voluntad de Dios.

Así, tanto Weil como Michelstaedter rescatan la contradicción, que, reconducida a unidad de pensamiento, hace violencia a la realidad, en el sentido de que, aun en la aceptación del sufrimiento y de la muerte, se expresa el deseo de sufrir lo menos posible: “Aparta de mi esta copa” (Marcos, 36), - exclama Jesús en el Getsemaní. Sin embargo, la aceptación del tiempo y de la muerte nos lleva a consentir finalmente al orden de las cosas, según el destino con el cual se producirán – dice Simone Weil.

Y Michelstaedter apremia: el futuro no absuelve una subjetividad que está en condición de vivir su propia presencia. El persuadido tiene en sí, en su presencia, en su propio estar-presente, su propio valor. “Estar en el presente” significa entonces “poseerse”, en el sentido de “resistir sin cesar a la corriente de su propia ilusión” (CM, PR, págs. 69-70), librándose de la lógica del “querer”, para aprender a permanecer, como afirmara más tarde Heidegger, hablando de ese autentico aislamiento del síngulo – el Vereinzelung – determinado por la auténtica presencia entendida como instante”. (M.Heidegger, I problemi fondamentali della fenomenología, Il Melagolo, Genova, 1990).

La autenticidad del poseerse es justamente la de quien “no tiene nada para defender de los otros, y nada para pedir, porque para él no hay futuro” (CM, Dialogo della salute e altri dialoghi, Adelphi, Milano, 1998, pág. 85) Del vaciamiento extremo del yo, la vía de la persuasión es entonces la respuesta a la pregunta ontológica, sobre lo que es el dolor, en una relación vivida con la idea absoluta de bien y de justicia, impregnando el deseo humano de sacrificio, hacia una totalidad inalcanzable - la idea de la persuasión – que se articula como una ética del ser.

Michelstaedter afirma: “El que es para sí mismo, no necesita nada que sea para el en el futuro, sino que posee en todo en sí” (CM, PR, pág. 41). El fin está puesto en el presente y, en la asunción de su propia muerte, el persuadido realiza “la posesión de sí mismo”’; solamente la superación del miedo a la muerte implica un inicio y da la posibilidad de reempezar en todo presente. Esto lleva a un enlace entre síngulos muy estrecho entre síngulos, entre la experiencia radical del dolor-muerte, “detención” del tiempo y relación con el otro, en una relación entre síngulos donde cada uno tiene en sí mismo, su propia razón de ser.

La justicia – que es de por sí, otro que el mal – se enfrenta con el dolor y lo atraviesa. La idea de Michelstaedter de justicia permite desarrollar un concepto de tiempo, “donde el dolor es dicha”. (CM, PR, pág. 88) Y Simone Weil afirma: “El dolor libera energía y la utilización de esta energía es dicha” (SW, C, III, pág. 274). Encontrar sentido a la vida significa entonces cambiar la relación con el tiempo, con el dolor con la muerte. En la asunción michelstaedteriana de la “persona del dolor” como “individuo absoluto”, es necesario que el individuo se libere de la cadena de la supervivencia – la philopsykhia -, dando una distinta orientación al tiempo, hasta el no-futuro de la muerte, a la muerte como relación con el misterio, encontrando “en cada presente” un valor que la muerte no puede quitar, que sea “más fuerte que la muerte”. (Levinas).

Levinas vuelca el nexo entre ser y sentido en Michelstaedter; en el humanismo del otro hombre, no es el ser que contiene y dona sentido, sino es el sentido que justifica éticamente al ser mismo, expresado en la responsabilidad del hombre por el otro hombre, en una responsabilidad que infinitamente se acrecienta e infinitamente se expone”. (E. Levinas, Umanesimo dell’altro uomo, Il Melagolo, Genova, 1985).

También en Simone Weil la relación de justicia entre singularidades trae consigo el cuidado del otro. La aspiración a la justicia consiente una actividad creadora en relación con el otro hombre. El autrui de Levinas y la infinita justicia de Michelstaedter, que abre la vía de la persuasión, la relación hombre-Dios en Simone Weil – “Nosotros participamos de la creación, decreándonos a nosotros mismos - (SW, C, II, pág. 257) – se ponen en condiciones del reciproco coexistir. Para Simone Weil, en la medida en que Dios y el hombre se metan asemejan, aún en la distancia, ambos son “personas”. Cuanto más el síngulo es sí mismo – afirma Michelstaedter – tanto más se aproxima al otro, transforma a sí mismo en autrui: “Dar es tener”. (CM, PR, pág. 82).

Es propio de la persona la capacidad de anonadarse por amor hacia el otro, recibiendo en cambio una actitud, que consiente al mismo tiempo la existencia y el anonadamiento del yo. Así el tiempo que aprieta sobre nosotros nos entrega a un amor fati que Simone Weil llama paciencia, en una espera que atestigua el retraerse de las categorías individuales, en un movimiento que nos transporta hacia el infinito. Así, aceptar el tiempo significa desaparecer, en un retraerse del yo y como consecuencia del poder, que es la esencia de la ‘paciencia’; paciencia significa entonces obedecer al tiempo, aceptándolo incondicionalmente.

