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Ciencia platónica

SEBASTIÁN REBELLATO

Filosofía en Uruguay: entre la ausencia, la intrascendencia y la posible resurrección

Que el libro más demandado de un filósofo uruguayo haya sido publicado hace 100 años (Lógica viva, de Carlos Vaz Ferreira) es un dato pasible de múltiples lecturas. Puede interpretarse que la filosofía, por su naturaleza, suele permanecer alejada de las lógicas del mercado o que resulta factible que el valor de las obras se aprecie tiempo después de su elaboración. Aun así, la situación puede visualizarse como claro síntoma del marginal desarrollo de la disciplina en el país.

ÁMBITOS. Desde fines del siglo XIX hasta mediados del XX floreció el aporte del pensamiento filosófico nacional en virtud de autores como Carlos Vaz Ferreira y Enrique Rodó. Con el fallecimiento de Vaz Ferreira, en 1958, “se cerró un ciclo” de influencia en el pensamiento y quehacer político y social cotidiano, según explica Pablo Romero, docente universitario de Filosofía (ver “Los nuestros”). Hubo excepciones a partir de la década de 1960, pero “la influencia es aun más excepcional en el período posdictadura, donde la filosofía ya es casi una disciplina testimonial, de escasísima incidencia pública”, agrega el docente, director de la revista Arjé.

No solo ocurre por estos lares. En el mundo occidental la filosofía dejó de entenderse como un concepto extenso y ambiguo y pasó a tener un alcance más restringido. En Uruguay, particularmente, los propios involucrados admiten que se hace poca filosofía. Como disciplina, ocupa un papel secundario respecto a la literatura y la historia, que son los principales registros de escritura y lectura, incluso más legibles para el público. La filosofía no se asocia con lo que comúnmente entendemos por cultural y no se hace nada para que se la introduzca en estas áreas, señaló el filósofo Ruben Tani hace un tiempo en la revista Relaciones.

¿Por qué se llega a esta poca trascendencia? Para Gustavo Pereira, uno de los filósofos contemporáneos más prolíficos, coexisten fenómenos de influencia recíproca. Por un lado, la sociedad tiene poco conocimiento de la producción filosófica local y aisladamente demanda el aporte de la disciplina. Por otro, los propios filósofos asumen una vocación del conocimiento por el conocimiento mismo, más proclive a fines investigativos entre pares que a la difusión pública. “Si tenemos que pensar, escribir, dar clase, como que no queda mucho interés para buscar la difusión, porque además la falta de demanda refuerza el poco incentivo. Y tampoco otros actores o los medios están en una actitud activa de búsqueda de filósofos”, opina Pereira.

Solo excepcionalmente esa falta de “interfase” entre pensadores y demandas sociales se supera: el propio Pereira fue convocado el año pasado por el Ministerio de Desarrollo Social para participar de un equipo interdisciplinario encargado de la formación de técnicos y evaluación de políticas de justicia social, una experiencia inédita.

En el Instituto de Filosofía de la Facultad de Humanidades estatal una decena de filósofos se dedican profesionalmente a la investigación. Según Carlos Caorsi, director del centro, se publican tres libros por año, una producción que aumentó recientemente desde que la Comisión Sectorial de Investigación Científica (órgano de la universidad estatal) contribuye a financiar divulgaciones. Anualmente, además, aparecen unos cinco artículos en revistas internacionales, arbitradas por especialistas. Las líneas matrices tratan sobre realismo en ciencia, concepto de arte a partir del “efecto Duchamp”, normatividad en el lenguaje y justicia distributiva, entre otras. Lógica, ética social, filosofía política, teórica, filosofía latinoamericana y estética son las áreas con mayor acumulación de conocimiento.

Caorsi resalta que ninguna editorial comercial se interesa por esos textos porque no hay mercado consumidor. Y agrega: “Quizá estemos centrados en las exigencias de calidad de las revistas especializadas, que se enfocan en cuestiones alejadas del gran público. Hay como un irse quedando en eso, también porque no hay demanda social, y entonces no tenemos tan presente la realidad local y la generación de oportunidades de participación”. La publicación en revistas, exigida para docentes con dedicación total, otorga méritos académicos sin retribución económica para los autores.

En la Universidad Católica, el referente de la producción filosófica es Pablo Da Silveira, director del Departamento de Filosofía. En esa institución el énfasis se coloca en filosofía política, educativa y antropología filosófica. Da Silveira sostiene que el dominio del positivismo a nivel universitario desde fines del siglo XIX y la ausencia de una actividad científica rigurosa merma el desarrollo de la filosofía pues ciertas discusiones carecen de interés, como los debates en torno al conocimiento. Asimismo, advierte dificultades para construir puentes entre filósofos (con años de formación en códigos propios de la disciplina) y receptores de carácter masivo. No es fácil generar un diálogo eficaz sin trivializar, sostiene.