En la aceptación total de la voluntad de Dios, Simone adopta una actitud de paciente espera, un estado de inercia parecida a la de las cosas que se abandonan al ritmo del tiempo: desde este punto de vista, en un cierto sentido – afirma Weil – los ‘desventurados’ están en una situación mejor para aceptarlo, ¿ya que han perdido la esperanza en el horizonte del porvenir” “¿Que pedir y esperar más?” Cuando lo sabemos, hasta la esperanza deviene inútil y sin sentido. La sola cosa que queda para esperar es la gracia de no desobedecer en la tierra. El resto pertenece a Dios y no nos pertenece.” (SW, AD, pág. 71)

Mientras Simone Weil se remite a un concepto de pasividad, que linda con la resignación impotente, que en definitiva puede matar la actividad y la esperanza, ‘certeza’ y ‘seguridad’ en Michelstaedter forman parte de la retórica, y como tales, son esencialmente ilusorias. Es el riesgo entonces el elemento constitutivo de la persuasión y el futuro no absorbe más a una subjetividad que está en condición de vivir su propia presencia. El persuadido se ha adueñado del presente de forma distinta de quien vive en la retórica, obligado a perseguir un futuro imposible: “Cada uno debe (…) abrirse por sí solo el camino, ya que cada uno está solo y no puede esperar ayuda más que de sí mismo”. (CM, PR, pág. 104)

Para Simone Weil, la falta de un futuro cierto, la desilusión, la incertidumbre, el tiempo que aprieta sobre nosotros, se traducen en formas de angustia. Solamente el presente nos pertenece, un presente que o es nada y en el cual no somos nada. Para Simone Weil mística, la resolución puede tener lugar solamente en la aceptación de su propio destino, en ese amor fati que significa, en definitiva, obedecer al tiempo, adhiriendo a ello. “Hay que atravesar la perpetuidad del tiempo en un tiempo finito. Al fin que sea posible lo que es contradictorio, es necesario que la parte del alma que está a la altura del tiempo, la parte discursiva, la parte que calcula, sea destruida”. (SW, CS, pág. 258)

Si la persuasión, como horizonte de sentido originado por el pedido del dolor, ‘adelanta la muerte’, análoga es la función ontológica que la muerte desenvuelve en relación con el tiempo en Simone Weil, entendida como culminación de la experiencia del ‘vacío’. La prueba del vacío implica un verdadero pasaje de mutación ontológica, cuando el hombre, en la supresión del yo, no tiene otro motivo que la obediencia: ‘La obediencia es el solo motivo puro’. (SW, C, II, pág. 13).

Esto quita todo objeto siempre imaginario del futuro y produce esa detención del tiempo, que culmina con el proceso de de-creación, premisa necesaria al encuentro con Dios. De esta manera, en la de-creación, y en la obediencia: “Dios crea a un ser finito que dice yo, que no puede amar a Dios. Por efecto de la gracia, poco a poco, el yo desaparece y Dios se ama a través de la criatura, que deviene vacía, que se vuelve nada”. (SW, C, II, pág. 289).

En la contradicción que piensa el tiempo: “El tiempo conduce afuera del tiempo” (SW, S, II, pág. 211), el hombre decreado tiene conciencia de la eternidad, como si viviera en el eterno presente, como, en el Timeo, enuncia Platón: “La planta con las raíces en el cielo” (Platón, Timeo, 90ª; SW, IP, págs., 231-233). El consentimiento al sufrimiento, que se hace a través del tiempo, lleva el alma afuera del tiempo. Es así como se realiza la decreación también del tiempo y la posibilidad de entrar en el eterno presente, según lo que Michelstaedter anticipa dramáticamente: superar el miedo a la muerte significa encontrar en “cada instante” un valor que la muerte no pude quitar, ‘más fuerte que la muerte’, como dice Levinas.

“Nacimiento y muerte, comienzo y fin – según Simmel – dan forma a la ‘singularidad’ y constituyen el horizonte dentro del cual se puede percibir el transcurrir del tiempo”. (Cfr. A. Simmel, Metafisica della norte, en, Arte e civilta’, ISEDI, Milan, 1976). En su solitario camino, el persuadido, solo en el desierto, que vive la vertiginosa vastedad y profundidad de la vida, “en tomar sobre si mismo, la responsabilidad de la vida”, (CM, PR, pág. 73), debe tener el coraje de sentirse todavía solo, de mirar todavía en la cara a su propio dolor, para sobrellevar todo su peso”. (CM, PR, pág. 83).