LA RAÍZ. La falta de profesionales en investigación filosófica y la escasa tradición y entrenamiento en debates rigurosos se transmite de generación en generación. La formación también tiene sus claroscuros. En el Instituto de Profesores Artigas (IPA), la enseñanza se centra en hacer docencia en filosofía y en aspectos pedagógicos, con poco estímulo para la producción. Da Silveira considera que las carencias formativas de los docentes pueden derivar en un desprestigio, simplificación o escaso interés por la disciplina entre el alumnado liceal.

Los baches alcanzan la formación universitaria. Romero habla de una facultad cerrada a la sociedad con producciones poco vinculadas a problemas emergentes. “Cuesta romper ese autismo. Ni siquiera el debate sobre el rol se ha instalado formalmente. A veces parece que se preocuparan más por imponer determinada línea filosófica”, opina.

Hace tiempo que el alumnado reclama una formación más plural: en los programas académicos se privilegia la filosofía analítica (de tradición anglosajona, con énfasis en la lógica formal y el análisis del lenguaje) relegando el enfoque continental, que incluye idealismo alemán, existencialismo, hermenéutica y corrientes marxistas, entre otras. Pereira, filósofo y docente, explica que se priorizan los clásicos y se abrieron seminarios opcionales

sobre filosofía latinoamericana y autores nacionales.

Los estudiantes también reclaman mayores espacios de participación y divulgación. Pereira reconoce que la inserción en la facultad es” mínima y selectiva”. “Acaso en dos generaciones solo el mejor de los mejores puede integrarse al equipo docente o de investigación”, cuenta.

Los egresados desaparecen, señala Lourdes Silva, estudiante avanzada e integrante de la comisión editorial de Clinamen, revista editada por alumnos que en sus primeros números vendió 150 ejemplares. “Entrás a facultad con muchas expectativas pero con el tiempo sentís que te vas sepultando, sobre todo en cuanto a acciones. Te pasás leyendo pero cuesta dar el paso, producir. Es más fácil refritar temas o hacer relecturas de autores por el miedo a exponer el pensamiento propio, al qué dirán”, opina. El proyecto Arjé es otro espacio creado para la divulgación de reflexiones, a través de una revista, una página web, foros de discusión, ciclos de conferencias y una radio on line.

La Facultad de Humanidades tiene uno de los índices más bajos de titulación: 1,3% del alumnado, según el anuario de 2008. El rezago y la deserción responden en buena medida a la incertidumbre laboral. Ante la falta de espacios, algunos optan por emigrar. Facundo Ponce de León, licenciado en Comunicación y Filosofía, se encuentra en España cursado un doctorado en Humanidades, opción Filosofía. “La formación es muy buena, lo único cuestionable es cierta atmósfera de que recibirse no es lo importante.Hay una preocupación por el pensar pero no acerca de qué hacer con eso que se piensa, y esa mirada antiproductiva limita el desarrollo”.

PARA QUE. Los consultados advierten que el escaso desarrollo filosófico priva al país de una mayor amplitud y profundidad en las discusiones, y que la necesidad de atender urgencias ha desplazado el interés por pensar el Uruguay de largo plazo. También ponen en tela de juicio la necesidad de una filosofía uruguaya ya que el rol del pensador debe trascender fronteras.

A Da Silveira le preocupa la obsesión por la identidad y el pensamiento latinoamericano que refuerzan el provincialismo. “Los griegos hacían filosofía, no filosofía griega. Nuestro rol es contribuir a enriquecer los debates que la sociedad tiene consigo misma, aportando argumentos, información, rigor. Lo propio puede aparecer, si se hace un trabajo de calidad.”, dice.Romero entiende que el vacío de filósofos se llena por miembros de otras disciplinas, que hacen filosofía como forma de estructurar el pensamiento, explicar y cuestionar la realidad.

Para Ponce de León, el filósofo debe permanecer alejado del espacio público para contemplar la realidad pero sí comprometerse más para agitar mentes. Y desarrolla: “Lo que más se siente es la falta de filosofía como actitud de reflexión, de pensar lo que se hace, y eso lo puede hacer hasta un analfabeto. El germen de la filosofía está escondido. Vivimos en un mundo desencantado (con corrupción, individualismo, amenazas naturales, depresión) que motiva un descreimiento de la capacidad humana para transformar. Y no es así. El rol del filósofo hoy, su tarea política, es despertar la capacidad de asombro, volver a encantar a la gente, para que quiera incidir y transformar".

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