La autenticidad de poseerse, de la posesión de sí mismo, es propia de quien vive por lo que es, de quien “no tiene nada que temer de los otros y nada que pedirles”, porque para él no hay futuro” (CM, Dialogo della salute e altri dialoghi, pág. 85). Vivir sin futuro significa vivir en la presencia, mas allá del imperativo del deber; “ser en el presente” significa entonces ‘poseerse ‘”. Así la persuasión de Michelstaedter, lejos de legitimar teóricamente la negación de la existencia, que se inscribe en tiempo del acto de la muerte, asumiéndola, se articula y se inscribe en el ser como posible dimensión ética y como tiempo del sujeto, que adhiere éticamente a la lógica del tiempo, encontrando en el último presente y en la persuasión, la paz. (CM, PR, pág. 89)

Al tiempo natural que marca la condición histórica del individuo, sigue el tiempo del ‘don’ – que implica una energía simbólica y creativa. Que define una condición plenamente humana basada en el don – por lo cual la vía de la persuasión está en este resistir, consistir, donar, que funda la relación interindividual, desde una efectiva capacidad de don – caracterizada por el tiempo del individuo en la vía de la persuasión – puesta en el instante de su vida, que es al mismo tiempo, el primero y el ultimo.

Para quebrar la continuidad temporal, resistir “para no ser esclavo en el futuro y tener recogida su propia vida en el presente’ (CM, O, pág. 877), en el esfuerzo de superar la escisión inaugural entre cielo y tierra, ser y devenir, pensando en un presente que tenga en sí mismo su rescate en el instante pleno de sentido, Nietzsche se hunde en la locura y Michelstaedter propone una imagen utópica de salvación, en el tiempo cumplido de la persuasión.

En Simone Weil, testigo de lo absoluto, en el desgarro indecible del alma, la espera llena de sentido la vida. “El mundo no tiene un futuro, no tiene un pasado. (…) El futuro inmediato es presente, el pasado inmediato es el momento en que lo he pensado como presente”. (SW, Primi scritti filosofici, Marietti 1820, Genova 1999, pág. 184).

“La ley del tiempo consiste entonces para mi es esto, que nunca puedo bastarme” (ibidem, pág. 183). En el tiempo que nunca se detiene, vivimos la imposibilidad de la oposición al destino inscripto en las leyes de la necesidad: “La aceptación del tiempo es todo lo que el destino puede traernos – sin ninguna excepción – el amor fati es la única disposición que sea incondicional en relación con el tiempo. Esa aceptación encierra el infinito”. (SW, C, IV, pág. 178)

En el tiempo que liga Dios al hombre, en hombre, aceptando el rito del sufrimiento, entra en la eternidad de Dios y en la imposibilidad de proyectar el futuro, el consentimiento al dolor implica la superación del tiempo. Así, una y otra vez, La eternidad se encuentra al fin de un tiempo infinito. El dolor, el cansancio, el hambre confieren al tiempo el color del infinito”. (SW, CS, pág. 165).

 

Bibliografia:

A.Simmel, Metafisica della norte, en, Arte e civilta’, ISEDI, Milan, 1976

Gabriella Bianco, La hermenéutica del devenir en Carlo

Michelstaedter, Torres Agüero Editor, Buenos Aires 1993

Gabriella Bianco, El campo de la ética. Eticidad de la muerte, Hachette/Edicial Universitaria, Buenos Aires, 1997

Gabriella Bianco, La impaciencia de lo absoluto, en Carlo Michelstaedter y Simone Weil, Ediciones Suarez, Buenos Aires, 2007

SW, Primi scritti filosofici, Marietti 1820, Genova 1999, pag. 184

SW, CS, pág. 165

W, C, IV, pág. 178

CM, O, pág. 877

CM, PR, pág. 89

CM, PR, pág. 83

CM, PR, pág. 82

CM, Dialogo della salute e altri dialoghi, Adelphi, Milano, 1998, pág. 85

Simone Weil, Cahiers, Plon, Paris, 1951

SW, S, II, pág. 211

Platón, Timeo, 90ª

SW, IP, págs., 231-233

SW, IP, págs. 31-33

SW, C, II, pág. 13

SW, CS, pág. 258

SW, AD, pág. 71

SW, C, II, pág. 257

SW, C, III, pág. 274

M.Heidegger, I problema fondamentali della fenomenología, Il Melagolo, Genova, 1990

Vladimir Jankelevitch, La mort, Flammarion, Paris, 1977

Karl Jaspers, Filosofia, Muris, Turín, 1978, pág. 196

Maurice Blanchot, L’entretien infini, Gallimard, Paris, 1969) ed, italiana: L’infinito intrattenimento, Scritti sull’insensato gioco di scrivere, Einaudi, Turín, 1977, pág. 142 y siguientes

Martin Heidegger, Sein und Zeit, Tuebingen, 1976; ed. italiana: Essere e tempo, Milán, 1953

E. Levinas, Autrement qu’etre, ou, au dela de l’essence. Subjectivité et infini, M. Nijhoff, LaHaya, 1974

E. Levinas, Umanesimo dell’altro uomo, Il Melagolo, Genova, 1985

Ugo Galimberti, Heidegger, Jaspers e il tramonto dell’occidente, Marietti, Genova, 1975


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